Pedro Mateu: la entrevista al asesino de Eduardo Dato

Pedro Mateu ante El Caballero Audaz
Traigo al blog una nueva entrevista de El Caballero Audaz, esta vez a Pedro Mateu —Matheu en la grafía del texto original—, uno de los autores del asesinato del presidente del Gobierno Eduardo Dato. Publicada en "Nuevo Mundo" el 18/03/1921, no era exactamente el tipo de invitado que acudía al estudio para presentar sus memorias.
Mateu fue detenido poco después del magnicidio. José María Carretero Novillo consiguió entrevistarlo en la cárcel acompañado por Campúa, un pionero del fotoperiodismo español.
Periodista y fotógrafo lograron entrar pese a la incomunicación del preso, aunque Carretero envolvió después el encuentro en una ingeniosa niebla narrativa: presentó la entrevista como si la hubiera soñado.
El recurso le permitía contarla con todo detalle sin comprometer a quienes les habían abierto las puertas. Una exclusiva de verdad, con barrotes, silencios administrativos y una coartada literaria bastante más útil que cualquier acreditación de prensa.

El asesinato de Dato fue un atentado político. Tres militantes anarquistas decidieron matar al presidente del Gobierno para castigarlo por su política y tratar de modificarla mediante el procedimiento menos dispuesto al diálogo: las balas.
La represión estatal explica el contexto, pero no borra la responsabilidad de quienes prepararon y ejecutaron el crimen. Contextualizar no equivale a absolver, aunque algunos relatos históricos mezclen ambas operaciones con una facilidad casi deportiva. No olvidemos que era el tercer presidente del Gobierno de España asesinado por anarquistas en apenas un cuarto de siglo.
Ahora bien, reducirlo todo a la etiqueta de «terrorismo anarquista» tampoco explicaría por qué la víctima fue Dato ni por qué el atentado se produjo en 1921. El magnicidio estuvo ligado a la violencia política y social de Barcelona, a las detenciones, las deportaciones y la aplicación de la llamada ley de fugas bajo el gobernador Severiano Martínez Anido.
Dato no fue el autor material de aquellas muertes, pero asumió una responsabilidad política al nombrar a Martínez Anido, mantenerlo en el cargo y respaldar su actuación. No apretó personalmente el gatillo. Tampoco podía comportarse como si ignorase hacia dónde apuntaban las armas.
A esa represión se añadía una crisis social más amplia. Durante la Primera Guerra Mundial, industriales, comerciantes y especuladores habían acumulado grandes beneficios, mientras la inflación deterioraba las condiciones de vida de los trabajadores. Cuando terminó la guerra llegaron el desempleo y una conflictividad laboral todavía mayor.
La CNT adquirió una enorme capacidad de movilización. Al mismo tiempo, la Revolución rusa hizo que muchos propietarios vieran en cada huelga el prólogo de una insurrección bolchevique, incluso cuando los trabajadores reclamaban algo tan revolucionario como que el salario alcanzase para comer.
Patronos, sindicalistas y autoridades fueron aceptando la violencia como instrumento político. Cada atentado justificaba una nueva represión, y cada represión alimentaba nuevos atentados. No hacía falta que nadie dirigiera el mecanismo: funcionaba solo, con la eficacia habitual de las cosas diseñadas para empeorar.

Dato pertenecía a la derecha reformista, su muerte no era inevitable. Sin embargo, la violencia fue debilitando a los sectores moderados y fortaleciendo a quienes defendían soluciones cada vez más autoritarias. Cuando todos se consideran obligados a responder al golpe anterior, el único consenso posible suele acabar en el depósito de cadáveres.

La entrevista debe leerse dentro de ese contexto, pero también con cautela. Carretero, como era habitual en él, construye un retrato muy literario de Mateu: sereno, fuerte, sencillo y convencido de haber cumplido una misión. Confiesa incluso que el detenido no le despierta antipatía.
Esa fascinación forma parte del documento y explica buena parte de su interés, aunque desde luego no convierte el relato en una descripción neutral. Conviene recordar, sin embargo, que si Carretero logró entrevistar a las principales figuras de la España de su tiempo, fue gracias a su reputación de «veracidad en las intervius».
