No se fusila en domingo: las memorias del Dr. Pablo Uriel que recomendó Ian Gibson

No se fusila en domingo: el libro que deberían leer los jóvenes

Portada de No se fusila en domingo, memorias de Pablo Uriel

Voy a hablaros de un libro que —pienso— deberían leer los jóvenes (y no tan jóvenes) de este país, si es que todavía creemos que una guerra se entiende mejor con una brújula moral que con un megáfono.

Se trata de No se fusila en domingo, las memorias de Pablo Uriel, un médico vocacional cuyo mayor pecado fue intentar seguir siéndolo cuando el mundo decidió que hasta la compasión tenía bando.

El libro lo recomendó Ian Gibson. Según contó, en 1987 le llegaron las memorias por un camino improbable: la nuera del doctor, casualmente irlandesa, se las hizo llegar. Gibson admite que recibe “de una forma u otra” muchos manuscritos sobre la guerra, y que su lectura suele ser “decepcionante”. Pero con Uriel no dudó: lo recomendó, escribió el epílogo y acudió a la presentación en La Coruña.

De Gibson, por cierto, solemos acordarnos cuando aparece algún hueso en una cuneta de Granada: lo de Lorca se le fue de las manos y ya es casi un género periodístico. En cambio, cuando habla de memorias como esta, que no sirven para repartir carnets morales sino para entender la temperatura humana del desastre, los focos se apagan. Una pena.

“Representa lo mejor de un país cuya tendencia cainita ha sido lamentada por múltiples estudiosos y pensadores tanto españoles como foráneos… este libro tiene un notable valor didáctico, y su impacto sobre los jóvenes actuales puede ser muy beneficioso.”

Uriel escribió a partir de notas, documentos, cartas y recuerdos que conservó durante los mil días que duró la guerra. Es una de esas pocas ocasiones en las que la memoria se aproxima a la historia sin convertirse en sermón: una vacuna modesta, pero efectiva, contra el fanatismo.

Hay un detalle revelador: Uriel empezó a redactar sus memorias cuando el régimen lanzaba la campaña de “25 años de paz”. Quiso dejar a sus hijos un relato que pudieran contrastar con la propaganda que les llegaba —literalmente— “a través de sus clases en el instituto”. Y gracias a eso también conocemos el tipo de valores que el matrimonio Uriel quiso transmitir: no épica, no revancha; decencia y supervivencia.

Retrato del Dr. Pablo Uriel
Retrato del Dr. Pablo Uriel.

Tras su muerte, sus descendientes publicaron la obra en dos formatos:

  • Dr. Uriel, versión cómic ilustrada por su yerno Sento Llobell (Astiberri).
  • No se fusila en domingo, los escritos originales (Pre-Textos).

Yo, si tengo que escoger, recomiendo el cómic. No porque sea “más fácil”, sino porque es más probable que un chaval lo lea sin sentir que le han endosado un castigo pedagógico. Y además Sento añade materiales y episodios que en el texto original quedaron más esquemáticos, con documentación anexa impecable.

Que No se fusila en domingo sea lectura escolar en Aragón es una buena noticia. Y sí: no estaría mal que lo leyeran también en la Academia Militar de Zaragoza. No por “reeducar” a nadie, sino por algo más simple: que los cadetes sepan lo que ocurrió en las camaretas donde duermen.


Un médico novato en el peor verano posible

Pablo Uriel terminó medicina en Zaragoza poco antes del tórrido verano de 1936. Su primer destino fue una sustitución aparentemente tranquila: cubrir las vacaciones del médico titular de Rincón de Soto, un pueblo de La Rioja.

Uriel escucha los primeros disparos practicando piragüismo en el río Ebro
Uriel escucha los primeros disparos practicando piragüismo en el río Ebro.

Y allí le cae el 18 de julio —como a tantos— y le cambia la vida. Lo que iba a ser un trabajo sin sobresaltos se convirtió en una escuela acelerada de muerte y miedo. Uriel llegó a bromear con amargura:

“Como algún día vean la cantidad de muertos que hubo allí, me van a tomar por un mal médico.”

Y aquí lo dejo, porque no es cuestión de destripar el arranque.


Atrapado en Belchite: “cirugía paleolítica”

En la segunda parte, Uriel narra sus peripecias hasta acabar destinado en una compañía del ejército franquista en el frente de Aragón. Y ahí aparece una de las ironías centrales del libro: estaba en el lado equivocado, pero no por elección romántica, sino por la lógica sucia de los expedientes.

