¿Quienes eran los moros de la guerra civil?
Las cabilas que poblaban el norte de África bajo influencia española tenían tradición de indomables guerreros. O sea: gente poco impresionable ante uniformes, banderas y discursos sobre “civilización”.
Nunca habían aceptado autoridad alguna, ni tan siquiera la del sultán de Marruecos, al que aceptaban como líder espiritual [príncipe de los creyentes] pero consideraban que no tenía ninguna autoridad sobre sus montañas. La obediencia, ya si eso, con cita previa.
La guerra del Rif
Las poblaciones del Rif se organizaban en "cabilas": comunidades tribales relativamente homogéneas y autónomas tanto en lo político como en lo social. Cada una estaba dirigida por un caíd, que ejercía a la vez como jefe y juez. Poder ejecutivo y judicial reunidos en una sola persona: separación de poderes, edición todavía no disponible.
Del término "caíd" procede "alcaide", nombre que durante la Edad Media recibían los funcionarios nombrados por el rey para custodiar y defender una fortaleza. Incluso la etimología deja claro el asunto: autoridad, control y alguien decidiendo quién cruza la puerta.
Cada cabila actuaba, en la práctica, como una entidad soberana. Sus relaciones con las demás dependían de alianzas, rivalidades y guerras propias. Por eso, someterse a un gobierno central establecido en Tetuán —y subordinado, a su vez, a la administración española— no les parecía precisamente una evolución natural del orden político, sino una imposición extranjera.
La geografía tampoco ayudaba. El Rif era un territorio abrupto, atravesado por comunicaciones difíciles y caminos tortuosos. Un escenario ideal para las emboscadas: ventajoso para quien conocía cada desfiladero y bastante menos amable con quien pensaba que dominar el terreno consistía en colorearlo sobre un mapa.
Varias cabilas de la Yebala y del Rif rechazaron la dominación española. Bajo el liderazgo de Abd el-Krim, hijo de un cadí y formado parcialmente en España, atacaron las posiciones españolas y terminaron proclamando la República del Rif.
España se había comprometido por un acuerdo internacional [Conferencia de Algeciras] a mantener pacificada la zona asignada bajo su protectorado. Dicho tratado obligó a los sucesivos gobiernos a mandar tropas a Marruecos.
La guerra del Rif duró 18 años, desde 1909 hasta 1927.
Los políticos españoles trataban de evitar la muerte de reclutas de reemplazo, jóvenes bisoños en combate, "que no sabían manera" como decían los moros. Traducción: enviábamos chavales a aprender sobre la marcha lo que el enemigo llevaba generaciones practicando.
Hay que tener presente que la muerte de soldaditos era muy mal recibida por la opinión pública. Las madres veían cómo sus hijos tenían que suplir con heroísmo la falta de medios, los errores, la corrupción y la improvisación de la clase política dirigente. Un patrón histórico tan fiable que casi da tranquilidad.
El Rif acabó convirtiéndose en el "Vietnam" español.
Mientras tanto, en la península la oposición a la monarquía menospreciaba la importancia geoestratégica de la presencia española al otro lado del Estrecho. Tachaban toda acción en África de aventura: derroche de sangre y dinero que no nos podíamos permitir.
Para evitar más muertes españolas, se establecieron políticas de alianzas con tribus favorables a España. Moros mercenarios que luchaban contra las cabilas enemigas, contratados como tropa de choque.
Se les ofreció buenos sueldos de tropa colonial (junto con la ilusión de botín) y la posibilidad de seguir haciendo lo que mejor sabían: guerrear y mantener su ancestral derecho a portar armas. Finalmente, el protectorado de Marruecos se pacificó gracias a una exitosa campaña militar comandada por el general Sanjurjo, durante la dictadura de Primo de Rivera.
Pero cuatro años después de acabar la guerra de Marruecos, cambió el panorama político de la metrópoli: cayó la monarquía y se proclamó una república. Y ese es el tipo de giro de guión que hace que cualquier “pacificación” dure lo que tarda en cambiar Madrid.
Los moros de la guerra civil
Tras la proclamación de la II República, la situación política se volvió cada vez más inestable y violenta en España.
Hasta que un buen día ordenaron a los moros mercenarios viajar a la Península. Fueron ordenados a luchar contra los "rojos", los sin Dios. Se disfrazó de Yihad lo que en realidad era una guerra civil entre españoles. Un barniz religioso para una carnicería política: viejo truco, nuevo escenario.
Los guerreros musulmanes siempre fueron leales a los viejos pactos de amistad. Acataron las órdenes de los militares que habían luchado junto a ellos en el Rif.
Fueron utilizados como tropas de choque durante la contienda. Los bravos guerreros del Rif, de Yebala y del Atlas, embarcaron rumbo a España, donde ciudades llenas de riquezas (como en las mil y una noches) colmaban sus ansias y sueños de botín.
Desde las trincheras en la Casa de Campo, observaban maravillados el skyline de una ciudad cosmopolita como Madrid, con la silueta del imponente Palacio Real en primer plano. Estaban lejos de sus tierras, donde las conquistas se reducían a un poblado de chozas, un prado para pastoreo, o un hilo de agua en un oasis del desierto.
Cuando acabó la guerra civil, las nuevas autoridades se dieron prisa en poner de patitas en África a los supervivientes; usaron los mismos barcos que los habían traído. Logística circular: importas tropas, exportas silencios.
Solo quedó un pequeño grupo que constituyó la guardia personal del nuevo Dictador.
En 2005, quedaban alrededor de 200 viudas cobrando pensión en Marruecos. Viudas de muertos en combate por España.
Una mísera paga de 300 euros, pero que representa una cantidad de dinero considerable en tierras africanas.
En la actualidad, sus nietos intentan entrar a España en patera. Y ahí tienes el círculo completo: ayer “tropas de choque”, hoy “problema migratorio”. La historia no se repite: rima, y a veces lo hace con mala leche.
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