Entrevista a Pablo Iglesias (1919)

Pablo Iglesias: una de las últimas entrevistas de su carrera política

Retrato de Pablo Iglesias Posse, fundador del PSOE
Retrato de Pablo Iglesias Posse.

Entrevista a Pablo Iglesias en 1919

Una entrevista poco citada y bastante jugosa con Pablo Iglesias Posse, fundador del PSOE, recogida cuando ya era más mito que diputado de pasillo.

La firma Caballero Audaz (seudónimo de José María Carretero Novillo), uno de esos periodistas que no entrevistaban: escaneaban al personaje. Le interesaban las ideas, sí, pero también la trastienda humana: el cuarto, el gesto, la tos y el silencio incómodo.

La pieza se publicó en La Esfera en enero de 1919. Iglesias tenía 69 años, salud frágil y una vida ya en modo “leyenda en mantenimiento”, pero seguía escribiendo en El Socialista y conservaba ese papel de referencia moral que los partidos veneran cuando no estorba.

Cuando empezó en política (1870), ser socialista en España era una afición con mala prensa y peor porvenir. El movimiento era marginal, vigilado y casi clandestino. En ese terreno, Iglesias ayudó a levantar la sección española de la Asociación Internacional de Trabajadores, la famosa Primera Internacional: un apostolado laico para una clase obrera con derechos más bien decorativos.

El PSOE, que presume de antigüedad (segundo partido socialista más antiguo del mundo tras el alemán), se consolidó con una estrategia de moderación y negociación. El pablismo convirtió al partido y a la UGT en herramientas de reforma “desde dentro”, lejos de la épica revolucionaria que queda estupenda en carteles, pero suele salir cara.

Para 1919, Iglesias ya era una figura respetada incluso fuera del socialismo. Y cuando murió en diciembre de 1925, hasta la dictadura de Primo de Rivera lo elogió, subrayando que había intentado mantener el movimiento obrero lejos del anarquismo y del comunismo. Cosas de la política: a veces te aplauden justo los que te habrían preferido callado.

El Gobierno de Primo de Rivera elogia la figura de Pablo Iglesias en el Heraldo de Madrid
El Gobierno de Miguel Primo de Rivera elogia la figura de Pablo Iglesias (Heraldo de Madrid, 12/10/1925).

Bajo su influencia, el socialismo español participó en acuerdos con la dictadura para legislar en materia social y laboral. La historia no siempre viene con subtítulos claros.

Su herencia fue una organización fuerte, cohesionada y con identidad definida. Su ausencia, como suele pasar, marcó un antes y un después.

Su entierro civil en Madrid reunió a unas 150.000 personas: una de esas escenas en que la ciudad hace de espejo y devuelve una imagen más grande que el personaje.

Multitudinario entierro de Pablo Iglesias en Madrid
Multitudinario entierro de Pablo Iglesias en Madrid.

A continuación, reproducimos íntegra la entrevista: valiosa por lo que dice, y casi más por lo que deja ver del momento histórico y del propio personaje.

Una de las últimas conversaciones públicas de Pablo Iglesias Posse, recogida por uno de los periodistas más influyentes de su época.


Entrevista a Pablo Iglesias Posse.

"Por mucho que me esfuerce, no conseguiré daros una impresión justa, exacta, del despachito pequeño, desordenado y modesto, en donde, durante unos instantes, esperamos al viejo jefe del partido socialista.

Es la habitación de un estudiante aplicado que gusta rodearse de viejos libros de lance. Toda la pared frontal está repleta de volúmenes, y también los hay sobre la mesa y en montones alrededor del sillón... 

La habitación del fondo es la alcoba, y en la obscuridad, blanquea la alba colcha de crochet que cubre el lecho. La luz se recibe por un balcón que cae sobre la calle de Ferraz, y desde el cual se contempla el recreo de Magic-Park (1), desolado en los días de hielo, y más allá, un pedazo del paseo de Rosales, también triste y solitario, porque la tarde muere envuelta en el sudario gris de la niebla.

