El Caballero Audaz entrevista a Mussolini en 1935
Roma 1935: entrevista a Benito Mussolini
Volvemos con otra entrevista de José María Carretero Novillo, el periodista que publicaba con el seudónimo “Caballero Audaz”. Esta vez, el entrevistado es Benito Mussolini. La conversación tuvo lugar en Roma, la víspera de la boda de la infanta Beatriz de Borbón, hija primogénita de Alfonso XIII.
Estamos en 1935, en pleno apogeo del régimen fascista. El Estado totalitario está consolidado: partido único, control policial férreo y una escenografía política que convierte cada aparición del Duce en ceremonia calculada.
Italia vive además la guerra de Abisinia y desafía abiertamente a la Sociedad de Naciones. Mussolini se presenta como arquitecto del orden y la unidad nacional frente al marxismo, mientras el país avanza hacia una política exterior cada vez más agresiva.
Dejemos los prolegómenos y escuchemos a José María Carretero, también conocido como "El maestro de la interviú".
Roma 1935
Parece insólito y extraordinario el caso. He aquí que una buena mañana un numeroso grupo de españoles, que hemos venido a Roma para asistir a la boda de la hija mayor de Alfonso XIII (1), nos encontramos bloqueados, detenidos e intervenidos por la policía fascista.
Es una detención cómoda, porque nos permite estar en nuestras habitaciones o en los salones de los pisos altos del Gran Hotel —el mejor de la capital del mundo cristiano—, y breve, porque apenas durará una hora.
Justamente el tiempo que Benito Mussolini, el Duce de la Italia moderna, tarde en la ceremonia de descubrir una lápida conmemorativa de no sé que primera comida y reunión celebrada por los camisas viejas fascistas, y que está colocada en el primer rellano de la gran escalera de mármol en nuestra suntuosa hospedería.
No me lo explico; pero antes de la ceremonia la policía ha invadido todos los pisos del Gran Hotel. Hay agentes vestidos de paisano, y ardittis de uniforme en los pasillos, en las escaleras, custodiando los huecos de los ascensores, y en los balcones de la fachada principal.
La consigna es rigurosa, implacable. Ningún huésped puede salir del hotel ni descender al vestíbulo mientras el Duce esté allí.
Ni siquiera Alfonso XIII, a quien el acontecimiento sorprende en el hotel. Y que, disimulando su contrariedad, con una sonrisa de hombre liberal y mundano, exclama, burlón :
—Por lo que se ve, todas las precauciones son pocas.
A su lado forman tertulia, en uno de los salones altos, un grupo de españoles insignes, entre los que están don José Calvo Sotelo, don Antonio Goicoechea, don Pedro Sáinz Rodríguez, la marquesa de Argüelles, los marqueses de Pelayo, etc. Yo me separo del grupo porque no quiero prescindir del espectáculo que se avecina y me asomo al balcón de mi departamento.
Es un día color de témpano. Una mañana de hielo. La plaza que da a espaldas del hotel está dibujada por los cuadros uniformados de soldados y carabinieri. Detrás de ellos se apiña una exigua multitud, quieta, disciplinada. Desde mi balcón, en el piso primero, puedo dominar la escalinata del Gran Hotel, totalmente despejada de público. Tan sólo en uno de sus ángulos ha montado su trípode un operador cinematográfico, que no hace más que frotarse las manos. Va a nevar de un momento a otro.
Experimento una clara emoción de curiosidad: voy a ver de cerca al caudillo fundador de una nueva doctrina política, que, arrancado de la cantera plebeya, ha sabido erigirse en director, en arquitecto y reformador de un gran pueblo.
Mientras aguardo en la gélida mañana, la historia fulminante de triunfos de Benito Mussolini desfila por mi memoria (2). La biografía de este hombre extraordinario, hasta este momento es como una flecha disparada por mano certera a la diana del éxito político.
Sé de él lo que sabe todo el mundo, a grandes rasgos : Que nació en Dovia di Predappio, el 29 de julio de 1883, de una familia de humildes artesanos.
Hizo el servicio militar en el Cuerpo de Versaglieri, residió durante unos años en Suiza, llevando una existencia trabajosa : unos dicen que de escritor, periodista y propagandista político; otros aseguran que de trabajador manual, y hasta puntualizan en el comercio de ultramarinos, donde estuvo de mozo de carga y cuyos ojos desaforados y duros fascinaban y aterrorizaban a la esposa de su patrono.
