Entrevista de José Mª Carretero a Ángel Pestaña (1919)

Ángel Pestaña, una de las figuras más complejas del sindicalismo español del primer tercio del siglo XX.

Ángel Pestaña: el sindicalista que desconfiaba de la revolución

Resumen rápido: Ángel Pestaña fue uno de los dirigentes más lúcidos del anarcosindicalismo español. Protagonista del violento escenario barcelonés de 1919, crítico con el bolchevismo tras su viaje a Moscú y enfrentado al ala insurreccional de la CNT, acabó fundando el Partido Sindicalista y participando en la política republicana.

Si uno quiere entender la España que desemboca en 1936, no basta con mirar a los políticos profesionales. Hay que bajar a la calle, a los talleres, a las redacciones clandestinas y a ese subsuelo donde la política se mezcla con la pólvora. Y ahí aparece Ángel Pestaña.

Cuando José María Carretero, El Caballero Audaz, lo retrata, no está describiendo a un teórico de despacho. Está entrando, literalmente, en un piso miserable del Barrio Chino de Barcelona, en plena época del pistolerismo.

Ese contexto no es decorado: es el corazón del problema. Como explico en esta Crónica de la II República, la violencia política no aparece de la nada en 1936. Viene de atrás. Y Barcelona, desde 1919, es uno de sus laboratorios más crudos.

Esta pieza forma parte, además, del conjunto de entrevistas de José María Carretero, “El Caballero Audaz”, una galería especialmente útil para asomarse al clima político y social de la España anterior a la Guerra Civil sin pasar siempre por el filtro pulcro y, a veces, interesado de las memorias posteriores.

Cómo llegó Carretero hasta Pestaña

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Carretero ya conocía el nombre de Ángel Pestaña antes de tenerlo delante. Lo había seguido en la prensa madrileña, lo había visto pasar por la actualidad con ese aire de hombre importante y escurridizo que tanto irrita al periodista cuando el personaje se obstina en callar.

Aquel sindicalista que desembarcaba en Madrid, viajando modestamente y rodeándose de silencio, no le inspiró entonces admiración sino fastidio. No le parecía serio venir envuelto en misterio cuando se predicaba la redención del obrero y se aspiraba, nada menos, a mover multitudes.

Los periodistas, en su noble interés de informar al público, han acosado a Pestaña, solicitando declaraciones; pero Angel Pestaña, a pesar del fraternal apego que dice tener, por todos los obreros de la pluma, ha callado, adoptando una comprensible actitud misteriosa, muy cotizable en el campo de la política, pero impropia de hombres nuevos que cultivan la propaganda de ideales redentores. ¿No os parece?

Pasó más de un año. Y cuando Carretero volvió a cruzarse con su sombra, ya no estaba en los salones de la Corte sino en una Barcelona convertida en una ratonera de plomo. La ciudad vivía entre atracos, atentados, pistoleros y una autoridad que unas veces no podía y otras no sabía.

En aquel ambiente de café, tertulia y sobresalto diario, un redactor de periódico le hizo una propuesta que, en circunstancias normales, habría parecido una simple cita. En la Barcelona del momento, en cambio, era casi una excursión a territorio vedado.

El intermediario le explicó que Pestaña deseaba conocerle, pero que no podía presentarse tranquilamente en un hotel ni sentarse en un café céntrico como cualquier hijo de vecino. Andaba perseguido por la Policía, cambiando de escondite, publicando Solidaridad Obrera a salto de mata y con la redacción entera viviendo como quien transporta dinamita en los bolsillos.

Carretero aceptó. No por entusiasmo lírico, sino por curiosidad profesional y porque, a esas alturas, ya había visto suficientes hombres y suficientes farsas como para no arredrarse ante una cita clandestina.