Sus entrevistados confiaban en él «a fe ciega», convencidos de que no deformaría sus opiniones al llevarlas al papel. Hoy la expresión suena desvaída, pero tenía otro peso en un periodistas que se batió en duelo más de una vez para defender su honor.
En la España de los años´20, la palabra dada todavía aspiraba a valer por sí misma, antes de necesitar seis firmas, dos testigos y una página de condiciones legales.
Mateu insiste en que no actuó por odio ni por venganza, sino porque matar a Dato «era necesario». La frase resume tanto su fanatismo como el mecanismo moral que le permitió transformar un asesinato cuidadosamente planeado en un supuesto deber político.
El contexto explica cómo llegó hasta allí. No consigue que el argumento deje de ser monstruoso.
Con estas precauciones, dejemos hablar al entrevistador y al asesino.
La entrevista
Nos decepcionó la obstinada negativa del juez.
Aun así, insistí:
—¡Pero siquiera unos minutos! ¡El tiempo necesario para hacerle una fotografía en la prisión!
—Es imposible. Está incomunicado y no hay medio legal ni humano de que usted ni nadie le hable.
El señor Escalera, juez especial en la causa por el atentado contra Dato, estaba ante nosotros con un gesto amable, cortés, de suprema resignación. Parecía el hombre que se doblega ante una fuerza implacable.
Era la ley. Dura, inflexible y, como suele ocurrir, muy satisfecha de ser ambas cosas.
Aquel correcto caballero cincuentón, delgado y simpático, con una ingenua bondad en el rostro, parecía sinceramente contrariado porque la rigidez de su cargo le impidiera acceder a mi ruego.
Buscando una última esperanza, dirigí la mirada al fiscal, que permanecía de pie a nuestro lado. Más rígido que el juez, su suave ceceo andaluz revelaba al hombre mundano, comprensivo y amable.
—Y usted, señor fiscal, ¿no encuentra forma de que Campúa y yo conversemos unos minutos con el preso?
—Por mi parte —respondió, llevándose la mano al pecho—, lo considero imposible. Es más: creo que el señor juez no debe autorizar la visita de ninguna manera.
Campúa y yo nos miramos, abatidos y desconcertados.
No éramos nadie.
Estábamos en el despacho del Juzgado de guardia, una habitación espaciosa y nada cordial, con viejos muebles oscuros reunidos sin armonía de forma ni estilo. El ambiente era gris y frío, con esa hosquedad repelente de las salas de justicia, lugares concebidos para recordar al visitante que hasta las paredes desaprueban su presencia.
Sin declararme vencido, insistí una vez más. El fiscal me interrumpió con amabilidad, pero sin ceder un centímetro:
—Nosotros le dejaríamos hablar con el preso incluso por interés artístico, para leer después sus impresiones; pero no hay forma.
Hablaba como quien teme que la bondad pueda conducirlo a una flaqueza. Para cortar el diálogo, concluyó:
—Es imposible. Otra vez será. Ahora vamos a la cárcel para evacuar una diligencia importante.
Nos estrechamos las manos. El juez, el fiscal y el escribano salieron apresuradamente.
Campúa y yo los seguimos por el largo pasillo del juzgado. Compartíamos la misma amargura. Habíamos hecho juntos casi todas nuestras correrías periodísticas, salvado obstáculos y vencido dificultades.
Y ahora también habíamos fracasado juntos.
En la cámara oscura de su máquina, las placas seguirían dormidas, intactas, sin que la luz las hiriese para convertirse después en imagen. Mi cuaderno conservaría sus páginas blancas, sin las líneas nerviosas de la impresión inmediata.
Salimos a la calle. El buen sol rubio doraba la tarde de marzo.
—¡Bah! —dije—. ¿Por qué desconfiar todavía?
Pero, pese a mi optimismo, la entrevista frustrada me obsesionó durante toda la tarde. El rostro del asesino de Dato, que ya conocía por los periódicos, me persiguió aquella noche como una pesadilla.
Así llegué al lecho.
