Reseña de “Homenaje a Cataluña” (George Orwell): POUM, Hechos de Mayo y la Barcelona de 1937
“Homenaje a Cataluña”: Orwell, el POUM y la guerra civil dentro de la guerra civil
Lo primero que pensé al cerrar Homenaje a Cataluña fue que el título no es precisamente un prodigio de puntería. Lo que cuenta Orwell pasa en Cataluña, sí, pero sobre todo en Barcelona, y cuesta ver en qué momento aquello se convierte en un “homenaje” a una región. A lo sumo, es un homenaje (accidental) a la capacidad humana de organizar el caos… y luego llamarlo “proceso”.
Quién era Orwell y por qué vino: “a matar fascistas” (literalmente)
Eric Arthur Blair (George Orwell es seudónimo) era un inglés joven, socialista y peligrosamente convencido de que la decencia se defiende con actos. Llegó a España con esa frase que hoy suena a meme, pero entonces era fe:
“Vine a España a luchar contra el fascismo porque alguien debe hacerlo”. Así, sin anestesia.
Eso le soltó a un amigo en París cuando este intentó explicarle —con el sentido común de un adulto funcional— que era una idea bastante estúpida irse a pegar tiros a un país periférico del sur de Europa.
No coló. Orwell no estaba para prudencias: venía con la moral cargada, la épica en vena y la convicción típica de los que aún no han descubierto que la Historia no premia el idealismo, lo cobra con intereses.
En la Europa de los años 30 el menú ideológico era simple y con resaca:
- Hacer la revolución desde arriba: “esto solo se arregla con un tio con dos cojones que venga a poner orden”.
- Revolución desde abajo: “esto solo lo arregla una revolución proletaria que libere al pueblo oprimido”.
- Marco democrático: “esto solo se arregla con graduales reformas dentro de un marco democrático”. (La opción minoritaria, porque la crisis había puesto de moda las soluciones drásticas y totalitarias.)
Orwell era de los de abajo. Uno más de los miles de voluntarios extranjeros que vinieron a España, con la idea romántica (y suicida) de frenar el fascismo en el sitio equivocado… pero en el momento correcto.
El matiz que lo cambia todo: Orwell no viene “con Moscú”
Aquí está el detalle que explica el resto del libro. La mayoría de voluntarios extranjeros acababan en las Brigadas Internacionales, bajo una estructura alineada con la Internacional Comunista. Entraban por Francia, pasaban por entrenamiento en Albacete [dirigido por oficiales soviéticos] y al frente. En última instancia, el paraguas político era el de la URSS, porque era quien ponía la gran parte del armamento serio.
Orwell, en cambio, llegó de la mano del ILP (Independent Labour Party) y de sus conexiones con el POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista).
Y ahí es donde pisa el cable pelado: el POUM era marxista, sí, pero venía de una ruptura con el comunismo oficial —una escisión de la Federación Catalana del PCE—, justo el tipo de parentesco que en 1937 te ponía en la lista de “amigos” de Stalin… para luego tacharte.
Su líder, Andreu Nin, hablaba ruso como si hubiera nacido en Nevski Prospekt y, de hecho, había sido hombre de confianza de León Davidovich Bronstein, más conocido como León Trotsky, un rival que Stalin no podía permitir.
Muerto Lenin, Trotsky quiso heredar la revolución y se encontró con el ascenso meteórico de “papá Stalin”. Dos gallos en el gallinero, pero uno con granja, cuchillo y policía secreta.
Stalin, que además tenía alergia a la popularidad ajena, le aplicó su medicina favorita: el jarabe de palo para disidentes. En ese contexto, ser “antistalinista” no era un matiz: era una sentencia con trámite.
Orwell creía que venía a luchar contra el fascismo del lado de un gobierno democrático. Y pronto entendió que había entrado en un mundo donde, como él mismo admite, "no sirve aferrarse a la idea inglesa de que uno está a salvo si cumple la ley".
En la España de 1937, la ley era un decorado y el poder iba armado.
Un idealista de verdad: barro, piojos y fusiles que dan más guerra que el enemigo
Lo que distingue Homenaje a Cataluña de mucha literatura “de hotel” es que Orwell pisó frente. No escribe desde el bar del Florida ni desde visitas guiadas por la Oficina de Propaganda Republicana.
Cuenta la instrucción deficiente, el frío, el aburrimiento, los piojos en la trinchera y el armamento obsoleto. Y suelta una frase que sigue oliendo a verdad en cualquier guerra:
“Siempre hay el mismo contraste entre la reluciente policía de la retaguardia y los andrajosos soldados de las trincheras”.
La primera parte del libro va de eso: Barcelona, instrucción, frente de Huesca. Pero lo mejor (y lo más incómodo) está en la segunda.
