Entrevista a Alejandro Lerroux (1918): Profecías tras el armisticio
Alejandro Lerroux (1918). Una entrevista profética
José María Carretero Novillo (“El Caballero Audaz”) se sienta con el viejo incendiario ya convertido en estadista de gabinete
Alejandro Lerroux fue entrevistado en 1918 por José María Carretero Novillo, el periodista que entendió pronto que una “interviú” no era un trámite: era una manera de hacer que el personaje se retrate a sí mismo mientras sonríe.
La fecha tiene su gracia y su pólvora: 12 de noviembre de 1918 , a la mañana siguiente del armisticio que frenó la Gran Guerra (o, como mínimo, la carnicería industrial a gran escala). Y con el primer aniversario recién cumplido de la revolución bolchevique (7 de noviembre de 1917), que puso a medio mundo a practicar la palabra “revolución” sin morderse la lengua.
La entrevista se publicó en Nuevo Mundo y, según se cuenta, hizo ruido entre lectores acostumbrados a una revista más bien educada con el orden establecido: meter a un tribuno con historial de gasolina en un salón burgués siempre deja olor a chamusquina moral.
Lerroux estaba en plenitud: 54 años, siete veces diputado, dueño de un periódico, con cárcel y exilio en el currículum. Quedaban lejos sus fogonazos juveniles (“incendiar registros civiles”, “hacer madres a las monjas”… ese folklore verbal que envejece fatal cuando te toca gestionar algo real). El roce con la vida le había enseñado que el capital no se conquista como si fuera un castillo.
En 1918 nadie adivinaba el itinerario completo: dictadura de Primo de Rivera, República, escándalos, caída, exilio en Estoril… Con Lerroux se podría escribir una novela; lo que pasa es que aquí a veces se prefiere el panfleto. Esta entrevista sirve para verlo antes de que la historia le pase por encima con botas de clavos: todavía con ambición, todavía con fe en su propio guion.
A continuación reproducimos íntegramente la entrevista, respetando el texto original. Los diálogos van en cursiva: ya sabes, para que el “yo fui muy sincero” entre más suave.
Nos atajó nuestras excusas con una sonrisa amplia y complaciente de mundano.
― Yo no soy hombre de rencores, ni aspiro a que todo el mundo esté de acuerdo con mis principios políticos; Precisamente por tratarse de usted no debía negarme a esta entrevista; con que olvidemos todo, y yo, por mi parte, pienso responder a todas sus preguntas con absoluta sinceridad. (1)
Tomó asiento delante del buró americano, y con un gesto muy afable, muy atrayente, esperó.
Antes de seguir, creyendo que esta página es de trascendencia para la historia política de España, diremos que eran las nueve de la mañana del 12 de Noviembre de 1918, y que nos encontrábamos en el despacho del insigne jefe del republicanismo español.
Todos le conocéis.
Es recio, alto, arrogante, sereno y peligrosamente simpático, con esa simpatía dominadora que irradia del cerebro: cuando da la mano, parece que entrega el corazón, y cuando, en gentil camaradería, aprieta la nuestra, nos da la sensación de que se acaba de apoderar de nuestra voluntad.
Tiene los ojos color de acero ―ojos de tigre y de fascinador―, y sabe mirar con firmeza dominante.
Vestía un traje negro, que contrastaba con las lozanías risueñas y bermejas de su tez. No fuma, y mientras habla, se frota las manos ―manos de gladiador― con indominable satisfación de hombre vigoroso y feliz.
― Quiero que me diga usted algo de su pasado, de su niñez.
― ¡Mi pasado, mi niñez! ―murmura con melancolía. Allá quedó con pedazos de mi alma. Ocupémonos del presente y preocupémonos del futuro, ¿no le parece a usted?
― También; pero antes ―insistimos― dígame usted algo de sus primeros balbuceos en la política.
― Son muy conocidos. Yo me refugié en la literatura y el periodismo cuando mis esperanzas militares fracasaron.