Y, ya en los límites del sueño, no sé si soñando o imaginando, volví a ver a Pedro Matheu.
Hablé con él. Lo reconocí vivo y real. Estreché su mano homicida.
El sueño quedó grabado en mí con tal intensidad que todavía puedo evocarlo con claridad.
Ved cómo fue.

La Cárcel Modelo
El automóvil nos dejó frente a la Cárcel Modelo.
Atravesamos el portal y el primer patio. Nos detuvimos ante la gran verja que daba acceso a los locutorios. Tras ella, un celador uniformado vigilaba cuidadosamente la entrada.
En el patio aguardaba un grupo de periodistas. Barceló estaba entre ellos. También se encontraban allí la panadera de la Ciudad Lineal que había atendido a los arrendatarios de la casita y el dueño del garaje donde se reparó la motocicleta utilizada en el crimen.
El dueño del garaje era un hombre de mediana estatura, correcto, con lentes. Nada en su aspecto revelaba su oficio. Estaba pálido, como si la tragedia hubiera pasado a su lado rozándolo con las alas. Conversaba con el deportista Pepe Vega.
A los pocos minutos alguien exclamó:
—¡El juez! ¡El juez!
Llegaba el coche del Juzgado de guardia. De él descendieron el juez, don Santiago de la Escalera; el fiscal, don Félix Ruz, y el secretario, señor Martos.
Tras ellos entramos Campúa y yo. Penetramos en una galería estrecha y la pesada verja volvió a girar a nuestra espalda, cerrándose con suavidad. Hasta las cárceles saben ser corteses cuando ya no hay salida.
El juez se dirigió a nosotros, resignado:
—Vean ustedes si en el locutorio de abogados puede hacerse lo que desean.
Guiados por su indicación, entramos en una habitación grande. En el centro había un schubesky apagado. Por una ventana de gruesos barrotes penetraba desde el pasadizo una luz indirecta y turbia.
A través de aquella reja, ante la cual se había dispuesto una mesa de escritorio, íbamos a entrevistar al asesino.
A los pocos segundos escuchamos unos pasos que se aproximaban sordamente.
Acompañado por dos vigilantes de uniforme, apareció en el pasillo Pedro Matheu, uno de los asesinos de don Eduardo Dato.
El detenido
Lo miré.
Nos saludó con una amable inclinación de cabeza y una leve sonrisa. Tenía el rostro moreno, basto y redondo. Era un muchacho ancho de hombros, de mediana estatura, cuello grueso, entrecejo corrido y ojos pequeños, negros y vivos.
Ofrecía el aspecto agradable de un artesano fuerte, saludable y resuelto. La ropa no conseguía ocultar su condición de hombre habituado al trabajo físico. Tenía los dedos gruesos y nudosos. Los brazos se adivinaban poderosos bajo las mangas. Sobre la frente estrecha caía un mechón negro de cabello largo, ondulado y abundante. La barba comenzaba a sombrear su tez de labriego.
Nos saludó sin sorpresa ni turbación, sencillamente, como si fuéramos camaradas.
—¿Qué tal, hombre? —le pregunté—. ¿Está usted tranquilo?
Hizo un mohín de displicencia.
—¡Pchs!
—Lo encuentro muy sereno.
—¡Bah! ¿Cómo he de estar? —respondió con un marcado acento catalán.
Me pareció que nos observaba con cierta inquietud.
—Tranquilícese. Puede hablar sin recelo. No soy policía ni juez.
Entonces sonrió.
—Sí, sí. Ya sé quién es usted. Lo conozco bastante. Es más: lo esperaba.
Aquella explicación pareció acercarnos. Él solo veía en mí al escritor que gustaba de asomarse al abismo de las vidas que la fatalidad o la fortuna elevaban sobre la plataforma de la actualidad.
Yo veía en él al fanático: la voluntad recta y obstinada de quien cree que la muerte puede ser una solución.

Su cuerpo fuerte se dibujaba en la penumbra, tras la reja. Cruzó las manos sobre el pecho con el ademán de un atleta que, después del triunfo, espera el elogio sin pedirlo. Tenía la sencillez del hombre convencido de haber cumplido con su deber.
