Elecciones febrero 1936 en España.


"Casi todos los gobernadores de Portela han huido, abandonando las provincias. En algunas, también se ha marchado el secretario del Gobierno. No hay autoridades en casi ninguna parte y la gente anda suelta por las calles". (Memorias de Azaña. 19/02/1936)

Quien escribió estas líneas acababa de ser investido Presidente del Gobierno español tras las elecciones de febrero de 1936. 

Azaña tuvo que aceptar, deprisa y corriendo, el nombramiento que le ofreció el Presidente de la República saltándose a la torera el procedimiento legal de traspaso de poderes.

Lo resumo: se hizo solo tres días después de las elecciones, se hizo sin terminar el escrutinio oficial, sin celebrarse la segunda vuelta, y sin esperar a la preceptiva convocatoria de nuevas Cortes.

¿Cómo lo ves?

Elecciones febrero 1936 en España.

Creo que Azaña era consciente del lío en el que se había metido. Si no me crees, mira lo que escribía a su cuñado (de gira en sudamérica) un día después del singular nombramiento: 

“resulta que el Gobierno republicano nace, como el 31, con chamusquinas. El resultado es deplorable. Parecen pagados por nuestros enemigos”.

La gente "suelta por las calles” eran las huestes obreristas del "Frente Popular": sus socios de coalición se dedicaron a asaltar las cárceles al día siguiente de las elecciones. Había prisa por liberar a los condenados por el golpe de Estado de 1934.

Pronto le siguieron incendios de iglesias ("chamusquinas" según apunta Azaña con un cinismo a la altura de las circunstancias), asaltos a periódicos, y sedes de los partidos “enemigos del pueblo”.

Manifestación frente a la cárcel modelo de Madrid exigiendo la liberación de los presos al día siguiente de las elecciones. ("La agonía de España", 1936)

Apuesto que a la oposición no le llegaba la camisa al cuerpo.

Imaginaros como estaría el ambiente, que la derecha no solo aceptó sin rechistar el improvisado nombramiento de Azaña. También votaron a favor de su primer acto de gobierno: un improvisado decreto de amnistía que daba apariencia legal a las excarcelaciones.

Si no me crees, mira lo que escribió Don Manuel en su diario:

"Tienen tanto miedo que, si no llevase el proyecto de ley a la Diputación de las Cortes, acabarían por venir a pedírmelo." (Memorias de Azaña, día 20/feb/1936)

(La Diputación de las Cortes ejerce las funciones del Parlamento cuando se encuentra cerrado).

Según la Constitución, Portela Valladares debía entregar el Poder el 16 de Marzo, una vez que se constituyeran las nuevas Cortes y después de dar cuenta de su gestión durante el proceso electoral.

Pero como vio fracasado el proyecto de fabricarle un partido a Alcalá Zamora, y en vista de que no paraban de llegar telegramas alertando del tsunami de violencia que crecía por España, decía que al viejo tránsfuga le dio un soponcio y presentó la dimisión.

Portela dejó a los funcionarios encargados del escrutínio en manos de las turbas.

Después de una campaña electoral repleta de mítines en los que se prometia vendetta contra los responsables de la represión tras la revolución de Asturias, cualquiera era el guapo que les metía en cintura sabiendo que iban a gobernar en breve. 

Portela dejó tirado el Poder “como si me entregase las llaves de un piso alquilado”, escribió Azaña a su cuñado.

Francisco Galán (instructor de las Milicias Antifascistas Obreras y Campesinas) arenga a una multitud frente al Ministerio de Interior al día siguiente de las elecciones. (Ahora. 18/02/1936)

Así se entiende por qué ningún partido dijera "ni mu" cuando don Niceto le pasó la patata caliente a Manuel Azaña.

Como cabeza de cartel del Frente Popular, hasta los fascistas coincidieron en que Azaña era el político mejor colocado para impedir que las masas se lanzaran a la calle a imponer su santa voluntad.

