Melquíades Álvarez: el reformista atrapado entre monarquía y república

Retrato de Melquíades Álvarez (1923)

Melquíades Álvarez: el reformista que quiso vivir entre la monarquía y la república

Melquíades Álvarez fue uno de los grandes tribunos del primer tercio del siglo XX español: republicano de origen, liberal por temperamento y reformista por estrategia. Defendió que la forma del régimen —monarquía o república— era accidental si se respetaban las libertades públicas, el parlamentarismo y el contenido democrático del Estado.

Esa posición, tan razonable sobre el papel como incómoda en la España de las trincheras, explica tanto su atractivo como su fracaso político. Carretero lo entrevistó en 1910 y, décadas después, lo juzgó con dureza: un orador formidable que, según él, nunca terminó de “ser” políticamente.

Melquíades Álvarez y la accidentalidad

Melquíades Álvarez fue uno de esos políticos españoles difíciles de encerrar en una etiqueta sin romperle las costuras.

Republicano de origen, liberal por temperamento y reformista por estrategia, defendió una idea que en la España de su tiempo resultaba casi una herejía: que lo importante no era tanto la forma del régimen, monarquía o república, como su contenido democrático. De ahí su famosa apuesta por la “accidentalidad” de las formas de gobierno, siempre que se respetaran los principios del liberalismo, el parlamentarismo y las libertades públicas.

La historiografía actual lo presenta como un precursor del centro político moderno: partidario del constitucionalismo, de la soberanía civil frente al ejército, de la secularización del Estado, del reformismo social y de una democracia posible tanto bajo la monarquía como bajo la república. Pero esa misma posición, razonable sobre el papel, fue también su condena política. Para unos era demasiado republicano; para otros, demasiado templado. En la monarquía parecía sospechoso de izquierdismo; en la República, sospechoso de conservadurismo.

Carretero lo retrató en los años 20 como un gran tribuno, dueño de una palabra capaz de llenar salones y arrastrar auditorios. Años después, cuando reeditó la entrevista después de la guerra para la serie Galería, lo juzgó con más dureza: vio en él al maestro de las ambigüedades, al hombre que no acabó de “ser” políticamente.

Y, sin embargo, incluso en esa crítica late una admiración amarga. Porque Melquíades Álvarez quizá no supo convertirse en el jefe de partido que muchos esperaban, pero representó como pocos la tragedia del reformismo español: intentar levantar un centro liberal en un país que prefería las trincheras.

Caricatura de Melquíades Álvarez entre la monarquía y la república
Caricatura de Melquíades Álvarez “entre la monarquía y la república”, de la época en que hizo pública su teoría de la «accidentalidad» de las formas de gobierno. Por Ernesto Pérez, Donaz.

La entrevista (1910)

—El señor no tardará; ha ido a una diligencia con los señores Armiñán y Caldas —nos ha dicho un criado albino y pecoso.

Este despachito, reducido y modesto, donde nos disponemos a esperar a don Melquíades Álvarez, no debe de ser donde él trabaja; seguramente será el de sus pasantes.

Es una habitación pequeñita, con dos ventanas que dan a un patio; está ocupada casi toda por tres mesas de despacho y un armario de cristales; dentro de este armario hay apilado un centenar de legajos, en cuyos lomos se leen los rótulos de Juzgado, Tribunal contencioso, Apelaciones. Nada más; a no ser una librería pequeñita, ocupada por el Diccionario de Alcubilla, dos butacas y un sofá de muelles. Hundidos en este sofá, con las piernas cruzadas, hay dos caballeros que, como yo pienso hacer, esperan a don Melquíades Álvarez.

Suena un timbre; tras él, la puerta del piso; después, unos pasos que se acercan...

—¡Ese es don Melquíades! —hemos pensado todos con júbilo. Y quedamos con la vista suspensa en la puerta; ésta se abre... ¡No es don Melquíades!... Es un joven menudo y enjuto de carnes, que entra sin saludarnos, se dirige al armario de cristales, coge un legajo, después se llega al estantito y se incauta de uno de los tomos del Alcubilla.

—¿No volverá don Melquíades? —nos preguntamos algo desalentados.

Y... Otra vez el timbre, otra vez la puerta, y después los pasos que se acercan...; pero ninguno miramos la entrada, para no ser defraudados. Pero no lo somos, porque esta vez se presenta ante nosotros el gran tribuno, amable, sonriente, tendiéndonos fraternalmente su mano.

