Elecciones 1936: Azaña, prisas y una Constitución ardiendo
"Casi todos los gobernadores de Portela han huido, abandonando las provincias. En algunos, también se ha marchado el secretario del Gobierno. No hay autoridades en casi ninguna parte y la gente anda suelta por las calles".
Así empezaba Manuel Azaña su nueva etapa como Presidente del Gobierno. Un país sin autoridades y con la gente «suelta por las calles» . El ambiente ideal para estrenar el cargo, ¿no.?
Su investidura fue un parto sin epidural: tres días después de las elecciones, antes de la segunda vuelta, sin finalizar el escrutinio oficial, y, por supuesto, saltándose a la torera el trámite constitucional de entrega de poderes.
Normalidad democrática made in 1936.
El sainete electoral de 1936: cómo se cocinó la vuelta de Azaña
Bienvenidos al 16 de febrero de 1936
Como quien recoge la casa tras una fiesta, Azaña supo al instante el berenjenal que acababa de heredar. El 20 de febrero anotaba en su diario:
"Resulta que el Gobierno republicano nace, como el 31, con chamusquinas. El resultado es deplorable. Parecen pagados por nuestros enemigos".
Las “chamusquinas” eran iglesias en llamas. La “gente suelta por las calles” eran las huestes del Frente Popular dedicándose a liberar los presos de la Revolución de Asturias, porque eso de esperar una amnistía oficial era muy burgués.
Se lanzaron a las cárceles con la misma energía que a las sedes de los partidos enemigos.
La derecha, con el susto metido en los calzones, tragó con la investidura exprés. Incluso votaron a favor del primer Decreto-ley: una amnistía general que era ilegal según el artículo 102 de la Constitución. ¿Y quién estaba para legalismos con las turbas en la calle?
"Tienen tanto miedo que, si no llevase el proyecto de ley a la Diputación de las Cortes, acabarían por venir a pedirmelo."
Portela Valladares, que debía aguantar hasta la apertura de las Cortes el 16 de marzo, se bajó del barco como saltan las ratas cuando ven que se hunde, «como si me diese las llaves de un piso desalquilado» escribió Azaña en carta a su cuñado. Clase.
Incluso José Antonio Primo de Rivera aplaudió el nombramiento de Azaña con un elogioso artículo en Arriba . Dijo que era preferible al «pantano cedo-radical del último bienio». Hasta los falangistas confiaban más en Azaña que en la República. Así íbamos.
La resurrección de Manuel Azaña
Pero antes de seguir, conviene dar un repaso a la carrera política de don Manuel. Ayuda a entender lo que pasó después.
Tras el descalabro de las elecciones de 1933, pocos españoles hubieran apostado que Azaña volvería a gobernar algún día.
Después de pasar el primer bienio al frente del ejecutivo, al político republicano con más prestigio en la actualidad, no le votó ni la familia. Como lo oyes. Consiguió escaño gracias a que su amigo Indalecio Prieto le cedió, en la segunda vuelta, un puesto en las listas del PSOE por Bilbao. Que cosas.
Pasó 1934 de perfil bajo. Renunció al típico recurso del pataleo que solo hubiera contribuido a desgastar más su imagen. Por el contrario, se dedicó a rehacer su partido: Izquierda Republicana. Una recicladora de restos del naufragio electoral, entre ellos los radical-socialistas y la ORGA gallega de su inseparable amigo Casares Quiroga.
Hasta que llegó su bautismo de mártir: su detención con motivo del golpe catalanista de 1934 . Le pilló en Barcelona, había mantenido reuniones con Companys los días anteriores. Lo detuvieron escondido en la casa de un alto funcionario de la Generalitat. ¿Consecuencia? Pasó la Navidad en un barco-prisión, lo cual siempre da cierto caché revolucionario.
El Supremo lo absolvió por falta de pruebas. La comisión parlamentaria promovida por la derecha no consiguió otra cosa que victimizarlo más. Resultado: tour de mítines en campo abierto, llenos de obreros movilizados por la UGT, que aplaudían como si vieran al Real Madrid.
De nuevo en el candelero.
"El señor Azaña dio un mitin en un campo de las cercanías de Madrid a donde fueron a oírle muchos millares de personas, la mayoría socialistas y obreros, el resto republicanos".
El Frente Popular: la coalición de los que no se soportaban
A la facción más templada del socialismo le interesaba potenciar una figura del izquierdismo liberal y burgués. La presencia de Azaña mitigaba el repelús que suscitaba la violencia revolucionaria de Largo Caballero en amplios sectores del electorado progre.
El PSOE estaba roto: prietistas contra caballeristas, y Besteiro pintando menos que un cenicero en una moto. Pero todos coincidían: la absurda Ley electoral de la II República impedía ganar las elecciones en solitario.
Azaña comenzó a formar una coalición de partidos republicanos de izquierda. A saber: además de Izquierda Republicana, se sumó Unión Republicana: los tránsfugas que Martínez Barrio arrancó al Partido Radical de Lerroux en febrero de 1934, y el Partido Nacional Republicano de Sánchez Román, formado a su vez con los restos de liquidación de la “Agrupación al Servicio de la República” .
Los socialistas se unieron a finales de 1935. Tras una espinosa negociación en la que los republicanos aceptaron las exigencias de Largo Caballero para que entraran también los comunistas.
Fue el PCE quien puso de moda el término “Frente Popular”, un término que ya utilizaban en Francia siguiendo consignas de Moscú. Jorge Dimitroff (secretario de la VII Internacional) la describió como la “táctica del caballo de Troya”.
