La forja de un rebelde: Barea, Lavapiés y el Madrid sitiado (Telefónica y Hotel Florida)

Portada de "La forja de un rebelde" (Arturo Barea)

Arturo Barea se está poniendo de moda. Hasta le han plantado una plaza en Lavapiés, como si el barrio necesitara recordatorios para ser barrio y no un decorado con wifi.

Mi madre, por cierto, lo llamaba “El Avapiés”, lo decía con esa autoridad de quienes han vivido en una corrala, cuando Lavapiés no era un concepto sino una manera de llegar tarde, sudar en las escaleras y aprender a mirar.

Lo soltaba como quien te entrega una contraseña y no te explica el sistema: “así decían los castizos”. Yo siempre he sospechado que “castizo” es, en el fondo, un título nobiliario que se concede por supervivencia.

Plaza Arturo Barea en Lavapiés

El caso: a ese barrio le tengo cariño por raíces familiares, y por eso La forja de un rebelde me cae cerca. No porque sea “identitaria” (Dios me libre), sino porque Barea escribe Lavapiés como se escribe una cicatriz: con detalle, sin maquillaje y con un orgullo raro que no es épica, sino memoria.

Y ahí está una de las claves: Barea no “reconstruye” el Madrid popular de finales del XIX y principios del XX, lo hace comparecer. No idealiza al hijo de lavandera: lo mete en la trinchera cotidiana de la pobreza, la escuela a trompicones, el trabajo temprano, el hambre con horario fijo y la humillación como impuesto municipal. Cuando habla del barrio, no suena a postal, suena a calle.

Si resuena el Avapiés en mí, como fondo sobre todas las resonancias de mi vida, es por dos razones:
Allí aprendí todo lo que sé, lo bueno y lo malo. A rezar a Dios y a maldecirle. A odiar y a querer. A ver la vida cruda y desnuda, tal y como es. Y a sentir el ansia infinita de subir y ayudar a subir a todos el escalón de más arriba.
Esta es una razón. La otra razón es que allí vivió mi madre. Pero esta razón es mía.

—Arturo Barea, La forja de un rebelde (trilogía), vol. I (La forja).

Esa voz —mezcla de lucidez y herida— es la que convierte la trilogía en algo más que “memorias”. Es una biografía social sin panfleto: basta con describir bien para que el lector entienda quién paga la factura.

Arturo Barea
Arturo Barea

Lo divertido (en el sentido amargo) es que a Barea se le reconoció antes fuera que dentro. Escribió en el exilio, en Faringdon (Oxford), y tuvo fama internacional cuando aquí aún se administraba el pasado como si fuera material explosivo. Yo tengo la primera edición en español de Losada: impresa en Argentina en mayo de 1951, después de publicarse en otros idiomas. En España, la trilogía tuvo que esperar hasta 1977, ya con la democracia arrancando y el país aprendiendo a leer(se) sin miedo.

Y encima, para rematar la ironía: el manuscrito original en castellano está desaparecido. Así que los lectores “latinos” —como si fuéramos una especie— leemos a Barea en traducción de The Forging of a Rebel.

Ian Gibson lo resume con una frase que no falla nunca en literatura: “traduttore, traditore”. Un “pálido reflejo de lo que tuvo que ser el original” Porque a veces una traducción no te traduce un texto: te traduce una respiración, y eso es bastante más difícil.

En la cocina de ese milagro doméstico aparece Ilse Kulcsar: mecanografiando en una Underwood sin tildes, con Madrid cayéndose a pedazos en la cabeza de todos, y Barea viviendo la mezcla de deseo, miedo y bombardeo que termina por convertir a esa “activista austriaca poco atractiva” (según él) en la mujer de su vida.

Máquina de escribir Underwood
Máquina en la que escribía Ilse Kulcsar

Si esto fuese una novela, diríamos que es inverosímil. Como es historia, sólo podemos decir: pasa.

La trilogía son tres libros y tres cambios de piel.