—Dispensadme, señores... He tenido que ir con los procuradores a evacuar unas diligencias que eran inaplazables. Seguramente marcharé mañana a Bilbao...

Don Melquíades trae empuñado como un pañuelo su sombrero flexible, viste traje negro, que da una fina distinción a su figura y hace destacar la camisa, el cuello de pajarita y el lazo de la corbata, blanca.

—Mal día ha escogido usted, querido Caballero Audaz —continúa después, dirigiéndose a mí—. Para esa interviú necesitamos, por lo menos, una hora, y... hoy, bien a mi pesar, no dispongo de ella.

—Nada de una hora, don Melquíades —le interrumpo algo contrariado—; con veinte minutos nos basta.

Él insiste con su afable sonrisa:

—Si acaso, lo dejaremos para otro día.

—La verdad —protesto yo, también sonriendo—, ya que tengo la fortuna de cogerle esta tarde en casa...

—Bien; pues pasemos a mi despacho...

Y dirigiéndose a los señores graves, se disculpa, sonriente:

—Con permiso... Un momento.

El despacho de don Melquíades es mucho más espacioso que el anterior; está amueblado con severidad y gusto, y recibe la luz por dos grandes balcones que dan a la plaza de Colón. Amplias librerías atiborradas de libros nos dan idea de que allí labora un hombre de intensa mentalidad.

Melquíades Álvarez con simpatizantes en Luanco en abril de 1931
Melquíades Álvarez con un grupo de simpatizantes en Luanco (abril de 1931)

Don Melquíades se ha obstinado en que yo tome asiento antes que él. Para decidirme a usar esta delicada preferencia, ha empleado este último y supremo argumento:

—¡No, amigo Carretero! Yo jamás me siento en butacas...; mi sitio predilecto es éste —y se ha dejado caer sobre el brazo de una panzuda meridiana.

—Pues mi visita, don Melquíades —le digo—, obedece al deseo de saber algo de su vida íntima.

—¡Mi vida íntima!... —repite él, alzando los hombros—. Trabajando siempre; voy a cumplir cuarenta y seis años; desde que tengo uso de razón no he pasado un solo día de holganza.

—Veamos: ¿qué distribución hace usted de las horas del día?...

—Acostumbro a levantarme entre siete y ocho; lo primero que hago, en todo tiempo, es darme una ducha; desayuno, leo los periódicos y despacho la abogacía hasta las dos; a esta hora como, y, si no tengo Audiencia ni Congreso, recibo a mis amigos políticos de cuatro a cinco y media; después vuelvo al bufete, hasta las siete, que salgo a respirar un rato. Casi siempre a pie, voy dando un paseo hasta la Puerta del Sol, y vuelvo a casa a cenar; después marcho al Casino, donde nos reunimos amigos de todos los matices políticos.

—¿Cuáles fueron sus primeros pasos en la vida pública?

—Ganar una cátedra de Derecho Romano en Oviedo.

Melquíades Álvarez votando en las elecciones municipales de Madrid de 1931
Melquíades Álvarez votando en las elecciones municipales (Madrid, 12/04/1931)

Don Melquíades hace una breve pausa; entorna los ojos, como evocando algún recuerdo del pasado. Después añade:

—Le voy a contar una anécdota de mi vida, que le dará idea de lo que yo llevo luchado. Acababa de terminar, con bastantes apuros pecuniarios, mi carrera de abogado, y escribía en un periodiquito que se titulaba... La Nación... o El Nervión..., no sé a punto fijo; en fin, lo cierto es que me procesaron por un artículo... Este periódico, como todos los de batalla, tenía un testaferro; sin embargo, yo no quise evadir la responsabilidad y me presenté al juez, que al verme tan pobre y mal trajeado, se echó a reír y exclamó: «Vamos, sí, ya comprendo... usted es el testaferro.» Figúrese qué trazas tendría yo por aquella época...

—¿Cuál ha sido la mayor satisfacción que ha tenido en su vida íntima?

—El primer pleito que gané.

—¿Y en su vida pública?...

—El éxito que está alcanzando el Partido Reformista 1; en la política no se ha conocido nada igual; un triunfo sólo comparable con el alcanzado por ustedes, los de Prensa Gráfica, en el periodismo.

Nos interrumpe un angelillo de cabellos ensortijados, que entra corriendo en el despacho y se abraza a las piernas del ilustre político.

—Ésta es mi pequeña Dinorah —dice don Melquíades, besando a la preciosa nena.

