La Constitución de la Segunda República Española: origen, debates y consecuencias
"La inspiró un espíritu sectario que quiso consolidar soluciones tendenciosas, imponiendo una fuerza parlamentaria pasajera y no representativa de la verdadera y total voluntad española." (Alcalá Zamora, Defectos de la Constitución española de 1931)
El 9 de diciembre de 1931, las Cortes aprobaron la Constitución de la Segunda República Española.
Era la gran promesa de regeneración nacional tras un siglo de guerras civiles, pronunciamientos y constituciones fallidas. La esperanza del pueblo estaba puesta en una nueva Constitución, y, como tantas veces, terminó en desilusión.
En lugar de inaugurar una era de estabilidad, la nueva Carta Magna acabó siendo el preludio del período más violento de nuestra historia contemporánea.
Constitución de 1931: esperanza, sectarismo y choque de Españas
Tabla de contenidos
- Contexto: del caos monárquico a la República de los discursos
- Las Cortes Constituyentes y sus protagonistas
- El encargo: redactar una nueva Constitución
- Los debates parlamentarios: entre la reforma y el caos
- Las disposiciones transitorias y el voto femenino
- La aprobación final y las consecuencias
- Conclusión: una Constitución de esperanza y desencuentro
Contexto: del caos monárquico a la República de los discursos
Durante todo el siglo XIX, España cambió de Constitución como quien cambia de sombrero: cada pronunciamiento militar traía su propio texto, y cada facción soñaba con redactar el definitivo. En 1931, España llegó exhausta a un nuevo intento de reinventarse a sí misma.
La proclamación de la Segunda República el 14 de abril fue recibida con entusiasmo general. El Gobierno Provisional, formado por una coalición de republicanos y socialistas, arrasó en las primeras elecciones acaparando el 85% de los escaños en unas Cortes Constituyentes sin oposición real.
Así nació un Parlamento que, más que representar al país entero, reflejaba el espíritu de una sola parte.
Las Cortes Constituyentes y sus protagonistas
El PSOE llegó a la República fortalecido gracias a los réditos que le dejaron su colaboración con la Dictadura de Miguel Primo de Rivera. Con 115 escaños, su verdadera fuerza electoral provenía del millón de afiliados de la todopoderosa UGT.
Detrás venía el Partido Radical de Alejandro Lerroux, con 90 escaños.
Lerroux representaba el republicanismo histórico y españolista. Había limado su pasión juvenil cuando proponía quemar registros civiles y hacer madres a las monjas. Ahora renunciaba a la lucha de clases, y proponía una política que reconciliara a la burguesía con el proletariado.
Le seguían formaciones de nuevo cuño como los Radical Socialistas. Con 69 escaños. Eran al mismo tiempo burgueses y marxistas, lo que les generaba grandes contradicciones que resolvían haciendo bandera del anticlericalismo.
Acción Republicana de Manuel Azaña, con 25 escaños, era un pequeño partido formado en los divanes del Ateneo madrileño. Nunca consiguió salir de los ambientes intelectuales, pero su líder se las apañó para ser uno de los grandes protagonistas del período con el apoyo socialista.
Esquerra Republicana de Cataluña, con 29 escaños, era un partido formado un mes antes de las elecciones con la fusión de pequeños partidos sin una historia parlamentaria reseñable. Esquerra se dedicó a jugar a la independencia en Cataluña mientras tendía sus brazos a la República en Madrid. Lo de siempre.
La Organización Republicana Gallega (ORGA) alcanzó los 15 escaños. También de nueva creación: más autonomistas que independentistas, provenían de una escisión de los galleguistas.
En el extremo conservador, la Derecha Liberal Republicana de Alcalá-Zamora. Habían contribuido a la caída de la monarquía al atraer buena parte del voto conservador al republicanismo. Con 25 escaños, intentaba salvar algo del viejo espíritu conservador dentro de la coalición.
Pero la realidad era clara: el Congreso estaba dominado por la izquierda republicana y socialista.
El resto del arco parlamentario se repartía en un sinfín de pequeños partidos de diversas tendencias. Un detalle: los comunistas no alcanzaron representación y Falange ni siquiera existía todavía.
La Constitución de 1931 nació, por tanto, sin contrapeso político y con un entusiasmo revolucionario que acabaría devorándola.
