La entrevista a Emilio Mola en 1934 que explica por qué cayó la monarquía
Emilio Mola en 1934: una entrevista sobre el derrumbe de la monarquía
En octubre de 1934, dos años antes de la Guerra Civil, el general Emilio Mola explicó en una entrevista cómo la monarquía de Alfonso XIII había comenzado a derrumbarse desde dentro.
El Caballero Audaz y el arte de la entrevista política
José María Carretero Novillo, más conocido por su célebre seudónimo El Caballero Audaz, fue uno de los grandes periodistas españoles del primer tercio del siglo XX. A lo largo de su carrera entrevistó a políticos, militares, escritores, aristócratas y todo tipo de personajes públicos, dejando un archivo periodístico hoy especialmente valioso para asomarse al clima político e intelectual de la época.
La entrevista que sigue fue realizada en octubre de 1934. Se publicó más tarde, en 1946, dentro del tomo III de la serie Galería, donde Carretero reunió entrevistas hechas a lo largo de su vida. Ese desfase cronológico es importante: el diálogo pertenece al tiempo de la Segunda República, pero su edición impresa ya se inserta en el contexto ideológico de la posguerra franquista.
Leída hoy, la conversación resulta especialmente interesante. En ella aparece el general Emilio Mola antes de convertirse en uno de los principales organizadores del levantamiento militar de 1936. Lo que encontramos aquí es a un militar que reflexiona sobre los últimos meses de la monarquía de Alfonso XIII, sobre su papel como director de la Dirección General de Seguridad y sobre el clima político que precedió a la proclamación de la República.
Más allá de su valor testimonial, la entrevista permite observar desde dentro algunos de los elementos que precipitaron la caída del régimen monárquico: conspiraciones conocidas pero toleradas, gobiernos debilitados, una autoridad que ya no se ejercía con decisión y un aparato del Estado que empezaba a perder cohesión.
Emilio Mola antes de 1936
Cuando Carretero lo entrevista en 1934, Mola no era todavía el “Director” de 1936, sino un militar que vuelve a ocupar un puesto de relevancia tras haber pasado por la Dirección General de Seguridad, la prisión, la expulsión del Ejército y un periodo de persecución política. Ese detalle da un valor especial al texto: el lector asiste a la reflexión de un protagonista directo de la caída de la monarquía de Alfonso XIII y sobre la impotencia del aparato estatal ante la conspiración y el descrédito creciente del régimen.
En sus respuestas aparecen ya varios de los temas decisivos para entender 1930 y 1931: la conspiración de Jaca, la política de contemporización del gobierno Berenguer, la pasividad del gabinete Aznar y la sensación de que el Estado se vaciaba por dentro. En ese sentido, la entrevista importa tanto por lo que dice como por el momento en que fue hecha.
La entrevista de 1934
Octubre de 1934.
Al llegar yo, aquella mañana, mejor dicho, aquel mediodía, a la terraza de Molinero, vi un grupo numeroso de jerarcas del Ejército que en la acera se despedían fraternalmente. Los reconocí en seguida. Eran los generales Francisco Franco, que iba de paisano, Fanjul, Núñez de Prado y Mola.
Miguel Núñez de Prado (1), que era primo mío, y con el cual además me unía un fraternal cariño de condiscípulos, vino a mi encuentro.
Yo, entonces, le pedí una tarjeta de recomendación para el general López Ochoa, que, con el teniente coronel Yagüe, acababa de llegar de Asturias. (2)
En este instante el general Mola se destacó del grupo y vino hacia mí con su andar lento y firme, tendiéndome su larga mano.
Tras los gruesos cristales de sus gafas, en sus ojos negros y sagaces hay un brillo inconfundible de júbilo.
—¿Quiere usted algo para África, amigo Carretero? —me dice con expresión serena, pero alborozada—. El Gobierno acaba de nombrarme Alto Comisario, mejor dicho, me da el mando de las tropas de allí. En el Consejo de hoy se ha aprobado el nombramiento, y yo salgo esta noche para Tetuán.
—Le felicito a usted de todo corazón, mi general. Es un acto de justicia; mejor dicho, una reparación que se le debía a usted. Pero yo siento que se vaya usted tan pronto —terminé, sin poder contener un gesto de contrariedad.
—¿Por qué?
—Porque desde hace tiempo acaricio la idea de celebrar con usted una entrevista informativa para engrosar mi serie de semblanzas de personalidades contemporáneas. No es que se me ocurra a última hora: es que, como usted sabe, mi general, durante casi estos cuatro años pasados, a usted, primero desde la Dirección General de Seguridad, y después perseguido, ni le convenía ni podía hablar.
—Cierto —me dice Mola con melancolía.
