Entrevista a Primo de Rivera en 1921: Marruecos, Annual y el general antes de la dictadura

El rey Alfonso XIII y el general Primo de Rivera
El rey Alfonso XIII y el general Primo de Rivera

Entrevista al general Primo de Rivera (1921)

He digitalizado una nueva entrevista del Caballero Audaz (José María Carretero Novillo), esta vez al general Miguel Primo de Rivera en 1921, cuando todavía no era dictador y acababa de ser relevado de la Capitanía General de Madrid tras intervenir en el Senado sobre la guerra de Marruecos.

El texto es valioso no porque “humanice” al personaje, sino porque deja ver el clima político-social del momento: el desastre de Annual aún reciente, el debate público en ebullición y el problema marroquí convertido en una cuestión de régimen, disciplina y prestigio.

José María Carretero Novillo (seudónimo El Caballero Audaz) fue un periodista y escritor español muy popular en la primera mitad del siglo XX. Arrancó en prensa hacia 1906 y se hizo famoso por practicar la entrevista como “pequeño teatro”, retratando personaje y ambiente, y es citado como pionero/“maestro del interviú” en España.

La entrevista. 1921.

Y torno de la mesa, en el comedor reservado del Hotel Ritz, nos sentamos seis amigos: el general Primo de Rivera, Fernando Jardón (1), Pepe Brujó (2), Pepe Jardón, el general Sanjurjo (3) y yo.

Con esta cena no festejamos nada. Yo había visitado por la tarde al general Primo de Rivera en su despacho de la planta baja de la Capitanía General.

Es domingo, y la tregua del día festivo se traducía en este edificio oficial en una paz, en un hondo silencio que llena sus ámbitos.

Cerradas las oficinas y los pasillos desiertos, sin su habitual animación de militares de uniforme, parece un caserón abandonado. En el vestíbulo, dos sargentos, sentados y hablando en voz baja, hacen su guardia. Sólo unas cristaleras están iluminadas.

En esta hora crepuscular, el gran edificio, con su portal en penumbra, da una sensación de lobreguez, de vacío.

Retrato de Miguel Primo de Rivera con rango de teniente
Retrato de Miguel Primo de Rivera con rango de teniente

No obstante, en un despacho de la planta baja, según se entra a la izquierda, me recibió don Miguel Primo de Rivera.

Pulcramente vestido de paisano este gallardo general estaba ante su mesa, llena de montones de papeles y libros.

También por las sillas y las butacas se ven cajones con cartas y periódicos y una gran cartera de clara piel de cerdo, repleta de legajos.

—Amigo Carretero —me dice el general sonriendo—, llega usted en el momento en que me preparo para marchar.

—¿Cómo para marcharse?... —le pregunto—. ¿Para marcharse de aquí hoy, o para siempre?...

—Por ahora, para siempre —me contesta terminante—. Precisamente acabo de recoger mis papeles y mis cartas particulares para mandarlo todo a casa. Así, pues, que lo mejor sería que nos viéramos esta noche. Voy a cenar al Ritz con Fernando Jardón, Pepe Brujó y algún amigo más. Lo invito a usted, y allí tendremos tiempo de hablar. La noche es joven y nosotros somos dos noctámbulos.

Y aquí estamos, entre los dos generales más queridos y más admirados por mí, del Ejército español.

—En realidad —le digo, mientras empezamos comiendo los entremeses— que no presenta usted, mi general, el aspecto del hombre melancólico que acaba de dimitir un cargo o de abandonar algo que estime.

—¡Eso es verdad, Miguel! —exclama Sanjurjo—. Te encuentro tan optimista como siempre.

—¿Sí?... —pregunta el general, dubitativo, y afirma en seguida—: Pues las apariencias engañan; la procesión anda por dentro...

