Entrevista a Adolf Hitler por José María Carretero. (El maestro de la interviú)

Retrato de Adolf Hitler, 1930
Adolf Hitler (1930).

Entrevista a Adolf Hitler

El maestro de la “interviú”.

José María Carretero Novillo tuvo la costumbre, bastante saludable para un periodista, de entrevistarlo absolutamente todo: ministros, aristócratas, toreros, gente respetable, gente menos respetable y, en general, cualquier criatura que anduviera viva en la primera mitad del siglo XX.

Y no se conformó con figuras españolas. También metió la nariz en la escena internacional, porque su curiosidad no tenía fronteras.

[Si no sabes quién es José María Carretero Novillo, te aconsejo que primero te leas este artículo. Prometo que después todo encaja mejor.]

En esta ocasión recupero (y sí, es primicia en internet) la entrevista que realizó a Adolf Hitler, reeditada en el tercer tomo de la serie “Galería”, en 1946. Carretero lo presenta con esa mezcla suya de solemnidad y “a mí que me registren”, tan característica:

"He exhumado esa antigua interviú, que fue publicada por entonces,
como un recuerdo de mi impresión personal de Adolfo Hitler.

Sería pueril presumir de zahorí...
Aquella tarde de octubre de 1930, para mi, Adolfo Hitler no era má que un agitador político, uno de tantos jefes del partido de oposición popular.

Ninguna de sus doctrinas me eran familiares.

Ni yo ni nadie podía imaginar entonces, que aquel hombre había de llegar a ser uno de los más grandes y trágicos protagonistas de la moderna Historia de Europa."

La escena tiene su encanto oscuro: Carretero entrevistando a un Hitler que todavía no era el Hitler, sino un político ruidoso más, de esos que hoy inundarían redes sociales con discursos exaltados y gestos grandilocuentes.

La serie “Galería”, junto con “Lo que sé por mí” y “El libro de los toreros”, reúne el enorme muestrario humano que “El Caballero Audaz” fue recogiendo a lo largo de su carrera. Entre entrevistas a toreros, aristócratas y celebridades varias, acabó guardando también esta conversación temprana con quien se convertiría en uno de los protagonistas más siniestros de la historia europea.

Carretero la recupera en 1946 con un tono de “no me pidáis que lo adivinara”, que resulta entre entrañable e inquietante. Y, para qué negarlo, leer hoy aquel encuentro es como observar una fotografía antigua donde el personaje todavía no sabe en qué se va a convertir… pero tú sí.

La entrevista a Adolf Hitler:

Ivan Mayouskine, el ruso famosísimo actor cinematográfico,
creador de esas maravillas del séptimo arte que se llaman "El Diablo blanco" y "El difunto Matías Pascal", durante su estancia esta primavera en París, me había invitado reiteradamente a visitarle en Berlín, en cuyos estudios de la U.F.A. está realizando su película Troika.

Cartelera del estreno de Troika en el teatro Fortuny de Reus (1930)
Cartelera del estreno de Troika en el teatro Fortuny de Reus (1930).

Es ya en el otoño, y porque una casa alemana ha adquirido mi novela "El Jefe Político", cuando yo llego a Berlín.

Vengo con gusto, porque sobre la amistosa invitación de Mayouskine, me trae a la capital alemana el propósito de ultimar contrato con el célebre empresario judío Rossemfer, que me propone hacer la adaptación al cinema de mi novela "Mi marido", que él conoce por la traducción francesa.

Esta tarde de Octubre de 1930, en el hall del histórico y suntuoso hotel Adlom, de Berlín, la insigne actriz cinematográfica Olga Tchekowa, madame Rossemfer y su esposo, Iván Mayouskine, el gran fotógrafo español Pepito Campúa, el inteligentísimo reportero Adelardo Fernández-Arias, El duende de la Colegiata, y yo, entretenemos el tiempo en una grata conversación de evocaciones españolas, de arte y literatura y de cinematógrafo, cuando de pronto, veo que Iván Mayouskine se levanta para ir a estrechar la mano de alguien que, al pasar por el centro del hall, le ha dirigido desde lejos un saludo muy insinuante y amistoso.

Al ver llegar al célebre artista, ha avanzando también hacia él, con lo que quedan conversando a pocos pasos de nuestras mesas.

Fernandez-Arias y Rossemfer están enfrascados en una conversación sobre las posibilidades del cinema.

El Duende de la Colegiata es un experto empresario, porque en Suiza era el dueño y explotador de más de veinte espectáculos de esta índole, cuando la epidemia de la gripe española —que la denominaban ellos— le obligó a cerrarlos por orden del Gobierno, para evitar la propagación de la enfermedad.

Esto fue su ruina. Entonces se puso a escribir, casi a destajo, guiones para el cine alemán, que estaba en sus balbuceos.

Mientras tanto, yo observo al interlocutor de Mayouskine.

¿Qué recuerdo me trae a la imaginación la figura de aquel hombre excesivamente cortés, y un poco extraño.?...

¿De qué le conozco yo?...

Físicamente, tiene un aspecto vulgar.

No es feo ni guapo; talla mediana, ojos intensamente azules, pero acerados cuando reciben la luz directa, nariz corta y fuerte, expresión seca y dura, pero muy insinuante.

