"Las armas y las letras": propaganda, escritores y Guerra Civil sin consignas

Reseña de "Las armas y las letras", de Andrés Trapiello

Portada de "Las armas y las letras", de Andrés Trapiello

Voy a hablaros de un libro que, si este país tuviera instinto de conservación intelectual, debería circular como lectura obligatoria: Las armas y las letras, de Andrés Trapiello.

Cuando en 1936 se “abrió la veda”, la propaganda se convirtió —por primera vez a esta escala— en un arma tan decisiva como la artillería. O más. La munición más eficaz que manejaron los gobiernos de Valencia y de Burgos no siempre fue el plomo: fue el relato.

“La propaganda de uno y otro bando quiso poner desde el principio de la guerra al mayor número de intelectuales, artistas y escritores de su parte en uno de los platillos de la balanza, dejando al enemigo lo más desasistido posible.” ( A. Trapiello )

La expresión “las armas y las letras” no se la inventó Trapiello. Es una locución clásica: la guerra sepultando la literatura, o la literatura naciendo de la guerra. “Cuando truena el cañón, llora la guitarra”. Lo que sí hizo Trapiello fue convertirla en un libro original: a medio camino entre la historia y la literatura, sin pedir perdón por ninguna de las dos.

Aquí no se trata solo de quién escribió qué, sino de en qué medios, con qué amistades antes y después del conflicto, qué bando elegido (los que pudieron elegir), qué publicaron antes, durante y después, y qué fue de sus vidas cuando se apagó el humo.

Pasan por estas páginas Aleixandre y Lorca, Unamuno y Baroja, los Machado, Benavente, Cernuda, Alberti, Madariaga, Cunqueiro, Torrente Ballester, Josep Pla, Otero Pedrayo… y muchos otros menos obvios, de esos que no te suenan hasta que Trapiello te los deja en la mano como diciendo: “toma, ahora ya no tienes excusa”.

Aleixandre - Lorca - Pla - Otero
Aleixandre - Lorca - Pla - Otero

La objeción académica (y un pequeño drama nacional por el índice de citas)

Antes de seguir: hay académicos que han criticado el libro por ofrecer información “tan desigual como fragmentaria” y, sobre todo, por un pecado mortal: no tiene índice de citas.

A ver: esto es como acusar a un gato de no ladrar. Trapiello no está escribiendo una tesis doctoral; está haciendo una obra narrativa, interpretativa y literaria. Y además, como buen cervantista, tiene poco respeto por quienes confunden el armazón con la casa.

Nunca hay que saltarse los prólogos de Trapiello, por cierto. Ahí deja claro que reivindica el brillo literario por encima de la obediencia ideológica. Y eso irrita mucho a quien necesita que la literatura venga ya “clasificada” por simpatías políticas.

Trapiello, por ejemplo, puede calificar de ramplón al verso de algún poeta “del 36” con cartel de progre intocable… y esa es la clase de libertad que indigesta a ciertos catedráticos con vocación de comisario. También molesta que dedique páginas a rescatar autores de la “banda diestra” hoy fuera del candelero mediático.

¿Y qué? ¿Aptitud literaria e ideario político se heredan en el mismo gen? Aquí hay demasiada gente viviendo de que la guerra civil no se acabe nunca: necesitan el conflicto como negocio emocional, y cualquier libro que meta matices les estropea el chiringuito.

Todo en orden.

A Trapiello le da igual. Lo cuenta como le parece. Y a mí, también.


El valor real del libro: anécdotas que abren puertas

El libro está lleno de anécdotas —y yo soy muy devoto de las anécdotas cuando son la punta del iceberg, no el chisme de sobremesa—.

Una de mis favoritas: la del diplomático chileno Carlos Morla Lynch, que va a ver a Rafael Alberti para ofrecerle asilo cuando los moros de Franco estaban entrando en Madrid y el ambiente huele a final. Morla anota, sorprendido, que Alberti estaba obeso.