Al lado del balcón, una vieja butacona de mimbre, blandamente preparada con su almohadón forrado de seda, nos habla de los muchos ratos que pasará el abuelo refugiado en sus brazos, rememorando los días de fervientes luchas o entregado a la lectura de sus libros amigos.

A mí, esta modestia, casi esta pobreza con que vive el jefe de los socialistas españoles, me produce una tierna emoción. Aparte de sus sentimientos políticos, que no compartirá el que no quiera, todos tenemos que estar de acuerdo en que la figura recia, austera, redentora y romántica de Pablo Iglesias es sublime. 

Una condescendencia suya, una blandura, hubiese cambiado su pobre vivienda fría en confortable hogar. Una claudicación momentánea le hubiera colmado de honores y riquezas, y, sin embargo, nada le hizo vacilar; envejeció sin apartarse un instante del camino emprendido, sin separarse de sus ideales, sin renunciar a su pobreza.

Seguramente ahora, sentado en esta butaca, recibiendo el calor de un brasero, al enterarse de las continuas y vergonzosas claudicaciones de esos hombres que se llaman políticos —no aludo a Cambó ni a Melquíades— , hará un gesto de asco y se sentirá muy superior al medio moral que le rodea. (2)

Fueron unos segundos de espera; en seguida apareció la figura apostólica, venerable y sugestiva de Pablo Iglesias.

Ya no es el Pablo Iglesias de otros tiempos: aquel que ante la injusticia se erguía amenazador, enseñaba los dientes, apretaba los puños, fascinaba con sus ojos de acero y rugía como un león. La edad y las dolencias han puesto grilletes a su espíritu y a sus entusiasmos. Solamente sus ojos claros continúan jóvenes y brillan intensamente al rememorar el pasado.

Viste con pulcritud: una camisa de dormir, un traje claro y un pañuelo de seda cruzado al cuello; su cabeza está enhiesta, con gorra. Lentamente me saluda y me invita a tomar asiento ante su mesa de trabajo; después él se deja caer sobre la butacona de mimbre.

— Estoy muy enfermo — me dice con lentitud y amargura.

— Pues por las apariencias, nadie lo adivinaría.

— Sí, sí; en estos días he mejorado algo; pero, sin embargo, no consigo que mi mal rompa el cerco con que me oprime.

— Pero ¿qué tiene usted?

— No lo sé; vejez, agotamiento, debilidad; me ahogo en cuanto hago el menor esfuerzo.

— Entonces ¿no va usted a la Casa del Pueblo?

— No puedo; si no salgo de casa nada más que para dar un paseíto por Rosales, cuando el día se presta a ello.

— Y por el Congreso, ¿cuánto tiempo hace que no va usted?

— Mucho. Cuando se discutían los hechos de Agosto estuve un día y me ahogaba. (3) Volví a casa malo y me costó unos cuantos días de cama. No puedo, no puedo.

Y el recio caudillo socialista decía estas palabras transido de amargura.

— Pues yo deseaba celebrar con usted una interviú para la Esfera.

—Me agrada por charlar un rato con usted; pero me contraría por tener que hablar de mí.

Hice un gesto para desvanecer sus últimas palabras; pero él, sinceramente, las afirmó.

— Se lo digo a usted de verdad; a mí me molesta extraordinariamente hablar de mi vida y de mí. Creo, y me parece que no estoy equivocado, que a nadie importa nada el hombre, sino su obra.

— No estoy conforme, don Pablo; el hombre interesa si su obra es interesante.

— Yo solo no tengo ninguna obra. Lo digo de verdad. Mi partido es el esfuerzo de muchas voluntades. Todos contribuímos por igual.

Hablaba lentamente, con cansancio.

— ¡Este picaro ahogo! — lamentó.

— ¿Le molesta a usted hablar?