—¡Ese hombre me da miedo, Luigi!…
Y aquel hombre terrible después se dedicó a propagandista político, y luego, con alta sorpresa de su patrono, fué profesor en la escuela de Tormezzo y Oneglia.
En 1912 se le llamó a formar parte de la nueva dirección del partido socialista italiano, y dos años después fundó Il Popolo de Italia, periódico de combate que, a pesar de sus ideas internacionalistas, pacifistas y antimilitaristas, propugnó ahincadamente la intención de Italia en la guerra.
Esta actitud produjo la expulsión del seno del partido socialista de Benito Mussolini, que, consecuente con sus teorías, se alistó como voluntario en el Ejército y luchó como simple soldado en las trincheras del Alto Isonzo, Carina y Bajo Isonzo, donde en 1917 fué gravemente herido (3).
Terminada la guerra, cuando en Italia era mayor el descontento y la agitación, fundó los Fascios Italianos de Combatientes para luchar contra el bolchevismo, que amenazaba apoderarse del país. Reunió a su alrededor a todos los hombres que habían peleado y no se resignaban a que el fruto de su sacrificio les fuese arrebatado con una revolución caótica.
Mussolini, elegido diputado por Milán, Pavía, Bolonia y Ferrara, preparó la revolución fascista, y el 27 de octubre de 1922 ordenó la marcha sobre Roma (4) de sus camisas negras, invasión simbólica que le valió el Poder, en el que se reservó las carteras del Ministerio Nacional y el de Relaciones Exteriores.
Desde entonces, Benito Mussolini, con el título de Duce—caudillo—de Italia, ha realizado una obra tan importante por su extensión como por su intensidad.
Ha incrementado en Italia las obras públicas, absorbiendo totalmente el paro obrero; ha dado organización a los ferrocarriles, a los puertos, a la agricultura.
La desecación de las llamadas tierras malditas, de las lagunas del Pontino, ha acrecentado la riqueza agraria de Italia; ha hecho la convención de Aja, la paz de Lausana, la ocupación de Corfú y la anexión de Fiume.(5)
Y ahora mismo, con la guerra contra Abisinia, en oposición a la Sociedad de las Naciones y a todos los gobiernos europeos, Mussolini, se dispone a convertir a la Monarquía italiana en un Imperio.
Labor gigantesca la de este hombre, que ha asombrado al Mundo con sus audacias y del que a mí, personalmente, me asombra que para venir a una ceremonia pacífica, en el más suntuoso hotel de la capital de su patria, tenga antes la policía que apoderarse estratégicamente de todo el edificio y prohibir la circulación de sus pacíficos huéspedes.
—¿Qué habrá—pienso intrigado—detrás de todo este aparato, de todos esos éxitos, de este orden inexorable que aquí rige?
Me acompaña en mi puesto de observación un ilustre político español, de gran cultura, de dotes excepcionales, de simpatía, de mundanismo, de captación.
Y conociendo su influencia en este medio, a él le confieso mis deseos.
—¡Cómo me gustaría hacerle una interviú al Duce; conversar con él frente a frente, sentir que me devoraba la fiebre de su mirada y resistirla !... Ver al hombre excepcional, que, aun habiendo hecho tanto y tan públicamente, es como tipo humano un misterio para el mundo. ¡Cómo me gustaría conversar media hora con Mussolini!
La contestación bondadosa y cordial de mi amigo me llenó de estupefacción :
—Tal vez esté en mi mano... Y a mí también me gustaría leer una entrevista de usted con Mussolini.
Sus palabras misteriosas me ilusionaron, y no pude por menos de preguntarle con asedio :
—¿Pero usted puede?... —Es posible que de algo sirva mi intervención—me deslizó con un aire de socarronería.
Y después, develando el misterio, agregó :
—¡ Celebrará usted una entrevista privada con Mussolini ! Soy lo bastante amigo de Farinacci, el secretario general del partido fascista, para conseguirlo. Por tratarse de usted...
En esto vibró en la plaza un clarinazo de atención, largo, agudo y marcial. Las tropas presentaron armas, y en la multitud silenciosa, un poco yerta por el frío, la espera y la falta de entusiasmo, hubo un movimiento de expectación.
* * *
Mi ilustre amigo español cumplió su promesa, comunicándome aquella misma tarde :
—Ya está el asunto hecho. Acaba de telefonearme el propio Farinacci que el Duce ha tenido a bien aceptar recibirle a usted mañana, a las once en punto, en el Palacio de Venecia.
* * *
Cuando el ceremonioso, casi arrogante, marcial y simpatiquísimo Carlo Scorza, secretario del Duce, cierra tras su silueta uniformada de camisa negra la puerta del despacho del Duce, y me deja en aquel despacho sólo, sin su guía, paso por unos instantes de indecisión.
