Con el general Mola: el diario censurado de Iribarren y la “guerra corta” de 1936
Mola, Iribarren y el libro que la censura quiso hacer desaparecer (y no pudo)
El papel de Mola en la Guerra Civil siempre me ha recordado al de Brian Jones, el Stone perdido: el miembro esencial que acaba convertido en nota a pie de página. Solo que Brian Jones apareció con los pulmones encharcados en la piscina de su chalet y Mola se estampó contra una montaña en un accidente de aviación.
Yo llevaba tiempo interesado en el personaje cuando di con la existencia de Con el general Mola, de José María Iribarren. Y lo confieso: me hice con el libro más por su historia, que por la promesa de su contenido. Uno se hace viejo, y aprende que la propaganda suele venir con lomo dorado.
Como dijo Baroja, los grandes acontecimientos no producen gran literatura; producen montañas de libros mediocres. Yo esperaba otro título más de justificación, adhesión y épica de cartón.
Estaba completamente equivocado.
Un voluntario con suerte
Iribarren se presentó como voluntario en Pamplona al segundo día de abrirse la veda, en el cuartel donde Mola dirigía el golpe. El azar quiso que el general lo nombrara su ayudante personal.
Y eso cambia todo. Porque Iribarren no escribe desde la trinchera ni desde el periódico; escribe desde el lugar más incómodo y valioso: la proximidad al mando, con acceso a reuniones, viajes, comidas, sobremesas y conversaciones de despacho en los días en que un golpe de Estado fallido se convirtió en guerra civil.
Su método era sencillo: iba apuntando en cajetillas de tabaco lo que le parecía “curioso y digno de ser contado” durante aquel verano tórrido del 36. Luego pasaba esas notas a limpio y armó el libro.
Y claro: cuando cuentas demasiadas cosas “curiosas”, lo que obtienes no es una epopeya… sino un retrato. Y los regímenes prefieren la épica. El retrato enseña ojeras, manías, vanidad y, lo peor, humanidad.
El libro que se retiró de las librerías
Lo singular de Con el general Mola es que terminó siendo pasto de la censura franquista en plena guerra. Se publicó en mayo de 1937, cuando la censura era todavía “censura de guerra” y el nuevo Estado empezaba a hablar su lenguaje oficial: uniforme, solemne y sin anécdotas que chirríen.
El Delegado Nacional de Prensa del Movimiento lo mandó presentarse en Salamanca. Iribarren se registró en una pensión y, a los pocos minutos, aparecieron unos señores con el clásico “por favor, acompáñenos”. En un momento en el que Franco acababa de consolidarse como Generalísimo, no era buena idea provocar sarpullidos en el cuartel general.
Eran días en los que entre una medalla y un pelotón mediaba una línea finísima. Y sí: las tapias y cunetas de España estaban sembradas de muertos a medio enterrar. El propio Iribarren lo resumió con amargura: “un malhadado libro que me ocasionó muchos disgustos y desazones”.
La nueva Delegación ordenó la recogida y destrucción de los ejemplares. Lo irónico es que el libro se había publicado con beneplácito previo y hasta con fotografía dedicada por el propio Mola al autor: un aval perfecto… hasta que dejó de serlo.
La policía de Pamplona —por lo visto aún ajustando quién mandaba de verdad en la nueva España— no se lanzó a quemar nada con entusiasmo. Se limitaron a retirarlos de las librerías y arrancar portadas. Resultado: el libro circuló de mano en mano con más morbo que nunca.
Los sapiens somos así: nos da morbo lo prohibido.
Un diario con olor a sobremesa
Con el general Mola tiene forma de diario y cubre los dos primeros meses de la sublevación. A mí me gustan los cotilleos cuando son historia en miniatura, y aquí hay material.
“Y me puse a escribir lo que veía y lo que oía para que otros, años después, leyesen lo que había hecho nuestro pueblo.