― ¿A qué obedeció este fracaso?
Se entristeció un instante, y sencillamente, con una modestia muy leal y muy simpática, repuso:
― Por la penuria de mi casa. Mi padre no podía seguir costeándome la carrera, y tuve que abandonar la Academia; de lo contrario, a estas horas sería general, como lo son casi todos los que estudiaron conmigo.
En El País ―único periódico en que trabajé― hice mis campañas y me di a conocer. (2)
― ¿Pasaría usted muchas visicitudes?
― ¡Muchas! No hay que decir. Yo se bien lo que es hacer cuartillas con hambre, amigo Audaz.
Después, en 1901, me llamaron mis compañeros de Barcelona; fui elegido diputado y en mis campañas parlamentarias ―como todo el mundo sabe― me he ido formando y ganando autoridad.
Mi modo de ver la política me rodeó de un núcleo de amigos que constituyeron el partido radical, y mi manera de actuar, leal a todos los compromisos, es la causante de que en las pasadas elecciones me hayan dejado sin acta, a pesar de tener sesenta mil votos. (3)
― ¿Es cierto que todas las fuerzas republicanas se han unido y le proclaman a usted jefe único de ellas en estos momentos?
― No, no; yo no puedo decir eso ni puedo creerlo; lo que ocurre es que, en estas circunstancias, la democracia republicana necesita una dirección, y sea yo, sea otro, alguno tiene que asumir el mando y la responsabilidad.
― Sinceramente, ¿tiene usted el convencimiento de que en España triunfarán sus ideales políticos en breve plazo?
Afirmó con el gesto y dando un suave palmetazo sobre la mesa.
― El pleno convencimiento de que estamos en vísperas de una transformación política.
― ¿Con efusión de sangre?
― Mi deseo sería que se realizase dentro de una completa armonía, sin derramamiento de sangre; porque la revolución armada no es más que un instante de la revolución, que no debe emplearse sino como razón suprema.
― ¿Y que síntomas observa usted para alcanzar ese convencimiento?
― ¿Síntomas? La relajación de la disciplina social, el desprestigio del principio de autoridad, la impotencia de las instituciones vigentes para restaurar todo esto que está quebrantado; la ausencia de partidos de gobierno con ideas nuevas, la carencia absoluta de ideales en los hombres de la Monarquía, que no se preocupan más que de medrar y de egoísmos personales; y tanto como todo esto, la presión del influjo exterior, que nos persuade de la posibilidad de que en un mes se hundan cuatro imperios, y, por último, el ambiente.
― Es posible todo eso; pero yo, lealmente, he de objetarle a usted que España no confía en su partido republicano, que no le ve seriamente organizado, moralizado, para gobernar con ventaja sobre el monárquico.
― No es eso. España es republicana. Lo que ocurre es que los partidos republicanos han estado sujetos a las mismas causas de disolución que los partidos monárquicos; pero no han tenido, como éstos, el aglutinamiento del Poder.
― Pero, ¿y los hombres?
― Los tengo. Yo creo que si al partido republicano lo dejan solo, no ha de carecer de ideas ni de medios, sino de hombres para gobernar; pero estoy convencido de que viendo en peligro la Patria, como lo está, se exaltará el patriotismo de todos, y esos hombres que usted echa de menos surgirán: los unos, conocidos; los otros, ignorados.
― ¡Lo que yo no adivino es en qué funda usted sus vaticinios! ¿Donde están esos peligros que acechan a la Patria y que nos llevarán a la República?
― Esos peligros proceden de dos puntos extremos: el campo, y la ciudad y zonas industriales; uno y otro tienen por origen la injusticia social; por causa, la legítima aspiración a mejorar y la resistencia de las derechas a ceder privilegios y conceder mejoras.
Para el peligro del campo, que está en los latifundios, en los contratos de arrendamiento, en los censos irremediables, hay remedio inmediato por la transformación del régimen de la propiedad; yo lo tengo.