Mira si no lo que escribió José Antonio Primo de Rivera en "Arriba": un elogioso artículo anunciando que había llegado la hora de Azaña "frente al triste pantano cedoradical del último bienio".

La resurrección de Manuel Azaña en las elecciones de 1936.

Llegados a este punto vamos a ver la trayectoria política de Manuel Azaña después de que saliera del Gobierno en el primer bieno.

Puedes creerme o no, pero te aseguro que tras el descalabro electoral de las elecciones de 1933, pocos españolitos hubieran apostado que Azaña volvería a gobernar algún día.

Salió del gobierno totalmente desprestigiado. En Madrid no le votó ni la familia. Si consiguió escaño, fue gracias a que su amigo Indalecio Prieto le cedió un puesto en las listas del P.S.O.E. por Bilbao.

A lo largo de 1934 adoptó un perfil bajo, sin apenas actividad parlamentaria. Renunció al típico "recurso del pataleo" que solo hubiera servido para desgastar más su imagen y, a la chita callando, se dedicó a construir un nuevo partido: Izquierda Republicana. 

Izquierda Republicana nace de los escombros de la antigua Acción Republicana, al que se fueron sumando a lo largo del 34 otros naufragios de las elecciones del 33: el ala más izquierdista del partido radical-socialista y la O.R.G.A., los galleguistas de su inseparable amigo Santiago Casares Quiroga.

Don Manuel estaba recorriendo España buscando apoyos, cuando el golpe de estado independentista de Cataluña le pilló en una situación muy comprometida: se le había visto el día anterior con los dirigentes de la Generalidad y lo detuvieron mientras se escondia en el domicilio de un alto funcionario de la Generalidad. 

Tomó las uvas en un barco-prisión del puerto de Barcelona.

Sin embargo, paradójicamente, este momento marca el inicio de su resurrección política.

Verás.

Azaña recibe la visita de su mujer estando preso en el destructor Sanchez Barcaiztegui.

A principios de 1935 el Supremo sobreseyó su caso por falta de pruebas, y la comisión de investigación parlamentaria a la que posteriormente le sometió el Gil-Lerrouxismo resultó estéril.

Lo de siempre: solo sirvió para convencer a los que ya estaban convencidos, a cambio de coronarlo con una aureola de mártir injustamente perseguido.

Una gira de mítines multitudinarios "en campo abierto" por obra y gracia de la U.G.T., que movilizaba ex profeso a sus masas para hacerle la clac (sus discursos promediaban 3 horas de oratoria florida y se me hace difícil imaginar a un obrero aguantando sus sermones de buena gana).

El caso es que la gira le sirvió para volver a llenar titulares y ponerlo de nuevo en candelero.

Esta reseña del periódico "El Socialista" del 10/02/34 demuestra lo que acabo de decir: para "evitarle peticiones que no podrán ser atendidas" el periódico informa que se han agotado las entradas para el primer mitin de Azaña tras las elecciones.

La formación del Frente Popular en las elecciones españolas de 1936.

A la facción más templada del socialismo (encabezada por Indalecio Prieto) le interesaba potenciar una figura del izquierdismo liberal y burgués. La presencia de Azaña mitigaba el repelús que generaba en algunos sectores del electorado progre, el marxismo violento y revolucionario de Largo Caballero.

El Lenin español y sus nuevos amigos comunistas (andaban en negociaciones para fundirse en un solo partido) seguían en modo avión con la lucha de clases y dictadura del proletariado. No atendían a otras razones.

En el P.S.O.E. andaban a hostia limpia prietistas con caballeristas (Besteiro influía menos que un pin de nevera), sin embargo todos coincidían en que la absurda Ley electoral imposibilitaba que el partido pudiera ganar en solitario las elecciones.

Solo coincidían en la necesidad de presentarse en coalición.

