Sucesos de Arnedo (1932): conflicto laboral, represión y crisis de la República
Arnedo: otra fiesta 5 días después de Castilblanco
Cinco días después de la carnicería de Castilblanco, ocurrieron los hechos de Arnedo. Un pueblo de unos 5.000 habitantes en la provincia de Logroño.
En Arnedo el conflicto era industrial: había malestar por las diferencias entre un fabricante de calzado (Sr. Muro) y sus 160 empleados. Los obreros (movilizados por la todopoderosa UGT) exigían el respeto a la jornada laboral y la readmisión de unos obreros despedidos por motivos políticos.
El Gobernador Civil de Logroño, Ildefonso Vidal Serrano, se desplazó a Arnedo acompañado por el teniente coronel de la Guardia Civil. Ambos mediaron en un conflicto que llevaba meses enquistado. Patronal y sindicatos llegaron a un acuerdo y los obreros organizaron una manifa para celebrarlo.
Todo en orden.
Arnedo: el hecho en sí
La manifestación se celebraba sin incidentes por el centro de Arnedo. Al frente iban mujeres y niños.
No sé qué pensarás tú. A mi me sorprende que las madres pusieran a sus retoños al frente de las manifestaciones teniendo en cuenta la supuesta brutalidad de la Benemérita. No encaja bien, pero sigamos.
Al llegar a la plaza del consistorio, se calentaron los ánimos. Y a partir de aquí, empieza el lío porque los testimonios difieren.
Según el Gobernador (presenció los hechos desde el balcón del Ayuntamiento) la Guardia Civil trataba de evitar que entraran en el edificio, cuando un manifestante forzó con un agente para quitarle el fusil.
Sonaron disparos y resultó herido de bala un cabo. Los guardias no se anduvieron con chiquitas: contestaron con una descarga cerrada de fusilería resultando seis personas muertas (cuatro de ellas mujeres y un niño) y 31 heridos, cinco de los cuales murieron días después.
¿Por qué hubo semejante baño de sangre si estaban celebrando un acuerdo?
La versión de los representantes socialistas era muy distinta:
Se manifestaban tan tranquilos, cuando al acercarse al Ayuntamiento, fueron recibidos a culatazos por la Guardia Civil. A continuación, sin que mediara toque de atención, hicieron fuego.
Las contradictorias manifestaciones del Gobernador (Unión Republicana, partido de Azaña) y los socialistas dejaban en una situación delicada al Gobierno de Coalición Republicano-Socialista.
El Gobernador fue llamado a Madrid para dar cuenta de los hechos. Aseguró que los acontecimientos se desataron cuando la comisión de patronos se disponía a salir del Ayuntamiento y confirmó que hubo disparos antes de que actuara la Guardia Civil.
Según su testimonio, la manifestación se había dividido en dos antes de entrar en la plaza, adoptando actitudes “que pudieron hacer creer a los agentes que se trataba de una agresión”. Afirmó que su coche había pinchado a las afueras de Arnedo porque habían colocado numerosas tachuelas en la carretera, como si “se quisiera evitar la llegada de refuerzos en caso necesarios”.
Acto seguido, puso su cargo a disposición del Gobierno.
Repercusiones y círculos de culpa
Los representantes socialistas se mostraron muy excitados (sí, lo dice la hemeroteca). Contradijeron la versión del Gobernador y responsabilizaron a la Guardia Civil de haberse ensañado sin motivo. La UGT publicó un manifiesto pidiendo justicia al Gobierno. En Logroño se declaró la huelga general.
El 7 de enero se celebró el entierro de las víctimas con asistencia de 20 diputados socialistas. No hubo incidentes (excepto un pequeño guirigay cuando una voz femenina gritó “muera la guardia civil”). Se convocaron huelgas en otras ciudades de España.
Los informes periciales tampoco ayudaron a esclarecer los hechos.
Mientras que para los médicos del Hospital Militar, la bala que hirió al guardia procedía de un arma corta; para el médico titular de Arnedo (atendió in situ) era de máuser, arma reglamentaria de la Guardia Civil. El médico se retractó días después, pero los socialistas lo atribuyeron a presiones ejercidas sobre el galeno.
Arnedo llega al Parlamento
No había terminado la sesión parlamentaria sobre los sucesos de Castilblanco, cuando empezaron a llegar las primeras noticias procedentes de Arnedo. Al día siguiente fue objeto de nuevo análisis parlamentario.