Para el segundo, hay el reconocimiento de las personas colectivas, que crea entre los obreros la asociación de intereses gremiales; la ley de retiro a los ancianos; el seguro contra huelga forzosa; la transfornación del Estado-patrón del régimen de salario en contrato colectivo de trabajo.
Esto, que en breve, no es una novedad: son reformas y medidas que ya han tomado carta de naturaleza en otros países, y que no son difíciles de adaptar al nuestro.
Un tercer peligro...
Vaciló un instante. Después, como pensando en voz alta, murmuró:
― Me da miedo hablar de ello, porque no quiero ser la chispa. Me refiero a la disciplina militar.
Por esto, en las actuales circunstancias, todo lo que yo le pediría al Ejército es que, ante los acontecimientos que en breve han de desarrollarse, mantuviese una neutralidad patriótica y no interviniera para nada en las luchas que puedan surgir, esperando el momento en que impere una legalidad que ha de transformar, al compás de lo que sucede en el mundo, sus bases orgánicas.
― ¿Pero usted cree que nuestra Monarquía dejará paso franco a la República?
― Yo espero que las circunstancias, a las cuales no es posible poner freno, culminen en acontecimientos que pondrán al Rey en el caso de optar entre sacrificarse por su Patria renunciando a la Corona y evitando un periodo luctuoso de orgía anárquica en que puede naufragar nuestra nacionalidad, o luchar contra la revolución, que será desatada y provocada por resistencias contrarias en los momentos actuales al interés político, social y patriótico del país.
Yo aconsejo que así como hubo un Napoleón el Chico que, siendo presidente de la República, detentó la soberanía nacional proclamándose emperador, Don Alfonso XIII podría dar el ejemplo, único en la Historia, y que sería de memoria gloriosa para él, de reintegrar al pueblo en su soberanía, considerándose depositario del Poder público hasta el momento en que un organismo nacional pudiera recogerlo de sus manos o devolvérselo engrandecido, si tal era la voluntad del país. (3´)
Esta es una solución; y si no es ésta, no queda más que la revolución.
― He leído hace pocos días ―recordamos― unas declaraciones de usted, en las cuales había advertencias amenazadoras para los "pescadores a río revuelto".
― En efecto. Yo he dicho que considero indispensable, para hacer la revolución en la forma que ahora lo piden las circunstancias, que no se desbordasen las pasiones; que sería más conveniente llevar a cabo la revolución conservando el orden y la representación del principio de autoridad; y añado que si la voluntad del pueblo alcanzase esa representación, me creería obligado, por deber, por honor y por amor a mi Patria, a contener los excesos de la anarquía, si ella se manifestase en España.
Distinguiendo bien entre anarquismo, doctrina filosófica perfectamente lícita y discutible, y anarquía, que es el desbordamiento de pasiones sin freno que buscan en la destrucción y la venganza satisfaciones personales sin transcendencia de beneficio social.
Los que me suponen dispuesto a reprimir tales excesos con la mayor urgencia, no se engañan; pero yo procuraré distinguir entre el romántico equivocado que predica utopías necesitadas de fecundacion de siglos para ser acaso realidades, y el loco degenerado que erige en dogma la destrucción y el asesinato.
― ¿Qué programa presenta usted al país para llevar a cabo sus propósitos?
― En lo fundamental, ya está dicho: muy demócrata, muy radical, muy socialista, y acción resuelta a pedirle a las derechas, y a tomárselo si se resisten, cuanto sea necesario, para remediar en lo posible el desnivel injusto que existe entre los que comen y no trabajan y los que trabajan y no comen. Además no hay que olvidar que el programa es el hombre.
― ¿Cuántas nuevas crisis políticas habrá hasta al realización de sus ideales?
― ¡Oh!, no puedo vaticinar eso; desde luego, pocas; además, no me preocupa, y hasta prefiero que haya algún nuevo cambio de Gobierno, porque ello nos dará tiempo para que frague la organización y el instrumento de gobierno que a toda prisa, pero con la necesaria meditación, estamos construyendo.
