“España ha dejado de ser católica”: el discurso que partió el tablero (1931)

Diario El Sol (14/10/1931)
Diario "El Sol" (14/10/1931)

Cuando uno lee el discurso de Manuel Azaña en las Cortes constituyentes, siente que está abriendo una caja de cerillas en una gasolinara.

No porque el texto sea un arrebato, sino porque está escrito con esa clase de claridad que en España suele interpretarse como provocación. “España ha dejado de ser católica” , suelta, y lo que sigue no es una homilía al revés.

Es mucho más, es un manual de poder: quién manda, quién educa, quién define la soberanía y hasta dónde llega la paciencia del Estado cuando siente que le tocan la médula.

Contexto

Azaña soltó este discurso el 13 de octubre de 1931 , con las Cortes Constituyentes hirviendo por el encaje constitucional de la Iglesia. Lo que se decidió era si ser tratada en adelante como "Entidad de Derecho Público" dentro de un Estado aconfesional o directamente dejarla de patitas en la calle. Esté discursó inclinó la balanza hacia la segunda opción.

El tono —más bisturí que argumento— no solo tensó el debate: empujó a Niceto Alcalá-Zamora a dimitir  por escrúpulos morales, al negarse a traicionar su alma cristiana.

Y ahí estuvo el quid: con la dimisión del primer presidente del Gobierno provisional de la República , Azaña vio el cielo abierto en su particular proyecto de asalto al Poder , y este discurso fue el trampolín definitivo.

Con Alcalá-Zamora fuera del decorado, Azaña se encaramó a la Presidencia del Consejo de Ministros dos días después del discurso y se quedó dos años tratando de que no se le desarmara el tinglado entre las manos.

Don Manuel, maestro en embotellar la política en frases brillantes, contó en sus memorias que se vio «llevado en brazos de la revolución popular» . Bonito, épico, casi litúrgico. La letra pequeña, claro, es menos heroica: su partido, Izquierda Republicana , apenas arañó 25 escaños en las Constituyentes.

Mandó, sí, pero colgado del brazo de socios —como los socialistas y radical-socialistas— con 125 y 69 escaños, respectivamente. En román paladino: un burgués haciendo de testaferro del marxismo. Lo demás es retórica con buena caligrafía.

Y la factura llegó. La debacle en las elecciones de 1933 no fue un capricho del azar: fue una autopsia en urnas. No es que el país “cambiara de humor”; es que se le agotó la paciencia. Cuando el pueblo detecta consigna donde le prometieron resultados, hace lo único sensato en política: castiga sin piedad.

A partir de aquel discurso, su carrera —aunque parezca contradictoria— empezó a resquebrajarse. Ahí arrancó el principio del fin: primero la grieta, luego el derrumbe.

En apenas dos años, había pasado de ser un oscuro funcionario en el registro de últimas voluntades, a acumular poder a paladas: Ministro de la Guerra y, como si nada, Presidente del Gobierno. Un ascenso de vértigo… y con la misma estabilidad que un andamio mal montado

Tras las elecciones de 1936 , tuvo regreso efímero a la presidencia de Gobierno con el Frente Popular; para dos meses después saltar a la Jefatura del Estado repitiendo la maniobra ya ensayada: patada en el culo de Alcalá-Zamora para despejar la pista.

Lo dejó fuera de combate, sí; pero esta vez, Azaña también quedó sin suelo bajo los pies y acabó derrotado en una guerra civil. Cierre frío para una trayectoria que la historiografía subvencionada nos vende como épica, pero que acabó en mal expediente.

La entrada: el viejo truco de cambiar el terreno de juego

Empiezas a leer y ya vislumbras por donde van los tiros: Azaña intenta sacar el debate del barro jurídico. Dice “nunca nos entenderíamos” si nos empeñamos en tratar la cuestión “rigurosamente por su hechura jurídica” .

Es una manera elegante de decir: dejemos de fingir que esto va de redacciones y tecnicismos.

La revolución política, es decir, la expulsión de la dinastía y la restauración de las libertades públicas,(..) no ha hecho más que plantear y enunciar aquellos otros problemas que han de transformar el Estado y la sociedad española hasta la raíz.

Estos problemas, a mi corto entender, son (..) y este que llaman problema religioso, y que es en rigor la implantación del laicismo del Estado con todas sus inevitables y rigurosas consecuencias.