—¿Habla usted el italiano? —No, excelencia. Desgraciadamente, lo leo y entiendo casi a la perfección, pero no lo domino como para hablarlo—le contesto en francés.
El, también en francés, me dice sonriendo :
—Bien. Entonces vamos a entendernos muy bien, porque a mí me ocurre lo mismo con el español. Así que podemos hablar usted en su idioma y yo en el mío. ¿Para qué demonios necesitamos el francés?... Es el idioma de la diplomacia y de las grandes mentiras. En ninguna otra lengua se ha mentido tanto como en la francesa... Nos entenderemos muy bien de la forma que le he dicho, y a cada uno le será más grato su medio de expresión.
Y en seguida, con un acento de exquisita cortesía italiana, que revela una atención cordial, me pregunta lentamente, en su idioma :
—Dígame, señor Carretero, ¿qué tal le va en Roma a usted y a sus compatriotas?... ¿Han tropezado con alguna dificultad o alguna molestia?... Yo experimento una sincera estimación por vuestro Rey Don Alfonso XIII... Creo que tiene una personalidad extraordinaria, y desearía que la estancia en Italia de sus compatriotas fuera lo más grata posible.
—Y lo es, en efecto, excelencia... Yo, por mi parte, no recibo más que atenciones y honores, hasta éste, inesperado, de conversar con vucencia.
—Gracias, amigo. En lo demás, he procurado que se tenga con los españoles las más exquisitas cortesías... No obstante, puede ocurrir algo que yo no llegue a percibir. Ayer, por ejemplo, tuve noticias de que un empleado poco escrupuloso del hotel había abusado de los españoles en la cuestión del cambio de moneda. Inmediatamente envié al comisario de la Brigada Extranjera para que se les devolviera a todos la parte del cambio injusta que se había cobrado de más, y al empleado aludido lo mandé a la cárcel.
Esto de abusar unos de otros es un vicio endémico de la Humanidad, que yo quiero corregir en absoluto. Los italianos, como todos los habitantes de países favorecidos por el turismo, conservan aún el vicio de mirar al visitante extranjero como un objeto de botín, de expoliación... Yo me he propuesto acabar con esto. Cuando llega a mi conocimiento el menor abuso en la vida cotidiana, impongo sanciones abrumadoras, para que sirvan de escarmiento.
Inmediatamente después de una brevísima pausa, me pregunta :
—¿Conocía usted ya Roma?... —Sí, excelencia. Estuve aquí hace unos veinte años.
Con animación, con visible interés, se apresura a preguntarme entonces :
—¿Y qué cambios nota usted en la capital?... ¿Cree que ha mejorado desde entonces?... —Indudablemente, excelencia—respondo con toda sinceridad—. En Roma y en lo demás de Italia, que hasta ahora me ha sido posible ver, noto un evidente progreso, una dirección tenaz... Sin perder su carácter tradicional, la capital, sobre todo, es más bella, más limpia, da una sensación magnífica de grandeza, de prosperidad material, de arte.
Mussolini agradece con un gesto cordial mis elogios y después comenta:
—Es nuestra obra, la obra del fascismo, que sólo las mentes sectarias pueden definir como una teoría retrógrada, reaccionaria. Hay quien no comprende que siendo profundamente revolucionaria seamos también extremadamente respetuosos con la tradición... Yo he procurado que todos los monumentos de nuestras glorias antiguas resplandezcan nuevamente; pero al mismo tiempo he mandado desecar las famosas lagunas pontinas, saneando aquella región por tradición maldita y convirtiéndola en un emporio agrícola.
—Sí, en efecto—reconozco yo—. Hasta llegar a esto, excelencia, ¡qué camino tan largo y tan duro el suyo!...
—Sí. No ha sido fácil ni breve—me contesta con melancolía; y como sumiéndome con deleite en la evocación, rememora: —Han sido precisos una gran fe y un gran ardor... Pensándolo así, a mis primeras fuerzas políticas yo las bauticé con el nombre de ardittis del popolo...
—¿Qué le llevó a crearlas?...
—El fascismo—me dice Mussolini—fué en su principio el resultado de una desesperación ideal y política, y al mismo tiempo un freno para nuestros corazones, también desesperados y enloquecidos...