Era vital no espantar a las clases medias progresistas y moderadas, tocaba reeditar una nueva coalición republicano-socialista como en las elecciones de 1931

Azaña primero pergueñó una coalición exclusivamente de partidos republicanos de izquierda, a saber: además de la mencionada Izquierda Republicana, se sumó Unión Republicana (formada por los tránsfugas que Martínez Barrio arrancó al Partido Radical de Lerroux en 1934) y el Partido Nacional Republicano de Sanchez Román (formado con los restos de liquidación de la intelectualoide  “Agrupación al Servicio de la República”).

Los socialistas se unieron a finales de 1935, tras una espinosa negociación, en la que los republicanos aceptaron la exigencia impuesta por Largo Caballero de que entraran también los comunistas.

Precisamente fue el P.C.E. quien puso de moda el término “Frente Popular”, un término que ya venían utilizado en Francia siguiendo consignas de Moscú.

Los Frentes Populares eran la nueva idea de Stalin, una "fórmula transitoria" para frenar el “fascismo” y, ya de paso, derrotar a la burguesía utilizando sus mismas armas electorales.

Jorge Dimitroff (secretario general de la Komintern) la describía como la “táctica del caballo de Troya”.

El Frente Popular tenía franquicia propia en Cataluña: “Front d' Esquerres” que agrupaba a las izquierdas catalanas en torno a E.R.C.

Bien.

Las elecciones de 1936 se convirtieron en un plebiscito sobre la revolución de Octubre, como las del 31 lo fueron sobre la monarquía.

Aunque la coalición se presentó con un único programa electoral, lo cierto es que cada uno se rascaba con sus propias uñas: los marxistas se comprometieron a dar sus votos, pero se negaron de antemano a formar parte del futuro gobierno.

Para ellos (no lo ocultaban) las elecciones eran “una gran batalla revolucionaria” que abriría “el camino para acciones de tipo superior” (Mundo Obrero, 21/01/1936).

Puesto que el Gobierno iba a estar constituido exclusivamente por republicanos burgueses, estos obtuvieron bastantes más candidatos en las listas de lo que justificaban sus pobres resultados en las anteriores elecciones.

Los del Partido Nacional Republicano se pusieron nerviosos con las exigencias de los “bolchevizantes” (como se decía en la época). Una cosa era aceptar de boquilla su negativa a renunciar a la revolución y otra muy distinta que se negaran a disolver a sus milicias.

Lo cierto es que en último momento se salieron del Frente Popular.

En cambio si recibieron el apoyo de los anarquistas. Estos eran de tradición abstencionista, tradicionalmente se habían negado a colaborar con la organización estatal “opresora”, pero ahora les convenía apoyar la amnistía que preconizaba el Frente Popular.

El programa electoral del Frente Popular.

La prueba de que la coalición era una mayonesa mal ligada la encontramos en el programa electoral del Frente Popular.

Acordaron un texto (enlace a pdf) cargado de buenas intenciones, donde lo realmente llamativo es el énfasis que pusieron los republicanos burgueses en plasmar lo que rechazaban de sus socios marxistas.

Mira.

Los republicanos no aceptan el principio de la nacionalización de la tierra y su entrega gratuita a los campesinos solicitada por los delegados del Partido Socialista [...]

no aceptan el subsidio de paro, solicitado por las representaciones obreras [...]

no aceptan las medidas de nacionalización de la banca propuestas por los partidos obreros [...]

no aceptan el control obrero solicitado por la representación del Partido Socialista…..”

Sin embargo, tanta salvedad no constituyó obstáculo para que el "acuerdo" de programa fuera todo un éxito: sirvió para engatusar a la burguesía progre y hacer frente a un centro-derecha que era etiquetado en bloque como “fascista”.

Todo en orden.

Elecciones febrero 1936 y el "Frente de derechas".

Si a la coalición de izquierdas se le veían las costuras, no menos absurdo era el popurrí de partidos que constituyeron el "Frente de derechas", también conocido como “Frente antirrevolucionario”.

Como ya he mencionado, la Ley Electoral favorecía las mayorías y en la casta política siempre ha dominado el instinto de conservación.

