La Guerra Civil en el Mar (IV). ESTRATEGIAS DE AMBOS BANDOS
Flotas en 1936: una tenía barcos, la otra tenía mandos… y el mundo tenía “no intervención” entre comillas
En los primeros capítulos ya hemos visto las primeras maniobras: rápidas, improvisadas y casi febriles. Ninguno estaba preparado para una guerra y, como suele pasar cuando la realidad aún no ha cobrado la entrada, hasta los simpatizantes de ambos lados —y la mayoría del país— fantaseaban con un final rápido de la contienda. Ese optimismo de “esto se arregla en dos tardes” que en España no muere: se reencarna.
Los nacionales estaban convencidos de que lo lograrían cruzando a la península su Ejército de África y, con él, conquistando rápidamente Madrid: total, la República había disuelto el Ejército regular y “solo” contaba con milicianos. Los profesionales, con su experiencia y entrenamiento táctico, los veían como una pantalla de carga. Spoiler: la historia adora castigar esa clase de soberbia.
Los republicanos, por su parte, creían que manteniendo bloqueado el Estrecho con su flota impedirían el avance de las columnas de Franco, pese al puente aéreo con Sevilla. Eso les daría tiempo para rematar a Mola (Asturias, Zaragoza, Huesca y Teruel estaban virtualmente sitiadas). Dos bandos, dos planes “clarísimos”. Y un tercero: el mundo exterior, que siempre mete mano… y luego jura que no.
El Tablero internacional
Pero las cosas cambiaron en apenas un mes. La intervención rápida de Alemania e Italia a favor de los nacionales —aunque limitada— no se compensó con las primeras compras en Francia ni con el “regalo” mexicano de un buque cargado de armamento. Y así quedó planteada una guerra convencional de duración incierta. En estos escenarios, la misión de las flotas es sencilla (y cruelmente materialista): facilitar que lleguen suministros al propio bando y obstaculizar o impedir que el enemigo haga lo mismo. Lo demás son discursos para quien no tiene que repostar carbón, munición o repuestos.
La decisión de Léon Blum de promover el tratado de “no intervención” —al detectar ya a principios de agosto del 36 el envío de aviones modernos italianos (los alemanes llegaron algo después)— y su firma el 28 de agosto por la mayoría de países (incluidos URSS, Alemania e Italia, que no pensaban cumplirlo), fue un rejón de muerte para las esperanzas republicanas. No es momento de diseccionarlo aquí (ya se hará más adelante), pero es evidente que esa firma obligaba a cambiar por completo las estrategias navales, sobre todo desde el momento en que la República acordó con la URSS comprar allí —o mediante su intermediación— la mayor parte de su material bélico. Cuando el suministro manda, la estrategia obedece. Y punto.
La Flota republicana
La flota republicana partía con una ventaja clara en número, sí. Y también con una desventaja igual de clara: que la guerra naval no se gana contando cascos, sino sabiendo usarlos, manteniéndolos y tomando decisiones sin necesidad de someter cada orden a referéndum. Esa ventaja numérica quedaba más que compensada por varios problemas:
- Falta de oficiales competentes. Marineros y suboficiales podían llevar maniobras normales y además eran valientes, pero el combate naval exige conocimiento técnico y táctico. De ahí escenas como la aventura del destructor "Alcalá Galiano" frente al cañonero "Dato", inferior en artillería, en el Estrecho; o maniobras de evasión ante ataques aéreos hechas a ciegas por desconocimiento de tácticas antiaéreas. Incluso en septiembre de 1938, la Armada republicana solo contaba con 56 jefes y oficiales de alto rango cuando antes de la guerra la plantilla superaba los 600, aunque habría que sumar comisarios políticos con rango de “Jefe” pero inútiles en combate.
- Conducción “democrática” a bordo. Decisiones tomadas en el Comité del buque (a veces dos: marinería y suboficiales) significaban retrasos brutales en órdenes y maniobras. Los nuevos oficiales, ascendidos muy por encima de su rango natural, no se veían con fuerzas para imponerse y solían acatar imposiciones de la tripulación. La democracia es preciosa… hasta que te disparan a 16.000 metros y tu respuesta es convocar una asamblea.
Estos dos problemas se fueron corrigiendo con el tiempo, hasta convertir la flota republicana en una fuerza competente. Pero para entonces, como suele pasar, ya era tarde. La frase que se impuso al principio fue «más valen hombres sin barcos que barcos sin hombres» (1). Los mismos republicanos comprendieron pronto su error. Cuando llegó a Cartagena en septiembre de 1936 el asesor naval ruso Nicolai Kuznetsov, captó enseguida el daño causado por las purgas de oficiales “dudosos”. La delegación que lo recibió presumió, orgullosa, de espíritu revolucionario: habían eliminado a la mayoría de sus oficiales, imitando a Rusia en 1917. Gran idea… si tu objetivo era repetir el mismo golpe en el mismo sitio.