—¿Cuántos hijos tiene usted, don Melquíades?...

—Cuatro: Margarita, Melquíades, Matilde y ésta.

—Antes de marcharme —he exclamado, poniéndome de pie—, voy a ser indiscreto en unas palabras... ¿No me guardará usted rencor, don Melquíades?

—No, señor. Vengan.

—Los que somos monárquicos, y al mismo tiempo admiradores de usted, tenemos la esperanza de verle muy pronto de jefe de alguna fracción política dentro del régimen actual. ¿Qué opina usted de esto?

Don Melquíades se ha sonreído, enigmático; después, cambiando de gesto, se ha encogido de hombros, y al fin, tras una breve reflexión, ha dicho:

—¡Allá ustedes con sus esperanzas! El régimen actual está muy enfermo... Se le ha puesto a prueba varias veces y no se enmienda.

—Pues bien —afirmo yo con decisión profética—, a pesar de todo ese pesimismo con que usted se expresa, tengo el honor de despedirme del futuro jefe del Partido Reformista-liberal-monárquico.

Melquíades Álvarez en un mitin junto al monumento a Castelar en Madrid
Melquíades Álvarez en un mitin junto al monumento a Castelar (Madrid, 7/05/1911)
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Comentario de Carretero en la reedición para la serie Galería

Confieso que esta vez fracasé en mis vaticinios.

Melquíades Álvarez no fue nunca, desgraciadamente para él, jefe de un partido que se hubiese llamado Reformista-liberal-monárquico. Pero tampoco lo fue de un Partido Reformista-republicano.

En toda la política española no se ha dado otro caso de una tan larga, desconcertante, definitiva ambigüedad como el de Melquíades Álvarez. Él fue el maestro de las ambigüedades políticas, que no hacen otra cosa que envilecer al pueblo. Después, Gil Robles le dio ciento y raya. 2

Don Melquíades Álvarez nació en Oviedo, en 1864. En 1883 terminó con gran brillantez la carrera de Derecho, y fundó en Oviedo un periódico titulado La Libertad, con pretensiones republicanas, y al mismo tiempo colaboraba en otro, La Democracia, órgano del Partido liberal dinástico.

En 1889 obtuvo por oposición una cátedra en la Universidad de Oviedo, teniendo por compañeros a una pléyade de catedráticos republicanos: Buylla, Posada, Sela y Leopoldo Alas, Clarín, el crítico implacable.

La democracia asturiana lo elige diputado en 1901, y basta a don Melquíades un solo discurso en el Congreso para revelarse como un parlamentario formidable.

Y conste que no era fácil llamar la atención entonces como orador político. Estaba muy inmediato el recuerdo de Castelar, muerto dos años antes, y en las Cortes se disputaban el cetro de la oratoria Moret, Salmerón, Silvela, Maura, Vázquez de Mella y Canalejas...

Su primera actuación parlamentaria ya tuvo el sello de la duda, de la hibridez, de la irresolución, que había de ser la característica de toda la vida pública de don Melquíades.

¿Qué era el nuevo diputado?...

¿Monárquico?... No. Los monárquicos se lamentaban de que estuviera del otro lado y no pudiese ofrecer una garantía al régimen figurando entre los jóvenes liberales que, como Canalejas y Romanones, estaban detrás de Sagasta y de Moret.

En cuanto a los republicanos, tampoco podían considerarlo a su lado, porque el joven asturiano, lleno de escrúpulos y distingos, no aceptaba las normas revolucionarias, ni se declaraba francamente en contra del régimen.

Una sola cosa aparecía entonces clara en Melquíades Álvarez, y en la cual coincidía con los liberales avanzados de la Monarquía y los veteranos de la República: su anticlericalismo.

Pero, no obstante su postura de equilibrista político, Melquíades Álvarez fue haciéndose de partidarios.

Y en 1913, en un banquete en el Palace Hotel, al que concurrieron más de tres mil comensales, Melquíades Álvarez lanzó su programa político y fundó el Partido Reformista.

No era francamente republicano. No era decididamente monárquico.

Melquíades Álvarez, ante el estupor casi unánime de los que de él esperaban una definición rotunda, proclamó que él no estimaba sustanciales las formas de gobierno, que su credo democrático lo mismo podía servir a una Monarquía liberal que a una República conservadora. Por lo que el reformismo venía, al parecer, a hacer posible una especie de República moderada o una Monarquía hereditaria.