— Un poco; pero no se apure usted; llegaremos hasta donde se pueda... Estoy condenado al silencio y la quietud.

— ¿Quiere usted que hablemos de sus principios?

— Con mucho gusto. Esos son sencillos.

— De pequeño, ¿se crió usted con holgura?

— ¡Quiá, no! Con hambre, con mucha hambre. Mi padre era proletario en Ferrol.

 —¿Allí nació usted? 

—Sí, allí; allí vivimos penosamente con el jornal de mi padre. Pero un día murió, y mi pobre madre se encontró en la calle agobiada por el dolor, desamparada y con dos hijos, el mayor yo, de nueve o diez años.

Hizo una pausa para respirar largamente, y después le preguntó: 

—¿Usted vio alguna vez sufrir a su madre ? 

—Sí—murmuró entristecido. —¿Verdad que es el dolor más grande del espíritu? 

—En efecto—asentí. 

—Y yo, con mis diez años, ¿cómo iba a remediar sus males? Recordó entonces mi madre que aquí, en Madrid, en casa de Altamira, estaba colocado un tío suyo; pero como la pobre no había tenido la precaución de cultivar este parentesco, llegamos a Madrid en su busca y nos encontramos con que el allegado había muerto.

Y en este Madrid, tan grande y tan bullicioso para los que llegan de provincias, nos encontramos los tres, desolados, sin un pedazo de pan que llevarnos a la boca y sin una casa en donde refugiarnos. 

—¿Y qué tuvieron ustedes que hacer? 

—Los hijos ingresamos en el Hospicio, y la madre tuvo que ponerse a servir.

—¿Guarda usted buen recuerdo del Hospicio?

—Regular. Allí aprendí el oficio de tipógrafo y allí me pegaron injustamente por ser bueno.

—¿Cómo por ser bueno?

—Verá usted. Yo era aplicado, sumiso, puntual y trabajador. Era lo que se llama un chico bueno; en mi oficio se podía salir a la calle; pero yo no usaba este privilegio más que cuando era preciso. Llegó la Nochebuena; tenía hambre de ver a mi madre, y en una de mis salidas corrí en su busca; no supe separarme de ella en toda la noche.

A la mañana siguiente, cuando volví al Hospicio, el regente, que era un hombre de corazón muy duro, me cuadró delante de él y me dijo: "Oye, granujilla, ¿en dónde has pasado la noche?" "Con mi madre—le dije—, perdóneme usted; tenía muchas ganas de verla y me daba pena dejarla sola en una noche tan señalada."

Y aquel hombre, que, repito, tenía corazón de tigre, me pegó despiadadamente. No soy rencoroso y todavía siento rabia al pensar en ello; siento el ultraje de las bofetadas como si me las estuvieran dando ahora mismo.

Y el viejo león se agitaba nervioso por el recuerdo y angustiado por la disnea.

—¿No le han vuelto a usted a pegar?

—Me prometí entonces no dejar a ningún hombre que me pusiera la mano encima, y... hasta ahora no se ha repetido el caso, y... ya es demasiado tarde. Bueno, pues sin ningún requisito, sin despedirme de nadie, abandoné aquel mismo día el Hospicio y empecé a rodar por las imprentas.

—¿Y le iba a usted bien?

—En unas bien y en otras mal. Mi afán en el oficio era ganar un poquito y, sobre todo, aprenderlo bien. Yo me tropecé con un impresor, Julián Peña, que me estrujó todo lo que pudo.

—¿Y le guarda usted rencor?

—No; si yo no sé odiar; se me olvidan enseguida las ofensas. La prueba es que siendo ya jefe del partido tuve la vida de este hombre en mis manos y lo salvé.

—¿Ganaba usted mucho en el oficio?

—Sí, señor, porque era algo largo—que se dice—, y cuando logré libertarme de Peña trabajaba a destajo, aquí en casa de Rivadeneyra y en La Iberia.

—¿Y cuánto ganaba usted?—insistí.

