Tres días de julio (1967): el golpe que no ganó y por eso nos arruinó la década
Reseña de "Tres días de Julio" de Luis Romero
Un golpe de Estado solo puede acabar de tres formas. Puede triunfar (Pinochet, 1973). Puede fracasar (Tejero, 1981). O puede quedarse en el limbo: ni una cosa ni la otra. Y entonces no hay final: hay guerra civil.
Con esa idea de fondo se entiende por qué Tres días de julio, de Luis Romero, fue uno de los libros más vendidos de 1967 en la España franquista. Se centra en lo ocurrido en las principales ciudades durante el 17, 18 y 19 de julio de 1936: horas de miedo, confusión y decisiones a trompicones que convirtieron un pronunciamiento en una guerra larga.
El éxito tenía lógica: interesó a un público que quería saber qué había pasado “en el otro lado”. Hasta entonces, muchos solo conocían la versión oficial del régimen o el relato doméstico, ese género literario donde la familia siempre tuvo razón y el vecino siempre fue peor.
De la épica al “todos tuvimos culpa” (y el tardofranquismo lo tolera)
En la posguerra mandaron las visiones míticas: cruzada, anti-España, heroicidades y demonios a conveniencia. Pero a partir de los años 60 fue abriéndose camino otra mirada: la guerra como “locura trágica”, “matanza fratricida” o “fracaso” colectivo. En román paladino: empieza a cuajar la idea de que la guerra fue culpa de todos.
Tres días de julio puede leerse como uno de los primeros exponentes populares de ese enfoque: menos catecismo y más relato de cómo se descompone un país cuando nadie manda del todo.
Romero, el método: entrevistar a quien sobrevivió (porque los muertos no hablan)
Romero asegura en el prólogo que estuvo “tres años sumergido en el horror, la tensión, el dramatismo y el desconcierto” de aquellas fechas. El autor —antiguo voluntario de la División Azul— intenta tratar con objetividad hechos ocurridos en distintas zonas del país durante los tres días que abrieron la guerra.
Su procedimiento es sencillo y feroz: reconstruir a partir de testimonios. Entrevista en España y en el exilio a supervivientes de ambos bandos. Muchos piden anonimato. Treinta años después seguían vivos por “azares geográficos”, por casualidad, por piernas… o por protección divina. A falta de archivos totales, Romero explota lo que sí existe: memoria humana, que es útil… y traicionera.
Y él lo sabe. Reconoce que la verdad es “escurridiza, subjetiva, cambiante y plural”. Un mismo suceso era recordado de maneras incompatibles. La historia oral es así: ilumina, pero no absuelve.
Cómo un golpe se convierte en guerra: el empate que nadie quería
La transformación de un golpe en guerra civil suele ser un problema de equilibrio: un empate de éxitos y fracasos. No se impone una autoridad clara, y el país queda partido, armado y sin árbitro.
Una semana después del golpe, los sublevados apenas controlaban media península; tenían las mejores unidades atascadas en África, y encima habían perdido a su líder supremo en un accidente de aviación. Un inicio poco épico para quienes prometían “orden”.
Por su parte, el Gobierno republicano sofocó el golpe en la otra media España, pero pagando un precio que luego saldría carísimo: licenciar a gran parte de la tropa y autorizar la entrega de armas a militantes de partidos y sindicatos.
Con ello ganaba fuerza inmediata… y perdía autoridad, la capacidad coercitiva del Estado y la posibilidad de estructurar un ejército disciplinado. Victoria táctica, erosión estratégica. La clásica ganga ibérica.
¿Valor histórico? Bastante más del que a algunos les gustaría
Tres días de julio (Ariel, 1967) tiene valor histórico. Pocos historiadores ponen en duda el trabajo de documentación de Romero. Y aquí conviene subrayarlo: Ángel Viñas, poco sospechoso de simpatías franquistas, lo calificó como “una visión impresionista y, para la época, bastante correcta” de aquellos días. Conociendo al de la pajarita, si hubiera tenido munición seria, habría saltado a la yugular del autor.
En un país donde la Guerra Civil sigue siendo combustible de polarización y propaganda, un viejo superventas de un escritor “del otro lado” puede funcionar como vacuna: no porque tenga la verdad absoluta, sino porque obliga a leer la realidad con menos catecismo y más fricción.
Literatura y censura: aperturismo tardofranquista (sí, existió)
En lo literario, Romero venía con credenciales: había ganado el Premio Nadal (1951) con La noria y el Premio Planeta (1963) con El cacique. Cuando publica Tres días de julio, ya ha pasado de empleado de seguros a vivir de la literatura, que es una forma elegante de decir que aprendió a vender relatos sin vender el alma (o al menos no siempre).
El libro también es síntoma del aperturismo relativo de la censura en el tardofranquismo: permitir un texto que mira “al otro lado” sin caer en la hagiografía era un gesto calculado. El régimen, cuando se siente fuerte, puede permitirse matices. Cuando se siente débil, prohíbe hasta la meteorología.
Epílogo doméstico: libros en el Rastro y una primera edición en la estantería
Lástima que estas cosas apenas se valoren en un país donde hace poco apareció la biblioteca de Adolfo Suárez en el Rastro. Una de dos: o sus lecturas eran un desastre, o los herederos no supieron lo que vendían. España también es eso: la historia en saldo al kilo.
En cualquier caso, yo me alegro de conservar un ejemplar de la primera edición en mi biblioteca. Hay libros que no te dan la razón, pero te obligan a pensar. Y eso, hoy, cotiza más que muchas medallas.
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