Martínez Anido en Barcelona: pistolerismo, orden público y entrevista de El Caballero Audaz
Martínez Anido y la pacificación de Barcelona: entrevista de El Caballero Audaz
Cuando José María Carretero entrevista a Martínez Anido, Barcelona no es simplemente una gran ciudad industrial en conflicto: es un escenario donde el orden público ha saltado por los aires.
Durante los años previos, la vida cotidiana había quedado atrapada en una espiral de violencia difícil de sostener. Huelgas interminables, cierres patronales, sabotajes, atentados selectivos y atracos formaban parte del paisaje habitual. No era ya una lucha laboral en los términos clásicos, sino una pugna abierta por el control de la calle.
Los datos ayudan a tomar la medida del problema: entre 1917 y 1922, en Barcelona se ejecutaron 789 atentados por 75 en Madrid. No hablamos de episodios aislados, sino de una dinámica constante, casi estructural, donde la violencia se convirtió en herramienta política y sindical.
Barcelona y el orden público roto
En ese contexto, la figura de Martínez Anido (1) no puede entenderse sin el clima que la precede. Su llegada al Gobierno civil fue solicitada por las fuerzas vivas de la ciudad como una respuesta de emergencia ante una situación que el sistema político parecía incapaz de controlar. Su actuación fue dura, implacable y, con frecuente aplicación de métodos de represión extrajudiciales, claramente fuera de los límites que hoy consideraríamos aceptables.
Pero también es cierto —y esto resulta incómodo si se mira con ojos actuales— que para una parte importante de la población aquella política tuvo un efecto inmediato: la reducción visible de la violencia y la recuperación de una cierta normalidad.
Para comerciantes, clases medias urbanas, trabajadores ajenos al sindicalismo más radical y amplios sectores sociales agotados, aquello no era una abstracción ideológica. Era la posibilidad de abrir un negocio, de circular por la calle o de volver a casa sin miedo.
Esa es la Barcelona real que respira detrás de esta entrevista.
La entrevista: Barcelona, 1923
VOY provisto de una tarjeta, especie de pasaporte que allana todos los posibles obstáculos.
En ella se lee:
«Por orden del General, permítase a don José María Carretero, “El Caballero Audaz”, llegar hasta su habitación.»
El ordenanza que me recibe ya me saluda por mi nombre y, como cumpliendo una consigna, me introduce en la habitación del Gobernador civil de Barcelona.
En su lecho, entre la suave penumbra del dormitorio, distingo al General, que me tiende su mano afectuosamente.
—¿Qué tal, mi General? —le interrogo.
—Bastante fastidiado —me contesta con un gesto de hastío—. Tengo un forúnculo en el cuello que me produce un dolor desagradable. No recibo a nadie; pero al saber que usted se marcha hoy a Madrid y quería verme...
—Sí, mi general —le interrumpo—. Quería felicitarle por el cambio que ha sabido usted llevar a cabo en la vida de Barcelona. Yo recuerdo que hace año y medio era casi imposible permanecer aquí. No hablo de memoria. Vine por entonces y no olvidaré jamás que tuve que cargar con mi maleta desde la estación, y luego no pude comer en los restaurantes por falta de camareros, y al llegar la noche, en el hotel Colón me vi obligado a hacerme la cama... Esto sin contar los atentados a tiro limpio en medio de las calles y la inquietud de encontrarse uno asaltado por algún forajido con carnet sindical.
—Sí, aquí se vivía entonces en plena revolución.
—Pero ahora observo que la vida de esta gran ciudad se desarrolla normalmente, sin inquietudes, y que todos le guardan a usted agradecimiento.
—Todos, no —me interrumpe el general—, afortunadamente. Los corregidos no me aprecian, como es natural. Desde hace catorce meses no hemos tenido ni una huelga obrera. Este es un mal negocio para los que especulan con la tranquilidad pública.
—¡Ah! Entonces, ¿es que prohíbe usted las huelgas?
—No, señor; ¡en absoluto! El derecho a la huelga es perfectamente legal y yo no puedo prohibir su ejercicio. Lo que sí he hecho ha sido corregir las causas que las producían. Antes el obrero se movía por un solo mandato: el del delegado del «Sindicato Único», que, pistola en mano, paralizaba el trabajo cuando le venía en gana.
Como el obrero no contaba con la protección del Poder público, tenía que supeditarse al Sindicato, que disponía de su voluntad y de su trabajo y le obligaba a una cotización semanal no siempre voluntaria. Los Sindicatos llegaron a recaudar hasta la fabulosa suma de quinientas mil pesetas por semana, o sea unos veinticinco o veintiséis millones al año.
—Y ese dinero —le interrumpo—, ¿era para poder luego sostener las huelgas y conseguir mejoras para la clase?