Kuznetsov, que no estaba para tonterías patrióticas, dejó helados a sus anfitriones respondiendo: «es cierto que en agosto de 1936 habéis cometido la misma estupidez que nosotros en marzo de 1917: os deshicisteis de ellos en lugar de utilizarlos, y como nosotros, pronto lo lamentareis» (2). Traducción: “felicidades, habéis reinventado el error clásico”.
- Falta de bases útiles para grandes buques. Necesitas puertos bien protegidos por artillería costera y antiaérea. A la República le quedó Cartagena. Ferrol, Cádiz y Palma (menos grande, pero muy aprovechable para controlar tráfico mediterráneo) quedaron en manos nacionales. Mahón y Málaga como bases auxiliares: intentos con éxito limitado.
- Falta de recambios y material. Todo debía venir de Rusia, que no era precisamente una potencia marítima. Eso obligaba a largas estancias en Cartagena y a reparaciones de calidad discutible, que fueron mermando el potencial original con el tiempo. Solo se compraron seis lanchas torpederas rusas, aunque modernas, de la clase G-5 (3).
Con ese panorama, la Armada republicana adoptó pronto una actitud defensiva, centrada en escoltar convoyes con armamento soviético. El motivo se ha discutido mucho: durante años se creyó que era por órdenes rusas para proteger sus barcos de abastecimiento, pero archivos abiertos en Rusia indican que la decisión fue española. También sigue siendo una incógnita por qué, teniendo submarinos (excelentes para bloquear puertos por su capacidad de ataque), se usaron tan poco y tan mal, pese a recibir capitanes rusos para control y estrategia. Parte del problema: torpedos poco eficientes. Otra parte: fallos técnicos y de dirección. El resto: lo veremos más adelante, porque el desastre suele venir en capítulos.
La Flota Nacional
La flota nacional partía con desventaja en número de barcos, pero con varias ventajas compensatorias. En resumen: menos cascos, más estructura, más industria y más facilidad para comprar (o “pedir prestado”) lo que faltaba.
- Superioridad en la oficialidad. Depuraron dotaciones y las llenaron con hombres de confianza procedentes de personal en tierra. Aunque de orígenes variados, lograron funcionar pronto como tripulaciones entrenadas. Problema: escasez de suboficiales y cabos de marinería (en parte por represión, al ser cuerpos generalmente opuestos a la rebelión). Solución: cuerpo de cabos provisionales, formados en una escuela de marinería y artillería creada ad hoc, parte en Marín y parte en los buques-escuela Galatea y El Cano.
- Mayor capacidad constructiva. Terminaron los dos cruceros pesados (pesados “a la española”, medios para otras marinas): Canarias y Baleares; remozaron el viejo acorazado España; fabricaron dos cañoneros-minadores y armaron 17 pesqueros de altura civiles (bous).
- Mejor acceso a compras (y créditos) con Alemania e Italia que con Rusia. Eso permitió cubrir la falta de submarinos con el préstamo inicial de cuatro submarinos italianos, con un español a bordo para decir que eran “españoles”. Luego compraron dos y, por último, reclutaron cuatro submarinos “legionarios” (o sea, “voluntarios” con pasaporte flexible). Para suplir la falta de destructores, tomaron prestadas cinco lanchas torpederas alemanas de utilidad dudosa y compraron cuatro antiguallas a Italia, también de escaso rendimiento.
- Escolta externa para sus convoyes. El material italiano y alemán iba escoltado por las armadas de esos países. Rusia no tenía flota propia en el Mediterráneo, así que no podía hacer lo mismo. Resultado: la Armada nacional se liberó de escoltar sus propios convoyes y aseguró llegadas sin interferencias. Es increíble lo fácil que se vuelve la logística cuando tus amigos traen su propio guardaespaldas.
Con todo eso, desde el principio la actitud de la Armada nacional fue muy agresiva. Incluso podría haberlo sido más si se hubieran impuesto las intenciones del número dos, el almirante Francisco Moreno Fernández, frente al criterio más conservador del jefe, Juan Cervera Valderrama, sobre el empleo de buques en operaciones arriesgadas. Hasta que Franco dio a Cervera el mando, la actitud de Moreno y sus razzias por el Cantábrico fueron lo más relevante de la lucha en el mar del Norte, con lo que continuaremos en el próximo capítulo.
Notas
(1) Ricardo Cerezo. "La Armada Española en el Siglo XX".
(2) Fernando y Salvador Moreno de Alborán. "La guerra silenciosa y silenciada".
(3) O´Donnell Torroba. "Historias de la mar. Las lanchas torpederas rusas en el hundimiento del Baleares".
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