Yo aprovecho este momento de su sinceridad para preguntarle:

—¿Es, quizá, que siente usted dejar de ser capitán general de Madrid?... (4)

Todos escuchan, y él, después de reflexionar un instante, me contesta:

—¡Psch!... Le diré a usted. Todos los altos cargos, para los hombres honrados y de buena fe, son un halago; pero al mismo tiempo, un estímulo. No obstante, encierran tal responsabilidad, que al dejarlos no puede uno por menos de respirar un poco contento, como si se librara de un peso.

—Sí —confirmo—, aunque su caso parece un poco distinto, don Miguel. Usted no se va por su gusto, sino porque lo han... —y me interrumpo, no acertando con la palabra precisa y discreta al mismo tiempo.

Miguel Primo de Rivera y Sanjurjo tras la toma de Alhucemas
Miguel Primo de Rivera y Sanjurjo tras la toma de Alhucemas

Adivinando lo que iba a decirle, el general sonríe y termina mi frase:

—¡Me han dimitido!... ¡Esta es la palabra!...

—¡O lo han relevado! —interviene el glorioso general Sanjurjo—, como se acostumbra a decir en el idioma castrense.

—¡Esto es! —ratifica Primo de Rivera.

—En realidad —le interrumpo cuando el camarero acaba de salir, después de servirnos una suculenta petite marmita—, usted, después del discurso que pronunció en el Senado, no se habrá sorprendido mucho de la decisión tomada por el Gobierno.

—¿Yo?... Ni mucho ni nada... Suponía, cuando di ese paso, que arriesgaba algo, pero no me detuve al pensar el qué...

—¿Luego su intención de intervenir en el debate era firmísima?

—Firmísima. Mi propósito de hablar sobre lo ocurrido en Marruecos, en el pasado julio, respondía a largas reflexiones y era decidido. Por nada ni por nadie hubiera dejado de hablar como lo hice.

—¿Y ahora no está usted pesaroso de los términos en que se explicó?...

Con una gallardía muy española y, sobre todo, muy andaluza, el arrogante general me responde sonriendo:

—¡Qué he de estar yo pesaroso!... ¡Ni lo más mínimo!... He cumplido con un deber. Creo que como español estoy obligado a preocuparme de los problemas de mi Patria y de todo lo que sea de supremo interés nacional.

Marruecos y nuestra acción allí es tal vez la más intensa inquietud de España, y como yo, sobre este problema, tenía formado mi juicio, no sé si equivocado o cierto, pero de acuerdo con mis ideas y mi conciencia, lo he dicho con la franqueza que siempre uso.

—Sí, desde luego, Miguel —interviene con su simpatía cautivadora Fernando Jardón—. ¡Pero menudo bollo has armado!...

—En efecto —insisto yo—, el alboroto que se ha formado es de los que hacen época.

—¡Ah!... ¿Qué queréis que le haga?... —exclama, encogiéndose de hombros—. Eso ya no es culpa mía. Como vosotros sabéis muy bien, y sobre todo tú, Pepe —esta vez se ha dirigido a Sanjurjo—, yo no he buscado ni hacer ruido, ni prepararme un pedestal de popularidad, ni halagar a nadie.

Creía un deber hablar, y he hablado. Máxime que esta opinión mía no era improvisada ni podía extrañar a ninguno que me conociera. Tú recuerdas, Pepe —y vosotros también os acordaréis—, que en 1917 emití idéntico juicio...(5)

Para nuestra Patria, el problema de Marruecos está encerrado en este dilema: o ejercer, de acuerdo con Francia, una acción militar a fondo, que nos lleve hasta Alhucemas y acabe de una vez y para siempre con la rebeldía indígena, o el abandono... Dejarlo totalmente. Lo que no es decoroso consentir es que unas cabilas díscolas eternicen una tragedia; que Marruecos esté siendo para España una constante sangría suelta.

Desembarco de Alhucemas
Desembarco de Alhucemas

Hay un silencio porque vuelve el camarero.