― Y para sus planes, ¿cuenta usted con la ayuda del exterior?
― Mire usted: yo, que he sido aliadófilo hasta el sacrificio y que mantengo en política internacional el criterio de inteligencia y alianza con el grupo de naciones occidentales, digo que, terminada la guerra, no soy más que hispanófilo, y no estoy dispuesto a mendigar con memoriales, halagos y adulaciones, concursos que no se nos prestarían sino con merma de nuestra integridad moral.
Además, quiero tener las manos libres de todo compromiso para conseguir, en la tragedia diplomática que ahora comienza, ventajas que compensen a España de la enorme torpeza de una neutralidad que no ha sido aprovechada ni política ni económicamente, y que nos ha dejado al margen de los acontecimientos en una postura ridícula e ignominiosa. (4)
No pudimos contenernos:
― Don Alejandro, habla usted ya como si tuviese el Poder en sus manos.
Se limitó a sonreir como un triunfador.
― ¿Cómo es ―agregamos― que no procuran ustedes atraerse el elemento intelectual, que, asqueado de la política que están haciendo nuestros gobernantes, se refugia en un marasmo mortal?
― Lo primero que yo he necesitado hacer es la reconstrucción de la personalidad republicana; conseguido esto, podemos, con autridad moral bastante, dirigirnos a los intelectuales, a los retraídos, a los afines, y a todos los hombres de buena voluntad que, por encima de diferencias personales y partidistas, pongan el amor a la patria española.
― Si en un momento de crisis le llamara a usted el Rey a consulta, ¿acudiría usted a Palacio?
― Hombre, tal podría ser la crisis, que no pudiera negarme; pero había de ser en la inteligencia de que la Patria estaba en peligro, y con el propósito irrevocable de no gobernar con la Monarquía, a la cual puede darse un consejo y un aviso, pero no, sin deshonor, la prestación personal cuando se afirma públicamente, como afirmo yo, que Patria y República están identificadas.
― ¿Estará usted satisfecho de haber acertado en sus profecías sobre la guerra?
― Si que lo estoy. He previsto con clarividencia hasta el último momento. Hace un año dije que habría paz antes de Navidad, y ya la tenemos.
Callamos. Yo meditaba nuevas preguntas. Por el balcón entraba un rayo de sol dorado.
En el jardín del hotelito jugaba un niño lindo como un príncipe. (5)
― El reo espera más preguntas― dijo el caudillo de los republicanos en tono de broma.
― Dos más ―contestamos―. Muy nimias. Verá usted: ¿Cual es el día más feliz que tuvo usted en su vida?
La rememoración de aquella hora de aquel día le hizo reir.
― ¡Es tan pueril! ―balbuceó―; el día que vestí por primera vez el uniforme militar.
― ¡Ah! ¿Entonces era usted militarista?
― ¡No, quiá! Ilusiones de muchacho. Usted sabe lo que es un uniforme, un espadín al costado y un bigote que no existe. ¡Tonterías!
― ¿Y su día más desgraciado?
― Ha sido un día ―repuso con lentitud― que me sitió la muchedumbre en Rubí, y que mientras gritaban: ¡Abajo Lerroux! ¡Muera el asesino! ―porque me creían inspirador del atentado contra Cambó―, incendiaban la casa. (6)
― ¿Tuvo usted miedo?
― No se lo que es eso ―recargó con arrogancia―. Pues mire usted: todo el tiempo me lo pasé conteniendo a las seis personas que me acompañaban, las cuales querían disparar contra los tres mil que nos maldecían.
― ¿Cuántas veces se ha batido usted?
― Muchas. La primera con Burell. (7)
― Cuáles son sus rasgos espirituales más característicos?
Pensó unos instantes y...
― Yo creo que dos.
― ¿Cualidades o defectos?
― Cualidades... cualidades. De defectos, que hablen los demás.
