Azaña Presidente II de la República en 1936

Azaña sale del Congreso después de jurar su nuevo cargo.
Azaña sale del Congreso después de jurar su nuevo cargo.

"Don Manuel Azaña no estaba contento en la Presidencia del Consejo. Le producía mucha intranquilidad, trabajo y disgustos. Le gustaba la vida más tranquila. Además, era halagador para él obtener una revancha completa ocupando el puesto de su enemigo vencido y destituido."

(Largo Caballero - Mis memorias)

Azaña, segundo presidente de la República

Crónica política de una coronación con más drama que lógica.

Azaña llegó al poder en 1936 con las manos llenas de votos… y los bolsillos vacíos de autoridad. Había sido nombrado Presidente del Gobierno tras las elecciones de febrero de 1936, pero de ahí, a dirigir el país, había un abismo del tamaño de la distancia entre un mitin y un lunes por la mañana.

Veamos.

Su victoria fue una especie de alianza imposible: republicanos, socialistas, comunistas, anarquistas y algún despistado más. En teoría, todos unidos por la democracia. En la práctica, cada cual soñando con su propia revolución.

Llegó al Poder prisionero de sus aliados marxistas del Frente Popular. Habían ido juntos a las elecciones, pero se negaron a participar en un gobierno "burgués", y tampoco estaban dispuestos a dejarlo tranquilo.

Mientras tanto, las calles ardían: el ambiente ideal para inaugurar un nuevo gobierno, claro.

A los pocos días de empezar a gobernar, Don Manuel ya estaba acongojado por los atentados a personas, iglesias, periódicos y sedes de partidos que se estaban cometiendo por los pueblos y ciudades españolas.

Azaña, empezó “a lo suyo” como si no pasara nada: es decir, a legislar mientras el país se descomponía con elegancia trágica.


Azaña: un presidente de gobierno desbordado

Si leíste el capítulo dedicado a las elecciones del Frente Popular, supongo que recordarás ese detalle tan pintoresco: Alcalá Zamora lo nombró Presidente del Gobierno antes de que terminara el recuento electoral. Total, ¿para qué esperar a los números cuando puedas adelantarte a la realidad?

La derecha, en un arrebato de estupidez estratégica, apoyó el —tan improvisado, como ilegal— Decreto-Ley de amnistía que ponía de patitas en la calle a todos los involucrados en el golpe de Estado de 1934, una obra maestra del “ya veremos”. Fue el primero de una serie de actos de generosidad política suicida… de esa que se practica con entusiasmo justo antes de que todo explote.

Por si alguien dudaba de que era solo el comienzo, el 1 de marzo, Azaña emitió otro decreto que merece figurar en el museo de los disparates jurídicos: obligaba a empresarios y autónomos a readmitir a todos los que habían participado en el intento de golpe de Estado.

Los mismos que habían intentado derrocar al Estado recuperaban su empleo con honores y, además, cobraban los sueldos que habían dejado de percibir por estar en prisión. Una obra maestra de justicia poética al revés.

La medida hundió millares de negocios y desató una sensación de injusticia monumental. Los ciudadanos obedientes, castigados; los golpistas, premiados. Lo más parecido a una revolución con papeles sellados.

El 13 de marzo, la iglesia de San Luis, en la calle Montera, a 100 metros de la Puerta de Sol, ardía alegremente mientras la policía contemplaba el fuego como si fuera una verbena.
El 13 de marzo, la iglesia de San Luis, en la calle Montera, a 100 metros de la Puerta de Sol, ardía alegremente mientras la policía contemplaba el fuego como si fuera una verbena.

Azaña, persuadido de que cualquier crisis se cura con una sobredosis de democracia, anunció unas municipales. Lo cierto es que ya tocaba: no se celebraban desde las elecciones de 1931, cuando las urnas precipitaron el derrumbe de la monarquía, de modo que el gesto de don Manuel parecía razonable, casi inevitable.

Pero como verás, la lógica y la política, como suele ocurrir, no compartían dormitorio: apenas se cruzaban en el pasillo.

Una semana después, las desconvocó.

Mientras don Niceto le decía que el clima social no permitía celebrar unas elecciones democráticas, sus socios marxistas le exigían los mejores puestos en las listas prometiendo “un nuevo 14 de abril”, es decir, una revolución con banda sonora soviética.

"Esto es una simpleza, pero, por lo mismo, es dañino. Los republicanos protestan y el hombre neutro está asustadísimo. El pánico de un movimiento comunista es equivalente al pánico de un golpe militar. La estupidez sube ya más alta que los tejados". (Rivas Cherif, Retrato de un desconocido, carta de Azaña del 28 de marzo)

La estupidez, efectivamente, ya se podía ver desde los campanarios.


