Bombardeos en Madrid: cómo el Metro se convirtió en refugio durante la Guerra Civil

Bombardeos sobre Madrid (1936 - 1939)

Bombardeo durante la guerra

Cómo se pasaba un bombardeo en el Metro de Madrid

Los primeros bombardeos no trajeron heroísmo: trajeron pánico, que es lo más humano y lo menos fotogénico. Y el Metro de Madrid, pensado para mover gente, empezó a servir para lo contrario: guardarla.

Al principio bajaban los vecinos de las estaciones cercanas. Madrileños que, con un sentido práctico impecable, concluyeron que era mejor dormir bajo tierra que en el dormitorio… sobre todo si el techo tenía planes de convertirse en escombros.

Con la sorpresa inicial ya gastada, lo que empezó como reacción espontánea se volvió norma: el Gobierno ordenó al “heroico” pueblo madrileño guarecerse al sonido de las sirenas. (Lo de “heroico” suele aparecer cuando alguien quiere que hagas algo incómodo sin protestar demasiado).

La ordenanza obligaba a cada edificio a formar un “comité”, responsable de que la gente obedeciera. Cuando sonaban las sirenas, el comité daba la alarma y los vecinos debían bajar al sótano, al portal o al rincón menos letal del inmueble.

Quedarte en casa no era “temerario”. Era “faccioso”. Y como los registros domiciliarios eran frecuentes, a los señalados como “fascistas” no les quedaba otra que moverse, esconderse o dormir donde pudieran: familiares, amigos, o el sitio más discreto que ofreciera el miedo.

Imagen relacionada con un “provocateur” fascista

La medida no iba sólo de salvar cuerpos. También iba de vigilar: el comité pasaba lista, controlaba quién aparecía y denunciaba a cualquiera “extraño” al domicilio. El refugio como refugio… y como filtro.


El bulo luminoso y la guerra contra las bombillas

Corrió el rumor de que desde las azoteas se hacían señales a los aviones enemigos —la culpa, cómo no, para la Quinta Columna—. Explicar que los bombarderos no venían a ciegas esperando una linterna salvadora era perder el aliento: Madrid era una ciudad conocida, con referencias claras, y además los pilotos no necesitaban que nadie les “dibujara” el objetivo con una bombilla.

Y aun así, la lógica suele ser el primer civil evacuado en una guerra. Cuando se cansaron de malgastar munición disparando al cielo, algunos milicianos cambiaron de enemigo: empezaron a disparar a ventanas con luces encendidas o persianas abiertas. Si la realidad no coopera, se castiga a la bombilla: método antiguo, resultados garantizados… en el apartado de “problemas añadidos”.


Gases imaginarios y alcaldes muy creativos

Pedro Rico, alcalde de Madrid, decidió publicar un bando con instrucciones para prevenir el “efecto pernicioso” de gases que —detalle menor— nadie estaba usando.

Los madrileños que se creyeron la alarma corrían a los refugios con los bolsillos cargados de sal y bicarbonato, como si la química doméstica fuera a negociar con el cloro en nombre de la convivencia.

El ayuntamiento aconseja combatir los efectos del gas con una solución de cloruro sódico o bicarbonato (El Liberal, 8/09/1936)
“El ayuntamiento aconseja combatir los efectos del gas con una ‘solución de cloruro sódico…’ o ‘bicarbonato…’ (El Liberal, 8/09/1936)”

Aun así, el miedo no es infinito. La gente empezó a aprender: por el ronquido de los motores distinguían tipos de avión, calculaban rumbo y altura, y pronosticaban si pasarían de largo o dejarían caer bombas. Es decir: desarrollaron lo que la guerra enseña rápido, aunque nadie lo pida: experiencia aplicada al terror.


“Zona neutral” y la fe en las declaraciones oficiales

—Esto de bajar al refugio me parece una tontería… ya sabe usted que Franco ha declarado este barrio zona neutral…

—Sí, sí… pero cualquiera le dice eso a los del Comité… nos acusarían enseguida de escuchar la radio facciosa…

(José María Carretero Novillo, Horas del Madrid Rojo, 1941)

El ejército rebelde delimitó en el plano un cuadrilátero que abarcaba las embajadas extranjeras y anunció que esa zona no sería bombardeada. La propaganda republicana sostuvo que el motivo real era otro: que Franco tenía un piso en Jorge Juan.

Vaya usted a saber. Lo verificable es que, dentro de esa “zona neutral”, locales y viviendas acabaron requisados e incautados para sedes de partidos, sindicatos y dirigentes. La neutralidad en tiempos de guerra suele durar lo que tarda alguien en darse cuenta de que el espacio es útil.

Aviso publicado por el Gobierno en “El Sol” para que se declaren y entreguen las fincas incautadas (29/10/1936)
Aviso publicado por el Gobierno en “El Sol” para que se declaren y entreguen las fincas incautadas (29/10/1936).

Noviembre: cuando el suelo también empezó a hablar

Con el miedo a los aviones algo más domesticado, el Metro empezó a llenarse no sólo de vecinos, sino de pernoctantes. La prensa censurada insistía en victorias y retiradas del enemigo; pero los madrileños tenían la mosca detrás de la oreja: cada día llegaban más forasteros con historias distintas.