Nos sirve otro plato magníficamente condimentado. Hablamos de cosas banales. Una vez que el servidor ha salido por el pasillo, vuelvo a mis preguntas:

—Y dígame usted, mi general, ¿conocía el Gobierno de antemano el sentido del discurso que pensaba usted pronunciar?...

—No, señor. Yo hubiera participado al Gobierno cualquier decisión mía como capitán general, porque en el desempeño de este cargo era, al fin y al cabo, un delegado del Gobierno y un militar disciplinado... Pero como senador no tenía por qué, y he expresado mi opinión libre de toda tutela o censura previa.

—¿Y de toda disciplina política?

—No sé lo que es eso —me contesta con una arrogancia simpatiquísima—. Yo soy lo que soy y nada más. No he vivido la política, por lo menos esa clase de política, de los partidos, la cual requiere un tino especial y una cautelosa diplomacia... Yo sólo concibo la política como el deber que tiene todo espíritu patriótico de estudiar y de prestar su concurso, aunque sea modestamente, a los arduos problemas nacionales...

Aunque luego, como en mi caso, no se hayan interpretado con exactitud mis ideas, pues que se me releva sin comprenderme. Lo primero era comprender lo que yo quería decir, y después, si era una indisciplina, castigarme. Se me ha querido presentar en ciertos sectores detestables como un derrotista, y no es eso. Nadie hay que vea a España con más optimismo ni con más deseo de engrandecerla que yo.

El problema de Marruecos lo traté mirando al futuro, pues no dije, como alguien ha querido deducir, que debíamos abandonar ahora Marruecos.... ¡Cómo había de decir eso, siendo español, militar y habiendo regado aquellas tierras con mi propia sangre!... ¡Sangre mía y de los míos!...

Hubo un silencio.

El argumento del general glorioso era aplastante.

Seguramente en aquella pausa, en que no hablábamos nadie, nuestro pensamiento iría lejos, hasta evocar la gesta heroica de aquel gallardo y valiente general, que desde su misma camilla, herido seriamente, arengaba a sus soldados...

La otra gesta, también heroica, de aquel hermano suyo, jinete de hierro y corazón de león, que en los días trágicos de Monte-Arruit vivió en plena epopeya de gloria y de martirio.

Aquel Fernando Primo de Rivera, cargando al paso, con los caballos extenuados, sosteniendo el espíritu de las tropas y siendo el primero en el martirio, y que seguramente era una llaga viva la evocación de aquel otro de su raza y su nombre en el corazón de este militar, que al recordarlo todos, lo veían morir desangrado, ciego de bravura, mientras la España, por cuyo nombre peleaba, se sentía impotente para defenderlo.

Cruzó aquel pasado triste por la imaginación de todos los comensales.

—En estos momentos —prosiguió con dulzura, un poco matizada por el dolor, el general Primo de Rivera—; en estos momentos —repitió— con ciento cincuenta mil hombres en África, tenemos una misión que cumplir y unos agravios que vengar... Y los laureles y el prestigio de un Ejército que restaurar. De momento, sólo, únicamente se puede pensar en ganar la guerra.

—Ha hablado usted —le interrumpo— del prestigio del Ejército, y yo me permito preguntarle, mi general: ¿Por qué cree usted que ese prestigio se ha debilitado?

El Regimiento Alcántara fue aniquilado en julio de 1921. Foto tomada en Dar Drius.
El Regimiento Alcántara fue aniquilado en julio de 1921. Foto tomada en Dar Drius.

—Es muy complicado el asunto, y no creo que tenga un solo origen; pero, a mi juicio, la principal causa del desastre de Annual fué todo un estado de descomposición... De haber habido más serenidad en los jefes, el desastre no se hubiera desarrollado. Faltó el cerebro que organiza y que ordena, y todo el cuerpo se descompuso... La red se rompió por un punto y por la abertura se fué todo en un acceso de descomposición...