Campesinos se apoderan de tierras en Badajoz

El 25 de marzo 70.000 campesinos ocupan tierras en Badajoz siguiendo las consignas de la UGT
El 25 de marzo 70.000 campesinos ocupan tierras en Badajoz siguiendo las consignas de la UGT

La reforma agraria a la brava se convirtió en el deporte nacional. El gobierno observaba las ocupaciones de tierras con la misma pasividad con que uno ve caer granizo sobre el coche de otro.


Azaña abandona el Gobierno para ser Presidente de la República

Para mi que ahí Azaña se rindió. Comprendió que dirigir el Gobierno era imposible por las exigencias de sus socios y que la Presidencia de la República ofrecía un retiro dorado, lejos del ruido y de los ministros armados de consignas.

“Vamos cuesta abajo (..), por la taimada deslealtad de la política socialista (..), por los disparates que el Frente Popular está haciendo en casi todos los pueblos, (..) No sé, en esta fecha, como vamos a dominar esto. Si no tuviese a la vista la cuestión presidencial, ya habría dado la espantá” (Rivas Cherif, Retrato de un desconocido, carta 17 de marzo)

Traducción libre: “Esto se hunde, pero si me dan el trono quizás aguante un poco más”.

El obstáculo se llamaba don Niceto Alcalá-Zamora, jefe de Estado en ejercicio, republicano devoto y hombre con más ego que reflejos.

Don Niceto era un marrajo difícil de lidiar y, para colmo, estaba más cabreado que un gorila en la jaula de un canario.

¿Motivo?

Unos parientes suyos acababan de ser encarcelados por un alcalde que quiso “tranquilizar a las masas” tras un intento de linchamiento. Todo porque la familia del Presidente se oponía a que les ocuparan las tierras. Azaña, con su humor de despacho, se lo contó a su cuñado entre risas.

Prima de normalidad democrática.


La destitución de Alcalá-Zamora

El plan para quitar a Alcalá-Zamora de en medio fue digno de un manual de conspiración parlamentaria. Indalecio Prieto representó el papel de colaborador necesario: presentó el 7 de abril una moción firmada por todos los partidos del Frente Popular.

Atento, que la historia es más cruel de lo que parece.

La Constitución republicana ofrecía dos vías para destituir al Presidente:

  1. Artículo 82: la moción de censura tradicional. Necesitaba 3/5 de los votos. Imposible: si la votación no salía adelante, traía aparejada la disolución automática de las Cortes. La estocada podía acabar en cornada. 
  2. Artículo 81: destituirlo alegando que había disuelto el Parlamento sin justificación. Bastaba la mayoría absoluta.

Adivina cuál eligieron.

Largo Caballero repasa la Constitución en uno de los salones de la Cámara. (Ahora, 08/04/1936)
Largo Caballero repasa la Constitución en uno de los salones de la Cámara. (Ahora, 08/04/1936)

La Constitución daba potestad a Alcalá Zamora para disolver el Parlamento una vez. No obstante, para impedir que pudiera disolverlo cada vez que le saliera de la higa, sus señorías podían juzgar la oportunidad de una segunda disolución. En caso negativo, llevaba aparejada la destitución del Presidente.

Los mismos que venían exigiendo disolver las Cortes desde las elecciones de 1933 ahora acusaban a Alcalá-Zamora de haberlo hecho sin razón. Hipocresía elevada al rango de ciencia política.

Azaña, Prieto y otros diputados en el bar del Congreso el día de la destitución del Presidente de la República.
Azaña, Prieto y otros diputados en el bar del Congreso el día de la destitución del Presidente de la República.

Alcalá-Zamora se defendió alegando que la primera disolución de Cortes no contaba porque eran “constituyentes”. Una pirueta jurídica que nadie quiso escuchar.

El Parlamento votó su destitución por 238 votos a favor, uno más de los necesarios. La derecha se abstuvo. Incluso Portela Valladares, hasta entonces su testaferro político, votó en contra. La votación fue un retrato del rechazo que don Niceto generaba en la totalidad del arco parlamentario.

El primer presidente de la Segunda República cayó con menos trámite que echar a un bedel.

Miembros de la Mesa de la Cámara saliendo de Palacio tras comunicar la destitución al Presidente. Alcalá-Zamora se negó a recibirlos alegando que "ciertas comunicaciones deben hacerse por escrito". (Ahora, 08/04/1936)
Miembros de la Mesa de la Cámara saliendo de Palacio tras comunicar la destitución al Presidente. Alcalá-Zamora se negó a recibirlos alegando que "ciertas comunicaciones deben hacerse por escrito". (Ahora, 08/04/1936)

Alcalá-Zamora, despechado, se marchó de vacaciones. La guerra lo encontró de crucero por los fiordos noruegos. No volvió a pisar España.