Yo, que leyendo la historia de nuestras guerras civiles, de nuestra guerra de Independencia, sentí el hambre de esos detalles que las Historias no consignan, me prometí a mí mismo recoger lo que hubiera querido que otros me hubiesen dicho.”
Recoge conversaciones de comedor, de automóvil y de despacho. Hablan de balazos y del miedo, de anécdotas africanas, de técnicas de guerra “de columnas” y de improvisación.
A veces el material roza lo surrealista. Como cuando cuentan que el padre de Mola imitaba a Guillermo Tell: colocaba a su mujer con frutas en la cabeza y en las manos… y disparaba desde lejos. Lo que oyes.
O la descripción de Millán Astray, que es casi una vitrina de museo:
“ojo tuerto, cara de momia, los dientes desmochados, la manga vacía.” "Cuando se iba a la cama gritaba: ¡A ver mis legionarios, que me desnuden!".
Y remata con una escena deliciosa (para el lector) y tóxica (para el censor): cuenta que Millán Astray entraba en el despacho de Mola a preparar un discurso para radio Castilla “dictando salvajadas rojas en un tono declamatorio tan patético, que temo oír de un momento a otro los sollozos de la mecanógrafa.” Imagina al responsable de propaganda leyendo eso con la vena del cuello marcándole el compás.
Incluso aparece el cuento del “morito” que descuelga un teléfono en Talavera cuando llaman del Ministerio de la Guerra de Madrid pidiendo información sobre el frente. Lenguaje de época, sí; y precisamente por eso, documento de ambiente.
La “guerra corta”: una guerra en mangas de camisa
El valor del libro está ahí: en la guerra fresca, la del verano caliente, cuando casi todos pensaban que aquello duraría días. Una guerra de columnas, todavía muy colonial en su lógica, familiar para oficiales curtidos en Cuba (algunos) y sobre todo en el Rif (casi todos). Una guerra donde el fusil y el corazón “lo deciden todo”, antes de que la guerra industrial y la ayuda exterior cambien la escala.
Iribarren captura una guerra arcaica y punitiva: columnas que son a la vez marcha militar, expedición disciplinaria y caravana de propaganda “levantando el espíritu” a su paso. Hablan de cocinas sobre mulos que guisan en marcha; de “medios eficacísimos” para desalojar edificios quemando guindillas secas en paja; del papel nuevo de la aviación como apoyo a avances y no solo castigo.
Y de pronto se pone poético describiendo un viejo “navegando” en su trillo sobre oleadas de oro como Neptuno en el mar de Castilla, con el inevitable cartel mental de “Abonad con Nitrato de Chile”. A la vez, la guerra retrasa la siega: “ahora están las mujeres y los viejos sobre los trillos”.
La épica y la miseria siempre conviven en el mismo párrafo.
El atasco de la sierra y la obsesión de Madrid
Las fuerzas de Mola se habían apoderado de Navarra, La Rioja, el valle del Duero y parte de Aragón, pero se atascaron en Somosierra y Guadarrama. Porque el poder, al final, se tomaba en Madrid.
Es muy interesante la crónica del primer viaje que hizo Franco a Burgos el 15 de Agosto, sólo un día después de la toma de Badajoz. La operación conectó definitivamente las dos grandes zonas rebeldes, dejando una frontera amiga a sus espaldas.
“bajete, moreno de soles africanos, los hombros anchos, la sonrisa simpática, saludaba con el brazo en alto a la enardecida muchedumbre”
Puro peloteo, supongo que en Salamanca pensaron que lo de “bajete” sobraba.
Iribarren lo narra desde dentro, con esa mezcla de rutina y urgencia: conversaciones, mapas, improvisación. Aparece el mito del mapa Michelin: Mola y Franco inclinados sobre cartografía civil porque la militar era mala, dispersa o inexistente.
El testimonio de Iribarren lo confirma: “En Valladolid no quedan mapas ni medidas de luto.”
También narra la campaña de Guipúzcoa y la toma de Irún, que cierra la frontera con Francia. Todavía no es la guerra de bombardeos masivos: es un avance de posiciones, pueblo a pueblo, con pocos medios, mientras turistas franceses miran con catalejos desde Hendaya.
