La dictadura de Primo de Rivera y la caída de Alfonso XIII: crónica de una erosión anunciada
El principio del fin: la caída de la monarquía de Alfonso XIII y la dictadura de Primo de Rivera
"El Rey acepta los hechos" —Nota oficiosa de Palacio, 13 de septiembre de 1923
1. Un dictador con uniforme prestado y respaldo real
En 1923, España no era un polvorín: era un espectáculo de fuegos artificiales con la mecha encendida.
Atentados, huelgas revolucionarias, robos a mano armada y gobiernos fugaces —doce en cinco años— convirtieron el parlamentarismo en una tragicomedia sin aplausos.
En 1922 se declararon 487 huelgas, hubo 1.259 atentados y 234 atracos a mano armada. Ya no era cuestión política: el pistolerismo sindical se había convertido en un problema de seguridad ciudadana puro y duro.
Alfonso XIII, apolillado entre la retórica constitucional y la tentación autoritaria, encontró en Miguel Primo de Rivera a "mi Mussolini". Literalmente. Así lo llamaba en los ambientes palatinos.
En aquel momento, el italiano era el cheerleader de los que no querían acabar como el Zar de todas las Rusias.
El viejo general cortó el desbarajuste de raíz. Venía con galones de Cuba y Filipinas, no se dejaba impresionar por revolutas "made in Soviet", ni estaba dispuesto a dejarse mangonear por la casta política.
"No tenemos que justificar nuestro acto, que el pueblo sano demanda e impone..."
—Manifiesto "Al País y al Ejército", 13/09/1923
Sin disparar un solo tiro, el general se instaló en el poder. El Rey lo aceptó. La prensa lo aplaudió. La clase política... también.
De Lerroux a Alcalá-Zamora, pasando por Ortega y Gasset, todos parecían encantados de que alguien por fin pusiera orden.
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| Primer gobierno de Primo de Rivera |
2. La casta bendice la dictadura (y luego se hace republicana)
Sí, el mismo Alcalá-Zamora que luego sería presidente de la República le deseaba suerte al general en un artículo en "La Acción" el 21 de septiembre de 1923
"Al General le consta mi sincero y cordial deseo de que este régimen, (..), realice una misión útil que, por mi parte, no encontrará obstáculos".
El mismo Ortega que escribiría "Delenda est Monarchia", escribía en "El Sol" dos meses después del golpe:
"Si el movimiento militar ha querido identificarse con la opinión pública y ser plenamente popular, justo es decir que lo ha conseguido por entero..."
Hasta Ángel Ossorio, exministro que se autoproclamaría "monárquico sin rey al servicio de la república", escribía en "El Liberal" el 18 de Septiembre de 1923:
"Lo ocurrido tenía que ocurrir; estaba en el ánimo de todos; era necesario para la salud de la nación (..) Cuando los sublevados se jactan de haber recogido el ánimo popular, tienen razón".
3. Orden, paz social... y milagro económico
La dictadura de Primo fue, contra todo pronóstico, una etapa de estabilidad económica.
Paz social a golpe de sable, pacto con la U.G.T. en asuntos laborales, y una política de obras públicas que dejó huella: Campsa, Telefónica, sanidad pública duplicada, más trenes, más carreteras y hasta un trozo de Gran Vía.
Florecieron los capitales acumulados durante la Primera Guerra Mundial a la sombra de la neutralidad española y la economía explotó en aquella España de alpargata.
¿Populismo militar? Puede. ¿Resultados? También.
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| El Coronel Francisco Franco, el General Miguel Primo de Rivera y el General Sanjurjo tras la toma de Alhucemas. |
El general se ganó el corazón de las madres. La toma de Alhucemas (1925) acabó con el Vietnam español, el desolladero de soldaditos españoles en el Rif. Franco, Sanjurjo y el propio Primo fueron tratados como salvadores de la patria.
Mientras tanto, Largo Caballero —sí, el futuro "Lenin español"— aceptaba ser vocal del Consejo de Estado del dictador. Ironía histórica nivel Dios.
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| Largo Caballero, nombrado Consejero de Estado por el Dictador, se reconvirtió en el primer Ministro de Trabajo de la República y en "Lenin Español" tras perder las elecciones de 1933. |
4. Cuando todos te dan la espalda (hasta tus amigos)
[Imagen: Viñeta política mostrando a Primo de Rivera rodeado de traidores]
Y entonces, empezó el lento goteo: los disconformes empezaron a denunciar que don Miguel no había sido elegido por las urnas.
Fue el inicio de una campaña sorda de desprestigio dirigida contra el Régimen. Primero llegó desde el exilio, a la que se fueron sumando los que habían perdido sus poltronas.
La aristocracia murmuraba porque la legislación laboral protegía a los trabajadores y mermaba sus privilegios.
La Iglesia reprochaba a Primo de Rivera que el presupuesto estatal aumentara un 21%, mientras el destinado a la Iglesia lo hiciera solo en un 2,6%.
Los militares que arrastraban el sable en el Ministerio de la Guerra en Madrid envidiaban a los que ascendían en los barrancos del Rif.
Los truts periodísticos olieron la debilidad y sacaron los cuchillos.
Calvo Sotelo, ministro de Hacienda, cometió un crimen imperdonable: exigir impuestos a los ricos y combatir el fraude fiscal. La banca tomó nota.
Los empresarios bufaban por el aumento de los costes laborales que implicaban las leyes de previsión y justicia social pactadas con los socialistas.
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| El Gobierno de Miguel Primo de Rivera elogia la figura del fundador del PSOE (Heraldo de Madrid. 10/12/1925) |
La izquierda obrera, dividida entre los que pactaban con la dictadura y los que querían hundirla, también empezó a serrar la rama.
En resumen, unos por unas cosas, hotros por otras, y la mayoría por frivolidad, fue cambiando el ambiente de aceptación y popularidad inicial, por otro de clara hostilidad contra la dictadura.
5. El fin del general y el adiós sin honores
Finalmente, solo, acorralado y enfermo de diabetes, Primo presentó su dimisión al Rey el 23 de enero de 1930. Tomó el camino del exilio, como tantos antes.
Mes y medio después, murió en el Hotel Pont-Royal de París leyendo las difamaciones de los mismos periódicos que antes lo aplaudían.
Una historia española como tantas: primero caudillo, luego cadáver político, finalmente olvido.
6. Y el Rey... ¿qué?
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| A la izquierda del Rey vemos a su ministro Alcalá Zamora, posteriormente reconvertido en Presidente de la República. |
Alfonso XIII se quedó sin dictador y sin margen de maniobra.
Lo que vino después fue el canto del cisne de una monarquía agotada
El Rey, proclamado al nacer tras la muerte repentina de su padre, llevaba reinando desde los 16 años. De política sabía. Y, probablemente, intuía lo que venía.
Una monarquía secular que cae tras unas elecciones municipales. Sí, municipales. Pero eso, es otra historia...
Siguiente capítulo: El exilio de Alfonso XIII: cuando España se despertó republicana.





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