La C.E.D.A. era el partido mayoritario de la derecha. El mejor implantado en la geografía nacional. Gil-Robles ("El Jefe") se encontró en posición ventajosa para negociar las listas electorales con el resto de partidos antimarxistas.

Tras las elecciones de 1933 habían acabado como el rosario de la aurora. Esta vez ni siquiera se molestaron en presentar un programa conjunto.

En realidad no era una alianza de gobierno. Se trataba de una candidatura con el eslogan “contra la revolución y sus cómplices”, en la que cada uno tiraría por su lado al día siguiente de las elecciones.

Puro cambalache.

No había ningún tipo de compromiso para después de las elecciones. Se trataba de una coalición "anti": los votantes sabían lo que rechazaban (el marxismo), pero no les quedaba claro a favor de qué votaban.

La lluvia destiñó este arrogante cartel de "El Jefe" en la Puerta del Sol causando rechifla entre los madrileños.

Confecionarion unas listas electorales a varias bandas, como dijo Gil Robles: “adaptadas a las peculiaridades de cada provincia”.

Te explico.

— En unas candidaturas se presentaban los democristianos de la C.E.D.A. junto con candidatos del "Bloque nacional", monárquicos de corte autoritario y antiparlamentario.

El "Bloque Nacional" estaba a su vez constituido carlistas y alfonsinos: dos ramas dinásticas que históricamente se habían llevado a matar.

— En otras provincias, la muy mucho católica C.E.D.A. se presentaba con los republicanos de Miguel Maura, el mismo que había expulsado de España al cardenal Segura y asistido impávido a la quema de iglesias del 31, siendo Ministro de Interior del primer Gobierno provisional.

— En otras circunscripciones, los de Gil-Robles se presentaban con los radicales de Lerroux de ascendencia masónica y anticlerical. Habían sido sus principales socios de gobierno tras las elecciones del 33, hasta que el escándalo del Straperlo hizo trizas la coalición.

— Y en otras candidaturas, la C.E.D.A. iba coaligada con el partido Agrario. Ambos partidos se habían hecho republicanos de ocasión después de las elecciones de 1933 a cambio un plato de carteras ministeriales.

— El puzzle se completaba con el "Front Català d'Ordre": la franquicia catalana de la derecha, encabezada por la "Lliga Catalanista" (antes "regionalista") de Cambó.

Cambó era tan nacionalista como Companis, y del estatuto catalán solo deploraba no haberlo firmado él.

Un sudoku.

*   *   *

Mientras el electorado de izquierdas acudió a las urnas ilusionado con la amnistía y la readmisión de obreros y funcionarios despedidos por su participación en la revolución de Asturias, el electorado de derechas votó tapándose la naríz: a nadie se le escapaba que Gil Robles había tenido todo un año para acabar con el peligro revolucionario que ahora prometía erradicar.

Carteles de propaganda electoral en las elecciones de 1936
"Contra la revolución y sus cómplices": principal eslogan de la coalición antimarxista.

El pucherazo de las elecciones de 1936.

La derecha aceptó el improvisado nombramiento de Azaña, pensaron que se trataba de algo provisional para tapar el vacío de Poder dejado por Portela, que no afectaría al recuento electoral.

Já.

Como dice el refrán: el que a sí mismo se capa, buenos cojones se deja. Lo cierto es que los republicanos se pusieron a gobernar como si hubieran ganado las elecciones.

A pesar de un tranquilizador discurso de investidura (radiado a toda España), en el que Azaña se presentó como un hombre enérgico, dispuesto a mantener el orden:

«Nosotros no hemos venido a presidir una guerra civil; más bien hemos venido con la intención de evitarla»

Decía que la marcha de Portela no acabó con la violencia política, al contrario, la extrema izquierda se vino arriba.

Aumentaron los escraches en torno a edificios oficiales, las ocupaciones de ayuntamientos, los motines en las cárceles (los presos comunes se sumaron a la fiesta), nuevas “chamusquinas” de iglesias, y asaltos a sedes de partidos, periódicos, domicilios sociales de la patronal y círculos agrarios. 