"Era la guerra fresca y alegre. La guerra en mangas de camisa en que el fusil y el corazón lo decidían todo. (...) Aún no habían aparecido los tanques rusos, ni los cañones de tiro rápido, ni las bandadas de trimotores cargados con toneladas de explosivos."
El olor de la represalia
Iribarren —obviamente— registra sobre todo atropellos del enemigo (“los rojos”). Pero el diario deja un tufo inevitable de represalia “azul”. Pone en boca de Mola una frase brutal por su normalidad: “Hace un año hubiese temblado por firmar un fusilamiento; hoy firmo tres o cuatro diarios y tan tranquilo”.
Ahí está el corazón frío de la guerra: lo que al principio te espanta, luego se vuelve rutina administrativa.
Balmes, Viñas y la confusión interesada
Para ratificar la participación de Franco en el asesinato del general Balmes, el historiador Ángel Viñas Martín me aseguraba en Facebook, que Franco “lo medio reconoció en una cena íntima con Mola y varios otros militares el 16 de Agosto en Burgos.”
En mi edición de mayo de 1937 aparece una cena con doce comensales en la que Franco cuenta cómo, “presidiendo el entierro de Amado Balmes, asesinado en circunstancias misteriosas, consiguió escabullirse sin ser visto y escapar desde el cementerio al aeródromo, en donde un trimotor lo esperaba para trasladarlo a Tetuán.”
Estas palabras —“asesinado en circunstancias misteriosas”— pueden sonar jugosas, pero no son necesariamente una confesión, ni entera ni a medias. Pero lo cierto es que Iribarren dice textualmente “asesinado”, y supongo que es a lo que se agarra Viñas para decir que Franco lo "medio reconoció".
Ahora bien: donde el asunto chirría es en la supuesta segunda edición censurada de Con el general Mola que cita Viñas y en la que se habría borrado esa frase. Por lo que yo entiendo, esa “segunda edición” como tal no existe.
Lo que existe es otra cosa: un libro distinto publicado en 1938, Mola. Datos para una biografía y para la historia del alzamiento nacional, más corto y con un tono mucho más acomodado al nuevo régimen.
No es lo mismo. No es “segunda edición”. Es otro libro.
Epílogo: el Stone perdido (y el concierto de mariposas)
En 1938, Iribarren publica ese segundo libro sobre Mola: menos páginas, mismas seis pesetas y la voluntad evidente de enmendar la plana tras el “problemilla” con Salamanca. Es, en cierto modo, un homenaje al Brian Jones español: el Stone perdido en accidente de aviación.
Al otro —al que se ahogó en la piscina— los Stones le hicieron un concierto-homenaje dos días después. Jagger, vestido de sacerdotiso blanco, soltó mariposas en el escenario. Fue un fiasco: muchas murieron en las cajas antes de salir. La realidad, siempre empeñada en arruinar los símbolos.
Por qué importa “Con el general Mola”
Con el general Mola es un libro fresco, vivo, lleno de material humano. Y por eso fue peligroso: porque no encaja con el lenguaje oficial que el franquismo estaba cocinando mientras todavía ardía el país.
Desde mi punto de vista, es uno de los mejores testimonios de los primeros días de la guerra civil. Fue censurado, sí, pero no en el sentido cómodo que algunos quieren vender. Fue censurado porque contaba demasiado, con demasiada gracia, y con demasiada verdad doméstica.
Y en tiempos de propaganda, la verdad doméstica es dinamita.
Lo que entiendo que quiere decir Viñas es que hay dos versiones de Con el general Mola. La primera, la de las tapas arrancadas en Pamplona. Y la segunda ya revisada por la censura y de la que desaparecieron las partes más polémicas.