Esta concepción política absurda, precisamente por su hibridez, tuvo la virtud de contentar a muchos, sobre todo entre la pléyade de intelectuales, escritores, catedráticos, clase media, que venía oscilando entre el descontento hacia la Monarquía y el temor a una revolución. Gente tímida y cauta que se balanceaba en la cuerda floja del oportunismo, luchando entre las conveniencias y desventajas de lo conocido y el miedo a lo nuevo. Ambiciosos cautos que no se atrevían a arriesgarlo todo a una carta y que antes de hacer su postura querían, como vulgarmente se dice, cubrirse con la pinta.

Sátira periodística sobre Melquíades Álvarez publicada en El Mentidero en 1913
«Este es de los que van derechos al cajón del pan».– Nota. El cajón del pan no se ve; pero el camino y el paso no dejan lugar a dudas. (El Mentidero, semanario satírico, 5/07/1913)

A pesar de esa incertidumbre, de esa inconsecuencia con las ideas fundamentales, el Partido Reformista cuajó, desgraciadamente, como fuerza política, y quedó durante mucho tiempo suspendido como una interrogación en la vida pública española.

Melquíades Álvarez tenía unas veces concomitancias claras con los partidos republicanos, y otras acudió a Palacio a exponer su opinión al Rey en momentos de crisis.

Melquíades formó, como Cambó, en la Asamblea de Parlamentarios de tipo revolucionario de protesta contra el Régimen, y así como Cambó salió de aquella Asamblea para ser ministro en un Gobierno de concentración nacional, poco más tarde, Melquíades, sin abandonar personalmente su postura ambigua, autorizó a uno de sus lugartenientes para ser consejero de la Corona. 3

Y, sin embargo, dos años después, Melquíades Álvarez, de tácito acuerdo con los republicanos, pronunciaba en Madrid un gran discurso pidiendo que se reuniesen Cortes Constituyentes para decidir por qué régimen político deseaba España regirse, y que mientras las deliberaciones se celebraran las prerrogativas reales estuvieran en suspenso.

¿Qué era, pues, Melquíades Álvarez?... ¿Monárquico?... ¿Republicano?... Él proclamaba la accidentalidad de las formas de gobierno, verdadero equívoco y absurdo político, y al mismo tiempo se mostraba audaz en la concepción de las reformas sociales, pero tímido y conservador en cuanto a la forma de su implantación.

¿Qué era entonces Melquíades Álvarez?... A nuestro juicio, el error de Melquíades y el de todos sus devotos fue el considerarlo como un jefe de partido, como un hombre político.

Porque Melquíades no fue más que un orador, un gran artista de la palabra, un magnífico esteta del verbo.

Como un pintor, un escultor, un músico, Melquíades estaba enamorado de la forma.

Y así como aquellos artistas en todo lo humano no ven sino temas de inspiración y modelos, luces, colores, masas, ritmos, sin importarle mucho su significación filosófica o social, Melquíades Álvarez, en la política, en los sucesos, en los hombres, sólo veía, como un verdadero artista, temas para su oratoria.

Se nace para poeta y se nace para orador. Y Melquíades lo era. La Naturaleza le había dotado sobradamente para ello: tenía voz amplia, que llenaba los ámbitos, que henchía el aire. Voz para multitudes, rica en sonoridades, en inflexiones, en matices.

Y luego reunía excepcionales condiciones de actor. Sabía dar a sus discursos un gran aparato escénico, y dominaba los efectos.

Intervención de Melquíades Álvarez en un mitin republicano-socialista en el Frontón de Madrid
Intervención de Melquíades Álvarez en un meeting republicano-socialista en el Frontón de Madrid (9/6/1910)

Uno de sus biógrafos dice de Melquíades como orador:

«Ved cómo se descompone. El desorden de su braceo, ese encorvarse a lo tigre, ese erguirse sacando el pecho, ese ceño fruncido, el temblar las manos sobre la cabeza, el bajar los escalones de su escaño lentamente, el silencio para exasperar la curiosidad, tantos gritos, tantas escalas...; es el meridionalismo suyo, que le destruye la euritmia de su arte de hablar...»

Porque Melquíades es del Norte por nacimiento, pero no por lo cálido, vertiginoso, fogoso y estallante de su estilo, que raya a veces en lo histriónico. Los nervios lo sacuden como un vendaval a un manojo de cañas.