Y el nuevo gobierno empezó a referirse a los disturbios como "expresiones de júbilo popular" y responsabizó de la violencia a las "provocaciones fascistas".

Bien.

 Asaltos a comercios e incendios en Puente de Vallecas ("La agonía de España", 1936).

Los hechos: once gobernadores civiles abandonaron precipitadamente sus puestos por coacciones, con un balance de 16 muertos y 36 heridos graves 48 horas después de las elecciones.

En este ambiente de normalidad democrática se realizó el escrutinio de las elecciones de 1936.

No se que pensarás, pero las garantías de imparcialidad me parecen escasas.

*   *   *

Desde que Javier Tusell señaló por primera vez en los 70 la existencia de un pucherazo (en realidad utilizó otro término), la discusión historiográfica no se centra ya tanto en su existencia (que pocos historiadores ponen en duda), si no su verdadera dimensión: en qué medida ayudó (o no) a configurar la mayoría absoluta del Frente Popular.

No me gusta extenderme en este galimatías que tanto gusta a los oxpertos en Historia. Habría que meterse en un análisis pormenorizado por circunscripciones, que tampoco no se comprende sin conocer la ley electoral de 1933, no me atrae, y tampoco es el objeto de este artículo.

Cifras sobrescritas para dar votos al Frente Popular en una plantilla de la Junta Provincial del Censo de Jaén. (Sacado del último trabajo sobre las elecciones de 1936 de Manuel Álvarez Tardío y Roberto Villa García)

Ahora bien, eres muy libre de  creer que el recuento electoral fue impoluto en aquel ambiente de escraches y coacciones.

No voy a ser yo quien prohiba la libertad de pensamiento como pretende la Ley de desmemoria Democrática.

El pensamiento no delinque.

Faltaría más.

*   *   *

Ahora bien.

Si nos centramos solo en cuántos de nuestros abuelos votaron rojo y cuántos azul, las elecciones de 1936 en España resultaron en un empate técnico en realidad.

Las izquierdas subieron un millón y medio de votos respecto del batacazo de 1933, mientras que las derechas solo consiguieron mejorar el resultado en 700.000 votos. La razón de que todos subieran es que al aumento de de participación, se sumó un incremento del censo.

Cuatro millones cuatrocientos y pico mil españoles votaron al Frente Popular, mientras que otros cuatro millones cuatrocientos y poco mil votaron al Frente Antimarxista.

Los votos restantes (cerca de seiscientos mil) fueron a parar a un variopinto grupo de partidos (desde el PNV hasta Falange), de los cuales, la mitad fueron a parar al chiringuito centrista de Portela Valladares

— Primero la ley electoral, por su disparatada forma de convertir los votos en escaños.

— Segundo, los atropellos en el escrutinio de varias provincias.

— Tercero, la anulación de abusiva de 12 actas por obra y gracia de la comisión parlamentaria encargada de dirimir las actas protestadas (la ley electoral había hurtado esta función al Tribunal Supremo).

— Cuarto: la repetición de elecciones en Cuenca y Granada, donde primero ganó el Frente de derechas, y en la repetición arrasó la izquierda (así de cambiante era el electorado).

Decía que estos cuatro factores convirtieron un empate técnico en un arrasador triunfo parlamentario de las izquierdas: 263 escaños fueron para el Frente popular, 156 para el Frente de derechas y 54 para el centro.

En la primera sesión de la legislatura se escuchó "La Internacional" por primera vez en la historia del Parlamento Español.

Una vez más se impuso el "trágala" de la más rancia tradición española.

Pero lo peor fue que el nuevo Gobierno de Azaña continuó a remolque de las presiones de sus socios marxistas. Hasta tal punto, que el propio Azaña se cansó de sufrir desplantes y vejaciones de los que le habían ayudado a ganar las elecciones, y abandonó el gobierno solo tres meses después de haberlo aceptado.

Una huida hacia adelante que lo convirtió en Presidente de la República. Pero eso lo cuento en otro capítulo de esta Crónica política de la 2ª República

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