Era lamentable, pero cierto: aun predispuesto contra él, Matheu no inspiraba antipatía.
En su rostro no se apreciaban los signos de degeneración que los psiquiatras de la época buscaban con tanto entusiasmo en criminales y exaltados. Lo que hacía simpática su expresión era la vulgar sencillez del hombre rústico y una ingenuidad serena, casi infantil.
—¿Qué tal ha pasado la noche?
—Ya puede verlo. Aunque estaba un poco incómodo, al fin he dormido bien. Quizá porque ya estaba tranquilo.
—¿Tranquilo?
—Sí, créame. Lo peor de las grandes catástrofes no es el hecho mismo, sino la incertidumbre. No saber cuándo terminará una situación difícil. Creo que es menos desagradable sentirse morir que esperar la muerte sin saber cuándo llegará. Casi diría que me alegro de que este asunto se haya resuelto ya.
—¡Pero, hombre! ¿Sabe usted lo que ha arriesgado al ser detenido?
—¡Ya lo creo!
—¿Y no vaciló al jugarse la vida?
Matheu me miró fijamente. Respondió con absoluta serenidad:
—¿Qué vale una vida ante la realización de un ideal?
Impresionaba la firmeza de aquel hombre.
—¿Quiere que hablemos un poco de su vida?
—Bien. Usted pregunte y ya veremos.

«Era necesario»
—¿Cómo concibió la idea de matar a Dato?
—Porque era necesario.
—¿Por venganza contra las represiones de Barcelona?
—No. Le juro que no fue por venganza ni por rencor. Yo no había visto jamás a ese señor Dato. Lo maté porque era necesario. Si la cosa hubiera podido arreglarse de otro modo, habría sido mejor.
Hizo una pausa y continuó:
—Desde hace un mes le enviaba anónimos al presidente del Consejo, incitándolo a cambiar de política. No hizo caso, desgraciadamente. Su destino y el nuestro eran encontrarnos.
—¿Desde cuándo estaba usted en Madrid?
—Desde una mañana de enero. Recuerdo que nevaba. Nunca había visto la nieve.
—¿Qué impresión le produjo Madrid?
—La de un pueblo resignado. Viniendo de Barcelona, que es como un volcán en agitación, Madrid parece dormido, cloroformizado. La gente no se preocupa por nada. La clase oprimida no tiene verdadero espíritu de sacrificio ni de lucha.
Se animó al decirlo:
—Si en Madrid hubiera la organización y la voluntad que existen en otros lugares, no me habrían detenido. Me habrían sobrado casas donde esconderme.
—Entonces, ¿cree que detendrán también a sus compañeros?
—Me parece muy difícil. Además, ellos no se dejarán detener como yo. Pero no creo que lleguen a encontrarlos. Están seguros.
—¿Sabe dónde?
—Naturalmente. Sé dónde están en estos mismos instantes.
—¿Los dos? Según se dice, eran ustedes tres.
—Tal vez más —respondió, sin concretar.
—¿Fue Ramón, el que vivía con usted, quien condujo la moto?
Matheu me interrumpió con timidez:
—Amigo, hágase cargo de mis circunstancias. De mí puedo hablar cuanto quiera, pero le ruego que no me pregunte por los otros compañeros. Mi deber es no saber nada de ellos.
—Bien. ¿Qué vida hizo antes del atentado?
—Muy buena. Divertirme y conocer Madrid.
—¿Y al mismo tiempo preparaba el hecho?
—Sí. Lo primero fue vigilar al señor Dato y elegir la ocasión. Tardamos bastante. No era tan fácil matar al presidente del Consejo de Ministros. Salía poco a pie y, aunque se haya dicho lo contrario, iba siempre rodeado de policías. ¡Si lo sabré yo!
Continuó:
—Entonces, a mi compañero, que es muy ingenioso, se le ocurrió lo de la moto. La idea me gustó porque tenía algo de película.
Incluso los magnicidas necesitan imaginarse dentro de un género.
El día del atentado
—¿Qué hizo el día del crimen?