  1. La forja: mi favorito. Aquí Barea es un bisturí sin prisa. Te cuenta su niñez con una honestidad que no se permite el lujo de la autoayuda. El chaval avispado que consigue educarse en un país donde la alfabetización infantil no era precisamente el orgullo de la administración. Y el detalle crucial: Barea podría haberse fabricado una “vida de orden” si la vida le hubiese dado el margen, pero no le da la gana. No por pose, sino por hambre moral: subir y, si se puede, ayudar a subir.

  2. La ruta: un testimonio rarísimo y valioso sobre el ejército colonial en Marruecos. Aquí Barea no se limita a “denunciar”: enseña la mecánica de la corrupción, la brutalidad normalizada, el carrerismo, el chanchullo como ascensor social. Y lo hace desde dentro, sin necesidad de convertir a nadie en caricatura. Si alguien quiere entender por qué cierta cultura militar se volvió un problema político, aquí tiene material —del bueno—.

  3. La llama: la guerra civil. Empieza con la misma puntería de los dos anteriores: golpe, cuartel de la Montaña, la improvisación febril, la fábrica de granadas, la ciudad aprendiendo a resistir mientras aprende a descomponerse. Y luego pasa algo que yo noté desde la primera lectura: entra una bruma. El texto se vuelve más confuso, más contradictorio, como si la narración se llenara de humo —y no sólo el humo literal.

    Yo me quedé “plof”. No porque el libro sea malo, sino porque algo en la mirada parecía resquebrajarse.

    Y entonces entraron los otros dos libros que, sin quererlo, me ordenaron el caos.

Edificio de la Telefónica
Edificio de la Telefónica (fondo de la imagen.)

Primero leí Corresponsal en España, de H. Edward Knoblaugh, periodista de Associated Press. Knoblaugh tiene el instinto del reportero veterano, que ya ocupaba la corresponsalía de Madrid años antes de que se abriera la veda: el que conoce los nombres, las direcciones, los despachos, los pasillos, los favores y las trampas.

La guerra le pilla de vacaciones, y vuelve a Madrid a toda prisa (encima se disculpa porque “le dijeron” que el golpe sería después del verano… lo cual es casi enternecedor: no sabía nada el pollo, efectivamente).

Su libro te coloca en el Madrid republicano de 1936 con un tono seco, de oficio: aquí no hay “mística”, hay hechos, rumores verificables y una paranoia que se organiza como una oficina. Knoblaugh te cuenta lo que ve y también lo que le dejan ver. Y eso, para La llama, es oro.

Porque Barea trabajaba como censor en la Oficina de Prensa Extranjera en el edificio de la Telefónica. Y Knoblaugh, por fuerza, tuvo que pasar por allí: a entregar, negociar, encajar recortes, tragarse silencios. Cuando lees a Knoblaugh, entiendes de golpe algo incómodo: la guerra no es sólo frente y retaguardia; es también cable, teletipo, propaganda, censura, y una lucha feroz por el relato.

Con Knoblaugh en la cabeza, ciertas páginas de La llama dejan de parecer “nebulosas” por capricho estilístico: empiezan a oler a zona contaminada. A lugar donde lo que se cuenta te puede costar el trabajo, el puesto… o algo peor.

Y ahí es donde entra Amanda Vaill y su Hotel Florida, verdad, amor y muerte en la guerra civil.

Vaill hace una cosa muy útil: baja a tierra el mito y lo mete en un edificio con habitaciones, miedo y gente fumando demasiado. El Hotel Florida, en Callao (donde hoy está el Corte Inglés), fue una especie de colmena de corresponsales, escritores, fotógrafos y oportunistas de prestigio. Hemingway, Capa, Gerda Taro, y todo ese ecosistema donde a veces se confundía el compromiso con el buen material informativo.

Hotel Florida en Callao
En el Hotel Florida alcanzó fama porque acogió a corresponsales, escritores e intelectuales durante la guerra civil.
(El solar lo ocupa el Corte Inglés de Callao en la actualidad)

Lo importante para mí no fue el cotilleo —aunque Vaill lo maneja con gracia— sino el contexto físico y psicológico del Madrid sitiado. El hotel estaba expuesto al fuego desde la Casa de Campo y, sobre todo, el edificio de la Telefónica era una diana obvia: comunicaciones, prensa extranjera, observación… Si encima instalas un puesto militar arriba, ya no es “mala suerte”: es invitar al obús a merendar.

