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Homenaje a Cataluña (George Orwell.)

Lo primero que pensé cuando acabé de leer Homenaje a Cataluña es que el título no es muy afortunado.

Los hechos de los que nos habla Orwell transcurren en Cataluña, concretamente en Barcelona, pero no acabo de entender por qué considera su libro un homenaje a esa región de España.

Homenaje a Cataluña

Eric Arthur Blair (lo de George Orwell es un seudónimo) era un inglés comprometido con el socialismo.

Un pipiolo que vino a España “a matar fascistas porque alguien debe hacerlo”.

Como lo oyes.

Es lo que contestó a un amigo en París cuando pretendía convencerlo de que era estúpido irse a pegar tiros a un país periférico del sur de Europa.

No tuvo éxito. Orwell estaba muy motivado.

En la convulsa Europa de los años 30, las ideas políticas del personal podrían resumirse sucintamente de la siguiente manera:

  • Los que pensaban: “esto solo se arregla con un tío con dos cojones que venga y ponga orden”.

En plan fino se decía “hacer la revolución desde arriba.”

  • Otros eran los de: “esto solo se arregla con una revolución proletaria que libere al pueblo oprimido".

Estos eran los de "hacer la revolución desde abajo".

  • Finalmente, estaban los de “esto solo se arregla con graduales reformas dentro de un marco democrático”.

Estos últimos eran los menos:la profunda crisis económica de los años 30 había caldeado mucho el ambiente.

Estaban muy de moda las soluciones drásticas y totalitarias.

Eric Arthur Blair (G. Orwell)

George Orwell y el P.O.U.M.

George Orwell era de los de la revolución desde abajo.

Uno más de los cerca de 40.000 jóvenes izquierdistas que vinieron voluntariamente a calentarle el morro al fascismo en España.

El fascismo, a su vez, había surgido como reacción a la revolución proletaria que intentaban exportar los bolcheviques por Europa. 

Cuando Blair entra en España, ya se había extendido por Hungría, Grecia, Bulgaria, Italia y Alemania.

*   *   *

Sin embargo, el perfil ideológico de Orwell presenta sutiles matices que conviene conocer.

Para empezar, la inmensa mayoría de los jóvenes que vinieron a defender la República eran comunistas integrados en las Brigadas Internacionales; controladas por la Internacional Comunista.

Los primeros en llegar fueron alemanes, húngaros y búlgaros que habían huido del fascismo en sus países.

La mayoría se encontraban exiliados en París cuando empezó la guerra de España, después llegaron de muchos más países, incluso de Estados Unidos.

Entraban en la zona republicana por la frontera de Francia, y, después de un periodo de entrenamiento en Albacete [dirigido por oficiales formados en academias militares soviéticas], eran mandados al frente.

En última instancia, sus mandos estaban a las órdenes de Stalin, lo cual tiene lógica:

Además de que la Internacional Comunista estaba controlada por la Komintern, se daba la circunstancia de que la URSS era el único país que suministraba armamento a la República española.

El asunto es que Orwell no estaba en la onda de los comunistas (sutil diferencia),

Mr Blair era del Partido Laborista Independiente (ILP), uno de los partidos socialistas más antiguos de la Gran Bretaña. Un partido que tenía excelentes relaciones con el Partido Obrero de Unificación Marxista de España (POUM).

La fatalidad de Orwell fue que el POUM provenía de una escisión del partido comunista español (PCE).

Con Stalin había topado.

El bueno de Orwell vino a España pensando que iba a luchar contra el fascismo del lado de un gobierno democrático.

Sin embargo, pronto se dio cuenta de que estaba en un tiempo y un lugar donde, según reconoce en su libro:

“era inútil aferrarse a la idea inglesa de que uno está a salvo mientras cumpla la ley”.