Y no obstante saber que le esperan unas horas de gran ajetreo con los preparativos del viaje, me dice dulce y gentilmente:
—Agradezco a usted mucho su atención, José María. Sé que usted siempre procede por los dictados de su lealtad, y aunque no podré disponer de mucho tiempo, tal vez podamos charlar un rato. Si a usted le parece, podemos vernos luego aquí mismo, alrededor de las tres, para tomar café juntos… ¿Conformes?
—Encantado, mi general. Y repito la enhorabuena.
Se marcha Mola a reunirse con sus ilustres compañeros, que le aguardan a dos metros de distancia, y que son objeto, en aquellos momentos de angustia, de la curiosidad del público que llena la terraza…
***
Mi amistad con Mola data de los pasados tiempos adversos, cuando el ilustre soldado, expulsado del Ejército, era sañudamente perseguido por el despotismo de los gobiernos azañistas.
El general preparaba entonces la edición de los dos primeros tomos de sus Memorias: Lo que yo supe y Tempestad, calma, intriga y crisis.
En los momentos de tregua, comentábamos los sucesos de la política… Mola, procesado, recién salido de la prisión, vivía casi oculto, espiado constantemente por la policía… Yo hacía mis libros Al servicio del pueblo, combatiendo al funesto, mejor dicho, al siniestro Gobierno republicano, y ambos teníamos que luchar con las denuncias de nuestros libros.
Mola soportaba con sereno estoicismo la adversidad. Jamás le oí una queja ni una expresión de rencor. Había en su rostro y en su acento la firmeza de una conciencia que nada tiene que reprocharse por haber cumplido su deber hasta el último límite.
Tres horas más tarde estábamos sentados frente a frente, ante sendas tazas de café, en la rotonda de Molinero.
—Por fin, ¿cuándo es la salida, general?
—Esta noche. A las seis estoy citado con el ministro, y si Gil Robles no manda otra cosa…
—¿Está usted satisfecho, mi general?
—Hombre, claro que sí. Servir en el Ejército de África ha sido siempre mi más querida ilusión. He hecho allí toda mi carrera, casi sin interrupciones, desde 1909 hasta 1925… ¡Ojalá no hubiera salido nunca de allí!
—Yo me he preguntado muchas veces que cómo usted, que no había tenido relación alguna con la política, fue nombrado director general de Seguridad…
—Pues hemos coincidido en la pregunta, y además fui nombrado inesperadamente sin proponerlo ni aguardarlo. Yo era comandante general de Larache, y si le he de decir la verdad, me hallaba de muy buen gusto en el empleo cuando, a los pocos días de hacerse cargo del Gobierno el general Berenguer, recibí de él un telegrama cifrado, en el que se me decía que, yendo a cesar en el cargo de director de Seguridad el general Bazán, estimaba que yo le daba condiciones para desempeñarlo y me rogaba que lo aceptase…
Mi sorpresa fue enorme; yo profesaba y profeso una gran estimación al general Berenguer, que fue mi maestro en los principios de mi carrera, y, por otra parte, creo que un soldado debe estar siempre dispuesto a sacrificar en aras de la obediencia y de la disciplina sus gustos y sus intereses particulares…
Así que por afecto y por lealtad, no tuve más remedio que aceptar. Tengo el criterio de que a los buenos amigos hay que servirlos, ayudarles y hasta sacrificarse por ellos cuando lo necesitan, y si caen en desgracia, más aún.
—Así pienso yo también —le interrumpo—; pero, por desgracia, esa no es la ley general de la Humanidad.
—La responde él con amargura—. Cuando yo fui encerrado en una tristemente célebre celda de las Prisiones Militares de San Francisco, la mayor parte de los que se decían mis amigos me dejaron solo.
—Malos días aquellos, ¿verdad, mi general?
—Si le voy a decir la verdad, casi me hicieron un bien. Porque durante las muchas horas de soledad en mi celda tuve tiempo de meditar en lo mucho que sobre la vida, las cosas y los hombres me había enseñado mi paso por la Dirección de Seguridad. Casi fueron peores los primeros tiempos de mi libertad… Poco antes que nos conociéramos.
—¿Y eso?
—Porque me vi en la calle, expulsado del Ejército, privado de todo ingreso y con la amenaza de mil demandas… Tuve que recurrir, para ganarme la vida, a construir juguetes, afición para la que siempre he tenido bastante habilidad, y a escribir pequeños cuentos, con seudónimo, claro está, que me hacían el favor de publicar en algunas revistas.
—¿No se había usted dedicado antes de entonces a trabajos literarios?
—Jamás. A leer, sí, y con gran avidez, sobre todo los clásicos, siempre que me lo permitían mis obligaciones militares.
—Y, no obstante eso, sus libros tuvieron un gran éxito.