Y aquí es cuando uno ya levanta la ceja. Porque cuando alguien desprecia la legalidad, y aconseja implantar el laicismo con "sus inevitables y rigurosas consecuencias" , lo quieras o no, estás abriendo la puerta a que la política se convierta en un combate de interpretaciones. Quien controla el marco, suele controlar el relato.

Azaña dando un discurso
Azaña dando un discurso

“Realidades vitales”: cuando la ley llega tarde

Azaña repite el concepto como quien clava una estaca: “realidades vitales” . La vida va antes que la ciencia, antes que la legislación, antes que el gobierno.

Hasta aquí, vale.

Pero enseguida aparece la vena: principios “invulnerables” pueden vaciarse, y entonces la realidad los hace estallar

“Hay que acudir urgentemente al remedio, a la necesidad y poner a prueba nuestra capacidad de inventar, sin preocuparnos demasiado, porque al inventar un poco, les demos una ligera torsión a los principios admitidos como inconcusos ”.

A partir de ahí, la revolución, su revolución, entra como consecuencia inevitable: si se bloquean las reformas, llega la ruptura. Es una justificación elegante para decir que lo que viene es inevitable. Y cuando alguien declara inevitable su programa, está pidiendo que no se le discuta.

“se produce fatalmente, si el pueblo no muerto está, una revolución, que no es legal, sino por esencia antilegal, porque viene cabalmente a destruir las leyes que no se ajustan al nuevo estado de la conciencia jurídica”.

 Y "torsionando" con su revolución en "esencia antilegal" quería hacer el camino.

“España ha dejado de ser católica”: lo que se lee y lo que no dice

Y llegas a la frase famosa, que enseguida entiendes por qué se volvió metralla. Azaña la coloca como premisa política: si España “ha dejado de ser católica” , el Estado debe organizarse según esta nueva fase histórica.

No es un comentario; es una palanca constitucional.

“España ha dejado de ser católica; el problema político consiguiente es organizar el Estado en forma tal que queda adecuado a esta fase nueva e histórica el pueblo español”

No niega que existan creyentes, pero cambia el enfoque: lo decisivo no es el número, sino el rumbo. Leído con calma, es cómodo. Leído en la calle, puede sonar un acto de función simbólica.

“Que haya en España millones de creyentes, yo no os lo discuto; pero lo que da el ser religioso de un país, de un pueblo y de una sociedad no es la suma numérica de creencias o de creyentes, sino el esfuerzo creador de su mente, el rumbo que sigue su cultura. (Muy bien.)”.

Por un lado tenemos el argumento de la modernidad. Está bien, claro. Pero por otro, asegurar que un país “ha dejado de ser” algo que millones se sienten como propio, es una forma eficaz de invitar a que se líe parda.

Por si fuera poca la polarización que flotaba en el ambiente, la frase puso al Parlamento en pie en medio de enfervorecidos aplausos.

Estado laico: soberanía sin catecismo

Azaña insistía en un concepto importante: esto no es un “problema religioso” auténtico, porque lo auténtico sucede en la conciencia personal. Lo que se discute es Estado, soberanía y poder civil.

“nuestro Estado, a diferencia del Estado antiguo, (..), excluye toda preocupación ultraterrena y todo cuidado de la fidelidad, y quita a la Iglesia aquel famoso brazo secular que tantos y tan grandes servicios le prestó”.

Aquí, Azaña ya enseña abiertamente la patita: el Estado moderno “quita a la Iglesia” el “brazo secular” . Dicho sin metáforas: se acabó el músculo civil al servicio de una institución religiosa.

Supongo que creía que hacía bien hablando claro, pero su visión de intelectual de Ateneo madrileño no apreciaba el riesgo: cuando se reduce todo a “técnica de Estado” , subestima lo que el otro vive como identidad y hogar simbólico.

Y ahí empieza la desconexión.