Morla, que se tiró la guerra intentando alimentar a millares de refugiados en su embajada mientras la ciudad se caía de hambre, sabía que en Madrid era difícil conservar la decencia… y a la vez, el peso. Y la escena sugiere lo que Trapiello suele sugerir sin levantar la voz: que hubo gente escribiendo épica desde la retaguardia con el estómago lleno.

Alberti, con edad para ir al frente, no fue. Se pasó la guerra componiendo estrofas guerreras para animar a otros a jugarse la vida. Y mientras, lejos del peligro, vivió con comodidad de okupa aristocrático en el palacio de los condes de Heredia Spínola.

Trapiello no lo cuenta así de crudo, pero lo deja caer con ese estilo suyo de bisturí: no grita, corta. Y eso cabrea al club de las barrigas agradecidas.

Y de paso te descubre joyas: los diarios de Morla Lynch, por ejemplo, que son oro puro para entender el Madrid sitiado y la diplomacia convertida en comedor social con sello y bandera.

He hablado de Morla Lynch en otras ocasiones: a propósito de memorias de gente atrapada en Madrid, y también en textos sobre salvoconductos y asilos diplomáticos. Trapiello tiene esa cualidad: te va dejando migas de pan hacia bibliotecas enteras.


La cronología que aclara el “pique” Unamuno–Millán Astray

A mí me da bastante igual que el libro no tenga citas: lo que sí me ha resultado especialmente útil, como aficionado a la historia, es su cronología de “hechos de letras” paralela a la de “hechos de armas”. Porque, por ejemplo, ordena bastante la polémica del encontronazo entre Unamuno y Millán Astray.

  • 20/08/1936: el Gobierno republicano destituye a Miguel de Unamuno de todos sus cargos, incluido el de rector vitalicio de la Universidad de Salamanca.
  • 10/01/1936: en la zona nacional, el general Cabanellas firma un decreto confirmándolo en sus cargos académicos.
  • 10/12/1936: acto del Día de la Raza en el Paraninfo de Salamanca: el episodio famoso.
  • 22/10/1936: Franco lo cesa fulminantemente de todos sus cargos académicos.
  • 31/12/1936: Unamuno muere, amargado, con los pies metidos en un brasero.

Y aquí tienes la gracia amarga: para unos, Unamuno sale del Paraninfo increpado; para otros, lo “saludan” a lo romano y lo escoltan. España, siempre con la moral estéreo: dos oídos, dos relatos, una misma escena.

Unamuno a la salida del Paraninfo de Salamanca
Unamuno a la salida del Paraninfo de Salamanca, donde conoció el célebre encontronazo con Millán Astray. Para unos, en la foto parece increpado por falangistas; otros lo ven siendo saludado a lo romano, bien tutelado por Doña Carmen Polo.

Lo mejor: te da el vicio de leer

Lo mejor que puede decirse de Las armas y las letras no es que “informe”: es que te mete el vicio. Te da ganas de ir a buscar autores, memorias, crónicas y libros que ni sabías que existían.

A mí, por ejemplo, me empujó hacia:

  • los relatos A sangre y fuego de Manuel Chaves Nogales,
  • La revolución vista por una republicana de Clara Campoamor,
  • los diarios de Carlos Morla Lynch,
  • el Asedio de Madrid de Eduardo Zamacois,
  • y la trilogía Los libros de Retamares de Salvador García de Pruneda.

Siguiendo un símil del mus: no harán buenos pares, pero valen para un órdago a la grande.

¿Y qué más se le puede pedir al libro? Que sea de esos a los que siempre vuelves: aparece un autor que no te suena, y vas a Trapiello a ver qué cuenta. Y, afortunadamente, aunque no tenga citas, sí tiene un estupendo índice onomástico, que es lo mínimo exigible a un libro que trata a cientos de nombres como si fueran vecinos.


Novedad 2019

A pesar del manifiesto desprecio de ciertos catedráticos, después de 25 años de su primera edición, Las armas y las letras sigue despertando interés lector. En 2019 salió una nueva edición corregida y aumentada con nuevas aportaciones del autor.

Lo dicho: un gran libro. Y uno de esos raros artefactos que no te dicen lo que tienes que pensar: te obligan a pensar mejor.

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