—No. ¡Nada de eso! —exclama el general, apretando los dientes—. No se ha sabido en qué se empleaba ese dinero. Era sencillamente un gran negocio para unos cuantos sujetos de mala nota, gentes de dudosa honradez y en su mayoría asesinos profesionales, como se ha demostrado luego.
—¡Pero ellos tenían bien organizadas las huelgas!
—¡Ya lo creo! Era, si puede decirse, el orden de la anormalidad. Los Sindicatos clasificaban las huelgas en tres categorías:
Primera: huelga de cuatro a seis mil obreros, que representaban un gremio y se prolongaba indefinidamente.
Segunda: huelgas de veinte a veinticinco mil obreros y que afectaban a un ramo completo de la industria; éstas solían durar de ocho a quince días.
Y tercera, las huelgas generales, que significaban la paralización total de la ciudad; se preparaban en escasas horas y eran de poca duración y con el único objeto de producir un efecto político y de dar la sensación de que los Sindicatos eran los amos de Cataluña.
Estas huelgas generales no les convenían, porque durante ellas se agotaban los recursos obreros. Las favoritas de los Sindicatos eran las de gremios, las cuales permitían justificar gastos y tener en perpetua intranquilidad el ambiente.
—Veo, mi querido general, que ha estudiado usted bien el problema catalán.
—¡Nada de catalán! —me interrumpe—. ¡Barcelonés!
—Después de esto, ¿cree usted peligroso el sindicalismo?
—No, señor. El sindicalismo honrado, el que es una defensa contra los abusos de los poderosos, me parece muy bien; lo que yo he tratado de destruir es ese sindicalismo bandolero que se ceba en el trabajador, le coacciona, le fuerza y, por último, suprime al que no se supedita a su tiranía. Es decir, yo he combatido al régimen que imperaba en Barcelona y que era un verdadero terrorismo, que a los que más perjudicaba era a los obreros honrados.
—¿Y cómo ha conseguido usted, mi general, dominarlo hasta el punto de que hoy hablan de usted con verdadera simpatía y agradecimiento la mayor parte de los trabajadores?
—Muy sencillamente: he impuesto la necesidad de que el obrero sea garantizado en su derecho al trabajo. Durante catorce meses no hemos tenido ni una huelga, porque apenas ha surgido una diferencia entre patronos y obreros he intervenido yo y he impuesto un criterio de estricta justicia.
Para mí no hay obreros ni patronos, sino hombres que tienen o no razón, sea cual fuere su condición social. Este régimen de equidad, sin favoritismos para los poderosos ni inútiles adulaciones para los humildes, ha dado el fruto que usted está viendo.
Y ahora, el obrero, que no ha cesado de trabajar en año y medio, está seguro del beneficio que este sistema le ha traído para su vida y para su hogar. Yo no consiento que nadie vaya al paro, y si algún patrono pretende abusar de sus obreros, caigo sobre él con el mismo rigor que sobre el terrorista que impide el libre ejercicio del derecho al trabajo.
—¡Realmente —elogio con sinceridad—, la labor que está usted haciendo en Barcelona es admirable.
—No, Carretero; ha sido sencillamente la única posible. Cierto que me ha costado algún trabajo; pero me complace haber traído la paz y la tranquilidad a Cataluña. Claro que tengo un colaborador magnífico en el general Arlegui, que tiene una capacidad extraordinaria. En Madrid no le conocen bien.
Aseguro que en Europa no hay otro director de Policía que tenga sus dotes. Sin él —al que estimo como a un hermano y con el que estoy tan compenetrado que ni en los más difíciles momentos hemos tenido la menor discrepancia— yo no hubiera podido realizar mi labor.
Este caso del general Arlegui es tanto más meritorio cuanto que él, que aquí ha sacrificado su posición y su salud, lo ha hecho sin interés alguno, puesto que sólo cobra su sueldo de general y no acepta un céntimo por el cargo que desempeña de Jefe Superior de Policía ni para gastos de representación.
Puede usted decir que entre los dos hemos podido colocar a Barcelona en la pacífica situación en que se encuentra ahora.
El problema sindical
Calla un momento. Yo no puedo por menos de evocar mentalmente, aprovechando esta pausa, los tiempos pasados en la gran capital.
Es quizá Barcelona la ciudad más moderna, la de vida más intensa de toda España. Gran urbe europea, con su febrilidad, su dinamismo, su belleza llana como la de París, su enorme tráfico y sus diversiones. ¿Cómo no había de tenerlas? Al catalán le gusta divertirse, y después de un día de enorme labor hace su vida nocturna apacible y suntuosa.
Yo amo a Barcelona como a una amiga refinada, culta, trabajadora y divertida, con cuyas ropas fastuosas, con cuyas alhajas magníficas trata de disfrazar la matrona laboriosa y fecunda, la urbe trabajadora, que representa en España el máximo poderío de la industria y de la riqueza.