El Partido Radical de Lerroux, que podía haber sido un puente entre ideologías, se diluyó entre contradicciones. Sus diputados votaron unas veces con los socialistas y otras con los conservadores. Lerroux acabó siendo descrito por Unamuno como un orador capaz de “dar un gran discurso sin decir absolutamente nada”.
El Gobierno Provisional se autoproclamó portador de una nueva era. En la práctica, un popurrí de republicanos de izquierda, socialistas, radicales y conservadores, a los que solo unía su oposición a la monarquía. Mal pegamento.
La Constitución fue su campo de batalla ideológico.
El encargo: redactar una nueva Constitución
Las Cortes nombraron una comisión jurídica asesora para redactar el anteproyecto. Aquella primera versión, moderada y técnicamente sólida, fue descartada por los propios partidos del Gobierno. Querían un texto más “transformador”, más político, más de barricada. Y lo consiguieron.
El debate comenzó entre gritos, madrugadas interminables y una sensación general de improvisación. El Parlamento se convirtió en un teatro de pasiones ideológicas.
Para que te hagas una idea: al Parlamento le ocupó varios días de encendidos debates decidir si España debía definirse como “República democrática”, “República de trabajadores” o “República de trabajadores de toda clase”. El tono no bajó en los siguientes artículos.
Las sesiones se prolongaban hasta altas horas de la madrugada. En las votaciones más controvertidas muchos diputados abandonaban el hemiciclo para no asumir la responsabilidad ante sus electores.
Según avanzaban los días, la asistencia fue languideciendo: se aprobaron artículos fundamentales con menos del 40% de sus señorías presentes. Algunos textos que definieron el rumbo político de España se votaron en plena madrugada, entre bostezos o broncas tabernarias.
Los debates parlamentarios: entre la reforma y el caos
El resultado fue una Constitución extensa, contradictoria y con espíritu de revancha. Se dio a la Carta Magna un espíritu de lucha de clases, en vez de representar a toda la sociedad en busca del progreso común. Faltó oposición y sobró ideología. En vez de buscar un consenso duradero, cada grupo quiso dejar su sello ideológico en el documento.
El Partido Radical intentó ejercer de freno, pero acabó marginado cuando Azaña sustituyó a Alcalá-Zamora en la presidencia del Gobierno con el apoyo socialista.
A partir de ese momento, el Parlamento fue un rodillo. Azaña gobernaba y legislaba rodeado de un coro de republicanos de izquierda y socialistas convencidos de estar escribiendo una nueva historia de redención nacional.
Dejando aparte el tema autonómico que ya traté en el artículo dedicado al problema catalán, las discusiones más enconadas se centraron en dos temas: la propiedad y la religión. Dos asuntos capaces de dividir a cualquier sociedad, y que los constituyentes de 1931 trataron con entusiasmo inflamable.
El artículo 44: la propiedad en el punto de mira
El artículo 44 de la Constitución de 1931 se refería a la propiedad privada. En su primera redacción incluía la frase “el Estado procederá gradualmente a la socialización de la propiedad privada”. Aquello sonaba a bolchevismo encubierto y provocó un terremoto político. Incluso Azaña lo encontró “demasiado radical”.
Después de largas discusiones, se aprobó un texto que, aunque suavizado, seguía permitiendo la expropiación sin indemnización por motivos de “interés social”.
En la práctica, bastaba una mayoría absoluta para arrebatar bienes privados.
El fervor ideológico prevaleció sobre el sentido común y el resultado fue inmediato: los inmuebles dejaron de servir como aval, el crédito se paralizó, la inversión extranjera huyó y la economía se hundió en la incertidumbre.
El propio Alcalá-Zamora lo advirtió más tarde en su ensayo "Los defectos de la Constitución de 1931": dejar la propiedad “a la incertidumbre numérica y caprichosa de un quórum parlamentario” era jugar con fuego.
Tenía razón, pero ya era tarde.
Los artículos 26 y 27: la religión como campo de batalla
El segundo gran foco de conflicto fue el artículo 26, relativo a las relaciones Iglesia-Estado.
Los socialistas más radicales propusieron la disolución inmediata de las órdenes religiosas y la incautación de sus bienes. El debate derivó en un festival de insultos y retórica anticlerical. Dos diputados llegaron a las manos y 42 abandonaron el Parlamento antes de la votación.