Refugiados. Gente cargada de enseres, huyendo de la guerra y trayéndola consigo, porque la guerra hace eso: se mueve con los que escapan.

Foto de Agustín Centelles (refugiados / Madrid en guerra)
Foto de Agustín Centelles (refugiados / Madrid en guerra).

Se desempolvaban colchones para parientes cercanos, lejanos, amigos y conocidos; y pasaban los días, y parecía que el guion era el de siempre… hasta que una mañana de noviembre los estampidos sonaron distinto.

Esta vez no eran aviones. Eran pepinazos de artillería.

Y ocurrió algo que no tranquiliza: el Gobierno se marchó a Valencia “a uña de caballo”. En Valencia se explicó el traslado por motivos logísticos y operativos, pero en Madrid se interpretó de una forma mucho más castiza y menos diplomática: abandono.

Los periódicos madrileños omitieron informar el traslado del gobierno (07/11/1936)
“Los periódicos madrileños omitieron informar el traslado del gobierno” (07/11/1936).

Si huyes sin avisar cuando la situación se pone seria, el pueblo no lo llama “repliegue estratégico”. Lo llama, directamente, “cagalera”.


El Metro: hogar de los “sin techo”, con billete de ida

La ciudad ya no podía absorber más evacuados en casas. Se incautaron hoteles, hospitales, conventos, escuelas, palacios y todo local que se dejara. Aun así, la demanda era incesante.

Las estaciones del Metro se poblaron de nuevos ocupantes. Ya no eran sólo vecinos: eran evacuados de los pueblos por donde pasaba la guerra. El Metro acogía a quien no tenía sitio mejor donde meterse.

Foto de Juan Miguel Pando Barrero (1938): refugiados en el Metro de Madrid
Foto de Juan Miguel Pando Barrero (1938): refugiados en el Metro de Madrid.

Los refugiados venían para quedarse, y empezaron a competir por el espacio. Los lugares “buenos” eran los pegados a la pared: permitían apoyar la espalda y evitaban el pisoteo de quienes entraban y salían de los vagones. Carretero Novillo escribió que esquinas y rincones cotizaban como “la mejor suite”. Una suite sin ventanas, sin baño y con el detalle exótico de que el techo no era el problema principal.

Los más veteranos reclamaban antigüedad. Los recién llegados reclamaban necesidad. El ambiente, como era previsible, era propicio para la gresca.

Los niños guardaban el sitio en el andén mientras los padres subían a la superficie a hacer cola con la cartilla de racionamiento. Los tenderos atendían a regañadientes: el dinero valía cada vez menos, y los vales de los comités garantizaban cada vez menos todavía.

El trueque se declaró “delito de derrotismo”. Y aun así, se impuso. Porque la realidad tiene la costumbre de ignorar los decretos.

— Pues haber madrugao, rica  decía ésta . Aquí no se guarda la vez. La que antes llega se coloca...

 A ver si te crees que me he estao tocando las narices...  Vengo de la cola de la leche pa mi pequeño. Pa que encima me quites tu el sitio, que vengo rendía.

(Horas del Madrid Rojo, 1941)


Vida “hogareña” bajo tierra

Foto de Robert Capa (vida cotidiana / refugiados durante la guerra)
Foto de Robert Capa (vida cotidiana / refugiados durante la guerra).

Al caer la fría noche madrileña, las familias formaban corros sobre mantas extendidas. Cocinaban en hornillos y cacharros como si estuvieran de excursión… salvo por el detalle de que la excursión olía a miseria.

Los desperdicios se tiraban a las vías y la atmósfera se cargaba de pestilencia: olor a humanidad hacinada, a comida pobre, a miedo repetido. El cántico de soldados borrachos con permiso se mezclaba con el llanto de los niños. Una polifonía involuntaria: la banda sonora de una ciudad resistiendo, no por épica, sino por pura inercia vital.


Antes de entrar, dejen salir (o intenten fingirlo)

Los andenes llenos de refugiados apenas dejaban paso a los viajeros. El fluido eléctrico era débil, había cortes de suministro, los trenes venían con retraso y sobrecargados.

El viejo eslogan del Metro —“ANTES DE ENTRAR DEJEN SALIR”— se convirtió en una quimera. Siempre había más gente queriendo subir que gente bajando. Los modales se perdían y mandaba la ley del más fuerte.

La gente pacífica intentaba apartarse de las peleas, pero tropezaba con quienes dormían en el andén, y de los tropiezos nacían nuevas broncas. Así avanzaba la noche… hasta que pasaba el Búho, el último tren: un estruendo final de hierro que dejaba la estación sumida en silencio.

Un silencio roto por ronquidos, por el llanto de un niño, o por el rezo de una madre esperando un nuevo amanecer.

Imagen relacionada con un hombre “alelado”

Comentarios

Lo más leido

Largo Caballero y el golpe de Estado de 1934.

Buscando a el "Caballero Audaz": el azote de la Segunda República.

Gil-Robles, la CEDA y el teatro político de la Segunda República

El asesinato del Teniente Castillo: el crimen que anunció la guerra