Crónica de la muerte de Benito Pérez Galdós (Caballero Audaz - 1920)

Crónica de la muerte de Benito Pérez Galdós

Documento periodístico de José María Carretero Novillo (El Caballero Audaz). Texto inédito en Internet.

Después del eco que tuvo la última entrevista a Galdós firmada por José María Carretero Novillo —El Caballero Audaz, ese “maestro de la interviú” al que el siglo XX español decidió dejar en la cuneta con una calma pasmosa—, me he decidido a publicar otro documento suyo.

Y no uno cualquiera: la crónica de la muerte de Benito Pérez Galdós.

Según el propio Carretero, estuvo allí cuando el maestro exhaló el último aliento. Nada de “me lo contaron”: habitación, neblina, casa en silencio, y ese desfile típico de las agonías célebres: familiares que aparecen de golpe, días que se estiran y una ciudad fuera que sigue como si la literatura no fuese un órgano vital.

Galdós, el gigante al que hoy se le hacen aniversarios —a veces solapados por el ruido del presente—, y Carretero, el cronista con nervio que la historia dejó en un margen. Es lo que hay: la posteridad reparte prestigio con criterios que no pasan una auditoría.

(Si no sabes quién es Caballero Audaz, puede que te interese leer antes el link)

Crónica

El coche se ha detenido a la puerta del hotelito árabe enclavado en una calle obscura y solitaria del barrio de Argüelles...

Invadido por una infinita angustia he oprimido el timbre... Una ampolla de luz ilumina aquel trozo de calle abandonada. La espesa neblina que comienza a extenderse al anochecer da una sensación de aislamiento.

Entre las gasas grisáceas que tendíanse sobre el negro fondo de la noche, como una sucesión infinita de telones, sólo se destacaban algunas lucecillas rodeadas de un halo blancuzco, como un turbio cendal rasgado por la llama...

A mi me parece esa noche más noche que nunca...

Victoriano, el antiguo criado, me franquea la verja del hotel...

— ¿Qué hay, Victoriano? ¿Cómo sigue?...

— Acabando...

Y silenciosos atravesamos el jardín; bajo nuestros pies cruje la arena mojada...

Suenan unas gotas de agua.

En el hall nos recibe don José Hurtado de Mendoza...

Su figura recia, su arrogancia y sus palabras confusas nos recuerdan al maestro.

Me hace pasar a la habitación de la izquierda...

¿Qué hay en esa habitación?... Recuerdos del glorioso que se extingue.

Muchos libros, algo de desorden y un poco de la triste vejez.

En el centro la poltrona donde se hundía Don Benito...

Sobre una silla su característico sombrero negro y la bufanda: una bufanda verde. En un rincón su cayadita de caña americana... Sobre las librerías tres bustos escultóricos del maestro.

El señor Hurtado de Mendoza tiene los ojos enrojecidos, y todo él parece agobiado por el dolor...

— Amigo mío, sigue agonizando... Desde el 29 está así... ¡ Es terrible.!...

— Quiero verle...

— Si, suba usted... Ya no le conocerá...

— ¿Quiénes están con él?...

— Nosotros y su hija...

—¿Cómo su hija? - me sorprendí.

— Si, su hija: María Pérez Galdós.

Y así hablando, sigilosamente llegamos a la alcoba de don Benito y penetramos con pasos temblorosos...

No se oía más que la angustiosa respiración del glorioso, que más que respiración era un ronquido comatoso.

Yacía en el lecho luchando con la Muerte, que parecía tenerle atenazado por el cuello...

Su naturaleza privilegiada defendíase rudamente contra aquel acoso de algo que nosotros no veíamos pero que advertíamos por al presistente actividad de los movimientos.

Clavaba los codos en el lecho, y arqueando su pecho en tremendas contracciones, parecía querer escaparse, querer librarse de aquel martirio...

Después, con sus manos largas y descarnadas, buscaba los embozos y purgaba por descubrirse, por arrollar hasta la cintura las ropas de la cama.

Y exhalaba suspiros y ayes desesperados.

Tenía las facies desencajadas; las pupilas, espantosamente quietas, apenas brillaban, y la faz amoratábase.

El maestro moría bajo el Cristo crucificado que siempre presidió su sueño...

A la cabecera del lecho había una señora menuda, humilde, de rostro simpático, ojos pequeños y mirada dulce...

El sobrino de don Benito nos presentó:

— María Pérez Galdós, hija de Don Benito...

Después, volviéndose a un caballero que había a nuestra derecha, continuó la presentación:

— El señor Verde, esposo de la hija de don Benito...

Toda nuestra atención la atrajo el moribundo, que suspiraba más hondamente...

— ¡¡No puedo más!! — Exhaló transido de angustia—. ¡¡No puedo más, hija mía!!

Y con sus manos secas y ateridas buscó las manos de su hija, que lloraba en silencio...

— Oye, papá, oye: ¿quieres agua?...

El glorioso agonizante movió la cabeza levemente, y entonces María le dio una cucharadita de agua...

Luego, nada...

Unas horas terribles esperando que el alma buena y santa del hombre justo volase a su mansión.

Todo se fue extinguiendo, y el mártir quedó vencido, aquietado por la Muerte a las tres de aquella madrugada.

Yo besé varias veces sus manos, ya casi rígidas, ye escapé a extender mi dolor por las negras calles desoladas de Madrid.

Cortejo fúnebre portando el féretro de Benito Pérez Galdós. (5/01/1920 - Madrid)


Cierre

Eso es todo, amigos. Bueno, no.

Queda por publicar otro documento periodístico inédito en Internet: el que cuenta cómo se conocieron José María Carretero Novillo y Benito Pérez Galdós. Porque la historia literaria adora las estatuas, pero se pone nerviosa cuando le enseñas la trastienda.


PD1. Decía José María Carretero (El Caballero Audaz):

“La Interviú es el arma más poderosa del arte moderno. Por ella, nuestra época y los hombres contemporáneos serán mejor estudiados y sus figuras quedarán mejor delineadas que ningunas otras ante la posteridad.”

PD2. Nota editorial: se conserva ortografía y puntuación del texto transcrito (incluidas irregularidades) por tratarse de un documento de época.

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