Amo a Barcelona también porque es la ciudad más moderna de España, la de una cultura más elevada, la que sabe ser tenaz e inteligente en la fábrica y en el taller, y audaz e incansable en el comercio, y libre en la política, y luego ríe y baila en el cabaret, y sabe tener un gesto de comprensión para todas las inquietudes y complicaciones espirituales.
Meditando en lo que para vencer las fuerzas rebeldes de esta gran ciudad en anarquía habrá tenido que luchar Martínez Anido, le digo:
—Claro es que ha logrado usted la tranquilidad de este pueblo; pero ¿a costa de cuántos momentos de inquietud, amargura y sacrificios?
—¡Oh! —me responde, sin darle importancia—. Sí, en efecto. Momentos de amargura he tenido uno tan sólo: el día que tomé posesión del cargo. El cartelero que tenía que fijar mi primer bando se negó a ello, por temor a ser víctima de un atentado.
Yo, personalmente, le obligué a cumplir su deber, y salí con él a la calle. Pero esto me dio una impresión amarga del estado de apocamiento y de debilidad en que estaba esta capital. ¡Aquel pobre hombre no se atrevía a cumplir con su obligación por miedo a que lo matasen! Cada vez que fijaba un bando, aun estando yo presente, lo veía temblar.
—Es un caso interesante, mi general; ¿y no consiguió usted contagiarse de su inquietud?
—¡Bah! —desecha—. Jamás he sentido ninguna inquietud. Soy fatalista y creo que el bien o el mal que nos acecha no podemos evitarlo nosotros.
—Sin embargo —insisto yo—, habrá estado usted expuesto a serios peligros.
Con una leve sonrisa, en la que nos parece adivinar cierta ironía, me responde:
—Los peligros sólo se conocen cuando han pasado; yo, por lo menos, los he sabido después... Esta fortuna, hasta ahora, me ha librado de vivir intranquilo. Por otra parte, no creo que un hombre que lleva el honroso uniforme de militar puede vivir en perpetua inquietud. Es mejor aguardar serenamente lo inesperado. Yo hago una vida normal: me paseo, asisto a cuantos actos me invitan y recibo en mi despacho a cuantos quieren verme...
Si no estuviera enfermo iríamos a pasear juntos por las Ramblas... Ya vería usted cómo no existen esas preocupaciones y peligros que desde lejos parecen tan grandes... Al contrario: por lo único que me privo de ir a pie por el centro de la población es por evitar las manifestaciones de afecto del público, que llegan a producirme emoción.
—¿Jamás ha sido usted amenazado?
—¡Nunca! En todo el tiempo que llevo de Gobernador apenas si he recibido cinco anónimos demasiado pueriles, y que ni siquiera he terminado de leer. Ya le he dicho que no creo en esos peligros inmediatos... A veces, y para pulsar bien la opinión obrera, me disfrazo por las noches y me voy al Puerto, al Paralelo, a Gracia o a otros centros proletarios.
—¿Acostumbra usted a ir solo?
—Unas veces sí, y otras con algún amigo.
—¿Y no le reconocen a usted?
—Por lo general, no, porque yo hablo el catalán perfectamente. No obstante, recuerdo que una noche me metí en una peluquería que tenía fama de ser un foco de sindicalistas. Iba yo con un gran chambergo, una chalina y mis barbas descuidadas, fingiendo leer; aguardé mi turno escuchando cuanto allí se decía.
Cuando me llegó la vez, el peluquero, que era un significado sindicalista, muy peligroso por cierto, me deslizó al oído: «¿Apuro mucho, mi general?» —«¡Pero, muchacho! ¿Cómo me has reconocido?», le pregunté. «Porque yo he peleado en África con usted, en el Regimiento de Cazadores de Cataluña», me contestó sin inmutarse. «Pues bien, hombre; me alegro, así ya sabes tú cómo yo las gasto... Conque, anda; aféitame, ¡y con mucho cuidado!» Y no pasó nada más.
—No obstante —le digo al general—, todavía, de vez en cuando, surge algún atentado.
—¡Bah! Esos son fogonazos sueltos después de la batalla: encuentros entre los del Sindicato Libre y el Único... Ahora, que ya están extinguiéndose; los más audaces de uno y otro bando han sucumbido. A pesar de lo que dicen, yo le doy a usted mi palabra de honor que ni siquiera quiero saber nada de eso. Mi misión es más elevada y se limita a conseguir que Barcelona viva normalmente.
—Ya lo ha conseguido usted... Pero yo temo que cuando deje usted el Gobierno...
—No..., no lo he conseguido del todo; pero lo conseguiré —afirma—. Y cuando yo me vaya no ocurrirá nada si se sigue mi política. Y aunque no se siga, si se logra la sindicación profesional, Barcelona será una balsa de aceite.