Con Vaill entendí algo que cambia por completo cómo se lee a Barea: la neurosis de guerra no es un adorno clínico, es un factor narrativo. Si has vivido meses de bombardeos, tensión constante, vigilancia, amenazas internas y el doble juego del aparato político, tu manera de ordenar el mundo puede romperse. Y cuando eso pasa, no es raro que el relato se vuelva bruma: es que el sujeto que narra está intentando no desintegrarse.

Vistas desde la terraza del Corte Inglés de Callao hacia la Casa de Campo
Vistas desde la terraza del Corte Inglés de Callao, al fondo la Casa de Campo desde donde disparaba la artillería franquista.

Vaill también ilumina la parte más oscura del final de Barea: la destitución, las intrigas, el miedo al SIM, esa sensación de que ya no basta con resistir al enemigo exterior porque el interior te está midiendo el cuello. Y entonces La llama deja de ser “confusa” y se vuelve, sencillamente, síntoma.

No es que Barea no se explique: es que está contando desde un lugar donde explicarse era peligroso y, además, psicológicamente difícil. Freud —que sabía de trincheras y de máscaras— lo dijo con su mala leche habitual: “los neuróticos son simuladores; simulan sin saberlo, y esa es su enfermedad”. Traducción humana: el cuerpo te escribe la crónica aunque tú quieras escribir otra.

Cerro Garabitas en la Casa de Campo
Cerro Garabitas en la Casa de Campo. Ubicación de la artillería que disparaba contra el edificio de la Telefónica.

Luego está el contraste sabroso: mientras algunos corresponsales orbitan el Hotel Florida como si la guerra fuera un escenario con barra libre, Knoblaugh —vieja guardia, con agenda real y mucha calle madrileña— cuenta el reverso: el control, la intimidación, el riesgo de “paseo” y el clima de sospecha.

Ese choque explica por qué Hemingway, con acceso privilegiado y fiestas patrocinadas por la Oficina de propaganda, podía construir una épica exportable, y por qué otros acababan largándose con el estómago encogido.

Yo, personalmente, no puedo con Por quién doblan las campanas por razones literarias y geográficas: esa Sierra de Madrid parece un decorado Hollywoodiense con extras mexicanos equivocando el acento.

Pero el punto no es Hemingway: el punto es que Vaill te muestra cómo se fabricaba el relato internacional de la guerra en el mismo Madrid donde Barea estaba censurando crónicas, tratando con corresponsales, oyendo bombas y viendo cómo la política se comía a la gente.

Joris Ivens, Ernest Hemingway y Ludwig Renn
Izq: Joris Ivens, realizador holandés. Centro: E. Hemingway. Dcha: Ludwig Renn, escritor comunista alemán.

Cuando volví a La llama después de Knoblaugh y Vaill, la bruma se disipó. No porque el texto se “aclarara” mágicamente, sino porque yo ya sabía lo que estaba leyendo: no una narración lineal de guerra, sino el testimonio de alguien atrapado en la intersección entre violencia, propaganda y desgaste mental.

Y ahí está, para mí, la grandeza de Barea: que no necesita pontificar. Escribe —y con eso basta—. Te enseña el Madrid pobre sin paternalismo, el Marruecos colonial sin heroísmo, y la guerra civil sin la comodidad de los relatos redondos.

Una plaza en Lavapiés llega tarde, sí. Pero al menos tiene sentido: Barea escribió desde el barro y volvió a él por el camino largo. Lo raro no es que ahora lo celebremos. Lo raro es que hayamos tardado tanto.

Libros citados / usados como “lentes” del texto

  1. Barea, Arturo. La forja de un rebelde. Trilogía: La forja, La ruta, La llama. Buenos Aires: Editorial Losada, 1951 (primera ed. en castellano; 18 de mayo).
  2. Vaill, Amanda. Hotel Florida: verdad, amor y muerte en la Guerra Civil. Madrid: Turner, 2014. Trad.: Eduardo Jordá.
  3. Knoblaugh, H. Edward. Corresponsal en España. Madrid: Editorial Fermín Uriarte, 1967. Trad.: Mª Victoria Álvarez de Sotomayor.

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