—¿Y cómo cree usted que se hubiese evitado?...

—No sé. Ya le digo a usted que es muy complejo el asunto. Probablemente hubiera sido necesario llegar a un combate quizá adverso, pero nunca a la hecatombe, en la que algunos rasgos de heroísmo fueron estériles.

—¿Estériles dice usted, mi general?...

—Sí, estériles, porque no remediaron nada, ni supo nadie aprovecharse de ellos.

—¿Usted cree que pudo sostenerse a los defensores de Nador, de Zeluán o de Monte Arruit?...

Don Miguel hace un encogimiento de hombros y con voz vacilante agrega:

—No sé..., no sé... Eso es un problema técnico muy difícil..., sobre el cual yo tengo mi opinión; pero como comprenderán ustedes, en mí no sería discreto emitirla, pues podría atribuirse a resentimientos, a quejas, por una pena que me afecta a mí vivamente.

Volvió a pasar por nuestra imaginación aquel gallardo hermano que quedó en Monte Arruit.

—¿Usted ha meditado que su pensamiento en este asunto —me permito decirle— tiene algunas coincidencias con el de los políticos de izquierdas?...

—No. Ni me interesa tampoco. Sobre un punto concreto, bien sea de arte, de política o de economía, yo puedo pensar igual o tener los mismos gustos que un republicano o un socialista... Eso no importa, para que yo sea militar y monárquico. Como esto no importa, a su vez, para que mi deber de patriota sea decir la verdad de lo que pienso, aunque me cueste luego una amargura.

—Como ésta de ser dimitido... —me atrevo a insinuarle.

—Como ésta —responde él, encogiéndose de hombros— o como otras —ahora, ya se sonríe, mirando a Sanjurjo profundamente— que no se han hecho públicas, porque me las he tragado en silencio...

—Eso quiere decir —le digo intencionadamente— que tiene usted algunas amarguras más en su vida. ¿Cuáles recuerda, de momento, que se puedan contar?...

Rieron todos los comensales y esperaron ávidos que hablase Primo de Rivera.

—Eso es mejor dejarlo a un lado... —me dice con acento opaco—. Hablemos de otra cosa. Por ejemplo, de mujeres guapas...

Y en el rostro despejado y franco del general, en sus facciones de hombre fuerte y sano, en cuyos cabellos la vida fué dejando cenizas, hay una dulce y resignada melancolía.

Hubo otro silencio de respeto, en el cual también todos admirábamos a este hombre que, en esta época de hipocresías cobardes, de claudicaciones y egoísmos, sabe jugárselo todo por gritar la verdad de su pensamiento y de su corazón.

—¡Pues hablemos de mujeres! —gritó Fernando Jardón tras el minuto de silencio.

—No, espera un momento, que quiero preguntarle algunas cosas más al general. Preguntas fáciles y sencillas.

—Usted dirá, Carretero —correspondió Primo de Rivera con gesto interrogante.

—Querría que me dijera usted algo de su niñez, de sus aficiones, de su juventud, de su carrera... Hasta ahora no hemos hablado más que de la actualidad política.

Y ya preparado el camino de mi indiscreta pregunta:

—¿Cuántos años tiene usted?...

—La pregunta se las trae, pero, querido amigo, hay que jugárselo todo. Cumplí en enero, el día 8, cincuenta años.

—¿Nació usted en Jerez?...

—No, en Cádiz... Allí hice mis primeros estudios, y a los catorce años ingresé en la Academia General Militar de Toledo, de donde salí cuatro años después, más orgulloso y más alegre que el Zar de Persia con mi uniforme de alférez de Infantería. A los veinte años —como ve usted, no empecé haciendo una carrera precoz— era segundo teniente, abanderado del Regimiento de Extremadura. Poco después mi regimiento fué destinado a Melilla. Esto era alrededor del año 93.