—¿Es proyecto suyo la sindicación profesional?
—Sí, señor; no dejo de pensar un momento en ello... Esa clase de sindicación consiste en agrupar por profesiones u oficios a patronos y obreros. Cada grupo nombra sus Comisiones, y cuando surge una diferencia, si ésta no se puede solventar en el taller o en la fábrica, pasa al fallo de la Comisión, la cual dictamina, y su decisión, sometida a la autoridad gubernativa, puede tener la eficacia de una ley que todos deben cumplir...(2)
Ahora estoy haciendo un recuento de los elementos que desean sindicarse así, y seguramente antes de fin de mes llevaré a Madrid el proyecto, avalado por las firmas de todos los obreros y patronos catalanes.
—Y en la vida política de Barcelona, ¿cuál es su intervención?
—Ninguna. Yo escucho y atiendo por igual a todos los hombres de todos los partidos. Por mi despacho desfilan lo mismo regionalistas que republicanos y dinásticos. La libertad de pensamiento es completa. Yo autorizo todos los mítines, se llamen como se llamen.
—¿Y el problema regionalista?
—Pues... mire usted, si le he de decir verdad, desde que estoy yo aquí no lo conozco. El partido regionalista trabaja con respeto al orden, a la Patria y a las leyes.
—Dígame, general, ¿cuál cree usted que es la característica de su temperamento?
Vacila un instante. Aprieta los dientes, y después, como silbando las palabras, que es su característica manera de hablar, exclama sonriéndose:
—Eso los demás lo dirán. Yo, quizá equivocadamente, creo que lo más característico en mí es el espíritu de rectitud, de justicia y de austeridad. Pero esto no merece ni atención; soy así porque no puedo ser de otra manera; yo procedo al dictado de mi manera de ser, a veces por encima de mi voluntad. Indudablemente, estas cualidades mías suelen ser a ratos perjudiciales; pero han contribuido al logro de mi gestión en Barcelona.
—Pues en ese caso, puede estar usted satisfecho. ¿No ha conseguido usted su aspiración?...
Medita un momento el general y después me dice:
—Mire usted, mi aspiración es: ser útil a mi Patria, cumplir mi deber con ella y después morirme modestamente cuando llegue mi hora.
Martínez Anido y Barcelona
Esta frase del Gobernador de Barcelona retrata mejor que nada su manera de ser. Por ella, sobre la autoridad de político, habla en Martínez Anido el militar en su más puro concepto de servidor de la Patria, disciplinado y recto, que tiene por consigna el deber y por norma el sacrificio.
Charlando con él, yo, que soy un pobre «hombre de la calle», he sacado la impresión de que estoy ante una conciencia honrada, una inteligencia recta y una gran voluntad puestas al servicio de una idea muy meditada.
Voluntad, inteligencia y corazón, que han hecho de este soldado tan combatido el «pacificador de la Barcelona culta, laboriosa, moderna e inquieta», que duerme ahora sus sueños en el reposo de su gran labor y en el placer de todas las frivolidades.
Pasó algún tiempo.
La llegada a Madrid del general Martínez Anido vuelve a poner de actualidad la figura enérgica del Gobernador de Barcelona. Toda la atención cortesana se concentra en este hombre hermético.
Expectación aumentada porque, desde su arribo, el general se ha parapetado en un silencio impenetrable a la curiosidad periodística.
Así, pues, que todo lo relacionado con su viaje no pasa de la categoría vaporosa del «se dice».
«Se dice» que viene llamado por el Gobierno a dar cuenta de su gestión en la capital catalana sobre temas que, como el del terrorismo y su represión, no debe confiarse a las acostumbradas comunicaciones oficiales y exigen el secreto del informe personal.
«Se dice» que el viaje obedece a que el Gobierno se siente inquieto por la campaña de la oposición parlamentaria sobre la situación en Barcelona y las acusaciones que insinúa un desbordamiento o exceso de la autoridad represiva...
Una vez más flota en el ambiente la leyenda de la «España Negra» (3), que tanto y tan siniestramente ha contribuido a nuestro desprestigio internacional.
Sea cual fuere la verdad, la figura de este general está en el pináculo de la actualidad, y yo, por amistad, por afecto y por vocación profesional, debo lanzarme a su búsqueda.
No es mi empeño fácil... Pero venciendo no importa qué dificultades y consignas oficiosas, he logrado esta mañana entrevistarme con él en el cuarto del Palace Hotel, donde se hospeda. Claro que para salvar una bien nutrida barrera de vigilancia, he ido en compañía de mi entrañable amigo, compañero y colaborador, el gran dibujante Martínez Baldrich (4), hijo de don Severiano.