—Por lo menos, de oportunidad… Porque los compraron casi todos mis amigos y, desde luego, todos mis enemigos… Había el temor de que yo en mis “Memorias” hiciera revelaciones sensacionales: un director de Seguridad, sobre todo en la época en que yo lo fui, de continuas algaradas y conspiraciones, tiene el secreto de muchas conductas…
Y había demasiados flamantes republicanos que creían poder verse en peligro por mis revelaciones… Era no conocerme: los secretos que, por lealtad o por otras causas más materiales, llegaron hasta mí, están bien guardados, por el concepto de mi propia estimación y por una caballerosidad que, conforme el tiempo va pasando y las gentes se van envileciendo, muchos no comprenden.
¡En fin! —exclama Mola, al mismo tiempo que hace un gesto de rechazo, como si apartara con su larga mano diestra algo material que estorbara entre nosotros—. Todo eso está lejos. ¡Mis trabajos, las injusticias y el calvario que he sufrido!… Otra vez me hallo en el Ejército y al servicio de nuestra España, que vale todos los sacrificios.
Y se queda un instante meditativo. Respeto su silencio, que estoy seguro será una invocación espiritual del gran soldado, y después de breves segundos le pregunto:
—¿Usted no ha nacido en España, verdad, mi general?
—No. Nací en Placetas, provincia cubana de Santa Clara, el 9 de julio de 1887. Mi padre era entonces capitán de la Guardia Civil y había sido destinado a aquella isla poco tiempo antes de mi nacimiento; mi madre también era española…
—¿Sintió usted pronto la vocación militar?
—Pues sí… La sentí desde muy pequeño… ¿No ve usted que vivía siempre en ese ambiente contagioso de la milicia?… A los diecisiete años empecé la carrera de Infantería… Apenas salí de ella fui destinado a África, y allí puede decirse que ha transcurrido mi vida militar.
Mola habla dulce y animadamente, pero sin prisa, con lentitud. Por eso sus palabras son más persuasivas.
Vestido de uniforme me parece más delgado y otro hombre distinto de aquel que yo conocí de paisano, con su abrigo largo y negro, siempre meditativo, curvado sobre los pliegos húmedos con fragancia acre de tinta de imprenta, persiguiendo con paciencia benedictina al diablo de la errata traviesa, que se escapaba al mejor corrector…
Si yo no hubiera conocido la historia bizarra de Mola, su heroico comportamiento en África, en días dramáticos sus actuaciones en Miskrela, Nador, Sebt-Tazarut, Kudia-Mohafora y en la histórica posición de Dar Akoba, (3) que consolidó su gran personalidad castrense, hubiera confundido a primera vista al valiente general con uno de aquellos cultos monjes o frailes exclaustrados con las persecuciones republicanas, que vivían modestamente de dar lecciones particulares.
Mola, con su cabello de ébano algo agrisado, su rostro rasurado, su tez morena y su expresión entre atenta y cautelosa, me daba la idea de un personaje eclesiástico disfrazado.
Ahora es otra cosa: ahora Mola, luciendo el uniforme que supo honrar en tantos años de heroico comportamiento, me parece rejuvenecido, más animoso, más expansivo.
Mi curiosidad sabe ampararse en este estado de ánimo para referirme a un pasado cuya evocación en las circunstancias que acabamos de vivir sólo hubiera tenido aristas dolorosas, y pregunto a Mola:
—Ahora, mi general, que su calvario, sus persecuciones han terminado y ha recibido usted honrosa reparación, ¿quiere decirme si está satisfecho de su actuación como último director general de Seguridad de la Monarquía?
Tras de meditar un momento, exclama:
—Los que me conocen bien saben que así como soy hombre que cuando adopto una decisión, que por justa estimo que es mi deber, la llevo hasta el fin, saben también que Dios quiso librarme del pecado de la vanidad y sé reconocer mis errores lealmente…
Pero ahora, lo mismo que hace tres años, puedo decir que, si no estoy contento, porque el mal ajeno no puede alborozarme jamás, en lo íntimo de mi conciencia estoy tranquilo de mi actuación como director de Seguridad, porque cumplí hasta el último mi deber, sacrificando a las obligaciones del cargo cuanto era y cuanto podía.
Yo arrastré en silencio acusaciones y calumnias que hubiera desvanecido con una palabra, y tuve una impopularidad que no me merecía, cargando con culpas ajenas en aras de mi lealtad y de mi obediencia a quienes no supieron corresponder a mi conducta…
—¿No tuvo usted las debidas asistencias en el desempeño de su cargo?…
—Mientras el general Berenguer, que fue quien me nombró, era jefe del Gobierno, conté con su absoluta confianza y con todo su apoyo. Pero no ocurrió lo mismo cuando se constituyó el Gabinete nacional.
—Si mal no recuerdo, entonces usted presentó su dimisión…
—Efectivamente. Y tuve que retirarla a ruegos de Berenguer, que me lo pidió como un sacrificio de amigo. Él también, entristecido y enfermo como estaba, se había sacrificado aceptando el ser ministro de la Guerra, y me rogó que siguiera en mi cargo, por lo menos hasta que se celebraran las primeras elecciones.