Dirigiéndose especialmente a Sanjurjo, detalló, como paladeando con cierto deleite de viejo guerrero:

—Recuerdo que llegamos a África en octubre, y el día 2 de noviembre entré en fuego; unos días de movimiento y hostigaciones regulares. Fué cuando lo de Cabrerizas Altas.

Y volviéndose a mí, continuó:

—Allí, el día 28 de noviembre, durante una acción bastante difícil, en la que creí terminaban conmigo, logré dominar la situación y me ascendieron a capitán y me concedieron la Cruz Laureada de San Fernando. Otra vez a la Península hasta el año 95, que al ser nombrado el general Martínez Campos jefe de los Ejércitos de Cuba, me llevó con él como ayudante.

—Entonces era usted un muchacho todavía...

—Fíjese usted, acababa de cumplir veinticinco años. La edad ideal para las hazañas guerreras. El que no las hace a esta edad no las hace nunca. Allí también tuve el honor porque la Providencia lo quiso, de romper el cerco y liberar al Destacamento del Cristo, en Santiago de Cuba. Y no me acuerdo de la cantidad de fregados en que me encontré en Peralejo, en Santa María Sabina, en la que iba mandando la vanguardia. Total: volví de comandante al año siguiente de salir de España...

Vi a los míos, los abracé, me parecieron más sabrosas sus caricias, porque habiéndome visto varias veces al filo de la muerte las consideraba perdidas, y aunque me nombraron ayudante del capitán general en Madrid, pedí de nuevo volver a Cuba... Ponga usted todos los azares de la guerra que quiera entre Cuba y Filipinas.

El 98 regresé a España de teniente coronel. Por entonces, o poco después, se creó el Estado Mayor Central, donde hice mis estudios con bastante suerte, consiguiendo diplomarme. En 1909 fuí voluntario a Melilla, a las órdenes del general Marina. Allí tomé parte y fuí herido también, en el Gurugú, al frente del Regimiento de Melilla.... ¡Qué sé yo!... ¡Qué sé yo las vicisitudes y las aventuras de guerra en que me he encontrado!...

Nuevamente me hirieron en el paso del río Kert, y ya de general, me dieron el mando de la primera brigada de Cazadores en Madrid; pero al poco tiempo esta brigada marchó también a África y tuvimos que tomar parte en los combates de Laucién, que fué tomado por mí. El resultado de estas campañas fué que me dieron la Cruz del Mérito Militar Roja pensionada, y en diciembre de 1913 fuí ascendido a general de división.

En esto estalló la guerra europea, y se me confió la presidencia de la Comisión Militar enviada a visitar los frentes de la guerra mundial en Francia y Bélgica. Y hace justamente dos años me dieron el mando de la primera división, y el 23 de julio del 19 se me ascendió a teniente general. Y aquí tiene usted sintetizada toda mi vida de soldado por España y para España.

Comprenderá usted la injusticia que se comete al pensar y al divulgar con mala intención que yo pido el abandono de Marruecos, cuando nuestras armas están todavía en entredicho. Dios querrá que las impongamos en aquellas tierras, regadas, como le he dicho antes, con sangre mía, de los míos y de todos los españoles, y entonces será la hora de optar. ¿Está esto claro?...

Alguna vez éstos que ahora me critican me darán la razón, y como la verdad atraviesa los muros más espesos, ella se impondrá con la ayuda de Dios y con la mía, porque, señores, podéis estar seguros que yo estoy vivo todavía y que no he dicho mi última palabra sobre este asunto... Pero ya la diré.

Todos los comensales que le acompañamos en la presidencia de la mesa admiramos la firmeza y el tesón de don Miguel.

Reflexión del periodista (1943).

Y he aquí, lector, cómo en aquella comida y en aquella interviú del otoño de 1921 quedó reflejado, sin proponérmelo, el retrato físico y moral de aquel hombre insigne, heroico y bondadoso que se llamó don Miguel Primo de Rivera.