Físicamente, este admirado general es el tipo perfecto de militar. Hasta vestido de paisano sus ademanes revelan la costumbre de llevar el uniforme y el tono de su voz y la concisión de su palabra denotan la energía y el hábito disciplinado de su condición castrense.
Después de saludarle, exclamo, para dar pábulo al diálogo:
La zona de silencio
—Gracias a Roberto he podido ver a usted, mi general. La «zona de silencio» que le rodea es casi impenetrable. Allá en Barcelona me fué más fácil llegar hasta su alcoba.
—Esta es la precaución pícara y maliciosa del Gobierno —subraya intencionadamente el general—, que yo agradezco, pero en la que no he tenido parte. Me cohíbe, porque, como usted ha dicho bien, no estoy acostumbrado a ella... Yo en Barcelona me paseo por las Ramblas llenas de público, a la hora que me parece bien, sin más compañía que la de mi ayudante o la de algún amigo... Alguna vez he ido personalmente, acompañado sólo de Roberto, a esperar la llegada de usted a la estación, sin ninguna vigilancia.
—Entonces —le interrogo—, ¿esas noticias que de vez en cuando vienen cundiendo a media voz de atentados frustrados y tentativas de secuestro...?
—Pura fantasía y «buen deseo» de gentes que me quieren mucho.
—Lo que equivale a decir que en Barcelona sigue reinando la tranquilidad.
—Mire usted, Carretero, Barcelona está como usted la dejó... Creer que allí no puede pasar nada nunca, es ser un idiota... En Barcelona ocurre ahora, como siempre, un fenómeno que en cierto modo es lógico... Ha sufrido una tormenta terrible, uno de esos temporales que en el mar son causa de naufragios y tragedias...
Y, naturalmente, después de esas tempestades, las aguas no se amansan repentinamente. De vez en cuando hay marejadas, resacas que es preciso dominar poco a poco.
—¿Y lo está usted consiguiendo?... ¿Por qué procedimientos?
El general hace un movimiento brusco.
Entregado al tema que ha de ser su máxima preocupación, se había olvidado un poco de su reserva protocolaria y, con voz firme y gesto decidido, me dice:
—Excuse usted que no le conteste... Mi viaje tiene por objeto informar al Gobierno sobre la situación en Barcelona y, aunque ayer he celebrado dos largas conferencias con el Ministro de la Gobernación, todavía no está terminada mi misión... En estos momentos está reunido el Consejo de Ministros, y mientras yo no sepa el resultado de sus deliberaciones, no me puedo permitir hacer ninguna declaración sobre este asunto.
—Que es precisamente el que intriga la opinión y del que vengo a recoger de sus labios alguna información... (5)
Procurando envolver una negativa, en mundana cortesía, me responde:
—Pues lo necesito mucho... Pero... estoy resuelto a no hablar sobre ese tema... Me tiene usted a su disposición para todo, menos para lo que sea hablar de política...
—Pues bien, don Severiano; hablemos entonces de usted mismo... De su vida, de su carrera, de sus éxitos...
Sonríe afable al exclamar:
La carrera del general
—¡Ya eso es otra cosa! Aunque no sea vanidad, no debo negar que a mí —creo que como a todos los nacidos— me agrada hablar de lo que es nuestro amor, la vocación a que consagramos nuestra vida... Sobre eso puede usted preguntarme lo que quiera...
—Sí, porque cuando visité Barcelona, como estaba usted enfermo, por no molestarle concreté mi conversación al momento político —hice una pausa y le interrogué—: —¿Qué edad tiene usted, mi general?
—Pues mire usted, nací el veintiuno de mayo de mil ochocientos sesenta y dos. Hice mis estudios en la Academia de Infantería y fui ascendido a alférez el ochenta y cuatro, destinándome al regimiento de Navarra.
—¿En qué campañas ha tomado usted parte?
Sin necesidad de rememorar, me dice:
—En diciembre de mil ochocientos noventa y tres embarqué para Melilla, y allí estuve durante cuatro años... Poco después fui a Filipinas, y a mi regreso cooperé en Barcelona, en mil novecientos dos, al restablecimiento del orden público, perturbado por una grave huelga general.
En mayo de mil novecientos nueve, y siendo ya teniente coronel, volví al mando del batallón de Cazadores de Cataluña a Melilla, y me hallé en el combate de las lomas de Nador, en la ocupación de Nador y en la toma de la Alcazaba de Zeluan, a cuyas puertas fueron mis fuerzas las primeras que formaron.
En mil novecientos dieciséis se me destinó para formar parte de la Comisión militar que visitó el frente inglés de Francia; en febrero del año siguiente me nombraron Gobernador militar de San Sebastián, y luego de Barcelona, en las circunstancias que todos conocen.
—Muy difíciles, muy delicadas y muy peligrosas —insinúo yo.
Martínez Anido me interrumpe:
—No me incumbe a mí calificarlas...