El señor Sabrás, diputado socialista por Logroño acusó al Sr. Muro (el fabricante de calzados) de practicar “caciquismo monárquico”. Sabrás se basó en el testimonio que le transmitió otro compañero, Urbano Orad, que participó en la cabecera de la manifestación: confirmó que la Guardia Civil hizo fuego injustificadamente cuando los obreros expresaban su alegría por la solución del conflicto.
Orad le contó lo que:
«…un niño trataba de huir de aquellos disparos, y presenció perfectamente cómo el fusil de un guardia le seguía señalando impactos en la pared hasta que cayó herido.»
Casares Quiroga, ministro de Interior tachó de “apasionada” la intervención del diputado e hizo hincapié en las contradictorias declaraciones de unos y otros. Pidió tiempo hasta esclarecer los hechos.
Ortiz Solórzano (diputado derechista por Logroño) dijo que no quería manifestarse hasta conocer de primera mano los hechos.
Parecía que acabaría así la cosa, pero la auténtica jarana estaba por llegar.
El diputado Sr. Balbontín (grupo de los jabalíes) pidió la palabra para acusar a la Guardia Civil de enemiga del pueblo y pedir el encarcelamiento de su Director General, general Sanjurjo, y la disolución inmediata del cuerpo.
Cuando el Presidente del Parlamento (Sr. Besteiro) daba por terminada la discusión, saltó Ortiz Solórzano exigiendo que el Gobierno se pronunciara sobre las ofensivas palabras de Balbontín. La escandalera fue tremenda.
Por segundo día consecutivo, Azaña tuvo que desmentir las malévolas insinuaciones de sus socios de Gobierno y anunció una investigación para depurar responsabilidades.
Lo cierto es que el asunto fue cayendo en el olvido en los días siguientes. La investigación, si la hubo, nunca se hizo pública.
Los hechos fueron juzgados dos años después por un tribunal militar. El teniente que supuestamente había dado la orden de disparar fue absuelto por falta de pruebas.
Epílogo: la pólvora de la República
Los historiadores más rigurosos reconocen que resulta difícil determinar con certeza quién desencadenó realmente las hostilidades en Arnedo.
Todo indica que la manifestación había sido concebida inicialmente como una protesta pacífica, como sugiere la presencia de mujeres y niños. Sin embargo, entre los asistentes también se encontraban elementos dispuestos a provocar el enfrentamiento; está documentada la presencia en Arnedo de extremistas llegados de fuera de la localidad. Fuera cual fuese el origen inmediato del incidente, la reacción de la Guardia Civil resultó, a todas luces, desproporcionada.
No puede ignorarse tampoco el estado de ánimo de los guardias. Apenas cinco días antes se habían producido los sucesos de Castilblanco, donde cuatro miembros de la Guardia Civil habían sido linchados salvajemente. Azaña recogió precisamente esta interpretación en su diario el 6 de enero:
«El clamoreo contra la Guardia Civil por la atrocidad de Arnedo es atronador; republicanos y socialistas están furiosos. Se atribuye el hecho, más que a impericia de las autoridades allí presentes, a que los guardias tuvieron miedo y creyeron que iban a hacerles como en Castilblanco (¡pero eran veintiocho!) o a que hayan querido hacer una venganza y un escarmiento. Ahora, los enemigos de la Guardia Civil tienen un argumento impresionante.»
El general Sanjurjo hizo una lectura mucho más política de lo sucedido. En unas polémicas declaraciones calificó los acontecimientos de Castilblanco y Arnedo como «chispazos que no han prendido por casualidad».
Sanjurjo sostenía que las agresiones contra la Benemérita que se estaban produciendo aquellos días no eran hechos aislados, sino parte de una estrategia organizada que trataba de aprovechar, en sus palabras, «los déficits de cultura y ciudadanía de ciertas poblaciones rurales».
Sea como fuere, apenas un mes después de los sucesos de Arnedo, y pese a los elogios que Azaña había dedicado anteriormente a su labor, Sanjurjo fue destituido del cargo.
Al mismo tiempo, el Gobierno impulsó la Guardia de Asalto, concebida como una fuerza policial moderna y específicamente vinculada al nuevo régimen que desterraría para siempre los vetustos métodos de la Guardia Civil.
La creación del nuevo cuerpo, sin embargo, no resolvió el problema de la violencia política ni el del mantenimiento del orden público. Los conflictos continuaron y la Guardia de Asalto acabaría siendo tan mortífera como la Guardia Civil.
Apenas un año después, los sucesos de Casas Viejas demostrarían hasta qué punto el cambio de uniforme no bastaba para solucionar el problema.
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