Azaña pronunció su célebre frase: “España ha dejado de ser católica”. Como si se pudieran barrer de un plumazo veinte siglos de historia. Lo peor es que la ocurrencia provocó un estallido de euforia en la Cámara. Lo único que consiguió fue convertir la religión en un tema de guerra espiritual.
La Constitución republicana eliminaba la financiación estatal a la Iglesia, disolvía las órdenes religiosas y prohibía su participación en la enseñanza, la industria y el comercio. En la práctica, condenaba a la Iglesia a vivir de la limosna.
Una medida drástica que dejó fuera del sistema a millones de católicos y provocó la dimisión de Alcalá-Zamora. Fue sustituido por Azaña, que se convirtió en presidente del Gobierno.
Finalmente, los artículos 26 y 27 de la Constitución se aprobaron con quórum exiguo: 178 votos a favor y 59 en contra. La mitad de los diputados decidió, cobardemente, no pronunciarse en público sobre una cuestión de la que dependía la pacífica convivencia de los españoles. La aprobación marcó la ruptura definitiva con el electorado conservador que había apoyado a la República.
La ironía histórica fue cruel: Azaña tuvo que obligar a los sacerdotes a continuar dando clases, porque si abandonaban las aulas, 400.000 niños se quedaban sin colegio.
La Constitución no se había terminado de redactar y media España ya pedía su reforma. El laberinto perfecto para un país experto en dispararse al pie.
Las disposiciones transitorias y el voto femenino
En los últimos días antes de la aprobación, los diputados votaron apresuradamente las Disposiciones Transitorias.
Una de ellas (la segunda) otorgaba rango constitucional a la Ley de Defensa de la República, una disposición que permitía suspender derechos fundamentales sin orden judicial.
Paradójico: la misma Constitución que proclamaba libertades las anulaba en su letra pequeña.
También hubo un intento de aplazar la entrada en vigor del voto femenino. La diputada Clara Campoamor tuvo que librar una última batalla para evitar que se perdiera lo que había conseguido. Ganó por solo cuatro votos: 131 contra 127.
Fue una de las pocas victorias de sensatez en aquel mar de contradicciones.
La aprobación final y las consecuencias
El 9 de diciembre de 1931, la Constitución de la Segunda República Española fue aprobada en medio de una profunda crisis económica y de violencia social.
Católicos, conservadores, liberales y monárquicos la rechazaron por considerar que marginaba a media España, mientras anarquistas y comunistas la repudiaban por “burguesa”. En un raro consenso nacional, donde todos estaban descontentos.
La nueva Carta Magna nunca se sometió a referéndum. Las Cortes Constituyentes, que debían disolverse tras su aprobación, siguieron legislando dos años más.
Cuando Largo Caballero advirtió que cualquier intento de disolverlas sería “una provocación que podría llevar a la guerra civil”, nadie se atrevió a replicar. La amenaza flotaba en el aire, y la República se encaminaba hacia el abismo.
Así comenzó la etapa de Gobierno de Manuel Azaña (1931–1933), descrita por algunos como “progresista” y por otros como “el ensayo general del desastre”.
Sea cual sea la etiqueta, la Constitución de 1931 nació sin consenso, vivió entre crisis y murió sin haber cumplido ninguna de sus grandes promesas.
Conclusión: una Constitución de esperanza y desencuentro
La Constitución republicana de 1931 quiso ser el símbolo del progreso español y acabó reflejando sus divisiones.
Fue valiente al reconocer derechos sociales y políticos, pero temeraria al excluir a medio país del proyecto. La mezcla de idealismo, improvisación y fanatismo la condenó desde el principio.
Su historia es una lección repetida: ninguna Constitución sobrevive cuando se redacta contra el adversario y no con él. Lo que empezó como promesa de modernidad terminó como preludio de guerra.
Buenas!! Me parece muy acertado el artículo, es una pena que estas cosas no se estudien en los colegios e institutos para que cada cual pueda después discernir que es lo que pasó no sólo en la dictadura si no antes de esta también. Les insto a que sigan trabajando igual de bien. Gracias...
ResponderEliminarGracias a usted por seguirnos. Seguiremos escribiendo sobre el periodo republicano. Un saludo.
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