Y cambiando cauteloso la conversación:
—Como usted ve, mi historia tiene poco de interesante... Es la vida de un soldado que siempre, en todo momento, se ha limitado a obedecer, a cumplir las órdenes que ha recibido.
—Y en Barcelona —le interrumpo intencionadamente—, ¿también toda su actuación responde concreta y rigurosamente a órdenes recibidas?
—Yo sólo puedo decirle que mi misión era y es establecer el orden social...
—¿Y lo ha conseguido usted?
—Eso el Gobierno lo apreciará mejor que yo. Por mi parte, no es indiscreción informarle de que en el tiempo que precedió a mi nombramiento de Gobernador de Barcelona se habían consumado más de ochocientos atentados, seguidos de la muerte de las víctimas... Y que ahora, precisamente hace más de tres meses que no suena ningún tiro en la capital de Cataluña.
—Pues ya ve usted, mi general: con todo eso que acaba de decirme, sin quebrantar ninguna consigna de gran soldado que es usted, tengo yo lo suficiente para terminar aquel trabajo que empezamos en Barcelona.
Balance político
Ciertamente, la incorporación del general Martínez Anido al Gobierno de Barcelona tuvo lugar en uno de los momentos más tormentosos y difíciles de la vida pública española: los que marcaron los comienzos de una larga época de descomposición del orden social.
La tolerancia culpable de los políticos y la debilidad de los Gobiernos había consentido que Barcelona se convirtiera en un foco de intenso terrorismo. Los Sindicatos anarcosindicalistas eran los dueños de la gran ciudad.
Las huelgas, con su cortejo de sabotajes y violencias en la vía pública, interrumpían constantemente las actividades de la gran urbe industrial, y eran estériles las gestiones de las autoridades y de los Tribunales mixtos de patronos y obreros.
Estos, constituídos en Sindicatos únicos, no aceptaban elecciones oficiales y empleaban la táctica extremista de la llamada «acción directa». Y cuando los patronos se resistían a las injustas o excesivas peticiones de los huelguistas, los Sindicatos recurrían a imponer el terror por medio de atentados personales.
Bandas de pistoleros, especializados en el siniestro arte de asesinar, a sueldo de las organizaciones obreras, asaltaban las fábricas y talleres para ejercer sangrientas represalias contra los patronos, o los acechaban y «suprimían» en las calles.
Al mismo tiempo, para engrosar los fondos de las siniestras organizaciones extremistas, se cometían continuos atracos contra comercios, Bancos y domicilios de personas acomodadas.
La Policía era impotente para contener el mal, y sus agentes —así como los obreros que no querían aceptar el yugo de los Sindicatos— caían asesinados en plena Rambla y a la luz del día...
Cuando, rara vez, se detenía a los culpables de algún atentado, jamás caía sobre ellos el peso de la Justicia. Los Jurados, coaccionados por el ambiente de terror, no se atrevían a emitir fallos condenatorios y los criminales salían absueltos.
En estas circunstancias fué nombrado Gobernador civil de Barcelona el general Martínez Anido.
Hombre de energía, de tenacidad inquebrantable, llevó a su cargo la decisión rectilínea del militar que cumple una consigna. Era ésta la de restablecer el orden público en Barcelona, y lo consiguió ejemplar, plena y rápidamente.
El ejemplo de autoridad, sin flaquezas ni contemporizaciones, tuvo la virtud de servir de reactivo, de hacer vibrar el espíritu ciudadano.
Las clases de orden, sabiéndose amparadas por un mando enérgico, se irguieron y colaboraron en la defensa de sus intereses.
Las masas obreras, a las que repugnaban las tiranías de los Sindicatos anarquistas, se escindieron de ellos y fundaron Sindicatos libres de aquella tutela terrorista. Eso sí: no volvió a quedar impune ningún atentado, y las bandas de pistoleros sintieron en su carne la presencia de un poder férreo.
Al poco tiempo de gobernar el general Martínez Anido se habían acabado las huelgas violentas, los sabotajes, los atracos y los atentados en las calles.
Todas las fuerzas sociales amantes del orden y de la disciplina social hicieron objeto a Martínez Anido de un entusiasta homenaje. Se le llamaba «el pacificador» y, en cariñosa hipérbole, «el virrey» de Cataluña.
¿Tuvieron estos elogios ecos de celos y de envidias en el mundo turbio de la política?...
Tal vez. El caso es que se discutió en el Congreso la actuación de Martínez Anido en Barcelona; y, por un incidente nimio, el siniestro Gobierno de Sánchez Guerra relevó de su cargo al general.
Y, claro está, apenas él faltó de allí, Barcelona volvió a convertirse en esclava de las bandas terroristas: los atracos y los atentados estuvieron otra vez a la orden del día.