Y así, entre promesas ambiguas, refugios invisibles y un guía que sonreía como quien conoce el revés de la ciudad, llegó el momento de ir al encuentro del hombre. No sabía todavía si iba a entrevistar a un apóstol obrerista, a un conspirador, a un iluminado o a una mezcla bastante española de las tres cosas. Lo que sí descubrió enseguida fue que la entrevista no empezaba en las palabras, sino en el decorado:

A pesar de esto, a la tarde siguiente me sorprendió de modo desagradable el ambiente en que mi acompañante me introdujo. Era el del Barrio Chino barcelonés, con sus estrechas calles sombrías, sus casas con fachadas leprosas y portales siniestros. Una atmósfera de podredumbre social y de miseria física. Tenduchos inmundos y mujeres astrosas, más repugnantes que siempre a la luz cruda del día.

Llegamos ante una casa cuya entrada era como un negro túnel... Lo pasamos entre sombras. Se oían gritos femeninos y llantos de niños.

Ascendimos por unas escaleras de peldaños desgastados, de paredes negras de suciedad...

En el segundo piso nos detuvimos ante una puerta de madera, sobre cuyo dintel había escrito un número borroso. Olía a humedad y a cieno del mar del puerto próximo y a verduras cocidas...

Salió a abrirnos un muchacho escuálido, macilento. Con él cambió algunas palabras mi acompañante y nos franquearon el paso.

Al fondo del piso, y en una habitación sórdida que recibía luz por un ancho ventanal sin hierros, y por el que se veía un panorama de azoteas, encontré a Angel Pestaña.

Era el hombre flaco, seco, de nariz ganchuda y rostro largo, que yo había visto en las fotografías de los periódicos de Madrid. Todavía más esquelético y pálido, con huellas de insomnio en el rostro.

Se esforzó, tras estrecharme la mano, en ofrecerme una sonrisa.

—Esta es la redacción de Solidaridad Obrera... por hoy... Mañana no sabemos dónde podremos estar...

Yo sentía el agobio de aquel ambiente miserable, y le dije:

—He venido, porque usted no podía irme a ver a otro sitio... Y estoy a su disposición...

Entonces Angel Pestaña se irguió. Su figura magra adquirió cierta gallardía, al decirme:

—¡Qué más quisiera yo que poder recibirle como usted podría hacerlo conmigo en Madrid, en su despacho de director del Nuevo Mundo! Pero el publicar mi periódico es cada día un milagro. La censura es implacable, y si le hiciéramos caso, La Soli saldría en blanco.

No me pude contener y le interrumpí:

—¿Pero es que no son ustedes capaces de escribir sino contra la ley?... ¿Es que la doctrina sindicalista es tan nefanda que no se puede predicar ni defender al amparo de las leyes que nos rigen?...

Angel Pestaña medita un momento y contesta:

—Yo creo lo contrario, y por eso lo defiendo... El sindicalismo es la única forma viable del mundo del porvenir, en el que todo ha de estar basado en el hombre que trabaja, en el que produce, y que es el que tiene el mayor derecho a la vida... La organización sindical debe ser la base de todo Estado... Sin contar con las infinitas legiones de los hombres que trabajan, no es posible llegar a una verdadera concepción del Estado. Eso está por encima de toda política al uso...

—Entonces —le interrumpo—, ¿usted cree que es necesaria una participación directa, inmediata, de clases trabajadoras en la política?...

Se concentra un momento y dice:

Carga contra la comitiva fúnebre de Francesc Layret, asesinado por pistoleros de los Sindicatos Libres el 30 de noviembre de 1920.

—No. Yo abomino de la política. Al menos, de la política tal como ahora se entiende. Nosotros, los sindicalistas, estamos absolutamente apartados de ella. Somos radicalmente apolíticos...

—Pero eso es absurdo —interrumpo—. El hombre, antes que nada, es un ser político...

—De una política —me contesta Pestaña— que está por encima de los partidos, con sus egoísmos de casta y de intereses... El hombre que trabaja, y en el que se basa toda la organización y toda la riqueza de un país, tiene derecho a un nivel de vida que le permita, por lo menos, subsistir... ¿No está usted conforme?...

—En absoluto. El trabajo no debe ser un valor ficticio como los de la Bolsa, sujeto a los vaivenes de la especulación...