Cinco años después Azaña fue nombrado Presidente de la República con los votos del Frente Popular
Cinco años después Azaña fue nombrado Presidente de la República con los votos del Frente Popular

El miedo al vacío: cuando cortas y luego negocias desde la necesidad

Este tramo es menos conocido, pero políticamente es oro: Azaña teme que, si se corta antes de construir el nuevo marco, el vacío se llenará con un concordato. Según él, supondría negociar desde la necesidad que es negociar en inferioridad:

“No es que su señoría quiera el Concordato, no lo queremos ninguno; pero ese vacío, ese tajo dado a una situación, cuando más allá no queda nada, pone a un Gobierno republicano, a éste, a cualquiera, al que nos suceda, en la necesidad absoluta de tratar con la Iglesia de Roma, y ​​¿en qué condiciones? En condiciones de inferioridad ".

Esta es la estrategia: Quiere un Estado laico con herramientas propias, no uno que acabe regresando a Roma por la puerta de atrás.

Puede parecer prudente, sí. Pero también es una forma de decir: “no os necesito”... y eso, en política, se cobra.

Bienes, desamortización y dinero.

Cuando entra en quién se queda con los bienes de la Iglesia, Azaña corta el debate contable con una idea contundente: no es un contrato a liquidar, es una revolución social.

Por tanto, hablar de compensaciones como si esto fuese una quiebra es un error de categoría.

"Ahora se nos dice: Es que la Iglesia tiene derecho a reivindicar esos bienes. Yo creo que no, pero la verdad es, señores diputados, que la Iglesia los ha reivindicado ya".

Luego suelta una imagen que, por literaria, duele más: la Iglesia habría “reivindicado” bienes no corriendo tras fincas, sino “precipitándose sobre las conciencias” de sus fieles.

Una acusación política con forma de narración moral.

..en vez de precipitarse sobre los bienes se han precipitado sobre las conciencias de los dueños y haciéndose dueños de las conciencias tienen los bienes ya sus poseedores. (Muy bien.)”

Las órdenes religiosas: el drama “insoluble” con el que hay que acabar

A esta altura del discurso, Azaña ya iba modo en choque frontal: libertad de conciencia versus seguridad de la República. Lo llama “drama” y dice que, como los grandes dramas, “no tiene solución”.

¿Vamos a seguir el sistema antiguo, que consistía en suprimir uno de los términos del problema, el de la seguridad e independencia del Estado, y dejar la calle abierta a la muchedumbre de Órdenes religiosas para que invadan la sociedad española? No.

Acto seguido, propone cómo solucionarlo. Gobernar es decidir, incluso cuando la teoría dice “imposible”.

“lo que hay que hacer es tomar un término superior a los dos principios en contienda, que para nosotros, laicos, servidores del Estado y políticos gobernantes del Estado republicano, no puede ser más que el principio de la salud del Estado. (Muy bien.) ”.

Y de nuevo un marco inquietante para cualquier católico: si declara que no hay solución justa, cualquier solución se vuelve “necesaria”. Y la necesidad es otra manera de cerrar la discusión.

Don Manuel Azaña Díaz era Ministro de la Guerra. Cartera que compatibilizó con la de Presidente del Gobierno
Don Manuel Azaña Díaz era Ministro de la Guerra. Cartera que compatibilizó con la de Presidente del Gobierno

La salud del Estado: el argumento elástico que lo explica todo

Continúa con el comodín más potente del discurso: la “salud del Estado”.

  • Es brillante porque suena en un sentido común.
  • Es peligroso porque, si todo se justifica por salud, el Estado puede convertirse en un médico que diagnostica a quien le contradice.

"...acabarían con él instantáneamente. Por consiguiente, se trata de adaptar el régimen de salud del Estado a lo que es el Estado español actualmente."

Y aparece la máxima que explica por qué la II República acabó tan mal: “tratar desigualmente a los desiguales”. No hay justicia eterna; solo utilidad social y defensa de la República. Eficaz, sí. También dejaba la puerta abierta a la arbitrariedad.

Criterio para resolver esta cuestión (..) tratar desigualmente a los desiguales; frente a las Órdenes religiosas no podemos oponer un principio eterno de justicia, sino un principio de utilidad social y de defensa de la República.

“Estos son los jesuitas”: risas, símbolo y más combustible

Llegado el momento de hablar de la Compañía de Jesús, Azaña suelta: “estos son los jesuitas” arrancando nuevos aplausos al hemiciclo.

Entiendo el motivo: se rebaja al adversario a caricatura. Para sus bancadas, fue la catarsis. Para las de enfrente fue humillación. Y la humillación, en política, no se olvida: se organiza.