Martínez Anido aceptó la injusticia sin una protesta, sin una queja, como perfecto soldado disciplinado.
El que se había paseado a pie y sin escolta por las Ramblas, desdeñando las amenazas anónimas de terroristas que sabía dispuestos a atentar contra su vida y la de su hija, obtuvo la excedencia y se fué a descansar, como un simple particular, a un pueblecito de la costa gallega.
Y sabía que el Gobierno, al que había servido, no tenía para él la menor protección y que las organizaciones terroristas le odiaban a muerte.
Durante la Dictadura, Martínez Anido fué el colaborador más destacado de Primo de Rivera. Desempeñó el Ministerio de la Gobernación y rigió el orden público de España durante aquella larga era de paz y prosperidad social, que ha quedado como ejemplo en la historia política de España.
A la caída del dictador siguió su suerte, y, privado de todo amparo oficial y marcado por la animadversión de los partidos revolucionarios, Martínez Anido tuvo que expatriarse.
Al venir la República, fué despojado de su carrera, de sus honores y vivió modestamente en el destierro.
Y cuando empezó el Alzamiento Nacional fué el primero, mejor dicho, de los primeros, en sumarse a él. Aunque tenía ya cumplidos los setenta años y estaba enfermo, prestó valiosos servicios a la Causa de España.
Fué consejero de la Junta de Defensa Nacional y se hizo cargo de velar por el orden público, afrontando y resolviendo con acierto y energías singulares los problemas que se presentaban en la zona que iba siendo liberada.
Fué éste el último gran servicio de una vida que se consagró toda ella al sacrificio por España.
Martínez Anido murió poco antes de que la guerra terminara.
Dios no quiso concederle ver la victoria total de la Patria por él tan amada y a la que había rendido todas sus energías de ciudadano y de soldado.
Aunque esto haga reír burlones a los «estraperlistas» sin conciencia, ahora tan en boga, he de agregar, como colofón de esta interviú psicológica, que Martínez Anido murió pobre...
Notas
(1) Nacido en Ferrol en 1862, de origen humilde y familia militar, hizo carrera en el Ejército desde la Academia de Infantería de Toledo. Su vida profesional quedó muy pronto ligada a Cataluña, donde conoció de cerca una realidad que marcaría su manera de entender el mando: industrialización acelerada, conflicto obrero, anarquismo, catalanismo político y una presencia militar llamada una y otra vez a intervenir cuando la autoridad civil no bastaba. Para Anido, Barcelona no fue una sorpresa tardía. Fue una escuela. ↩
Su paso por Filipinas y Marruecos terminó de moldear esa mentalidad. Allí aprendió una forma de resolver problemas propia del oficial de campaña: rapidez, autonomía, disciplina y poca paciencia para las sutilezas jurídicas. En la guerra colonial y en el Rif, el enemigo se combatía, no se persuadía. Esa lógica, trasladada después a una ciudad industrial europea, produjo resultados eficaces, pero también moralmente turbios. O, dicho de forma menos diplomática: cuando se trata una capital como si fuese una posición enemiga, alguien acaba pagando la factura.
Cuando fue nombrado gobernador civil de Barcelona en 1920, la ciudad vivía una situación límite. El pistolerismo, los atentados, la violencia entre la CNT y el Sindicato Libre, los cierres patronales, las huelgas y la impotencia de los gobiernos habían convertido la vida urbana en una sucesión de sobresaltos. No era solo una disputa laboral: era una guerra social de baja intensidad, con muertos en las calles y miedo en los comercios, fábricas, talleres y hogares.
En ese ambiente, Martínez Anido fue recibido por muchos como el hombre necesario. La patronal, sectores conservadores, comerciantes, clases medias y también trabajadores hartos de la coacción sindical vieron en él al restaurador del orden. Su actuación redujo la violencia visible y devolvió a Barcelona una apariencia de normalidad. Por eso su figura fue aplaudida por una parte considerable de la ciudad. No porque todos fuesen devotos del autoritarismo, sino porque muchos estaban agotados y asociaron su llegada con algo tan elemental como poder vivir sin miedo.
Pero esa pacificación tuvo un reverso siniestro. Su política se apoyó en métodos durísimos: detenciones, deportaciones, clausura de sindicatos, apoyo o tolerancia hacia los Sindicatos Libres y prácticas represivas que quedaron asociadas a la llamada ley de fugas. Anido encarnó la idea de que el Estado podía combatir la violencia revolucionaria con una violencia propia, envuelta en partes oficiales y justificaciones de orden público.