El tono de cariñosa súplica que puso en sus palabras, el recuerdo, para mí inolvidable, de que fue él quien guió mis primeros pasos en la carrera militar, me obligaron a acceder, aunque con la promesa solemne de que cesaría tan pronto se hicieran las elecciones. Entonces recuerdo que me dijo en voz baja: “Nos iremos los dos”…
—Durante el Gobierno Berenguer, ¿cuáles fueron los momentos de mayor dificultad para su misión de director de Seguridad?
—¡Oh, muchos!… Estoy por decir que todos, porque no hubo días sin conflicto… Cuando yo llegué al cargo, la situación política estaba ya embalada, como se dice en términos deportivos, en una carrera de descomposición, inevitable, que había de llegar fatalmente al desastre final…
Yo, por mi parte, me encontré en un ambiente que me era desconocido, muy complicado y muy difícil… Los resortes de la autoridad estaban ya desgastados, corroídos por la propaganda subversiva y por una atmósfera de temor, entre la que muchos, más que en defender lo que estaban obligados, pensaban en situarse, en tomar posiciones cotizables para lo que se veía venir…
A pesar de eso, no obstante serme extraño ese mundo de las intrigas políticas, de las conspiraciones y de los confidentes, logré manejarlo bien. Y no hubo conspiración, movimiento clandestino o propósito de atentado que yo no conociera anticipadamente y pusiera en conocimiento de mis jefes.
No sé por qué se me ocurrió esta pregunta:
—¿La conspiración de Jaca (4) también?
—Esa mejor que ninguna —me responde sin vacilar el general Mola—. El 27 de noviembre tenía yo en mi poder referencias de todos los propósitos de los conspiradores. Sabía que por el Comité revolucionario se había nombrado un Gobierno provisional y los nombres de sus componentes, todas las fuerzas que estaban comprometidas y que Galán estaba encargado de sublevarse en Jaca…
—¿Y cómo no se hizo abortar el movimiento? —inquiero yo sorprendido.
—Mire usted, Carretero. Yo informé de todo al presidente del Consejo, que tomó algunas disposiciones y que se lamentó ante mí de que un oficial como Fermín Galán, a quien él había amnistiado, pues estuvo comprometido en lo que se llamó la sanjuanada (5) durante la Dictadura, hubiera sido víctima de las predicaciones revolucionarias…
Yo, por mi parte, le había salvado de las consecuencias de un grave incidente que tuvo con el general Serrano, en el que éste llevaba la razón (6), y Galán me había dicho que me estaba muy agradecido. Como todo esto lo conocía Berenguer, me invitó a que le escribiera para que desistiera de sus propósitos, manifestándole que los conocíamos en todos sus detalles… Pero a pesar de esto, él se lanzó a su desdichada aventura, que no tenía ni pies ni cabeza…
—¿Hubo influencias del Gobierno en la sentencia contra Galán y García Hernández?
Mola hace un rápido movimiento de protesta:
—Esa es una de las más infames calumnias que se lanzaron contra el régimen… El Consejo no se reunió el día en que se celebraba el juicio sumarísimo, y, por tanto, no pudieron deliberar, ni mucho menos votar, los ministros sobre el indulto de Galán…
Como usted sabe, la Ley, en los Consejos sumarísimos, tiene preceptos terminantes, que se cumplieron. De la sentencia sólo debía tener conocimiento el capitán general de la región, que debía comunicarla al ministro de la Guerra después de cumplida…
En este caso, yo soy testigo de mayor excepción, porque estuve presente en una conversación telefónica celebrada aquel día entre el Rey y el general Berenguer.
Recuerdo que serían aproximadamente las once y media de la noche; Berenguer, sentado en una silla, en su dormitorio, hablaba por el teléfono oficial instalado en la cabecera de su cama… Ni el Rey ni Berenguer sabían más que yo de lo ocurrido en Jaca y de la detención en Ayerbe del capitán Galán. No hablaron para nada del juicio sumarísimo, quizá porque en este punto no cabían dudas, ya que el título XIX del Código de Justicia Militar estaba perfectamente claro, y además existía el bando del capitán general declarando el estado de guerra…
Y recuerdo que ante muchas preguntas de Don Alfonso, el general Berenguer contestó así: “Bien comprendo, señor, que estará Vuestra Majestad entristecido; lo estamos todos…, pero nada se puede anticipar sobre el fallo del Consejo de guerra, a quien el Gobierno quiere, porque ese es su deber, dejar en completa libertad de acción. ¡Ojalá, como Vuestra Majestad dice, el tribunal no encuentre motivos suficientes para sanciones graves!”
—Luego entonces —me apresuro yo a preguntarle—, ¿Don Alfonso lamentó el hecho?