Monjas y mártires: el cálculo de no regalar propaganda

Aquí se muestra prudente: no quiere clausurar conventos de monjas inofensivas porque sería crear mártires y leyendas. Esto es política de altura: saber dónde no gastar prestigio.

“yo me digo: ¿es que para mí son lo mismo las monjas que están en Cebreros, o las bernardas de Talavera, o las clarisas de Sevilla, entretenidas en bordar acericos y en hacer dulces para los amigos, que los jesuitas?”

Pero su prudencia también revela algo: Azaña sabe que la batalla será simbólica. Y si la batalla es simbólica, la ley ya no es solo norma, es mensaje. Los mensajes se interpretan con el corazón, no con el BOE.

La enseñanza: aquí ya no hay guantes

Este es el tramo que más cabreó a los católicos. Azaña no admite negociación: no habrá enseñanza en manos de órdenes religiosas. “Eso, jamás”. Lo presenta como el bloque central de la defensa de la República y de nuevo lo enfoca como un problema de “salud pública”.

Esta acción continua de las Órdenes religiosas sobre las conciencias juveniles es cabalmente el secreto de la situación política por que España transcurre y que está en nuestra obligación de republicanos, y no de republicanos, de españoles, impedir a todo trance. (Muy bien.)

Y una vez más nos muestra su perfil de gran demagogo: utiliza una analogía provocadora para reforzar su idea:

"Permitiríais vosotros que un catedrático en la Universidad explicase la Astronomía de Aristóteles y que dijese que el cielo se compone de varias esferas a las cuales están atornilladas las estrellas?

La noche del 12 de mayo de 1931 ardieron en España un centenar de edificios religiosos; con ellos, también los colegios que acogían.
La noche del 12 de mayo de 1931 ardieron en España un centenar de edificios religiosos; con ellos, también los colegios que acogían.

Consecuencias: cómo este tono alimentó la polarización

El discurso no “crea” la polarización de la nada, pero ayuda a fijar el marco: dos legitimidades en disputa.

Para unos, el laicismo es soberanía y modernidad. Para otros, es desposesión de su fe. Y el propio Azaña lo deja claro cuando habla de una "operación quirúrgica” sobre un enfermo “no anestesiado”.

“Pensad, señores diputados, que vamos a realizar una operación quirúrgica sobre un enfermo que no está anestesiado y que en los embates propios de su dolor puede complicar la operación y hacerla mortal, no sé para quien, pero mortal para alguien. (Muy bien, muy bien.)”

En un país con tensiones sociales, económicas y territoriales históricas, este discurso actuó como catalizador hacia el desastre. El intelectual no se daba cuenta de que es imposible legislar sobre el alma de un pueblo. No se discutiría una cláusula: se discutirían los veinte siglos de historia.

Cierre: lo que dejó el discurso

"Por tanto, señores diputados, debiendo ser la Constitución, no obra de mi capricho personal, ni del de sus señorías, ni de un grupo, tampoco de una transacción en que no se abandonen los principios de cada cual, sino de un texto legislativo que permita gobernar a todos los partidos que sostienen la República..." (Muy bien)

El cierre del discurso es otra perla política. Don Manuel afirma sin despeinarse que hay que aprobar una Constitución que permite gobernar "ad aeternum" a "los partidos que sostienen la república"  .

Me quedo con la lección amarga: las reformas más necesarias son las que más tacto exigen porque tocan nervios.

Dos meses después el Parlamento aprobó la nueva Constitución sin referéndum popular y extendió el período constituyente dos años más.

El tacto fue justo lo que te falta cuando uno se cree que la Historia te ha dado la razón por adelantado. 1931  era el futuro para muchos, pero no se daban cuenta de que, cuando una sociedad empieza a discutir quién “es” España, suele acabar discutiendo quién sobra.

Y ahí ya no hay Constitución que aguante el golpe sin grietarse.

Discurso del 13 de octubre de 1931

Si quieres el discurso íntegro de don Manuel Azaña, pincha aquí (descarga automática en .pdf)

Comentarios

Lo más leido

Largo Caballero y el golpe de Estado de 1934.

Buscando a el "Caballero Audaz": el azote de la Segunda República.

Gil-Robles, la CEDA y el teatro político de la Segunda República

El asesinato del Teniente Castillo: el crimen que anunció la guerra