—La vida corriente. Comí, me afeité, di un paseo. Revisamos bien la moto, que estaba preparada desde el día anterior. Acordamos los últimos detalles y esperamos la hora.
—¿Estaba nervioso?
—No. Impaciente, nada más. Al montar en la moto tuve la sensación de quien va a emprender un viaje largo.
Sonrió levemente.
—Ya ve que no me equivocaba. Todavía estoy de camino.
—¿Estuvo la moto parada en Cibeles, esperando el coche presidencial?
—¡Qué va! Hicimos varias veces el recorrido entre la plaza de Isabel II y la estatua de Espartero. Así evitábamos a los curiosos que siempre rodean una máquina detenida.
—¿Habían elegido la plaza de la Independencia para cometer el atentado?
—No. Habíamos pensado en Cibeles. La plaza de la Independencia está a medio minuto de la casa del presidente. Pero eso quedaba a mi cargo.
—¿Solo a su cargo?
—Sí. Yo debía dar la señal haciendo el primer disparo.
—Como hizo.
—Cierto.
Matheu relató entonces el atentado con la precisión de quien describe un trabajo mecánico.

—No me decidí en Cibeles porque había demasiado tráfico de tranvías y coches. Podían estorbarnos. La moto siguió al automóvil por la calle de Alcalá y enseguida nos pusimos a su altura.
»Vi al presidente durante unos segundos. Iba recostado sobre el lado derecho del coche. Llevaba el sombrero algo echado hacia atrás y parecía fatigado. Miraba al frente y no advirtió que yo lo observaba.
»Estábamos a punto de entrar en la plaza. Yo llevaba la pistola empuñada. Me incorporé en el asiento y miré hacia atrás. La suerte nos favorecía: nadie nos seguía.
»Entonces di el grito y, por la ventanilla, casi a bocajarro, hice el primer disparo.
El relato continuaba sin temblor.
—Nuestro propósito era matarlo de frente. Pero el chófer, aunque se haya dicho otra cosa, oyó el disparo y aceleró. El magnífico Hudson salió como un diablo y nos dejó atrás. Lo perseguimos disparando por detrás hasta agotar siete cargadores. El automóvil alcanzaba otra vez la calle de Alcalá cuando hicimos el último disparo, a más de veinte metros.
—¿Supieron inmediatamente que habían conseguido su propósito?
—Yo creía que sí, porque tengo una puntería regular. Mi compañero no estaba seguro.
—¿Fue rápida la agresión?
—Sí. Una cosa matemática. La habíamos calculado en unos doce segundos y así fue.
La expresión resultaba reveladora: una cosa matemática. Como si la exactitud del cálculo pudiera conferirle al acto alguna clase de limpieza moral. Las cifras tienen esa cortesía: nunca protestan por el uso que se hace de ellas.
—Enseguida la moto giró por Serrano y bajamos tranquilamente por Goya. ¡Mi compañero es un gran motorista! De la Castellana a Ciudad Lineal fuimos volando. A los treinta y cinco minutos del atentado estábamos ya en casa, y eso que guardar la moto nos entretuvo bastante.
—¿Es cierto que presenció el entierro del presidente?
—Es cierto. Lo vi pasar subido a un banco de Recoletos y seguí el cortejo hasta Neptuno.
Hizo una pausa.
—¡Si supiera qué tentaciones tuve! Pero no hubo ocasión. Además, yo ya había cumplido con mi deber.

El deber
—¿Era la primera vez que cometía un atentado?
—Sí. Ha sido mi debut. Antes de esto ni siquiera había reñido con nadie.
—¿Nunca sintió deseos de matar a un hombre por un agravio o a una mujer por celos?
Matheu se llevó la mano al corazón.
—Jamás. Le doy mi palabra. Si maté al señor Dato fue porque creía hacer el bien, no por instinto sanguinario.
—Le creo. Me produce usted la impresión de ser un buen muchacho, decidido pero ingenuo. Seguramente actuó dominado, sugestionado por alguien que se impuso sobre usted. ¿Verdad?
—¡Bah! No lo sé. En el fondo, el motivo no importa. Bastaba con que, fuera por lo que fuese, yo estuviera dispuesto a sacrificarme.