—Muchísimo, ya se lo digo. Y esta fue la actitud absolutamente cierta, de las dos personalidades, a las que luego se ha querido presentar como constructores vengativos y sanguinarios…
—Lo que no comprendo —interrumpo a Mola con sincero asombro— es cómo, teniendo usted en sus manos los hilos de la conspiración, y estando el Gobierno informado de lo que se preparaba, llegaron a producirse los sucesos, que no hubiera sido difícil abortar…
—¡Oh, amigo mío! —exclama Mola—. Para comprender ese aparente absurdo hay que tener en cuenta las condiciones en que entró a actuar el Gobierno Berenguer. Acababa de salir España de una Dictadura, y toda la preocupación del general era dar la sensación de que se habían restaurado las libertades constitucionales y de que se respetaban todos los derechos del hombre.
—Incluso, por lo visto —me permito interrumpir al general con tono sarcástico—, el de rebelarse contra el Estado, el de conspirar, el de preparar atentados…
—Desgraciadamente, era así… El jefe del Gobierno no quería que le tacharan de déspota ni de tirano… Yo tuve en mis manos infinidad de veces los datos de conspiraciones importantísimas… Conocía los nombres de los complicados y no me hubiera costado trabajo apoderarme de ellos… Pero mis superiores me ordenaban disimulo, paciencia… Creían que bastaba vigilarlos de cerca, sin llegar a detenerlos…
—Por ejemplo —le interrumpo nuevamente—, el movimiento de diciembre y lo de Cuatro Vientos… (7)
—Esto es —responde él—. Desde cinco días antes, yo pude encarcelar a los organizadores de esta conspiración.
—¿Y por qué no lo hizo, mi general?
—Ya se lo he dicho. La consigna era esperar, no precipitarse, que no se pudiera creer en el extranjero que en España imperaba un despotismo…
—Y los revolucionarios, mientras tanto, trabajaban en absoluta impunidad…
—Sí, señor, porque, además, tenían complicidades entre los mismos agentes de la autoridad… Así se explica que Lerroux y Martínez Barrio y Marcelino Domingo y Prieto, a los que les tenía puestos un riguroso servicio de vigilancia, desaparecieran, con gran asombro mío, ante los mismos ojos de los policías…
Y esta política de abstención, de blandura, llegó después, cuando se formó el Gabinete Aznar, a extremos tan indignantes de contemporizaciones, que a mí a veces me daban la sensación de una vergonzosa complicidad.
No puedo por menos de interrumpir en este instante al general Mola:
—¿Entonces usted tendría la impresión de que lo que se preparaba había de desembocar en el derrumbamiento de la Monarquía?
Medita un momento el general. Después se afirma los quevedos y, por último, me responde:
—En verdad, no creía que pudiera llegar, ni tan pronto ni en la forma absurda que llegó… Pero tenía el presentimiento de que la Monarquía iba a su fin, es decir, que con sus blanduras se había salido de su cauce y se devoraba a sí misma… Y bien documentado y con informes irrefutables, lo comuniqué así a mis superiores; pero nadie quería hacerme caso…
El ministro de la Gobernación, mi jefe inmediato, marqués de Hoyos, sentía gran veneración por el Rey, y era un hombre fino, sensato y de buena voluntad… Pero la misma fe leal que tenía en sus sentimientos le impedía hacerse cargo de la realidad… Para este señor el Rey era insustituible e inmutable.
—¿Y el almirante Aznar? (8) —le pregunto.
—El jefe del Gobierno era el personaje menos indicado para estar al frente de una situación como la que vivíamos… Era distraído hasta un grado inconcebible; no le daba importancia ni a Sevilla ni al Guadalquivir, y las cuestiones sociales y de orden público le traían sin cuidado… El mismo me confesó que el día de las elecciones, en espera de los resultados, se había estado distrayendo en la lectura de una novela policíaca…
Reímos de rabia por no llorar, y…
—A propósito… Según me parece recordar —insinúo—, usted tuvo un serio altercado con el pintoresco almirante Aznar…
—Sí, señor, y de no ser yo dueño de un caudal de paciencia casi inagotable, hubiera podido tener muchos más. Me sobraban razones para estar quejoso de la conducta del Gobierno…
—¿Ah, sí?
—Sí, señor… Cuando los sucesos de San Carlos (9), me había dejado desamparado, en evidencia, ofreciéndome como blanco a la más feroz campaña de prensa que creo se haya hecho jamás contra ninguna autoridad en ejercicio…
Y que yo había procedido entonces correctamente, en cumplimiento de mi deber, lo demuestra que la República, durante más de dos años que me ha tenido procesado, no ha podido probarme el delito de imprudencia temeraria en el ejercicio de autoridad, de que me hicieron culpable.
—¿Cuál fue la causa de aquellos sucesos tan lamentables y comentados?
—Simplemente que los estudiantes, que ya estaban muy trabajados por la propaganda extremista, intentaron celebrar una manifestación para pedir la amnistía de los presos políticos.