Barcelona, mayo de 1937: la guerra civil dentro de la guerra civil
Orwell se ve metido en los Hechos de Mayo (o Fets de Maig): choques armados en Barcelona a principios de mayo de 1937, que los manuales nombran con asepsia quirúrgica para no tener que llamarlos por su nombre: un enfrentamiento entre fuerzas del propio bando republicano.
El escenario es conocido: para sofocar el golpe de 1936 el Gobierno armó a partidos y sindicatos. Funcionó… y luego vino la pregunta trampa: ¿quién desarma a los armados? En la zona republicana proliferaron comités, milicias y patrullas con poder real, mientras el Estado quedaba, muchas veces, en versión nominal.
Orwell llega a una Barcelona que describe como una ciudad donde la clase trabajadora “lleva las riendas, casi todos los edificios estaban en manos de los trabajadores”. Lo cuenta fascinado… sin saber aún el precio de ese experimento cuando choca con una guerra moderna que exige mando unificado y disciplina.
La Telefónica: cuando un edificio controla un país
La tensión estalla con el control del edificio de la Telefónica. Hoy mandas un WhatsApp y listo; en 1937, si querías mandar al demonio a alguien, antes tenías que pasar por un nodo físico. Quien mandaba en la central no solo conectaba llamadas: escuchaba y cortaba. Y cuando ese interruptor cae en manos de milicias y sindicatos, el poder político se reduce a una conversación con pinchazo de serie.
La cosa se puso seria cuando Lluís Companys, presidente de la Generalitat, pidió auxilio a Madrid: denunciaba que el POUM le intervenía las comunicaciones. El POUM, efectivamente, se había convertido en el dueño de facto del edificio.
En los primeros meses, Companys hizo como si la cosa no fuera con él… hasta que un día le cortaron una llamada con Azaña. Y todavía tuvieron la desfachatez de justificarlo: las líneas —decían— debían reservarse para asuntos más urgentes que “una mera charla entre presidentes”.
Ahí se acabó la paciencia. Cuando se intenta recuperar el control de la Telefónica, llegan los desalojos, las barricadas y los tiros entre “compañeros”. Y Orwell, encuadrado en el POUM, se queda justo en medio del incendio.
“Se trataba del antagonismo entre quienes querían que la revolución siguiera adelante y los que deseaban frenarla o impedirla, es decir; entre anarquistas y comunistas.”
Después de los tiros: represión y disolución del POUM
Tras los combates llega lo peor: represión. El POUM es ilegalizado, sus militantes perseguidos, y Andreu Nin termina detenido y desaparece.
Orwell cuenta la atmósfera de miedo, sospecha y censura: cárceles llenas, colas interminables, patrullas armadas y registros de hoteles.
“Nadie que haya vivido en Barcelona entonces o en los meses posteriores olvidará la agobiante atmósfera creada por el miedo, la sospecha, el odio, la censura, las cárceles abarrotadas, las enormes colas para conseguir alimentos y las patrullas de hombres armados”
Orwell logra salir de España por los pelos y dedica buena parte de su energía a una idea básica: los simpatizantes del POUM no eran “espías de Franco”, como repetía la propaganda comunista. En otras palabras: descubrió que la guerra se lucha con balas, sí, pero se gana (o se pierde) con relatos.
El caso Nin dejó además una estampa que parece escrita para una novela de Orwell: pintadas preguntando “Gobierno: ¿dónde está Nin?”, contestadas con “En Salamanca o en Berlín”. Cuando el poder no quiere explicar, inventa.
Orwell vuelve a casa: y se lleva consigo la idea del totalitarismo
Una vez a salvo, Orwell denuncia en Inglaterra la distorsión informativa internacional y el mecanismo de persecución contra los disidentes. Y empieza a cristalizar su intuición central: fascismo y estalinismo pueden parecer enemigos, pero comparten un nervio común: el control, el miedo, la mentira organizada.
Lo pagó caro en reputación: recibió ataques de la izquierda británica por contar algo que estropeaba el cartel. Con el tiempo, sin embargo, quedó claro que Barcelona no solo le dio heridas y piojos: le dio material para Rebelión en la granja y, sobre todo, para 1984, donde su “Gran Hermano” ya no es metáfora bonita, sino experiencia destilada.
Entonces… ¿por qué “Homenaje a Cataluña”?
Sigo pensando que el título es discutible. Si hay un homenaje, no es a una región como tal, sino a una atmósfera: la ilusión revolucionaria, el arrojo de los voluntarios, la fraternidad inicial… y la caída posterior cuando la política devora a la causa.
Pero una cosa sí está clara: Orwell logró convertir la literatura política en arte, sin necesidad de sonar a panfleto. Y eso, en un tema que invita al grito, es casi un milagro.
Sea este mi pequeño homenaje a su libro (aunque yo le habría puesto otro título, pero no me consultó).
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