Calvo Sotelo, protomártir en escena: la entrevista de El Caballero Audaz

Calvo Sotelo anuncia a los periodistas que acaba de presentar un proposición a la Mesa de la Cámara con la intención de derribar el Gobierno extraparlamentario de Portela Valladares.

Un mitin de Calvo Sotelo en Villarrobledo: escena, fuente y encuadre

En dos líneas: este texto analiza un mitin de Calvo Sotelo en Villarrobledo a partir del relato de El Caballero Audaz, encuadrándolo en la precampaña a las elecciones de 1936 y en la posterior relectura franquista de posguerra. La escena tiene valor como testimonio y como pieza literaria, pero también como ejemplo de cómo el régimen convirtió a Calvo Sotelo en protomártir de su memoria oficial.

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Contexto: campaña larga, país corto de paciencia

El episodio que se relata a continuación, un mitin de Calvo Sotelo en Villarrobledo, encaja muy bien en el clima de la campaña que desembocó en las elecciones de febrero de 1936.

Y aquí conviene ajustar un detalle importante: Jose María Carretero no señala la fecha exacta de la entrevista. Posiblemente se trate del 20 de diciembre de 1935, si nos basamos en el estudio “Las elecciones del Frente Popular en Albacete”, de M. R. Gallego.1 Es decir: plena precampaña, cuando los bloques ya estaban calentando motores y el país hacía lo propio… pero sin frenos.

La victoria del Frente Popular (febrero de 1936) no inauguró una etapa de estabilidad, sino un periodo marcado por la debilidad del poder, el deterioro del orden público y una violencia política que iba dejando de ser excepción para convertirse en ambiente.2

70.000 campesinos ocupan tierras ilegalmente en Badajoz convocados por la U.G.T. (27/03/1936)

La política seguía existiendo en las instituciones, sí; pero en la calle empezaba a regirse por otras reglas. El adversario dejaba de ser rival para convertirse en enemigo, y el enemigo, ya se sabe, no se discute: se “soluciona”.

En ese marco, Villarrobledo no aparece como una rareza sino como un síntoma. Y el relato que sigue, muy literario, muy dirigido, muy “escena”, merece leerse con dos ojos: uno para lo que cuenta y otro para cómo quiere que lo entendamos.3

Manifestación del 1º de Mayo en Madrid (1936)

El mitin de Villarrobledo

Habían quedado atrás, como perdidos en la estela de los automóviles, los últimos vítores, los últimos aplausos y los saludos entusiastas y cordiales de una multitud fanatizada.

Aunque yo llevaba mi coche Buick, Calvo Sotelo ha tenido la gentileza de invitarme para regresar a Madrid en un magnífico coche, propiedad del diputado, íntimo amigo suyo, don Joaquín Bau.

Para mi curiosidad, lo más caprichoso e interesante de este automóvil es que su bocina lanza las notas de la Marcha Real, del himno de los legionarios y el pasodoble de Los voluntarios.

Aunque parezca que no, este pequeño detalle, en unos momentos en que estaban proscritas estas músicas, produce cierta emoción.

El mismo Calvo Sotelo, al atravesar los pueblos del camino, cuando el coche va lentamente, ¿recuerda usted, querido Bau?, oprime el botón de la Marcha Real, que es como un grito monárquico que produce alarma y regocijo en las buenas gentes de los poblados.

Con nosotros viene también Honorio Maura, aquel gran señor de la política, tan vilmente asesinado por los rojos, y Jesús Comín, el diputado.

Nos siguen en caravana por la carretera los automóviles del grupo de amigos leales que acostumbramos a acompañar al insigne hombre público a los mítines de propaganda.

Ahora vamos hacia Villarrobledo.

Otro ejemplo de violencia social del 36: el tiroteo en el Paseo de la Castellana durante el entierro de Anastasio de los Reyes.

El viaje se anunciaba con las características de una aventura arriesgada; porque Villarrobledo, el laborioso pueblo manchego, se ha convertido desde hace poco tiempo, por obra de las nefastas propagandas disolventes, en un reducto de marxistas, erizado de odios sectarios.

Y precisamente por saber a este pueblo sumido bajo una oleada pagana, lo eligió Calvo Sotelo para uno de sus actos de propaganda.

Alguien le dijo por la mañana en Albacete:

Es un poco peligroso dar un mitin monárquico en Villarrobledo.

Y, secamente, repuso:

Pues iré.

Y prepárenlo todo, porque a Villarrobledo vamos esta tarde.

Porque este hombre, con ímpetus de apóstol, sabe desdeñar con viril entereza el peligro cuando vale la pena arrostrarlo en defensa de sus dos grandes ideales: la Monarquía y la Patria.