En su dialéctica, Melquíades, como en un columpio, va y vuelve. Necesita buscar un equilibrio imposible.

En política está siempre en pie. Es que su corazón le empuja a las auroras rojas y su cálculo de evolución y reforma progresiva le lleva a cultivar las flores de lis. Debía usar escarapela revolucionaria, pero se pone corbata blanca.

Por eso es genio de la oratoria y pudiera ser diatriba contra ella.

Por eso fluctúa, indeciso. Por eso, en la política española flota a merced de todas las corrientes. Porque Melquíades Álvarez se ha olvidado de las palabras de Hamlet: «El problema es ser o no ser.»

Melquíades Álvarez no «supo ser» en la política, y su eterna ambigüedad le convirtió en un valor nebuloso, estéril, para la obra fecunda que de su gran talento había derecho a esperar.

Pero, en cambio, este hombre, que pasó por la vida como una nube, como una interrogación, «supo ser» ante la muerte.

El estallido de la guerra civil le sorprendió en Madrid, y Melquíades Álvarez fue encerrado en la Cárcel Modelo.

Y un día trágico de agosto —aquel día de la más monstruosa vesania roja—, cuando las hordas comunistas, sedientas de sangre, organizaron la matanza de los presos, Melquíades Álvarez fue una de las víctimas. 4

El hombre que había sido feble, tímido, indeciso en la política y en la vida, fue firme ante la muerte, y con serenidad cristiana presentó gallardamente su pecho a los fusiles asesinos.

Parafraseando el proverbio italiano, repetimos: «Un bello morir basta para glorificar toda una vida.»

Y la vida de don Melquíades fue una hermosa vida.

Melquíades Álvarez en la playa de Gijón en los años veinte
Álvarez en la playa de Gijón (años 20)
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Notas

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1 El Partido Reformista (1912-1924) fue una fuerza republicana, laica y anticaciquil que intentó modernizar España democratizando la Constitución de 1876. Quiso ser una “tercera vía” liberal e intelectual, pero tuvo poco éxito electoral.

Se fundó en 1912, con presentación en 1913, con republicanos moderados e intelectuales ligados a la Institución Libre de Enseñanza. Defendía una república democrática, la separación Iglesia-Estado, las reformas agraria y educativa, y un punto intermedio frente al turnismo. Reunió apoyos de Galdós, Azaña, Ortega y García Morente. Álvarez sostenía la “accidentalidad” de la forma de gobierno: lo esencial era la democracia, fuera monarquía o república, lo que generó tensiones. Tras la dictadura de Primo de Rivera y la ruptura con la monarquía, el partido se disolvió y muchos miembros pasaron al republicanismo de izquierdas en la Segunda República.

2 Gil-Robles, fundador de la Confederación Española de Derechas Autónomas (C.E.D.A.), también hizo del “accidentalismo” su bandera durante la República, pero en un sentido opuesto al de Álvarez: su trayectoria fue del monarquismo al republicanismo. Ya abordé esta cuestión en el artículo dedicado a la carrera política de Gil Robles.

3 La Asamblea de Parlamentarios (Barcelona, 1917) fue una reunión de diputados y senadores de la oposición, impulsada por la Lliga, que reclamó la convocatoria de Cortes Constituyentes y reformas para superar la crisis del sistema de la Restauración, incluida la cuestión autonómica.

Tras reunirse con líderes socialistas como Julián Besteiro y Francisco Largo Caballero, Álvarez dio su respaldo al movimiento de la huelga general de agosto de 1917. Esta decisión provocó tensiones internas y la posterior pérdida de militantes en las filas de su propio partido.

4 En los primeros compases de la Guerra Civil, con milicias actuando con amplia impunidad y unas autoridades incapaces, o poco dispuestas, a poner orden, Álvarez se negó a abandonar la ciudad, fue detenido tras una delación, pasó por la Dirección General de Seguridad y acabó en la Cárcel Modelo creyendo —error fatal— que allí estaría más protegido.

Dentro de la Modelo reinaba la confusión, los presos eran “botín” para milicianos, los funcionarios huyeron y la prisión quedó de facto bajo control de la turba. En la madrugada del 22 de agosto de 1936, un grupo de presos, incluido Álvarez, fue seleccionado, bajado al sótano y fusilado tras ser sacado a golpes. Luego llegó la “reacción oficial”, cuando ya no servía para nada. El asesinato afectó profundamente a Azaña, que había sido compañero suyo de partido y en aquel momento presidente de la República.

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