Yo no pude autorizarla, porque estaban prohibidas las manifestaciones callejeras… Entonces los estudiantes se declararon en huelga y organizaron alborotos en la calle de Atocha… Envié allí guardias para garantizar el orden, con la consigna de proceder con extrema prudencia, de no hacer uso de las armas de fuego y respetar el fuero universitario.
Los estudiantes, a los que animaban algunos profesores, y entre los que se habían mezclado elementos extremistas, se hicieron fuertes en San Carlos, y desde las ventanas y los tejados agredieron a cascotazos y a tiros a la fuerza pública…
Situan, en la posada de San Blas, a un comisario y a dos agentes que se habían instalado allí para darme informes telefónicos de los sucesos; amenazaban con lincharlos.
Entonces yo, con autorización del ministro de la Gobernación, envié a la calle de Atocha una sección de caballería y media de infantería de la Guardia Civil, que llevaban la orden de proceder con prudencia; pero a los pocos momentos supe que la Guardia Civil, agredida a pedradas y a tiros, había hecho uso de las armas para defenderse… Fue herido un sargento y muerto un guardia, y, claro está —¡hasta ahí podíamos llegar!—, me vi en la necesidad de rectificar mi orden de prudencia por la de tomar inmediatamente San Carlos…
Un estúpido intento de guerra civil, en el cual hubo un muerto y dieciocho heridos, que, según datos indudables que obran en mi poder, cinco pertenecían a la fuerza pública y el resto, once, no eran estudiantes, sino agitadores ocasionales… Y esto fue todo. Cuando aquella noche visité al almirante Aznar para presentarle mi dimisión, me dijo simplemente al rechazarla: “¡Bah!… Parece mentira que se preocupen ustedes tanto de las fogatas revolucionarias”… El almirante Aznar era así… Él sólo veía fogatas inofensivas en el incendio que había de devorar un Régimen varias veces secular…
—¿Y qué hizo usted entonces?
—Pues entonces pensé que el Gobierno no tenía que hacer más que dos cosas: o aceptar mi dimisión, si creía que yo había procedido de ligero, o solidarizarse conmigo, si estimaba que yo había cumplido fiel y estrictamente mi deber.
—Y, claro es —le interrumpo yo—, el Gobierno Aznar no haría ni una cosa ni la otra.
—¡Exacto!… ¡Exacto!… —afirma Mola—. Y a mí, que me había limitado a cumplir las órdenes, me dejó entregado a la voracidad de una campaña calumniosa terrible, que me conquistó una sombría y triste impopularidad…
—¿Y usted aguantó todo esto en silencio, mi general?
—No, señor. El mismo día 13 de abril, cuando me anunció Aznar que iba a formarse un nuevo Gobierno, en vista del resultado de las elecciones, le dije todo lo que le tenía que decir, pues a mí me parecía absurdo lo que se intentaba.
—Sí, fue un poco idiota —comento yo—. Aquello no se le podía ocurrir más que a un chalao.
—Claro está. Claudicar en aquellos momentos era entregar la Monarquía, que en realidad no había perdido las elecciones, a sus más feroces enemigos… Ya no había salvación.
Hacemos una pausa…, una triste pausa de evocaciones; por lo que se ha ido, por lo que hay y por lo que vendrá. Yo, durante ello, rememoro y pondero la cantidad de amargura, de desgracias, de desengaños, de tristezas que había acumulado en su alma este hombre, que en aras de su lealtad, de su deber, lo sacrificó todo.
El dolor pasa; ahora ya le basta a su espíritu viril y noble haber vuelto a vestir su uniforme militar para darse por compensado de todo.
Al fin le digo, queriendo desviar el diálogo hacia temas menos angustiosos:
—De aquel tiempo de tantas preocupaciones, de tantas amarguras, seguramente, general, guarda usted algún recuerdo pintoresco, alguna anécdota pequeña, pero interesante.
—¡Oh! —me responde Mola sonriendo—. ¡Tengo tantas y tantas!… Las que me han hecho ver la miseria, la pequeñez y lo ridículo de las veleidades humanas.
Y tras rememorar un momento, me dice:
—Le voy a contar una anticipándosela, porque tengo el propósito de que figure en el tercer volumen de mis “Memorias”. Me reservo, como pienso hacerlo en mi libro, el nombre del protagonista, no por respeto a él, sino a mí mismo…
El célebre día 14 de abril de 1931 recibí en mi despacho la visita de un sujeto, bastante conocido en Madrid, que había sido, con su buena remuneración, ¡claro está!, confidente de la policía. Hay que confesar que el hombre nos había servido bien, dándonos exactos informes de movimientos y conspiraciones republicanas…
Pues este sujeto, aquella mañana, vino a decirme que había hecho examen de conciencia y que estaba arrepentido de haber traicionado a quienes eran sus amigos…, que consideraba canallesco su proceder y quería deshacer, borrar su pasado, del que no existían más pruebas materiales que ciertos documentos que obraban en mi poder y que me pedía que le devolviera.