¿Qué le importaba a él el riesgo, que las voces le advirtieron, al considerar temeraria la empresa, si estaba seguro de la honradez de su corazón, de la rectitud de su conciencia y caminaba con una fe ciega por entre el mundo equivocado?

En Villarrobledo, en estas vísperas electorales, reina el terror. Las derechas están perseguidas, acobardadas.

La chusma marxista nos impone contribuciones, amenaza a nuestros jueces, asalta nuestras fincas, destroza nuestros hogares.

En efecto: poco tiempo antes, cuando los sucesos de octubre del 34, fue quemada la iglesia parroquial del pueblo; la cárcel estaba llena de malhechores que cometieron numerosos crímenes políticos.

A pesar de estos informes, como digo antes, Calvo Sotelo no renunció a la excursión. Antes bien, parecía que los vaticinios de que seríamos víctimas de algún atentado le enervorizaban, estimulándole.

He de confesar que nuestra llegada a los alrededores del teatro donde se iba a celebrar el mitin fue algo alarmante.

Estacionados, numerosos grupos de obreros nos miraban con el ceño contraído y desafiante, y hasta advertí en algunos semblantes una sonrisa cruel que no es corriente en los españoles.

Algunos, más impacientes, a la consigna de lo que se preparaba al descender del coche Calvo Sotelo, dieron gritos de: «¡Viva Rusia!», «¡Viva Azaña!», «¡Mueran los burgueses!», «¡Muera Calvo Sotelo!».

Él, un poco pálido, miró al grupo de donde salió este último grito con una especie de compasión y de melancolía. Pero no dijo una palabra y entramos en el teatro.

Y el mitin ha comenzado en el mayor local del pueblo, completamente lleno por un público que aparece claramente dividido, como dispuestos a lanzarse unos contra otros.

En las localidades altas se advertía la presencia de una compacta masa adversa a nosotros, con la consigna de interrumpir y dificultar el acto y que terminara aquello a tiros, como después nos dijeron.

En el patio y en los pasillos, arracimábanse, aglomerábanse hasta casi la asfixia, nuestros amigos.

Apenas iniciado el acto, empezaron los incidentes; sucedíanse las frases agresivas, las protestas y los rumores sin justificación.

Honorio Maura, que es un causeur amenísimo, habla entre indignaciones airadas. En el anfiteatro vociferaba la chusma. En un palco se cruzaron bofetadas.

Los agentes provocadores habían montado bien la tramoya de ruidos e invectivas.

Jesús Comín apenas pudo hilvanar un discurso incoherente.

Yo me di perfecta cuenta de que estábamos copados, que habíamos caído en una ratonera, de la cual no podía adivinar cómo saldríamos.

Así se lo dije a Calvo Sotelo.

Pero él, en un arranque de masculinidad y de noble soberbia, se levantó a hablar.

Todos esperaban de él una catilinaria, una imprecación indignada, una protesta, cuando menos, una exigencia o un ruego de respeto. Yo también.

Pero no. Sus primeras palabras, de una serenidad suprema, fueron de consideración, de dolor, de noble y dulce piedad.

En tono llano, grave, familiar, empezó a contar la emoción triste, de condolencia, de lástima, que le había producido su entrada en el pueblo. Había visto la iglesia incendiada, desfundida… Tristeza de las piedras mutiladas… De la torre convertida en un muñón del nido de las campanas santas…

Escombros de los altares en donde vuestras madres se desposaron, y ellas, las pasadas y presentes, donde se bautizaron los hijos, y los ancianos, cercanos a la muerte, confiaron a Dios el secreto de sus vidas…

¿Qué furia insensata había destruido todo aquello, tan hermoso?

Percibíamos que las palabras de Calvo Sotelo iban, una a una, como dardos certeros, haciendo diana en los corazones. Todo era silencio. Nadie interrumpía al apóstol. Ni un grito, ni un rumor, ni una tos siquiera.

¡Qué curioso fenómeno de sugestión fue aquel!

Desde el escenario veíamos cómo rostros antes hundidos e iracundos, encendidos, se dilataban, haciéndose pálidos, blandos de emoción, y unos ojos se llenaban de lágrimas.

Manos de dedos ásperos, antes crispados en la amenaza, buscaban trémulos los ojos para borrar las huellas de lágrimas incontenibles, y no sé cómo, al cabo, la atención emotiva estalló en un aplauso frenético, unánime, en vítores, en aclamaciones.

El apóstol de la nueva España de paz y de amor había hecho el milagro.