Orwell no sabía cómo se las gastaba Stalin con los disidentes,
pero como vas a ver,
enseguida tuvo ocasión de comprobarlo:

resulta que había entrado en España de la mano de disidentes, el P.O.U.M. provenía de una escisión de la Federación Catalana del partido comunista español.

Y no eran unos cualquiera.

Su máximo dirigente era Endrés Nin, un tipo que hablaba perfectamente ruso:

había sido secretario personal de León Davidovitch Bronstein; más conocido por su seudónimo de escritor: León Trotsky.

Una vez muerto Lenin, Trotsky aspiraba a la sucesión, pero se dió de bruces con el meteórico ascenso de "papá Stalin" en el partido Comunista de la Unión Soviética.

Dos gallos en el gallinero.

Stalin también sentía celos de la popularidad de Trotsky, así que le recetó el jarabe de palo que suministraba a todo el que osara rechistarle.

Un idealista (de verdad) bajo las balas.

La mayoría de los escritores y periodistas extranjeros que escribieron sobre nuestra guerra, solo conocían el frente por las visitas guiadas que les organizaba la Oficina de Propaganda de la República.

No es el caso de Orwell.

Leyendo testimonios de nuestra guerra, enseguida te das cuenta, quién toca de oído, y quien se ha batido de verdad el cobre.

Orwell luchaba por principios, no estaba financiado por ningún gran medio de comunicación de los que, ya fuera por la diestra o por la siniestra, trataban en influir en la opinión pública internacional.

Total, que además de contar que se lo comían los piojos en el frente, así de asquerosa era la vida de un miliciano, no se muerde la lengua contando la penosa instrucción que recibió.

Le importó un pijo denunciar que el armamento era tan obsoleto que causaba más bajas que el enemigo.

“Sospecho que lo mismo acontece en todas las guerras: siempre hay idéntico contraste entre la reluciente policía de la retaguardia y los andrajosos soldados de las trincheras”.

Esto lo cuenta en la primera parte del libro, donde relata su llegada a Barcelona, el periodo de instrucción, y su llegada al frente de Huesca.

Lo mejor del libro está en la segunda parte.

Una parte que dedica a contar un lío en el que se metió, que jamás había imaginado antes de cruzar la frontera.

Barcelona: una guerra civil, dentro de la guerra civil.

Orwell intervino en unos turbios sucesos que los oxpertos en historia denominan asépticamente como “hechos de mayo”, “jornadas de mayo”, incluso “fets de maig”.

Los «hechos de mayo» no fueron en realidad una guerra civil, dentro de la guerra civil.

Unos hechos muy feos que ocurrieron en Barcelona los primeros días de Mayo de 1937.

*   *   *

Gracias a la decidida acción de partidos y sindicatos de izquierda. El levantamiento militar había fracasado en las principales ciudades españolas.

El Gobierno decidió armarlos y gracias a ello, consiguió hacer fracasar la sublevación militar en la mayor parte de España, incluidas Madrid y Barcelona.

El problema vino cuando, una vez armados hasta los dientes, a ver quién era el guapo que los tosía después.

Total que, con el único argumento de sus pistolas, los sindicatos se lanzaron en pos de su sueño húmedo de redención obrera.

Así empezó un proceso revolucionario dentro de la zona republicana que supuso la colectivización de todo tipo de edificios, vehículos, tierras y empresas.

“Por primera vez en mi vida, me encontraba en una ciudad donde la clase trabajadora llevaba las riendas. Casi todos los edificios, cualquiera que fuera su tamaño, estaban en manos de los trabajadores…”

Orwell se refiere a Barcelona, pero podría haber escrito lo mismo, de haber sido destinado en Madrid.

La zona republicana se convirtió en un hervidero de poderes armados incontrolados. Poderes formados por un sinfín de comités de representantes de partidos y sindicatos, que en la práctica dejaron sin poder efectivo al Gobierno legítimo de la República.

Un desmadre.

En Madrid partían el bacalao las milicias socialistas y comunistas, lógicamente en buena sintonía con Moscú, pero en Cataluña tenían la Generalitat por el mango los del POUM. 