Al terminar la guerra europea, en la que, como usted sabrá, yo combatí como simple soldado y tuve la suerte de recibir una herida grave por la causa aliada, me encontré con una Italia convulsa, desesperada, con un poder incapaz de mantener la paz social, presa de violencias revolucionarias, esclava de las tiranías de las masas internacionalistas, de un despotismo socialista inicuo, dispuesto a liquidar nuestra patria por unas miserables monedas que se recibían del extranjero.
Esta es la realidad: el marxismo arruinaba en Italia la agricultura, empobrecía y envilecía a la nación. Los socialistas, como hábiles vanguardias del comunismo, imponían tasas y requisas sobre la tierra, negaban la libertad del trabajo, anulaban el valor de la propiedad y se erigían en jueces para juzgar a sus adversarios.
El fascismo, en su principio, fué una reacción violenta contra la fiebre, mejor dicho, contra la locura marxista, derrotista, que destruía a Italia... Han pasado pocos años. No he tenido que extremar la dureza... Sino ir educando al pueblo, y hoy Italia es una unidad moral, política y económica, que se encuentra perfectamente organizada dentro del Estado fascista... Yo encontré una monarquía italiana exhausta, a punto de derrumbarse, y estoy decidido a hacer de Italia un gran Imperio.
Yo vacilé un instante, pero al fin me decidí : —¿A pesar de las sanciones acordadas por la Sociedad de las Naciones?...
Mussolini se yergue como un león y exclama, alzando la testa poderosa, con un gesto de noble orgullo, al mismo tiempo que cierra el puño con resolución :
—¡A pesar de todo!... ¡A pesar de todo!... La guerra de Abisinia (6) es una empresa italiana necesaria, indeclinable... Se está desarrollando como lo habíamos previsto, es decir, mejor que lo habíamos previsto, y terminará, de modo inexorable, con nuestra victoria, pese a quien pese...
Madrid. 1943
¡Qué pocos cerebros pueden caminar con paso seguro ante la Historia!... (7)
La historia de Mussolini y la de Italia en época posterior, cuando estalló la guerra europea, en la que el Duce no creía y a la que no tenía miedo, es tema que desborda las dimensiones de nuestro propósito, que sólo se nutre de impresiones personales.
Como tenía que ser, inevitablemente, por encima de todos los fanatismos y creencias, Italia perdió la guerra. Pero es que además la perdió Alemania, a pesar y precisamente del poderío de las alas, porque la aviación de las naciones aliadas pudo destruir la fortaleza, aparentemente invencible, del Eje.
Mussolini, depuesto, traicionado, en fuga y en derrota, cuando los ejércitos aliados avanzaban victoriosos por la Italia vencida, antes de trasponer la frontera suiza aun intentó obtener condiciones, hacerse fuerte en la región de Milán, que había sido la sede y el crisol del fascismo y donde aun él—¡pobre iluso!—creía tener fervorosos partidarios.
Mussolini salía de Italia acompañado de su amante, Clara Pettacci—la Dubarry del fascismo—(8), porque ella y su familia habían contribuído con sus malversaciones y escándalos al desprestigio del Duce...
Al llegar a Como, Mussolini quiso parlamentar con los jefes de los llamados grupos de resistencia, que peleaban contra los alemanes en esa derrota que muchos fanáticos creían imposible.
En la entrevista celebrada, mientras Mussolini, con la Pettacci y su pequeño séquito, comían, uno de los jefecillos habló al Duce muy alto, con tono insolente.
Y como a Mussolini le sobrecogiera esta actitud, jamás observada por nadie ante él, se irguió recio y noblemente orgulloso para reprender al cabecilla. Apenas tuvo tiempo. El bandido hizo contra él un disparo de pistola... Fué la señal para que la turba iracunda se desmandara.
El caudillo fascista y todos los jerarcas que le acompañaban cayeron acribillados a tiros... Y sus cadáveres profanados, mutilados, estuvieron expuestos, colgados por los pies, en la plaza pública. Y después, lo mismo en Milán, cuna del fascismo.
Las fotografías, divulgadas con sádica fruición, nos han traído la visión espantosa del cuerpo del que fué dueño de una nación y árbitro en ciertos momentos de la suerte de Europa, expuesto desnudo, desangrado, a los ultrajes de las aves siniestras de rapiña y a la aun más siniestra befa del pueblo que lo aclamó y que lo reverenció.
¡Qué tremendas lecciones da la Historia!... No somos fascistas, ni lo hemos sido jamás; pero aun convencidos de su trágica realidad, nos parece imposible concebir que un hombre como Benito Mussolini, que no obstante sus grandezas y sus debilidades fué un cerebro poderoso y un hito gigante en la historia de Europa, haya podido estar a merced de la vesania de una chusma inconsciente, del pistoletazo de un cobarde y traidor desharrapado anónimo.