El monstruo hostil estaba vencido.4

La entrevista

—¿Sintió usted desde muy joven la vocación política?…

—Sí. Desde que era un adolescente. Yo había estudiado en los Institutos de La Coruña y Lugo, y en las Universidades de Zaragoza y Madrid, doctorándome en Derecho civil y canónico. En 1914 obtuve por oposición una plaza de oficial de Administración del Ministerio de Gracia y Justicia, y dos años después ingresé con el número 1 en el Cuerpo de Abogados del Estado… A mí, que estaba ya un poco predispuesto, el ambiente de Madrid me contagió de pasión política. Fui secretario de la Sección de Ciencias Morales y Políticas en el Ateneo e ingresé en las Juventudes Mauristas. Desde entonces ya sabe usted toda mi vida.

—Sí, le he seguido a usted con mucha atención. Creo que no he perdido ni una de las palabras que ha hablado usted en público. Por aquella época fundó usted la Mutualidad Obrera Maurista…

—En efecto; por entonces. Y me adscribí a los grupos de propaganda, que libraban una batalla cada día en los mítines y en la calle.

—Lo que no sé justamente es cuándo fue usted diputado por primera vez.

—¡Sí, hombre, sí! En 1919, por el distrito de Carballino. ¡Pues menudo jaleo armó mi acta!…

—¡Ah, sí, ya recuerdo!… ¿Y cuál fue su primer cargo político?

—El de gobernador civil de Valencia, en 1921. Allí traté de cerca al marqués de Estella, el cual, al constituirse el Directorio Militar, me requirió para ocupar la Dirección General de Administración Local, en cuyos estudios me había especializado colaborando con don Antonio Maura.

—Y a usted se deben, le interrumpo, los Estatutos Municipal y Provincial.

—Puse en redactarlos todo mi entusiasmo, porque creía, como nuestro inolvidable jefe, que sin una acertada estipulación administrativa, sin darle verdadera personalidad al Municipio y a las Diputaciones, de tan gloriosa tradición en nuestra Patria, no puede haber política firme en España. El general lo entendía también así, y casi juntos llevamos a cabo nuestra labor.

—Y su gestión de usted, como director general, le valió la cartera de Hacienda.

—Sí, en efecto. Primo de Rivera me nombró ministro de Hacienda en diciembre de 1925, y lo fui hasta pocos días antes de la caída de la Dictadura.

—¿Está usted satisfecho de su gestión al frente de la Hacienda española?…

—De eso, me dice sonriendo Calvo Sotelo, yo no debo hablar. Que lo digan los otros… Mi labor de entonces fue muy dura y copiosa… Perseguí la ocultación de la riqueza, vigoricé los instrumentos fiscales de liquidación, recaudación e inspección e inicié una amplia reforma tributaria, orientada hacia la renta personal. Levanté varios empréstitos que se cubrieron muy holgadamente y creé el Monopolio de Petróleos y el Banco Exterior de España. De mi obra hacendística sólo debo decir que ha sido quizá la más expuesta a la crítica de mis enemigos… ¡Cómo se habló entonces de ese Monopolio de Petróleos!… Y, sin embargo, ni las más enconadas imaginaciones han podido descubrir en todo lo hecho por mí nada que no refleje una absoluta honestidad y una intención decidida de procurar el bien de España.

—Sin embargo, le interrumpo, sigue usted teniendo enemigos feroces.

—Seguimos…, me corrige él, sonriendo.

—Sí, ya, acepto. Pero yo no significo nada. En cambio, a usted, que puede ser el artífice de una nueva España, se le ha erigido en símbolo de la protesta, de la animadversión que millones de españoles sentimos contra este régimen de violencia, de terror, contra esta tiranía de la alpargata que nos ha traído la República… Para ese régimen usted es una amenaza, y son muchos los que quisieran hacer enmudecer su voz.

—¡Bah!, desdeñó, sonriendo con filosófica indiferencia, Calvo Sotelo. Eso no tiene importancia. Cuando se ha abrazado una causa que se siente justa, la propia vida no tiene ningún valor… Pertenece a la causa… Y si no, a la historia… Créame usted, Carretero, que si yo supiera que de mi desaparición, de mi muerte, podría sobrevenir algún bien para España, no vacilaría en arrostrar la prueba…

*    *    *

Mientras el auto corría, volaba, por la carretera manchega, yo seguía contemplando con íntimo fervor a Calvo Sotelo.

Porque yo sé que el jefe del Bloque Nacional está amenazado de muerte por las fuerzas siniestras, disolventes, que actúan sobre el cuerpo convulso de España.

Y sé que este jefe nuestro, en la plenitud vital, que tiene ahora cuarenta y tres años, nació en Tuy el 6 de marzo de 1893, está señalado como víctima a la vesania roja que hoy domina a España.

Siento el dolor inmenso de que esta vida, tan noble, tan rica de posibilidades, tan singular en talento, esté condenada al sacrificio.

Y el sacrificio se consumó.