—Pues nosotros —me dice Pestaña— nos apoyamos en ese valor base... Por eso los Sindicatos de profunda raíz social son apolíticos...

—Entonces —le interrumpo—, ¿qué objeto tuvo su viaje a Madrid? ¿No se trataba, según creo, de presentar al Gobierno las bases de una posible colaboración de las fuerzas sindicalistas?...

Medita unos momentos el leader obrerista y me dice:

—Eso fué lo que creyó todo el mundo. Y esa la causa de aquel obstinado silencio en que yo me mantuve, y que usted zahirió con tanta razón.

—Es que yo creía —le interrumpí—, y sigo creyendo, que precisamente una fuerza popular como la que usted representa está más obligada que ninguna otra a darse a la publicidad, a ser transparente, clarísima, en sus pretensiones y en su conducta.

—Y en puridad, tiene usted razón. Pero yo no podía hablar entonces precisamente porque carecía de fe en el resultado de mi misión. El Gobierno nos había hecho proposiciones indirectas para ver si podíamos llegar a un acuerdo, no en cuanto a colaboración en su política, sino para obtener una información directa de nuestra ideología, de nuestras pretensiones. Mis compañeros me autorizaron para el viaje y yo fuí a Madrid, como una especie de embajador de gran parte de la clase obrera barcelonesa... Esa razón fué la que me obligó al más absoluto silencio... Yo no podía dar informes del resultado de mi gestión a nadie antes que a los que me habían enviado...

—¿Y cuál fué el resultado de aquellas gestiones?...

—El Gobierno no quiso o no pudo entenderme. La incorporación de las teorías sindicalistas al Estado les parecía un absurdo. Yo vi en seguida lo que pretendían: hacernos desertar de nuestro apoliticismo con vagas promesas, para erigirnos luego en una fuerza política, gubernamental, que oponer a los socialistas, que cada día están adquiriendo mayor fuerza política... Y el sindicalismo no se puede prestar a eso.

Una de las últimas intervenciones de Ángel Pestaña en el congreso Republicano desplazado a Valencia. El gobierno escapó de Madrid en noviembre 1936 por temor a que fuera tomado por las tropas franquistas.

—Sin embargo, en las predicaciones y en las huelgas está el lado de los socialistas...

—No siempre. Más de una huelga ha fracasado porque le hemos negado nuestro apoyo los sindicalistas. Sin embargo, es lógico que las más de las veces estemos de acuerdo con ellos, por una afinidad de clase. En todo lo que sean reivindicaciones económicas de la clase obrera, nos tienen a su lado...

—Y, por lo visto —le interrumpo—, también al de los anarquistas... Porque esa táctica de la acción directa que hoy empieza en Barcelona es puramente ácrata.

—Nosotros, los sindicalistas, recurrimos a ella —me dice— porque el Gobierno no ha sabido crear, para resolver las diferencias entre las clases productoras y las capitalistas, organismos que nos merezcan garantías de justicia... Nos persiguen y tenemos que defendernos...

—Y precisamente a tiros?...

—Como sea. En último término, las armas también son una razón. Los Gobiernos y los patronos no quieren darse cuenta de que los Sindicatos serán la mayor fuerza política y social del Mundo.

—¿Del Mundo que usted presiente?...

—Del Mundo que ha de ser —me responde con una firmeza de iluminado—. No podrá existir en el futuro ninguna organización estatal si no se apoya en la organización sindical...

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¿Palabras proféticas?

Sin duda alguna. Los hechos anteriores a la guerra mundial, casos de Italia y Alemania, y los que lo han seguido lo atestiguan...

Yo, ajeno a toda pasión de bandería, sólo puedo decir que el Mundo va por ese camino.

Angel Pestaña torció, sin embargo, su trayectoria política. Los Sindicatos cayeron en las garras del marxismo áspero, fanático y político.

Y sus sindicalistas, que tanto habían luchado contra la hegemonía socialista que asaltó el Poder el 14 de abril, al estallar la guerra civil se pusieron al servicio de la República marxista.