El Frente Popular tenía franquicia propia en Cataluña: “Front d'Esquerres” que agrupaba a las izquierdas catalanas en torno a ERC.
Aunque el Frente Popular se presentó con un único programa electoral, lo cierto es que cada uno se rascaba con sus propias uñas: los marxistas se comprometieron a dar sus votos, pero se negaron a formar parte del futuro gobierno.
Para ellos, las elecciones fueron “una gran batalla revolucionaria” que abriría “el camino para acciones de tipo superior” (Mundo Obrero, 21/01/1936).
El programa estaba cargado de buenas intenciones, como todos, pero lo realmente llamativo es el énfasis que pusieron los burgueses en plasmar lo que rechazaban de sus socios marxistas.
“Los republicanos no aceptan el principio de la nacionalización de la tierra y su entrega gratuita a los campesinos solicitada por los delegados del Partido Socialista” [art IV]
" no se acepta el subsidio de paro, solicitado por las representaciones obreras" [art V]
" no aceptar las medidas de nacionalización de la banca propuestas por los partidos obreros [art VI]
Un Frente Popular donde siete partidos querían una cosa y dos decían que ni hablar. Teniendo en cuenta que los partidos marxistas aportaban la inmensa mayoría de los votos, queda clarinete quien tenía la sartén por el mango.
No obstante, no hubo impedimento para que el «acuerdo» fuera todo un éxito: sirvió para engatusar a la burguesía zurda y hacer frente a un centro-derecha etiquetado en bloque como “fascista”.
Desde viejo, los anarquistas se negaban a participar en cualquier institución del «Estado opresor», pero esta vez apoyaron desde fuera: querían la amnistía.
En definitiva, el programa era una carta a los Reyes Magos que solo coincidía en el enemigo común: la derecha.
¿Qué podía salir mal?
El Frente de derechas: Frankenstein no lo habría hecho mejor
La derecha se coaligó como quien firma un pacto de no agresión entre tribus rivales. La CEDA negociaba listas con carlistas, alfonsinos, radicales, agrarios, regionalistas catalanes y lo que se terciase. El popurrí tenía un lema claro: «contra la revolución y sus cómplices» .
La derecha se presentó a las urnas sin un programa común, sin compromiso de gobierno, y con todos sabiendo que el día después se darían la espalda. Pero eh, al menos, sabían lo que no querían.
Se trataba de una coalición «anti» en la que los votantes sabían lo que rechazaban: la revolución marxista, pero no sabían a favor de qué votaran.
Mientras el votante de izquierdas fue con la ilusión de la amnistía a las urnas, el de derechas, iba con la nariz tapada: a nadie se le escapaba que Gil-Robles había tenido todo un año en el Ministerio del Ejército para acabar con el peligro revolucionario que ahora prometía erradicar.
Pucherazo, la gran tradición nacional
La derecha aceptó el improvisado nombramiento de Azaña pensando que sería algo temporal: tapar el vacío de Poder originado por la huida de Portela. Error. Como dice el refrán: el que así mismo se capa, buenos c0j0nes se deja. Se pusieron a gobernar como si hubieran ganado por goleada.
«Nosotros no hemos venido a presidir una guerra civil; más bien hemos venido con la intención de evitarla»
Mientras tanto, los escraches, incendios, motines y ocupaciones crecían. ¿Reacción del Gobierno? Calificarlo como «expresiones del júbilo popular» y justificar la violencia por las «provocaciones fascistas». Lo de siempre.
Saldo: 11 gobernadores civiles abandonaron sus puestos por coacciones. 16 muertos, 36 heridos graves. En ese oasis democrático se hizo el recuento electoral.
"Ha habido en las más de las provincias, enjuagues, falsedades y coacciones, determinantes de la resurrección de unas cuantas docenas de candidatos derrotados"
La historiografía seria ya no discute si hubo fraude, si no cuánto pesó en la victoria. Tusell abrió el melón y desde entonces, hay consenso: hubo pucherazo .
"Transcurren los días, y se desconocen, con inaudita tardanza de los escrutinios, los datos electorales precisos. Se ve claro que los desórdenes han servido y aún sirven para lograr radiantes resurrecciones postelectorales escasas de mayoría no alcanzada el día 16."
Votos sí, escaños no
Si nos centramos en cuántos de nuestros abuelos votaron rojo y cuántos azul, las elecciones de 1936 en España resultaron un empate técnico.
Cuatro millones cuatrocientos y pico mil españoles votaron al Frente Popular, mientras que otros cuatro millones cuatrocientos y poco mil votaro al Frente Antimarxista .
La distorsión en número de escaños fue posible gracias a una ley electoral republicana tan disparatada que no traducía votos en escaños, sino voluntades en coartadas; al pucherazo elevado a método, y a las actas protestadas que antes se despachaban, con cierto pudor institucional, en el Tribunal Supremo, pero que ahora se entregaban a una comisión parlamentaria reconvertida en chiringuito de partido.
No se trataba de violar la legalidad, sino de retorcerla con pulcritud burocrática hasta que dijera exactamente lo que convenía. Un ajuste de cuentas sin ruido, ejecutado a golpe de reglamento y mala fe.
Resumiendo: el Frente Popular se llevó 263 escaños. El Frente de derechas, 156. El centro, 54.
¿Y qué hizo Azaña? Aguantó apenas dos meses como Presidente del Gobierno, hasta que se hartó de aguantar a sus socios revolucionarios. Entonces hizo mutis... hacia el cielo: fue nombrado nuevo jefe del Estado de la República.
Pero eso, es otra tragicomedia que contaré en el siguiente capítulo dedicado a la proclamación a Presidente de Manuel Azaña.
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