Yo le contesté que lo haría siempre que él devolviera a la caja de la Dirección las cantidades que había cobrado por sus confidencias, y entonces aquel sujeto me rogó, me lloró, llegó a tirarse de rodillas a mis pies; en fin, me dio tanta lástima y tanto asco, que por no tenerle más tiempo allí le devolví sus informes… Se arrodilló de nuevo y quiso besarme las manos… Me dijo que yo lo salvaba, porque esperaba situarse bien en el nuevo régimen, etc., etc.
Pues bien; pasaron dos años. Yo acababa de salir de la cárcel, y una mañana, yendo por la Gran Vía, me encuentro frente a frente con aquel sujeto… Iba bien trajeado, orondo, resplandeciente… El hombre, al verme, quiso hacerse lo que en castizo se llama el longui… Yo entonces le dije: “Adiós, jovencito, adiós…”. Pero él, sin contestar, aceleró su marcha y se perdió entre los transeúntes. ¿Qué le parece a usted?
—Muy gracioso y muy humano, mi general. ¿Quién no guarda en el archivo de su memoria recuerdos semejantes?… Y en seguida le pregunto:
—A pesar de todo lo ocurrido, ¿volvería usted, mi general, a desempeñar nuevamente un cargo como el de director general de Seguridad u otro semejante?
Hace un nuevo gesto de rechazo Mola, y en seguida exclama:
—¡Dios no quiera que eso llegue a ocurrir, porque aunque ya le he dicho el concepto que tengo de la obediencia y de la disciplina, yo no volvería a intervenir en destinos de índole política, a no ser que llegaran unas circunstancias tan graves, tan tristes, que fuera deshonor no ponerme al servicio de la Patria para contribuir a salvarla!…
Únicamente si llegara ese momento, y no lo deseo para España, me creería obligado a actuar en una misión que no sea específicamente militar… La amnistía del año pasado me reintegró al Ejército, y ahora este mando que me lleva a África llena todas mis aspiraciones. Yo no deseo ser más que un soldado al servicio de mi Patria…
***
Las circunstancias tristes, terriblemente graves, que augurara Mola, llegaron para España en 1936. No es de la índole de este libro historiar la participación valiosísima que el general Mola tuvo en la organización y dirección de la Cruzada. El ilustre militar cumplió su palabra de servir a España. Fue uno de los grandes artífices del Movimiento Nacional, y a él entregó su vida, en un trágico accidente de aviación, el 3 de junio de 1937. (10)
Un testimonio del derrumbe de la monarquía
La caída de Alfonso XIII no fue el resultado de una insurrección irresistible ni de una gran batalla política, sino de algo más triste y más español: un régimen que se había quedado sin fe en sí mismo. La monarquía no fue derrotada en el campo de batalla, sino abandonada por quienes habían vivido de ella, la habían servido y, llegado el momento, corrieron a ponerse la escarapela contraria con una rapidez casi gimnástica. Abril de 1931 no fue tanto una conquista heroica como una deserción general.
Lo más llamativo de aquellos días no fue la fuerza de los republicanos, sino la debilidad de los monárquicos. Berenguer quiso restaurar la normalidad cuando ya no quedaba autoridad; Aznar asistió al derrumbe con una mezcla de distracción y fatalismo; y el propio Rey descubrió demasiado tarde que el problema no era una conjura aislada, sino la descomposición del Estado. El sistema había perdido la calle, la opinión, la obediencia de muchos de sus servidores y hasta la confianza en su propio derecho a sostenerse.
Precisamente por eso tiene tanto valor la entrevista de Emilio Mola. Leída hoy, no interesa sólo por lo que cuenta un protagonista de primer orden, sino porque permite asomarse al interior de aquel derrumbamiento antes de que la Guerra Civil y la propaganda posterior lo envolvieran todo en explicaciones retrospectivas.
En sus palabras aparecen ya, en bruto, algunos de los elementos decisivos del final de la monarquía: la política de contemporización, el conocimiento previo de las conspiraciones, la pasividad del poder, la blandura de los gobiernos y, sobre todo, la sensación de que el aparato del Estado empezaba a desfondarse desde dentro.
Ahí reside el interés mayor de este testimonio. La entrevista no sólo retrata a Mola antes de convertirse en el “Director” de 1936, sino que ilumina el clima moral y político de 1930 y 1931: un régimen exhausto, unas élites sin lealtad, unos revolucionarios cada vez más audaces y una autoridad incapaz de ejercer como tal. Dicho de otro modo: estas páginas no explican por sí solas cómo cayó la monarquía, pero ayudan a entender por qué, cuando llegó abril, casi nadie quiso ya sostenerla.