― ¿Y son...?
― La voluntad, y una propensión invencible a la indulgencia.
Consultamos el reloj: eran las once.
― Bueno, don Alejandro― dijimos, poniéndonos en pie.
― Bueno Caballero Audaz― correspondió el caudillo, tendiéndonos su enorme mano: esa mano inquietante que parece entregar un corazón y apoderarse de nuestra voluntad―: ¡He dicho todo lo más que yo puedo decir, y he sido muy sincero!
Alejandro Lerroux (1864–1949)
Alejandro Lerroux García fue una de las figuras más controvertidas de la política española del primer tercio del siglo XX. Tribuno populista, agitador anticlerical, republicano radical, presidente del Gobierno y, para muchos, el paradigma del político camaleónico.
Nacido en La Rambla (Córdoba), se trasladó a Barcelona, donde inició una intensa carrera como periodista y agitador político. Fundador del Partido Radical, construyó su popularidad con discursos incendiarios que lo convirtieron en ídolo de las clases populares catalanas. Su retórica anticlerical, nacionalista española y abiertamente antimonárquica marcó su etapa más combativa.
Pasó por la cárcel y por el exilio, pero también ocupó varios cargos institucionales durante la Segunda República. Fue ministro en varias ocasiones y alcanzó la Presidencia del Gobierno en 1933. Su figura quedó manchada por el escándalo del estraperlo, que erosionó su credibilidad pública y debilitó a fondo al régimen republicano.
Tras la Guerra Civil, se exilió en Estoril (Portugal), donde murió en 1949. A lo largo de su dilatada trayectoria acumuló admiradores y enemigos a partes iguales. Fue un político de extremos: del radicalismo revolucionario al republicanismo institucional, del mitin de barricada al despacho ministerial. Su biografía sigue siendo una de las más fascinantes y discutidas del siglo XX español.
Notas
- (1) Carretero alude a una entrevista anterior en Mundo Gráfico (1912). Según su propio relato, entonces destacó ironías de saldo: el tribuno “de la plebe” viviendo con comodidades. Moraleja: los tópicos envejecen peor que los políticos. ↩︎ volver
- (2) “El País” aparece como su escuela profesional. Lerroux practicó pronto el periodismo de campaña: el escándalo como herramienta política, no como accidente. En 1918 ya era propietario de El Radical . ↩︎volver
- (3) El Partido Radical concurrió a las elecciones de 1918 dentro de una coalición republicana conocida como “Alianza de izquierdas”. Resultado: dos escaños. Traducido: mucha oratoria, poca aritmética parlamentaria. ↩︎volver
- (3´) Lerroux traza el paralelismo con Napoleón III y deja caer una salida “heroica” para Alfonso XIII: devolver soberanía sin choque. La historia española, como sabemos, suele preferir el método más ruidoso. ↩︎volver
- (4) Neutralidad española en la Gran Guerra, polarización entre germanófilos y aliadófilos, y un cóctel de inflación, corrupción y escasez que alimentaron la conflictividad social posterior. Aquí Lerroux intenta convertir la política exterior en munición doméstica. ↩︎volver
- (5) Lerroux no tuvo hijos. El sería Aurelio, su sobrino, al que adoptó tras la muerte de su hermano menor. En 1935 Aurelio aparecería ligado al escándalo del Estraperlo, que terminaría de triturar la carrera política de su tío. ↩︎volver
- (6) Alude al episodio de Rubí (1907), cuando estuvo a punto de ser linchado por partidario de Solidaritat Catalana , en el clima de choque político y callejero de la Barcelona de la época. Lerroux vivió en el filo: a veces por convicción, a veces porque el filo daba votos. ↩︎volver
- (7) Se refiere a Julio Burell y Cuéllar. Lerroux se batió en duelo en varias ocasiones: durante décadas, los “lances de honor” fueron la manera más aparatosa de convertir el columnismo bronco en deporte de riesgo. ↩︎volver
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