Yo, al releer este reportaje ahora, lo veo claro. (6) En sus palabras de entonces se acusan fielmente los rasgos señeros de su carácter: el patriotismo, la hombría, la sinceridad, su espíritu de justicia, su señorial desdén por las tristes cuquerías de la política, entonces al uso, y también su visión clara de lo que era el problema de Marruecos, aquella sangría suelta con que él terminó, fiel a su pensamiento, y de acuerdo con el general Pétain —con el cual tuvo una entrevista en Tetuán en julio de 1925—, en una acción militar conjunta con Francia y se tomó Alhucemas, acabando para siempre el problema de Marruecos al desembarcar nuestras tropas en la playa de Ixdain (7).

Las barcazas K en la toma de Alhucemas
Barcazas K en acción en las playas de Ixadain y la Cebadilla. Fueron compradas a la armada inglesa y habían sido utilizadas en la batalla de Gallipoli.

No es de la índole de este libro enjuiciar la obra de don Miguel Primo de Rivera como estadista y gobernante de España desde aquel día, 13 de septiembre de 1923, en que desde el balcón de la Capitanía General de Barcelona se sublevó gallardamente contra la triste política que arruinaba a España, hasta que, casi siete años después, amargado, vencido por intrigas y deslealtades, cruzaba nuestra frontera pirenaica para ir a morir en un modesto hotel de París, el 16 de marzo de 1930.

La dictadura de Miguel Primo de Rivera, como dictador, pertenece a la Historia.

El hombre era un arquetipo admirable de virilidad, de señorío, de simpatía humana, de generosidad y de patriotismo.

Valiente y cordial, castizamente español y profundamente religioso, pero sin sectarismo ni gazmoñerías. Sabía compaginar su fe con un sentido claro, optimista y alegre, un poco helénico, de la vida, que para él era un valor intenso y sabroso al mismo tiempo.

Don Miguel Primo de Rivera sentía una gran tolerancia por las flaquezas humanas; sabía lo que era la tentación y la disculpaba magnánimamente.

Era también generoso, desprendido; gran señor andaluz, que desdeñaba elegantemente el dinero.

Durante los site años de dictadura de Miguel Primo de Rivera, España vivió la época de mejor paz y de mayor prosperidad de toda su historia moderna.

Hubo pan, orden y trabajo. Impulsó la riqueza nacional y acrecentó el prestigio de España en el extranjero, cosa muy difícil para un dictador.

Pero es que fué la suya una dictadura de guante blanco, caballerosa, matizada de generosidad humana, sin sangre ni rencores, sin violencias ni desdenes. Supo perdonar con noble gesto cristiano y se entregó a servir a España con su corazón, sin miras egoístas, sin crear privilegios para unos ni para otros, hasta agotar sus energías.

Y para cima gloriosa de su vida, supo, como otros cuantos hombres privilegiados, de las traiciones y de la ingratitud.

Notas

  1. En la sociedad madrileña de 1921, la presencia de Fernando Jardón y “Pepe” Jardón en la cena del Ritz no es la de dos “amigos cualquiera”: remiten a un entorno de empresariado y mediación social con acceso directo a la esfera militar y política. En particular, la familia Jardón aparece vinculada a la promoción de la nueva plaza de toros de Madrid (la futura Monumental de Las Ventas), con Fernando Jardón citado como promotor principal del proyecto y, posteriormente, una gestión familiar prolongada (José María Jardón al frente en la etapa media del siglo).

  2. José (“Pepe”) Brujó Álvarez fue un actor activo en los inicios del cine sonoro español (aparece acreditado, entre otras, en Lo mejor es reír [1931] y El hombre que asesinó [1932]). Varias fuentes lo sitúan además como “amigo íntimo” de Sanjurjo, lo que encaja con su presencia en ese círculo de sociabilidad político-militar madrileño.