Pronto pudo observarse la tensión entre unos y otros.

Stalin sabía por experiencia que era imposible ganar una guerra, si había que decidir en asamblea cada decisión bélica.

“En un ejército de trabajadores, la disciplina es teóricamente voluntaria, se basa en la lealtad de clase; mientras que la disciplina de un ejército burgués de reclutas se basa, en última instancia, en el miedo.”

Nos cuenta el bueno de Orwell aparentemente convencido.

La cosa se puso chunga cuando Luis Companys, President de la Generalidad, recurrió a Madrit porque que sus llamadas telefónicas estaban siendo intervenidas por el POUM.

Los chicos del POUM se habían hecho los p*tos amos del edificio de la telefónica.

Hoy día cualquiera manda un wasap por wifi, pero en aquella época, todas las conversaciones eran por cable y pasaban por ese edificio.

Companys empezó haciendose el loco, hasta que, un buen día, los chicos del POUM cortaron una llamada que mantenía con Azaña.

Ni cortos, ni perezosos, los del P.O.U.M. alegaron que las líneas debían usarse con fines más importantes que una “mera charla entre presidentes”.

Fue la gota que colmó el vaso.

Compleja situación internacional.

Todo el mundo sabía que Rusia estaba vendiendo armas a la República Española.

Stalin no podía permitirse el lujo de que Inglaterra y Francia pensaran que su objetivo final era apiolarse las numerosas inversiones que el capitalismo internacional opresor tenía en España.

Bastantes problemas tenía ya con el macarra de Hitler reclamando territorios en sus fronteras del Este, más los japos amenazando sus fronteras orientales [acababan de invadir Manchuria].

No convenía ganarse más enemigos.

Portada de un periódico de Bilbao (3 meses antes de empezar la guerra civil)

Lo de la lucha de clases y la revolución proletaria, había que posponerlo para mejor ocasión en España.

Ahora había que dejar claro que la URSS estaba al lado de las democracias occidentales.

Lo cierto es que Inglaterra, Francia y USA, no sabían si quedarse con Guatemala o Guatepeor.

Que ganara Franco la guerra con el apoyo de los fascistas, o que la ganara el gobierno legítimo de la República bajo influencia de la U.R.S.S.

Stalin - Azaña - Hitler

A sí que optaron por lo más práctico: asegurarse de que ganara quien ganase, gobernaría un país en ruinas.

Para ello adoptaron la hipócrita política de no intervención, a la que se adhirieron con entusiasmo alemanes, italianos y rusos.

Por supuesto: todos dispuestos a pasársela por el forro.

Para ganar la guerra, primero había que cargarse las milicias que seguían emperradas con la revolución.

Urgía sustituirlas por un verdadero y disciplinado “ejército popular”, donde los capellanes fueran sustituídos por comisarios políticos.

Después de siete meses de sitio y bombardeos, resultó fácil domesticar las milicias exhaustas que resistían en Madrid

Pero en Barcelona, el frente estaba a cientos de kilómetros, y todavía no le habían visto las orejas al lobo.
Los anarcosindicalistas no estaban por la labor de ceder el mando.

Cuando vieron que las nuevas fuerzas de seguridad, traídas al efecto desde Madrit, pretendían desalojarles del edificio de la telefónica, ni cortos ni perezosos, se liaron a tiros.

Y en medio de aquel fregao, a las órdenes del POUM, estaba el bueno de Orwell.

Revolucionarios controlan las calles de Barcelona.

Orwell acaba a tiros por Barcelona.

Acababa de llegar a Barcelona para disfrutar de un permiso. 
“Se trataba del antagonismo entre quienes querían que la revolución siguiera adelante y los que deseaban frenarla o impedirla, es decir; entre anarquistas y comunistas.” 