Indalecio Prieto, el sustituto fallido

"Amigos y compañeros. Si el desmán y el desorden se conviertem en sistema perenne, por ahí no se va al socialismo, (...) se va a un desorden económico que puede acabar con el país". (Indalecio Prieto. Mitín de Cuenca. 01/05/1936)

Azaña quería a Prieto como su sucesor en el Gobierno. Al menos tenía sentido de Estado, un bien escaso en aquel zoológico político.

El problema era que don Indalecio contaba lo justo para salir en la foto. El que mandaba en el P.S.O.E. era Largo Caballero, el “Lenin español” , y su plan de gobierno tenía la sofisticación de un garrote: sentarse a esperar a que el sistema se viniera abajo y, cuando quedaran escombros, avanzar con su sueño húmedo de redención obrera.

El 7 de mayo, la UGT publicó una nota que enterró las pretensiones de Prieto:

«La Unión General de Trabajadores dará por cancelados sus compromisos con el Frente Popular si se forma un gobierno en el que entren elementos socialistas y recabará su libertad de acción en defensa de los intereses de la clase trabajadora.»

Fue la nota que cerró la puerta a una alternativa de moderación. El hecho es que "la mula honesta" pudo con Besteiro, Indalecio Prieto, Fernando de los Ríos y cuantos representaban algo de superioridad intelectual en el partido.

La "mula honesta" es un remoquete que le puso Besteiro, que añadía "honesta pero mula".


Azaña investido Presidente de la República

Azaña sale de su casa camino del Congreso para ser vestido Presidente de la República.
Azaña sale de su casa camino del Congreso para ser vestido Presidente de la República.

El 10 de mayo, Azaña fue elegido segundo Presidente de la II República. No había cumplido ni los primeros cien días como jefe del Gobierno.

En su partido, Izquierda Republicana, veían desolados como su líder prefería dedicarse a inaugurar exposiciones, que dirigir ministros cuando el país más lo necesitaba.

Prieto, humillado, publicó una nota lacónica:

“Me he visto en el trance de no acceder al ofrecimiento cariñoso del Presidente de la República, movido por el afán de no avivar disensiones respecto de las cuales serían pueril disimulo, puesto que muchos se complacen en proclamarlas a gritos.”

Fue la elegancia antes del naufragio. Quizás allí se perdió una última oportunidad de evitar la guerra, o quizás ya no quedaba marcha atrás.

Nunca lo sabremos.


El gobierno Casares Quiroga

Azaña recurrió a sus leales. Nombró nuevo presidente del Consejo a  Santiago Casares Quiroga, un gallego discreto, de salud débil, e historial de obediencia debida.

Santiago Casares Quiroga, presidente del Consejo.
Santiago Casares Quiroga, presidente del Consejo.

Casares fue ministro en todos los gobiernos de Azaña durante el primer bienio. Empezó en el poco influyente Ministerio de Marina, pero pronto pasó a Gobernación (hoy Interior), donde se doctoró en caos: sucesos de Castilblanco y Arnedo , la insurrección anarquista del Llobregat, la Sanjurjada, la  matanza de Casas Viejas … una lista negra de episodios que hubieran hecho dimitir a cualquiera con conciencia.

Como presidente, sin embargo, fue la antítesis del “implacable” Ministro de Interior. Se paralizó entre dos miedos: el miedo a la revolución obrera y el temor a un levantamiento militar. El resultado fue una inacción perfecta.

Mientras la violencia aumentaba y los discursos se volvían apocalípticos, Casares se limitaba a redactar decretos que nadie obedecía. Dimitió la noche del 18 de julio, cuando los generales ya estaban moviendo tropas. El resto lo escribió la guerra.


Banderas y carteles en una ciudad al borde del abismo. Manifestación 1º Mayo. Madrid 1936
Banderas, monigotes y carteles en una ciudad al borde del abismo. Manifestación 1º Mayo. Madrid 1936

Epílogo

Desde mi punto de vista, la historia de Azaña en la II República, tiene algo de parábola: mucho idealismo, poca palanca y cero capacidad de frenar la estampida.

Representante de un partido diminuto, parido en los divanes del Ateneo madrileño, acabó —¿sin darse cuenta, o ingenuidad suicida confundida con superioridad moral?— encajonado entre fanáticos de todos los colores. Y, aún así, insistió en lo más entrañable: creer que el intelecto podía imponerse al estruendo.

El país que soñó ilustrado se convirtió en un campo de trincheras verbales. Gobernó con pluma; le derribaron los fusiles. Lo demás, ya lo escribió la guerra.

Próximo capítulo: Censura y violencia en la primavera del 36 . (Anatomía de una combustión)

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