Quien estuvo a punto de transformar la faz del mundo, una de las figuras de mayor grandeza humana de los tiempos modernos, cayó por el disparo de un asesino vulgar, de quien ni siquiera la Historia conoce el nombre.
¡Qué transitoria y qué frágil es la gloria que nos reserva el mundo!
Notas:
(1) Es la boda de Beatriz de Borbón y Battenberg con Alejandro Torlonia, celebrada el 14 de enero de 1935. La ceremonia se ofició en la iglesia del Gesù, en Roma, con la solemnidad propia del cruce entre una infanta española y un príncipe romano. En pleno exilio de la monarquía tras la proclamación de la Segunda República, el enlace funcionó también como escaparate: el apellido Borbón seguía circulando por la alta sociedad europea.
José María Carretero Novillo cubrió la ceremonia y publicó su crónica un mes después bajo el título "Una española se casa en Roma". ↩
(2) José María Carretero conocía bien la historia del fascismo italiano. De ese interés nació el ensayo España hacia el fascismo, publicado en junio de 1933, al que ya nos hemos referido en este blog. ↩
(3) Benito Mussolini fue herido en la Primera Guerra Mundial el 23 de febrero de 1917, en el frente del Isonzo, contra el Imperio austrohúngaro. Se había alistado voluntario en 1915 y servía como soldado raso en un regimiento de bersaglieri.
La herida no se produjo en combate directo, sino por la explosión prematura de un mortero durante un ejercicio. Sufrió múltiples impactos de metralla en piernas y torso y fue evacuado a un hospital en Milán, donde pasó meses recuperándose. No volvió al frente.
Aquel episodio, más accidental que heroico, fue después integrado en su construcción política: el agitador convertido en soldado herido por la patria. Y esa imagen, bien trabajada, valía casi tanto como una condecoración. ↩
(4) La Marcha sobre Roma fue la demostración de fuerza con la que Benito Mussolini forzó su llegada al poder en octubre de 1922. Miles de camisas negras fascistas avanzaron hacia la capital en una operación más simbólica que militar, mientras el gobierno liberal se mostraba incapaz de reaccionar. El rey Víctor Manuel III, temiendo una guerra civil, se negó a declarar el estado de sitio y encargó a Mussolini formar gobierno. Así, lo que parecía una insurrección terminó siendo una transferencia legal de poder que abrió la puerta a la dictadura fascista. ↩
(5) Cuando dice que Mussolini “hizo” la Convención de La Haya y la Paz de Lausana, se alude a su participación en los grandes acuerdos diplomáticos del periodo de entreguerras. Italia intervino como potencia vencedora en las negociaciones sobre reparaciones alemanas (La Haya) y en el Tratado de Lausana de 1923 con la nueva Turquía. No fueron iniciativas personales del Duce, pero el régimen las presentó como prueba del peso internacional del fascismo.
Más significativo fue el tono de fuerza en episodios como la ocupación de Corfú en 1923, tras un incidente con Grecia, y la anexión de Fiume en 1924, incorporada definitivamente a Italia. Estos hechos reflejan el estilo agresivo y nacionalista del primer fascismo, que combinaba diplomacia y presión militar para alimentar su imagen de resurgimiento imperial. ↩
(6) La Guerra de Abisinia (1935-1936) fue la invasión de Etiopía ordenada por Benito Mussolini para construir un imperio colonial italiano en África. Italia atacó desde Eritrea y Somalia, empleando una superioridad militar aplastante e incluso armas químicas. La Sociedad de Naciones impuso sanciones económicas, pero resultaron ineficaces. En mayo de 1936, Roma proclamó el Imperio y la anexión de Etiopía. ↩
(7) José María Carretero publicó esta entrevista en la serie Galería. Una Colección de entrevistas que editó en cuatro tomos editados entre 1943 y 1948. Lo que le permite hacer una foto retrospectiva de todo lo que vino después. ↩
(8) Madame du Barry, última favorita de Luis XV, simbolizó el lujo y la frivolidad de la corte en vísperas de la Revolución Francesa. Fue guillotinada en 1793, convertida en emblema de un Antiguo Régimen que ya nadie quería.
El paralelismo es más simbólico que político: mujeres asociadas al poder personal de un gobernante, convertidas después en piezas visibles del castigo público. La historia tiene esa tendencia cruel a teatralizar las caídas. Y a veces, quienes estaban en el palco acaban también en el escenario. ↩
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