—Me sacaba un jornal decoroso para aquellos tiempos: alrededor de los treinta reales; pero hacía un gran esfuerzo para conseguirlo.

—¿Y cuáles eran sus vicios y aficiones de entonces?

—Ninguno; yo no he entrado todavía en una taberna a beber ni a jugar; lo único que me gustaba con locura era el teatro; tanto es, que tuve pensamientos de hacerme cómico. Iba siempre que podía, y era en lo único que gastaba algún cuarto.

—Y su hermano, ¿continuó en el Hospicio?

—No, señor; antes del año de mi fuga le saqué yo.

—Ahora hablemos de sus primeros pasos en el socialismo.

—Esos fueron bien seguros y públicos. El año 69, cuando se formó la Internacional, ingresé en ella y formé con todos los compañeros el partido. De entonces acá, ¡cuántas luchas, cuántas inquietudes, cuántos peligros, cuántos sufrimientos he soportado! Muchos; no me explico cómo vivo; pero lo doy todo por bien empleado al ver el vigor de nuestro partido.

—¿Habrá usted pasado muchas vicisitudes?

—Figúrese usted. Todas las cosas miserables las he conocido y he vivido; estuve en el Hospicio, en el hospital y en la cárcel. Tengo sesenta años; a los quince empecé a luchar, y no lo he dejado hasta la fecha. Yo he sufrido y he trabajado intensamente. Ahí, amigo Audaz en donde está usted, me he sentado infinitas noches a escribir, y cuando he querido recordar me acompañaba la luz del día. ¡Así estoy!

Fué un suspiro justificado por el ahogo, que cada vez se acentuaba más.

—Y en su vida íntima, ¿ha sido usted feliz?

—Perfectamente feliz.

—¿Es usted casado?

—¡Oh, no!—rechazó—. Tengo una compañera desde hace muchos años, y nos queremos mucho y bien. (4)

—¿Cuál es la aspiración suprema que tiene usted?

—Para mí particularmente, nada. Yo, viejo y enfermo, ¿qué voy a desear? Que los ideales de mi partido avancen, que prosperen nuestras iniciativas y que consigamos hacer una Humanidad mejor.

—¿Cuál ha sido el día más feliz de su vida?

Meditó, y, moviendo la cabeza, exclamó:

—¡ Oh ! Son muchos los días, y eso es difícil. Recuerdo que en el Congreso los demás diputados han solido decirme: "Pero ¿qué vida es la de usted? ¿Qué goces disfruta?"  Yo me he sonreído; porque aquí en donde me ve usted, yo soy uno de los hombres que ha tenido más momentos dichosos en la vida.

¿Le parece a usted poca felicidad sentir el entrañable cariño que me profesan los compañeros? Pues qué, ¿he gozado yo poco cuando he salido de propaganda por provincias y hasta en los sitios desconocidos me encontré siempre con hermanos? ¿Qué saben de estas cosas los que creen que la felicidad se halla en alimentar un vicio repugnante?

Es preciso experimentar estas sensaciones para apreciar en toda su intensidad el placer indescriptible que proporcionan.

—¿Y sufrir?

—Sufrir, he sufrido mucho; ya se lo he dicho.

— ¿Cuántas veces estuvo usted en la cárcel?

Sonrió.

—Nueve o diez, ¡qué sé yo! Aquí estuve en el Saladero dos o tres veces. ¡Cárceles horribles! ¡La cárcel de Málaga es espantosa! Con decirle a usted que en diciembre le levantan a uno en vilo las chinches, ya está dicho todo. Yo pasé en esta maldita cárcel dos Nochebuenas, y no podré olvidarlo nunca. (5)

—Y en peligro de muerte, ¿ha estado usted alguna vez?

