Asesinato de Calvo Sotelo: el primer "paseo" de la 2ª República

Imagen relacionada con la autopsia de José Calvo Sotelo

El asesinato de Calvo Sotelo paso a paso

La madrugada del 13 de julio de 1936 marcó un antes y un después en la historia contemporánea de España.

José Calvo Sotelo, líder del Bloque Nacional y figura principal de la oposición parlamentaria, fue secuestrado en su domicilio por agentes de la Guardia de Asalto y asesinado de dos tiros en la nuca dentro de una camioneta policial. El cadáver apareció en el depósito del cementerio de la Almudena la mañana siguiente.

Este crimen, que reproducía punto por punto el patrón del paseo (detención ilegal, ejecución sumaria y abandono del cadáver), se convirtió en el detonante definitivo de la Guerra Civil Española. A día de hoy, su impacto político, jurídico y simbólico sigue generando polarización entre historiadores y opinión pública.

La censura impuesta por el Frente Popular evitó que se informara abiertamente de la implicación de fuerzas de seguridad en el crimen. El periódico ABC del 14 de julio aparece visado por la censura. Solo se dice que “unos individuos” abandonaron el cadáver al cementerio. Sin embargo, periodistas como José María Carretero, con el seudónimo “Caballero Audaz”, documentaron lo ocurrido con precisión.

Caballero Audaz en el cementerio
En el ABC del 14 de julio, página 4, se informa que «Caballero Audaz» estaba en el depósito de cadáveres, antes de que el lugar fuera acordonado por la policía.

En este artículo, analizo con detalle cómo se perpetró el asesinato de Calvo Sotelo, cómo reaccionó el Estado, qué pistas dejó el crimen, y por qué su ejecución aceleró el colapso de la Segunda República.

Una autopsia político-judicial que explica cómo se muere una democracia desde dentro.

¿Quién mató a Calvo Sotelo?

Luis Cuenca Estevas, escolta personal del socialista Indalecio Prieto, fue identificado como el autor material del asesinato, y el capitán de la Guardia Civil Fernando Condés lideró la patrulla que ejecutó el secuestro. Ambos tenían vínculos con la Unión Militar Republicana Antifascista (UMRA).

Luis Cuenca Estevas
Nacido en 1910, Luis Cuenca Estevas fue escolta del dictador cubano Gerardo Machado. Motivo por el que a su vuelta le apodaron “El cubano”.

A pesar de los testimonios que apuntaban claramente a los culpables (escoltas, portero, familiares, conserjes del cementerio), no se produjo una investigación eficaz. Solo uno de los implicados, el conductor de la camioneta Orencio Bayo Cambronero, fue detenido. Curiosamente, era el único que no participó voluntariamente en los hechos.

Así fue el asesinato de Calvo Sotelo

Imagínate una camioneta cargada de policías, acompañados por afiliados de Podemos y comandados por un capitán de la Guardia Civil. Se presenta por la noche en el domicilio del líder del PP, le arrestan, y al día siguiente aparece fiambre en el cementerio de la Almudena.

¿Te imaginas las redes sociales al día siguiente? Pues así lo vivieron los españolesitos del 36, pero sin Twitter. Lo que impactó no fue tanto el asesinato de un reconocido político, exministro y diputado de la República, sino la forma en que se hizo.

Una patrulla, formada por policías y civiles armados, se presentó pasada la medianoche en el domicilio del diputado, en la calle Velázquez 89. Forzaron la entrada, cortaron la línea telefónica para impedir cualquier llamada, y se llevaron a Calvo Sotelo bajo la excusa de una “diligencia judicial”.

Su mujer, los botones y la institutriz de sus hijos atestiguaron que el diputado intentó mantener la calma, pidió tiempo para vestirse y preparar un neceser. El portero se cruzó con la cuadrilla en el rellano de las escaleras. Lo subieron a una camioneta descubierta de la Dirección General de Seguridad. Su familia lo vio marchar desde el balcón.

Al poco de iniciarse el trayecto, el diputado observa que giran hacia las afueras. Calvo Sotelo protestó y amenazó con bajarse del vehículo.

—Paré usted inmediatamente. Exijo que se me conduzca a la Dirección de Seguridad. O detiene usted el coche o me tiro en marcha. Y uniendo a la palabra la acción, trató de ponerse en pie.

(J. M.ª Carretero Novillo, Declaración de Guerra, pág. 80)

Piénsalo por un momento: una sofocante noche de julio. Ventanas y balcones abiertos. Madrileños de sueño ligero tomando el fresco, y un diputado vociferando en un coche descapotable de la policía.

Luis Cuenca Estevas le mete dos tiros en la nuca para acabar con la escandalera.

Su cuerpo fue abandonado en el cementerio del Este, presentado como “el cadáver de un sereno sin documentación”. A los funcionarios del cementerio les escamó porque iba demasiado bien vestido.

Camioneta y ocupantes relacionados con el traslado y asesinato
Todavía está sin aclarar la identidad de todos los ocupantes. Los que sobrevivieron a la guerra intentaron exculparse ante los jueces franquistas. Adjudicaban la autoría a los que sabían que estaban muertos, o a salvo en el exilio.