(2) Se trata del embrión de los Comités Paritarios de la dictadura de Primo de Rivera. Eran mecanismos de mediación laboral estatal para matar las huelgas: “paridad” decorativa entre obreros y empresarios (5+5) y presidente (voto decisivo) un representante del Gobierno. La UGT colaboró y copó la representación; mientras la CNT fue ilegalizada y sus dirigentes en el exilio. ↩
En 1931 la República los rebautizó como Jurados Mixtos: más competencias, más barniz democrático… pero la misma máquina. Cambió el rótulo, no el mecanismo: arbitraje tutelado para encauzar el conflicto y, otra vez, territorio a dominar por la UGT, si bien esta vez con los anarquistas enfrente. Más información sobre el conflicto sindical en mi artículo dedicado a la Semana Sangrienta Sevillana.
(3) Leyenda negra. La política represiva aplicada en Barcelona por Martínez Anido no solo generó rechazo interno: fue utilizada fuera de España para reactivar una Leyenda Negra útil y simplificadora. El “wokismo” de la época —rápido en justificar la violencia “revolucionaria” y feroz al juzgar la respuesta estatal— tendió a mirar con benevolencia la violencia anarquista mientras convertía la represión en prueba definitiva de una supuesta barbarie española permanente. ↩
La campaña internacional contra el llamado “Terror Blanco” se apoyó en tres redes. Primero, la solidaridad anarquista y socialista europea: sindicatos y periódicos como Le Libertaire o The Daily Herald difundieron denuncias y encuadraron a Anido como un “Torquemada moderno”. Segundo, intelectuales y comités humanitarios, con figuras como Anatole France, que organizaron protestas y recaudaciones, acercando el asunto a foros internacionales. Tercero, exiliados políticos instalados en París, que actuó como centro emisor de propaganda.
La prensa centroeuropea revitalizó el tópico “África empieza en los Pirineos”, describiendo los métodos de Anido como prácticas coloniales aplicadas en Europa. El resultado fue un desgaste diplomático y comercial, especialmente sensible por la Guerra del Rif, y una presión política que, sumada a críticas en el Congreso, llevó a José Sánchez Guerra a destituirlo en octubre de 1922.
(4) Roberto Martínez Baldrich (1895–1959) fue el hijo más “incómodo” de Severiano Martínez Anido: en vez de dedicarse a repartir orden público, prefirió repartir líneas, tinta y glamour. Aunque empezó la carrera militar por pura inercia familiar, acabó virando hacia el arte y la ilustración, y además solía firmar con el apellido materno (“Baldrich”), como quien se quita de encima un uniforme demasiado pesado. ↩
Se especializó en la figura femenina y trabajó como ilustrador en grandes revistas gráficas del primer tercio del siglo XX: Blanco y Negro, La Esfera, Nuevo Mundo, Mundo Gráfico, entre otras. Durante la Guerra Civil dirigió una cabecera de moda femenina, Mujer. Revista del hogar y de la moda, fundada en 1937.
(5) La destitución de Severiano Martínez Anido en octubre de 1922 fue una operación quirúrgica diseñada por José Sánchez Guerra para evitar una reacción en cadena de los apoyos del general (patronal catalana y sectores militares duros), en un país además exhausto por la sangría humana, financiera y moral que suponía la guerra de Marruecos. ↩
Primero, aprovechó un viaje a Madrid del general Arlegui para cesarlo antes, descabezando la cúpula policial de Barcelona y aislando a Martínez Anido. Acto seguido, el 24 de octubre de 1922, firmó el decreto de cese. Para neutralizar resistencias o algaradas en Cataluña, Sánchez Guerra dio un paso extraordinario: asumió interinamente el gobierno civil de Barcelona y viajó de inmediato para tomar el control directo, con la intención de restablecer garantías constitucionales y desactivar el clima de excepción.
Las consecuencias fueron profundas. La patronal catalana, en especial la burguesía industrial del Fomento del Trabajo Nacional, reaccionó con pánico e indignación: veía en Martínez Anido su único escudo frente al terrorismo anarquista vinculado a la CNT. Retiró su apoyo parlamentario a los conservadores y concluyó que el sistema de Madrid era incapaz de proteger sus intereses. Ese divorcio empujó a sectores empresariales a financiar y respaldar salidas de fuerza.
A largo plazo, el cese aceleró la crisis de la Restauración y reforzó en figuras como el capitán general de Cataluña Miguel Primo de Rivera la idea de que el parlamentarismo debía ser liquidado: si el Estado no controlaba Barcelona, menos aún podía gestionar Marruecos, que devoraba presupuestos y legitimidad.
Cuando llegó el golpe de septiembre de 1923, no solo contó con el apoyo de esa patronal “huérfana”: fue bien acogido por amplios sectores sociales, hastiados del pistolerismo, del gobierno inoperante y de una guerra colonial que llevaba al desolladero sangre de soldados españoles. La rehabilitación de Martínez Anido fue inmediata: Primo de Rivera lo nombró subsecretario de Gobernación y proyectó a escala nacional métodos de control ya ensayados en Barcelona.
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