Notas
(1) El general Miguel Núñez de Prado y José María Carretero eran oriundos de Montilla, en Córdoba. Curiosamente, Núñez de Prado permaneció fiel a la República y fue fusilado por orden del general Mola al inicio de la guerra. ↩
(2) El 4 de octubre de 1934 se produjo el intento de golpe de Estado socialista por la entrada de tres ministros de la CEDA en el Gobierno. La entrevista se realiza pocos días después de sofocarse la Revolución de Asturias. Con la entrada de Gil Robles en el Ministerio de la Guerra, Mola fue reincorporado al Ejército y recibió nuevo destino en Marruecos. ↩
(3) La defensa de Dar Akoba fue uno de los episodios que más prestigio dio a Emilio Mola en la guerra de Marruecos, porque lo situó como un jefe capaz de sostener una posición clave en condiciones extremas, bajo asedio y con fuerzas muy castigadas. La misión era mantener la línea sobre la ruta de Xauen y evitar una ruptura del frente. Significó el gran salto de Mola en su carrera militar: la operación consolidó su fama de oficial enérgico y valiente, le valió una Medalla Militar y quedó fijada en su propia memoria como una de las páginas centrales de su trayectoria africanista. ↩
(4) La Revolución de Jaca de diciembre de 1930 fue, en esencia, un pronunciamiento republicano improvisado con más fervor que cabeza: Fermín Galán se adelantó a la fecha prevista por el comité revolucionario, proclamó la República en Jaca, organizó la marcha sobre Huesca con una logística bastante de zarzuela armada y acabó derrotado en horas, con el movimiento deshecho, los conjurados descoordinados y la épica sustituida por el caos. ↩
(5) La Sanjuanada fue un intento de golpe de Estado contra la dictadura de Miguel Primo de Rivera preparado para la noche de San Juan de 1926 por un grupo heterogéneo de militares descontentos, políticos liberales, republicanos y algunos monárquicos que empezaban a ver la dictadura como un callejón sin salida.
El plan pretendía provocar pronunciamientos simultáneos en varias guarniciones y forzar la caída del régimen, pero la conspiración estaba tan infiltrada y tan mal coordinada que el gobierno la desbarató antes de que empezara: hubo detenciones, destierros y carreras militares arruinadas, mientras el régimen sobrevivía sin grandes sobresaltos. Como tantas conspiraciones españolas de la época, tuvo más importancia como síntoma del desgaste del sistema que como amenaza real para derribarlo. ↩
(6) Galán tenía un carácter difícil que le llevó a enfrentarse con el general Serrano durante las operaciones sobre Kudia Mahfora, aunque la cosa no fue a más por el carácter bondadoso de Serrano. ↩
(7) El llamado levantamiento de Cuatro Vientos de diciembre de 1930 fue el complemento madrileño de la sublevación de Jaca. La idea era sencilla: mientras Galán proclamaba la República en Aragón, unos cuantos aviadores y oficiales tomarían el aeródromo de Cuatro Vientos, para arrojar octavillas republicanas sobre la capital que incendiarían Madrid. La conspiración no cuajó: los obreros no salieron a la calle y sus protagonistas, entre ellos Ramón Franco y Queipo de Llano, optaron por el procedimiento revolucionario más prudente de todos: subirse a un avión y volar discretamente hacia el exilio portugués. ↩
(8) El almirante Juan Bautista Aznar fue el hombre al que le tocó pilotar la monarquía de Alfonso XIII cuando el barco ya hacía agua por todas partes. Marino competente, pero político accidental, llegó a la presidencia del Gobierno en febrero de 1931 más por falta de voluntarios que por entusiasmo real del Rey. ↩
(9) Los llamados sucesos de San Carlos fueron otro de esos episodios de uso político de la agitación juvenil. Todo empezó con manifestaciones universitarias en Madrid a favor de la amnistía para los implicados en conspiraciones republicanas.
Lo que debía ser una protesta estudiantil derivó rápidamente en pedradas, disparos desde las ventanas de la Facultad de Medicina de San Carlos y enfrentamientos con la fuerza pública. Cuando la Guardia Civil respondió para recuperar el edificio hubo muertos y heridos, y la izquierda encontró un filón propagandístico inmediato. ↩
(10) La muerte de Emilio Mola se produjo el 3 de junio de 1937, en plena Guerra Civil, cuando el pequeño avión en el que viajaba, un Airspeed Envoy, se estrelló en las montañas de Alcocero de Mola (Burgos) mientras volaba desde Vitoria hacia Valladolid.
El aparato, pilotado por el capitán Joaquín Ansaldo, se internó en una zona de niebla espesa y acabó chocando contra una ladera en condiciones de muy baja visibilidad. Murieron todos los ocupantes. La versión oficial habló de accidente causado por el mal tiempo y la complicada orografía de la zona, aunque la desaparición repentina de uno de los principales organizadores del alzamiento alimentó durante años rumores y sospechas que nunca llegaron a probarse. En cualquier caso, su muerte eliminó de golpe a una de las figuras clave del mando sublevado y reforzó de forma indirecta la posición de Franco dentro del bando nacional. ↩
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