Le pedí que se acercase.
Cuando aproximó el rostro a la reja, le pregunté en voz baja:
—Dígame con sinceridad: ¿no ha tenido un instante de vacilación o remordimiento? ¿No ha deseado que todo lo ocurrido fuera un sueño espantoso, que nada hubiera sucedido y encontrarse lejos de aquí?
Con la misma firmeza impasible, respondió:
—¡Qué más da! Esa era mi misión. Un día u otro, de todas formas, yo habría matado al presidente del Consejo de Ministros de España. Era nuestro destino.
Epílogo
Hay algo que parece claro: el atentado no fue una ocurrencia improvisada por tres hombres que encontraron una pistola y descubrieron que tenían la tarde libre.
Exigió vigilancia, planificación, desplazamientos y una cantidad considerable de dinero.
Solo la motocicleta con sidecar costó alrededor de 5.100 pesetas. Para hacerse una idea de la magnitud de la cifra, equivalía aproximadamente a tres años de salario de un obrero industrial. A eso habría que añadir las armas, los viajes, el alojamiento en Madrid y el alquiler del garaje donde ocultaron el vehículo.
La logística revolucionaria, como casi todas las logísticas, resultaba bastante menos romántica cuando llegaban las facturas.
El origen de aquella financiación es una cuestión que merecería una investigación más profunda. La existencia de recursos no demuestra por sí sola la intervención de instigadores, organizaciones o patrocinadores externos. Saltar desde una suma de dinero hasta una conspiración internacional sería practicar ese viejo deporte intelectual que consiste en colocar primero la conclusión y salir después a buscar pruebas que acepten trabajar para ella.
Pero tampoco parece razonable ignorar la pregunta.
Saber quién aportó los fondos, cómo se reunieron y qué apoyo recibió el grupo ayudaría a determinar si se trató de una iniciativa personal o de una operación respaldada por una red más amplia.
También resulta significativo el destino posterior de Ramón Casanellas, conductor de la motocicleta y único miembro del grupo que consiguió evitar la detención inmediata.
Algunas reconstrucciones señalan que militantes comunistas españoles lo ayudaron a escapar. Tras pasar por Francia, llegó a la Rusia soviética. Allí encontró refugio, se vinculó al movimiento comunista, sirvió en el Ejército Rojo y acabó incorporado a estructuras políticas relacionadas con la Internacional Comunista.
Permaneció durante años en territorio soviético sin ser entregado a España.
Nada de esto demuestra que el Gobierno soviético promoviera, financiara u ordenara el asesinato de Dato. Permite afirmar algo más limitado, aunque no irrelevante: uno de los autores del magnicidio se benefició después de las redes comunistas internacionales y encontró protección en territorio soviético.
Moscú no lo entregó. Casanellas terminó integrado en su aparato político y militar.
Pero ordenar un atentado y dar refugio posterior a uno de sus autores no son la misma cosa. Ambas actuaciones pueden tener importancia política, desde luego, pero no son intercambiables.
Confundirlas sería como atribuir la planificación de un robo al primero que oculta al ladrón. Su conducta puede resultar sospechosa, censurable o merecedora de preguntas incómodas. No demuestra que hubiese redactado el plan.
Para sostener una intervención soviética anterior al asesinato harían falta documentos, transferencias de dinero, comunicaciones o testimonios contemporáneos que conectasen a Moscú con la preparación del crimen.
Sin esas pruebas, lo que tenemos es protección posterior.
No autoría por retroactividad, esa cómoda máquina del tiempo con la que tantas teorías consiguen que los hechos terminen ocurriendo después de sus consecuencias.

Mateu y Nicolau fueron condenados a muerte en 1923, aunque finalmente las penas se conmutaron por cadena perpetua. Casanellas, juzgado en rebeldía, recibió la misma condena. Ocho años después, la amnistía decretada por la Segunda República devolvió la libertad a Mateu y Nicolau. Casanellas regresó también a España en 1931, cuando el escenario político ya era otro y las viejas condenas empezaban a desmoronarse con él.
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