Orwell nos cuenta su participación en aquellos combates y lo que vino después: una terrible represión que se saldó con la disolución del POUM, la detención de sus militantes, y el asesinato de Andreu Nin.

Aquellos días, la vida de Orwell corrió más peligro que en las trincheras.

Logró escapar de milagro, gracias que el cónsul inglés de Barcelona, le ayudó a cruzar la frontera escondido en una valija diplomática.

“Nadie que haya vivido en Barcelona entonces o en los meses posteriores olvidará la agobiante atmósfera creada por el miedo, la sospecha, el odio, la censura periodística, las cárceles abarrotadas, las enormes colas para conseguir alimentos y las patrullas de hombres armados”. 
En su libro "1984" Orwell crea la idea del omnipresente "Gran Hermano."

Tuvo que dormir en la calle: resultaba peligroso registrarse en un hotel.

“Cuando uno duerme al aire libre siempre se despierta al amanecer, y ninguno de los bares de Barcelona abre antes de las nueve. Pasaron horas antes de que pudiera conseguir una taza de café o un lugar donde afeitarme.”

Yo en su caso me hubiera vuelto a casita deprimido, dispuesto a olvidarme del asunto.

Pero se ve que Mr. Blair era de otra pasta, porque centró sus energías en explicarle al mundo que los simpatizantes del POUM no eran espías al servicio de Franco, tal y como aseguraba la propaganda comunista.

*   *   *

Andreu Nin, el secretario de Trotsky, fue detenido en junio y desapareció misteriosamente de la cárcel.

Se lo llevaron agentes de la NKVD [el comisariado del pueblo para asuntos internos soviéticos] y acabó enterrado en una cuneta.

A día de hoy, los historiadores siguen buscando sus huesos.

El Presidente del gobierno [Negrín] intentó esclarecer lo sucedido, pero se encontró con la fuerte oposición de sus ministros comunistas.

Amenazaron con provocar una crisis de gobierno, y a Negrín no le quedó otro remedio que tragarse el sapo.

Aceptó la explicación que le ofreció el representante de la NKVD en España [Sr. Orlov]: Nin era un traidor que había desertado al bando "fascista".

Durante algún tiempo, en las calles de Barcelona aparecían pintadas que decían: “Gobierno: ¿dónde está Nin?”.

Eran contestadas oportunamente con otras que decían: “En Salamanca o en Berlín.”

Gorge Orwell inventa Gran Hermano.

Evidentemente, Orwell no se tragó la explicación oficial.

Una vez que se vio seguro en Inglaterra, se dedicó a denunciar las distorsiones de la prensa internacional sobre de los “provocateurs trotskistas”.

Orwell contó al mundo que fascismo y comunismo eran dos caras de una misma moneda. Le costó el ataque despiadado de la prensa izquierdista de su país.

La persecución de trotskistas adquirió su momento estelar tres años después, cuando un comunista catalán le clavó un piolet en la cabeza a Trotsky.

Por aquel entonces ya estaba exiliado en México. Se había hecho amante de Frida Khalo.

Los ataques a Orwell no han terminado: 80 años después sigue en el punto de mira de los sumos sacerdotes progres de nuestra guerra civil.

Orwell replicaba a todos con su flema británica:

«Podría haber sido un vicario feliz, hace doscientos años, para predicar sobre el juicio final y mirar mis nogales crecer. Pero nacido, por desgracia, en una época perversa, se me escapó ese cielo placentero...» 

Hoy día, nadie duda que Orwell se inspiró en Barcelona, para escribir “Rebelión en la Granja” y “1984”: su obra maestra, en la que mostró por primera vez al mundo el concepto de “gran hermano”.

Ya he dicho que no le encuentro mucho sentido al título de este libro, pero ya ven que Preston tampoco, quizás tú lo encuentres.

En cualquier caso, la mayoría estaremos de acuerdo en que Orwell consiguió hacer de la literatura política un arte.

Sea este mi pequeño homenaje a su obra.

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