La única nota singular de su rostro es un reducido apéndice capilar —apenas dos pinceladas negras, mejor dicho, castañas, bajo la ternilla nasal—, que recuerdan el mezquino bigotito tan popularizado por Charlie Chaplin.

Este personaje, para mi desconocido, habla como excitado, casi sin apenas mover los labios.

Con sus manos muy blancas y enormes acciona de continuo para subrayar la fuerza de sus argumentos; ahora mismo, con su diestra, al afirmar algo, parece tajar el aire, y de pronto, con su mano izquierda elevada, subraya el tono íntimo de su conversación y eleva al mismo tiempo su dulce voz persuasiva.

Me extraña que, al separarse del desconocido, rubrica su saludo con un taconazo enérgico cuadrándose ante el artista con rigidez militar, y después alzando su diestra extendida hasta el semblante.

No puedo contener mi curiosidad y pregunto a Mayouskine por la personalidad de su amigo. Él me dice, con acento admirativo en la voz:

—¡Es Adolfo Hitler! El jefe del partido nacionalsocialista...

A mi juicio, el único político que si llegara al Poder, sería capaz de salvar la situación de Alemania.

— ¡Ah! Exclamo satisfecho— Es Adolfo Hitler.

¡Así pensaba yo que su cara no me era desconocida!

¡Naturalmente!

Lo he visto en numerosas fotografías.

—¡Claro! es el hombre del día— me dice Mayouskine
En París se publican constantemente caricaturas suyas.

—Pues el bello Adolfo no es tan bello como lo llaman los humoristas.

— ¿No has leído un artículo que publica esta semana en el Voelkischer Beobachter? Es una crónica de una audacia extraordinaria.

Dice en ella que ya está en su trinchera como durante la guerra, pero que de esta trinchera no saldrá sino muerto. Es la imitación de Mussolini en Alemania.

—¡Qué lástima no haberle identificado antes.!

—¿Por qué?

—Me hubiera gustado conocerle personalmente.

Mayouskine me interrumpe.

—¿Tienes mucho interés en ello?

—Políticamente, no. Estoy voluntariamente desterrado de España porque no me son gratas las dictaduras, por blandas que sean, y este hombre será un dictador de Alemania.(1)

— No lo creas. El dice siempre que está esperando a Cristo, como San Juan; es decir, que quiere establecer un emperador en Alemania. ¡Y así será! Porque él imita en todo a Mussolini.

Ya en Noviembre de hace dos años, Herman Hesser dijo en el Circo Krone:

"No tenemos que buscar un Mussolini alemán; le conocemos: se llama Adolfo Hitler".

Ese gran hombre cree que está protegido por fuerzas sobrenaturales. Hace muy poco tiempo escribió:

"Mi gran adversario, el presidente del Reich, Von Hindenburg, tiene ochenta y tres años; yo tengo cuarenta y estoy bien de salud. No me pasará ninguna desgracia, porque siento que la Providencia me predestinó para la gran tarea de redimir y salvar a mi Patria. Cuando yo tenga ochenta y cinco años, el señor Von Hindemburg habrá muerto hará ya mucho tiempo."

—De cualquier forma, es curioso este hombre, y a mi me interesaría como documento humano, y además por su celebridad, porque Adolfo Hitler es hoy día aquí una figura de una gran popularidad, ¿no?...

—Puedes juzgar por este detalle me dice Mayouskine—: el mes pasado anunció Hitler en Hamburgo una conferencia y se vendieron catorce mil invitaciones a un marco.

Es la primera vez que en Alemania se paga por escuchar un discurso político.

—Eso me hace suponer que es un gran orador.

—Efectivamente. Tiene un gran poder de fascinación sobre las masas. Su voz es magnífica y terriblemente dominadora. Su oratoria es lenta, persuasiva, dramática, pero de una energía formidable, que enciende el entusiasmo de la muchedumbre...

A mi parecer, tiene una personalidad extraordinaria; pero en fin... —me brinda con acento cordial—, si quieres enjuiciarlo por ti mismo, te lo presentaré mañana.

Acabo de invitarle a los estudios de la U.F.A. para presenciar el último rodaje de la película Troika me ha prometido asistir... Aunque hables con él te será muy difícil sacar nada en claro, porque acostumbra a cultivar el misterio del más allá de su política.

* * *

Y, efectivamente, a la otra tarde, después de admirar los prodigiosos e inmensos decorados ideados para la película Troika, converso entre bastidores de los mismos, con el jefe del partido nacionalsocialista alemán, cuya expansión rápida preocupa no solamente a los gobernantes del Reich, sino a los del Mundo entero.

[...continúa el texto original tal como lo has pegado...]


Notas

  1. (1) Carretero recuerda aquí su salida a París tras el advenimiento de la dictadura de Miguel Primo de Rivera. Dicho de otro modo: el entrevistador que ahora toma notas en Berlín ya venía vacunado contra los “salvadores” con uniforme, aunque todavía no supiera lo que le venía a Europa.
  2. (2) Carretero sitúa la escena en octubre de 1930, pero la cifra que pone en boca de Hitler (810.000 votos y 12 diputados) encaja con las elecciones federales de mayo de 1928. Lo más probable es una confusión de fechas al reeditar el texto en 1946: cuando uno “exhuma” papeles viejos, a veces también resucita errores.

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