No es de la índole de este libro el estudio de los sucesos políticos, a los que, por otra parte, yo he consagrado muchas páginas en estos tiempos.

Calvo Sotelo, esperanza de España, fué vilmente asesinado por auténticos agentes de la autoridad que entonces imperaba.

Los detalles de su secuestro en su propio domicilio, de su martirio y de su muerte son de todos conocidos (1).

Fué un innegable crimen de Estado. Anunciado, organizado y ejecutado por representantes del Poder público.

Por esos mismos representantes que ahora vuelven a reunirse en Méjico a formar otro Gobierno, con la aspiración ridícula de volver a ver a España y convertirla en otro río de sangre.

Pero el propósito ideal del glorioso mártir, Calvo Sotelo, se cumplió.

El holocausto de su vida había de ser fecundo… Su muerte fué el grito de la declaración de la guerra civil que derrotó a la pandilla de criminales, a las fuerzas del mal que dominaban a España.

(1) Véase el libro de «El Caballero Audaz» Declaración de guerra, de la serie «La revolución de los patibularios».5

José Calvo Sotelo en un mitin (1/01/1936)

Colofón: un periodista, su tiempo y su relato

Al terminar la lectura, a mí me interesa tanto la figura de Calvo Sotelo como la del propio José María Carretero Novillo. El Caballero Audaz no era un periodista cualquiera. Fue uno de los grandes maestros de la entrevista en España, y en este caso concurre además una circunstancia decisiva: estaba preparando un libro sobre Calvo Sotelo. Eso ayuda a entender que no se limitara a recoger unas declaraciones en un despacho, sino que lo siguiera sobre el terreno, lo acompañara en sus desplazamientos y asistiera a actos como este mitin de Villarrobledo. En ese sentido, el texto descansa sobre una experiencia directa y no únicamente sobre una reconstrucción retrospectiva. Hay observación, hay presencia y hay materia vivida.

Pero la edición de la entrevista en 1946 obliga a leerla dentro de otro marco. No estamos ante un texto publicado en el calor inmediato de los hechos, sino en plena posguerra franquista, cuando la dictadura había impuesto ya una lectura oficial de la Segunda República, de la Guerra Civil y de sus muertos ilustres. En ese contexto, Calvo Sotelo aparece incorporado a una narrativa de legitimación del régimen: la del político sacrificado, convertido en protomártir de la España alzada contra la República. El relato deja así de ser solo memoria o testimonio para funcionar también como pieza de una pedagogía política de vencedores, en la que el pasado reciente debía presentarse como una secuencia moralmente resuelta de antemano.

Por eso conviene leer el texto en dos planos a la vez. Por un lado, como testimonio valioso de un periodista que probablemente estuvo allí y que supo convertir una escena política en relato. Por otro, como producto de una coyuntura ideológica muy precisa, en la que la pluralidad de interpretaciones había sido laminada y sustituida por la voz única del franquismo. La entrevista no solo cuenta un episodio: lo ordena desde el desenlace, lo carga de sentido retrospectivo y lo inserta en una memoria oficial donde Calvo Sotelo ya no es simplemente un líder de derechas asesinado en 1936, sino una figura providencial cuya muerte parece anunciar y justificar todo lo que vino después. Ahí está precisamente su interés histórico, y también su trampa.6

Notas

  1. El artículo académico que reconstruye la actividad de campaña en la provincia de Albacete señala que el Bloque Nacional inició pronto su propaganda con un “gran mitin en Villarrobledo” (y otro en Albacete), ambos el 20 de diciembre de 1935, con participación de José Calvo Sotelo. (Referencia: artículo consultable en Dialnet; en un PDF alojado en la Diputación de Albacete).
  2. Contexto general ampliamente documentado en la historiografía del periodo: conflictividad política y social, deterioro del orden público y escalada de violencia durante 1936. Puedes encontrar más información en mis artículos dedicados a la Primavera Trágica de 1936.
  3. El texto que citas usa un registro épico-religioso (“apóstol”, “milagro”, “monstruo”) que no es neutro: funciona como marco interpretativo tanto como relato.
  4. Culminación narrativa: el episodio se cierra como “milagro” político, lo cual es literariamente eficaz y, a la vez, revelador del objetivo del narrador.
  5. Referencia bibliográfica interna del propio autor (“El Caballero Audaz”), útil para rastrear el marco interpretativo que él mismo impulsa.
  6. La edición de 1946 sitúa el texto en pleno franquismo de posguerra, cuando la dictadura había impuesto una lectura oficial de la República, la guerra y sus muertos ilustres. En ese marco, Calvo Sotelo deja de aparecer solo como protagonista de un episodio político y queda fijado como protomártir dentro de la memoria legitimadora del régimen.

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