  3. La entrevista de 1921 muestra una relación de cercanía personal y camaradería profesional entre Miguel Primo de Rivera y José Sanjurjo: comparten mesa en el Ritz “entre amigos”, se tratan con familiaridad (el “Pepe” recurrente) y Sanjurjo interviene en la conversación no como comparsa, sino como igual con autoridad (corrige el “me han dimitido” por el castrense “lo han relevado”, y valida el tono anímico del cesado). El cuadro sugiere un vínculo asentado en prestigio mutuo dentro del Ejército y en redes de sociabilidad madrileñas donde política, mando militar y opinión pública se rozaban demasiado.

  4. El cese de Primo de Rivera en 1921 se entiende en un clima de crisis del régimen de la Restauración tras el desastre de Annual: el Parlamento (y en particular el Senado) estaba convertido en un ring sobre responsabilidades políticas y militares, y el expediente de depuración de culpas se había vuelto un problema de supervivencia para el Gobierno.

    En ese contexto, la “cuestión Marruecos” se polariza entre africanistas y abandonistas, y la intervención de un capitán general en ejercicio —aunque hablara “como senador” y alegase ausencia de tutela previa— se percibe como una amenaza a la disciplina política del Estado; de ahí que el Gobierno lo cesara en su destino militar, manteniéndose su acta de senador por ser electiva. La entrevista posterior, realizada inmediatamente tras el cese, refleja además la pugna por el relato: Primo de Rivera rechaza el rótulo de “derrotista” y formula el dilema como “acción militar a fondo… hasta Alhucemas, o el abandono”, insistiendo en que no proponía una retirada inmediata con las armas “en entredicho”.

  5. Antes del episodio parlamentario de 1921, Primo de Rivera ya había “salido a la palestra” en dos momentos por una postura crítica con la deriva africana. En 1913, trasladó a Eduardo Dato (presidente del Consejo) por vía epistolar un argumento que luego reiteraría: la conveniencia de replantear el compromiso en Marruecos y contemplar incluso un trueque Gibraltar–Ceuta como salida estratégica al problema africano.

    En 1917, ya de forma plenamente pública, pronunció el 25 de marzo su discurso de ingreso en la Real Academia Hispano-Americana de Ciencias y Artes de Cádiz («Recuperación de Gibraltar»), donde volvió a presentar África como una carga y defendió la posibilidad de ese intercambio; por ello el Gobierno lo cesó de su destino (entonces, gobernador militar de Cádiz).  ↩ 

  6. Aunque la entrevista es de 1921, el texto circuló de nuevo al ser reeditado en la serie Galería de José María Carretero (“El Caballero Audaz”) ya en pleno franquismo (reediciones de los años 1943–1948). En ese contexto editorial, los párrafos finales —donde el autor remata con una apología del “hombre providencial”, la “prosperidad”, la “dictadura de guante blanco”, etc.— deben leerse como estrambote retrospectivo y compatible con la mitología política del régimen, más que como “fotografía” neutral del momento de 1921.

  7. El acceso de Primo de Rivera al poder (septiembre de 1923) no borra su viejo “abandonismo”, pero lo reencuadra: deja de ser una posición de crítica (desde fuera del Gobierno) para convertirse en un problema de gestión del Estado.

    Ya en 1921, recién cesado, formula públicamente el dilema con crudeza: o una acción militar “a fondo” coordinada con Francia que llegue “hasta Alhucemas”, o el abandono, rechazando que su postura equivalga a “derrotismo” o a retirada inmediata con las armas “en entredicho”.

    Una vez dictador, esa lógica se traduce en un giro pragmático: el objetivo pasa a ser cerrar el expediente marroquí (por coste, prestigio y estabilidad interna) y, en la práctica, la salida termina siendo la opción “Alhucemas” —la solución militar que él mismo había presentado como alternativa al abandono—, ahora ya como política de gobierno y no como opinión personal.

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