—No creo haberlo corrido; en 1909 trataron de asustarme diciéndome que me iban a fusilar. Claro que no lo consiguieron; era inocente querer asustar con la muerte a un hombre como yo, que hubiese dado la vida con gusto por el triunfo de sus ideales.  (6)

Al decir esto, le dio un golpe de tos. Su rostro se puso violáceo. No podía respirar. Acudimos, solícitos, en su auxilio. El venerado abuelo se ahogaba..., se ahogaba... Al fin, pasó la tos y quedó el maldito ataque de asma. No podía hablar. Trabajosamente, haciendo un gran esfuerzo, balbució, deplorándolo:

—¡Ya ve usted!... ¡No puedo!... ¡No puedo!... ¡Me ahogo! Otro día…

—Sí, don Pablo; no se moleste usted; otro día, cuando ya se sienta usted fuerte, continuaremos y me hablará usted de política general y me contará usted cosas muy interesantes de su vida. ¡Ahora, no quiero molestarle más; a cuidarse mucho y a ponerse bien!

—¡ Sí, sí ! —murmuró angustiosa y amargamente el viejo caudillo de los ojos de tigre, dientes de león y barbas de santo— . Me parece muy difícil ponerme bien y seguir viviendo..."

Pablo Iglesias posa en su despacho para el fotógrafo de La Esfera
Pablo Iglesias posa en su despacho para el fotógrafo de La Esfera.

Más entrevistas del Caballero Audaz a líderes socialistas

*  *  *

[1] El Magic-Park era un parque de atracciones levantado en los terrenos del antiguo lavadero de Argüelles (hoy, Paseo del Pintor Rosales). Inaugurado en 1913, abría en verano: la modernidad también tenía horario de temporada. (volver)

[2] Ironía del periodista. Cambó y Melquíades Álvarez asistieron a la Asamblea de Parlamentarios (junto con Lerroux y Pablo Iglesias) y prometieron no sostener a la Monarquía salvo para convocar Cortes Constituyentes. Luego, como suele ocurrir cuando la realidad ofrece sillones: Cambó aceptó ser ministro de Fomento y Melquíades acabó como presidente del Parlamento. La coherencia, ese lujo. (volver)

[3] Referencia a la huelga general revolucionaria de agosto de 1917, primera huelga general en España con objetivo abiertamente político. Buscaba derribar la monarquía, en un año en que la revolución bolchevique estaba muy de moda en Europa. La intentona fracasó con unas 70 muertes; los dirigentes de la UGT fueron condenados a cadena perpetua por rebelión. Alfonso XIII permitió que se presentaran a las elecciones de 1918, salieron diputados y fueron amnistiados: castigo, urna y perdón, todo en el mismo pack. La estrategia habitual del PSOE era la negociación; cuando se metió en insurrecciones (1917, 1930, 1934) el balance fue, digamos, poco brillante. (volver)

[4] Desde 1895, su pareja fue Amparo Meliá, procedente de la agrupación socialista valenciana. Se trasladó a Madrid tras fracasar su matrimonio y trabajó a la sombra del político como administradora, secretaria, asistente y enfermera. Tras la muerte de su primer marido, Amparo se casó por lo civil con Pablo Iglesias en noviembre de 1921. La historia personal también tiene trámites. (volver)

[5] Pasó por la cárcel del Saladero tras la huelga de tipógrafos madrileños de 1882. Inaugurada en 1831, el edificio había sido matadero y saladero de tocinos: no era un apodo poético, era literal. Estaba en la actual plaza de Santa Bárbara y cerró al ser sustituida en 1884 por la cárcel Modelo, desaparecida, en cuyo solar se levantó el actual Ministerio del Aire. También fue encarcelado en Málaga (1894) durante la huelga de La Industrial Malagueña, fábrica textil con mano de obra principalmente femenina. (volver)

[6] Entre julio y agosto de 1909 estuvo preso en la cárcel Modelo de Madrid por firmar un manifiesto convocando la huelga general contra el embarque de soldados a Marruecos. Fue el arranque de la Semana Trágica. Lo que hoy llamamos “política exterior” entonces se pagaba en quintas. (volver)

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