En su ficha constaba su militancia en la F.U.E. (Federación Universitaria Escolar), y además no se presentó voluntariamente ante la nueva “autoridad competente” cuando empezaron los tiros. Con ese currículum, cualquier permiso a Zaragoza era más peligroso que el frente: por la ciudad pululaban partidas de falangistas dedicadas al noble arte de “cazar rojos” en la retaguardia, en vez de jugársela donde tocaba. A su hermano Antonio le costó la vida.

Exhumación del hermano de Pablo Uriel (6 de noviembre de 1971)
Sento Lobel aporta excelente documentación anexa en la versión cómic. En la foto puede verse la exhumación del hermano de Pablo Uriel el 6 de Noviembre de 1971, todavía vigente el régimen franquista.

Uriel cuenta sus días en la compañía del capitán Pellicer: una unidad “en descanso entre dos peleas” donde a veces se sentía más seguro que en casa. España, en versión absurda.

Y entonces llega Belchite.

A finales de agosto de 1937, con el ejército franquista empujando en el norte tras la caída del País Vasco, los mandos republicanos lanzaron una ofensiva de distracción sobre Zaragoza para aliviar presión. Franco, escarmentado por Brunete, decidió no morder el anzuelo: orden de resistir o morir. Traducción: “os apañáis, que la campaña del Norte no se toca”.

El avance republicano fue rápido al principio, pero se atascó a unos kilómetros de Zaragoza. Al mirar atrás vieron el problema: en la carrera habían dejado un foco de resistencia, un pueblo de tres mil y pico habitantes llamado Belchite. Propagandísticamente era un estorbo: la prensa hablaba de éxito, y ese “pueblo fascista” quedaba como tachón en el parte. Así que no hubo más remedio que aplastarlo.

Allí Uriel practicó lo que él mismo llamó “cirugía paleolítica”: sin agua, sin luz, con medicamentos agotándose y una avalancha de heridos que no cabía ni en la misericordia. Se estima que murieron miles de personas en quince días; se hicieron prisioneros, entre ellos el propio Uriel, que —según cuenta— se quedó con sus heridos hasta el final.

“La época de mi estancia en Belchite ha quedado fijada en mi memoria por una circunstancia que entonces no conocía: el 90% de las personas que me rodeaban murieron tres meses más tarde.”

No quedó otra que rendirse.

Al entregarse, un afroamericano de la XV Brigada Internacional le ofreció “coffee” y Uriel creyó que, por fin, al caer en el lado de los suyos, su vida mejoraría. Le duró poco el optimismo: la XV Brigada siguió avanzando y lo dejaron en manos de un comisario político. Estuvo a punto de ser fusilado por segunda vez en un año.

Ahí llega su conclusión más corrosiva: los unos no eran mejores que los otros.

El Dr. Uriel se entrega a las tropas republicanas en Belchite
El Dr. Uriel se entrega a las tropas republicanas en Belchite, sus captores exigen que salgan cantando la Internacional.

Prisionero: el depósito del Puig y los batallones disciplinarios

En la tercera parte narra su paso por un “depósito de prisioneros” habilitado en el monasterio del Puig, cerca de Valencia, desde donde se veían los bombardeos italianos. Esta sección está menos desarrollada en No se fusila en domingo, pero en el cómic Sento aprovecha materiales que Uriel dejó fuera y lo completa con criterio y documentación.

Uriel intenta mejorar condiciones, ejercer de médico incluso cuando el entorno te empuja a ser animal. Termina en un batallón disciplinario, condenado a trabajos de fortificación en torno a Valencia. Un ministro visita las obras, promete libertad si cumplen un plazo… y la promesa, naturalmente, no se cumple.

Y aun así, Uriel vuelve a casa vivo.

Sobrevive por dos motivos: porque era médico y porque se empeñó en seguir comportándose como tal. Años después, Franco le concedió la medalla de “Sufrimientos por la Patria”. Uriel nunca fue a recogerla. Hay gestos que son más elocuentes que cien páginas.


Por qué importa este libro

Desde mi punto de vista, la ausencia de maniqueísmo convierte No se fusila en domingo en una de las obras definitivas sobre la guerra civil. Uriel describe represión y terror sin florituras: no escribe para despertar odios ni para fabricar adhesiones.

Es de esas pocas obras que superan el tópico de “los buenos contra los malos”. Y quizá por eso incomoda a los fanáticos, que viven mejor en un país polarizado: donde todo se resume en consignas y nadie tiene que pensar demasiado.

Los mismos que sólo se acuerdan de Gibson cuando aparecen huesos en las cunetas.

Precisamente por eso, este libro es una buena vacuna para jóvenes y no tan jóvenes. No cura la ceguera voluntaria, pero al menos te obliga a mirar.

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