El juez Pérez Carbajo y las pistas ignoradas

El juez de guardia, Ursicino Pérez Carbajo, puso en marcha diligencias inmediatamente. Ordenó inspecciones, interrogatorios y careos. Requisó la camioneta, donde se encontraron manchas de sangre compatibles con la víctima.

Escoltas, el portero y familiares coincidieron: los secuestradores eran policías y civiles armados que mostraban carnets oficiales. El portero (policía retirado) y la escolta del diputado reconocieron al conductor de la camioneta, Orencio Bayo Cambronero, y a Fernando Condés, el capitán de la Guardia Civil que comandaba el destacamento.

Sin embargo, en lugar de apoyar la investigación, el Gobierno lo sustituyó por dos “jueces especiales” afines. El sumario desapareció durante la guerra, y la autopsia oficial tuvo que ser reconstruida años después.

Imagen de la autopsia de Calvo Sotelo
Foto icónica. El forense Antonio Piga fumándose un puro delante del cadáver.

El Estado republicano: colapso, encubrimiento y silencio

En un país con un verdadero Estado de derecho, el crimen se habría resuelto en 48 horas. Pero en la España del 36 el Gobierno eligió mirar hacia otro lado.

No se ordenaron detenciones. No se ofrecieron explicaciones claras. Se obstaculizó la acción judicial. Se impidió un funeral de Estado al diputado y se censuró toda mención a la implicación de las fuerzas de seguridad en el crimen.

El contraste era obsceno: mientras el teniente Castillo recibía una capilla ardiente en el Salón Rojo de la Dirección de Seguridad, Calvo Sotelo era velado en el mismo depósito del cementerio donde fue abandonado por sus secuestradores.

El diputado Julián Zugazagoitia reconoció en sus memorias que acogió en su domicilio a uno de los autores. No desveló la identidad de su huésped: “Me parece una prueba de respeto a su muerte no asociar su nombre a la revelación que me hizo”. (Guerra y Vicisitudes de los Españoles, págs. 28-30)

No es el único socialista que se olvidó de colaborar con la Justicia: Juan Simeón Vidarte cuenta en Todos fuimos culpables que aconsejó a Fernando Cortés que se ocultase “mientras vemos cuáles son las derivaciones que pueda tener este asesinato”, y le manda esconderse en el domicilio de la diputada socialista Margarita Nelken.

No sé qué pensarás tú. En mi opinión, esta actitud está perfectamente tipificada en el código penal: encubrimiento de asesinato.

¿El asesinato de Calvo Sotelo desató la Guerra Civil?

Aunque el golpe de Estado llevaba meses gestándose, el asesinato del líder de la oposición fue el empujón final que necesitaban los sectores militares para pasar a la acción.

Los que todavía estaban deshojando la margarita, vieron que era menos arriesgado sublevarse que permanecer fiel a la República.

Para muchos historiadores, el crimen fue el catalizador definitivo. Luis Romero, Ian Gibson, Hugh Thomas o Ricardo de la Cierva coinciden en que el asesinato dejó en evidencia la parálisis del Gobierno, su pérdida de control sobre las fuerzas del orden y su sumisión a los sectores más radicales del Frente Popular.

La opinión pública quedó conmocionada. El Parlamento se cerró ocho días como “medida para calmar las pasiones”.

Pero el daño ya estaba hecho. El asesinato de Calvo Sotelo convirtió el ambiente de polarización en ruptura definitiva. Las dos Españas ya no se hablaban: se apuntaban.

Conclusión: cuando la legalidad muere antes que el régimen

El asesinato de José Calvo Sotelo no fue solo un crimen político. Fue la evidencia palpable de que la Segunda República había perdido el monopolio de la violencia legítima.

La demostración de que algunos policías actuaban como milicianos, que algunos diputados protegían a asesinos, y que la justicia podía ser apartada si incomodaba.

El “paseo” de Calvo Sotelo es el símbolo de una democracia que se suicida a sí misma. Y no por falta de enemigos, sino por la cobardía de sus defensores.

Fin de la serie “Asesinatos políticos y colapso republicano: los días que rompieron España”.


Relación de fuentes consultadas

Los enlaces a periódicos

Libros

  • En España, con Federico García Lorca, Carlos Morla Lynch. Ed. Salamanca. Renacimiento. (2008)
  • Crónicas de la República, Josefina Carabias. Ed. Temas de hoy (1997)
  • El bulo de los caramelos envenenados, Regina García García. Colección Temas españoles nº 68. (1953)
  • El Asedio de Madrid, Eduardo Zamacois. Ed. Mi revista Barcelona (1938)
  • La revolución española vista por una republicana, Clara Campoamor. Ed. Espuela de Plata. - España en armas. (2013)
  • El crimen de Europa, Manuel Domínguez Benavides. Ediciones Sopeña. (1937)
  • Por qué y cómo mataron a Calvo Sotelo, Julio Romero. Ed. Planeta (1982)
  • Testimonio de dos Guerras, Manuel Tagüeña Lacorte. Ed. Planeta. Espejo de España (1978)
  • Declaración de Guerra, José María Carretero. Ed. ECA (1939)
  • La noche que mataron a Calvo Sotelo, Ian Gibson. Ed. Argos Vergara (1982)

Comentarios

  1. Saga imprescindible la de la Revolución de los Patibularios para comprender al bando rojo y conocer detalles interesantísimos sobre la supervivencia, la persecución y el checkismo durante la guerra en Madrid.

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