Por un mal entendido espíritu de clase, las masas sindicalistas fueron a las urnas en aquel nefasto febrero de 1936 y dieron el triunfo a los republicanos y socialistas, que los habían hecho víctimas de tan crueles persecuciones.1

Y fué Angel Pestaña, en Albacete, el organizador de las Brigadas Internacionales, que impidieron la entrada en Madrid de las tropas de Franco como en noviembre de 1936.

El antiguo obrero relojero catalán y sindicalista se convirtió en uno de los gerifaltes de la causa roja.

Y en su organismo, minado por las luchas de toda su vida, hizo presa la muerte, en el invierno, terrible para todos, de 1937.

De Pestaña, personalmente, no puede decirse que fuera un hombre simpático. Tenía una frialdad, una cautela que parecían contradecirse con las condiciones típicas de los conductores de muchedumbres.

Pero no puede negarse que él fué en España uno de los más certeros sembradores de las teorías sindicales, que disciplinó en ellas a unas masas en las que después han venido a encontrar sus mejores soleras otras fuerzas políticas.

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Una figura útil para leer la izquierda española sin estampitas

El interés de Pestaña no está solo en su trayectoria personal, sino en lo que revela sobre la fractura del movimiento obrero español. No era socialista, pero tampoco un simple apóstol del caos. No encajaba bien en la disciplina parlamentaria, pero tampoco en la liturgia insurreccional permanente. Era, por decirlo sin azúcar, un sindicalista serio en un tiempo bastante dado al teatro, a la consigna y a la pistola.

Por eso esta entrevista dialoga muy bien con otras realizadas por Carretero a figuras de la izquierda española. Leída junto a la de Indalecio Prieto, la de Julián Besteiro y la de Pablo Iglesias, permite comparar modos muy distintos de entender la representación obrera, la política y el Estado.

Lo que vino después

El Pestaña que aparece en estas páginas todavía no ha roto con su propio mundo. Eso vendrá después. En 1931 firmará el Manifiesto de los Treinta. En 1934 fundará el Partido Sindicalista. Y en 1936 será diputado.

Es decir: el hombre que desconfiaba de la política acabó entrando en ella. No por entusiasmo, sino porque la propia experiencia le fue empujando a corregir el tiro y a desconfiar tanto del revolucionarismo de catecismo como de la política profesional de casino y pasillo.

Carretero en 1946: memoria, guerra y reescritura

Conviene detenerse un momento en el autor del texto. José María Carretero no publicó estas páginas en caliente, sino muchos años después, dentro de la colección Galería, una reedición en cuatro tomos de las entrevistas que había realizado a lo largo de su vida y que vio la luz en 1946, en pleno primer franquismo.

No es un detalle menor. España acababa de salir de una guerra civil devastadora y los ánimos seguían lejos de cualquier serenidad. El propio Carretero había pasado la contienda escondido en Madrid, en una situación precaria que marcó inevitablemente su mirada posterior.

Eso no invalida el valor del testimonio, al contrario, lo hace más interesante, pero obliga a leerlo con doble plano: por un lado, el retrato vivo del Pestaña de los años del pistolerismo; por otro, la reinterpretación de ese mismo personaje desde un país ya derrotado, dividido y bajo un nuevo régimen que también imponía su propio marco de lectura.

Entre una cosa y otra se cuela algo muy valioso: no una verdad limpia, sino un documento con capas. Y ahí, precisamente, es donde empieza a ser útil de verdad.

Un personaje incómodo

Murió en 1937. Y dejó una trayectoria difícil de encajar en etiquetas simples.

No fue un revolucionario puro. Tampoco un político al uso.

Fue algo más interesante: un hombre que intentó pensar en medio del ruido.

Y quizá por eso sigue valiendo la pena leerlo hoy. Porque ayuda a entender que la izquierda española de entreguerras no fue un bloque compacto, sino una colección bastante turbulenta de familias enfrentadas, ambiciones cruzadas y estrategias incompatibles.

Notas

  1. La Semana Sangrienta Sevillana de julio de 1931 es un clarificador exponente de las relaciones entre la C.N.T. y la U.G.T. durante la II República.

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