ResponderEliminarPor otra parte creo que es fundamental (y en eso opino lo mismo que Viñas) el desliz de la frase "asesinado en circunstancias misteriosas", que comentó Francisco Franco en la cena con Mola. Oficialmente Amado Balmes murió de un tiro al manipular su arma (paradógicamente cargada) contra su vientre. Versión muy poco creible en un militar profesional con la experiencia de Balmes. En resumidas cuentas, las dos versiones son completamente incompatibles. Si fue manipulando el arma no se puede hablar de ninguna de las maneras de asesinato.
Un saludo y felicidades por esta entrada en su blog
Muchas gracias por la aportación. Un cordial saludo.
EliminarTal y como lo veo... Iribarren dibuja un personaje de carácter conspiranoico que actúa contra la República por resentimiento.
ResponderEliminarIribarren utiliza un estilo narrativo del XIX, como de vidas de santos, poco creíble desde el punto de vista de la verosimilitud histórica, como cuando en la página 86 le hace decir a un “jefe traidor” cuando lo iban a ejecutar: “—Me lo tengo bien merecido, por masón”. Por no hablar de la descripción del médico de Alfaro, José Manuel Zapatero, o del corazón de Sanjurjo. Por supuesto, hace un uso reiterado uso de la palabra «traidor» a la manera de la “justicia al revés” de Serrano Suñer.
A propósito de la masonería, Iribarren parece compartir la idea del contubernio juseo-masónico-moscovita de los años 30, que Franco alargaría hasta los 70: los sabios de Sión, la masonería internacional, etc. Seguramente, leería las diatribas de Juan Tusquets —que decía que la República era una “masonería judaica”— y a Mauricio Carlavilla (Mauricio Karl) —un nazi apasionado, como lo describía Tusquets— y a tutti quanti.
Es gracioso que cite la frase de Bismark («Nunca se miente más que antes de unas elecciones, en la guerra y después de una cacería», p. 92) pero solo aplicada a las radios rojas.
El lenguaje: se reduce al “otro” a traidores, turbas, chusma, plebeyos (“plebeya mascarada de aquel triste 14 de abril”), rojos, hordas salvajes, enemigo (“… y el afán de verla [a España] libre de enemigos”, cuando habla de Sanjurjo), necios, torvos, bergantes (RAE: persona granuja, sinvergüenza, falta de escrúpulos y, en ocasiones, delincuente), oso soviético… Todo eran comunistas, nunca matiza; nunca habla de republicanos o de socialistas.
Y la exculpación permanente de su bando: como cuando explica que Ansaldo volvía a Pamplona desde Francia adonde había llevado “a un joven estudiante comprometido, sin razón, en el atentado contra Jiménez de Asúa”. Fue el propio José Antonio Primo de Rivera quien se lo pidió a Ansaldo.
El arranque literario del capítulo “19 de julio” es una mezcla de cursilería y cinismo: en Madrid, la chusma; en Pamplona, la fuerza nueva de unos mozos curtidos.
Y el relato de la muerte del comandante de la Guardia Civil de Pamplona, José Rodríguez-Medel, es inconsistente. Este, según Iribarren, habría matado a un guardia que le cerraba el paso, pero en ningún lugar consta que hubiera otro muerto en la Comandancia, aparte del propio Medel. El Diario de Navarra del 19 de julio lo explicaba como un “accidente desgraciado”.
En definitiva, el libro resulta escaso como documento para historiadores, pues Iribarren actúa como testigo de parte, como propagandista, nunca como un testigo con una mínima voluntad de imparcialidad. Si acaso, recoge bien la atmósfera castrense de aquellos días. Sin embargo, es habitual que se recojan fragmentos del libro cuando se escribe de Mola y las circunstancias del alzamiento de 1936.
A mí si me parecen interesantes este tipo de fuentes primarias, considero lógico que no sean imparciales al ser escritas con el espíritu soliviantado en plena contienda, la ventaja es que no tienen los filtros, matices e interpretaciones propias de sesudos historiadores que pretenden apuntalar o justificar sus propias ideas.
EliminarMuchísimas gracias por tu aportación, se ve que sabes de lo que hablas.