Habla Alfonso XIII: entrevista de El Caballero Audaz en el exilio

El más reciente retrato de don Alfonso de Borbón, en su destierro y frente al mar. (1)

Habla don Alfonso XIII: entrevista de El Caballero Audaz en Budapest

José María Carretero Novillo, “El Caballero Audaz”, entrevista a Alfonso XIII en el hotel Danubio de Budapest durante el exilio. El resultado es una conversación cargada de nostalgia monárquica, justificación política y esa España de 1934 que discutía el pasado mientras se encaminaba, con bastante entusiasmo por el precipicio, hacia la Revolución de Octubre.

Después de publicar mi reseña de ¿Alfonso XIII fue un buen rey? Historia de un Reinado, de José María Carretero Novillo, me quedó ese regusto incómodo que dejan ciertas lecturas: tanta ceremonia alrededor de la célebre fotografía del monarca “en traje rigurosamente adánico” —así la bautiza Carretero, con esa solemnidad que solo el pudor ajeno permite— y, al final, uno cae en la cuenta de que está escatimando a sus lectores lo verdaderamente sustancioso: la entrevista.

De modo que aquí estoy, reincidiendo. Publico íntegra la conversación, para reparar esa injusticia menor pero persistente. Y para situar al autor: José María Carretero Novillo, conocido en su tiempo —y no sin intención— como “el rey de la interview”, dedicó su larga carrera a interrogar a las figuras más visibles de la vida político-cultural del primer tercio del siglo XX en España, con ese aire de periodista que pregunta como si la Historia fuera a responderle a tiempo.

En esta ocasión, “El Caballero Audaz” se encuentra con Alfonso XIII en el hotel Danubio de Budapest, y el ex-rey —detalle nada trivial— acepta someterse al ritual de la entrevista, esa forma moderna de confesión sin sacerdote, pero con público.

Conviene, además, recordar el calendario: cuando Carretero publica su obra, en mayo de 1934, España transita el Segundo Bienio de la Segunda República, el “Bienio Radical-Cedista”, para quienes prefieren que las épocas suenen a etiqueta administrativa. Es un periodo de polarización intensa tras la victoria de las derechas en las elecciones de noviembre de 1933; un país que discute a gritos mientras aún finge que está deliberando.

En ese clima —con el sistema republicano crujiendo y la convivencia haciendo equilibrios— el libro aparece como ejercicio de nostalgia y, a la vez, de crítica. Mientras la República se fragmenta, el autor mira hacia atrás y se pregunta si el derrumbe de la monarquía tres años antes fue destino o torpeza: si era inevitable, o si bastaban unos cuantos “errores corregibles” para haber evitado la caída.

Y así, casi sin querer, alimenta un debate todavía vivo en una sociedad que ya caminaba, con paso firme y mirada fija, hacia la Revolución de Octubre.

Habla don Alfonso XIII

Media hora después nos encontramos frente a frente en la terraza del Danubio, bajo el sortilegio de la noche azul.

Mi saludo tiene la emoción alegre del compatriota y el respeto al prestigio del personaje que representa cuarenta años de la vida de un pueblo... Cuarenta años compartiendo con el corazón sus alegrías y dolores. Porque es innegable que dondequiera que esté, Alfonso XIII significa toda una época de la Historia de España.

El Rey destronado tiene también esta noche uno de sus rasgos característicos de simpatía...

Resueltamente, con gentil caballerosidad, me entrega, con algo de su emoción, su gran mano de deportista moderno.

Seguramente adivina en mí la legítima curiosidad del español que es además escritor y periodista, porque de él parte, amablemente, la iniciativa de una breve conversación...

Nos sentamos en un ángulo de la terraza, poblada de siluetas elegantes, ante una mesita que ilumina amablemente una lámpara cubierta de seda búlgara que atenúa con discreción su luz.

Don Alfonso no olvida sus prácticas de realeza y me tutea, con tan exquisita cordialidad que yo siento la tentación de corresponderle como a un viejo amigo.

Si un lógico respeto al recuerdo de lo que él fue no me lo impidiera, yo le preguntaría ahora mismo a este hombre mundano, impecable y sonriente, que no sé por qué me da la sensación de un familiar al cual me unen nexos de entrañable afecto, de felicidad y de desdicha:

—¿Por qué te marchaste de España, Alfonso XIII?

Pero yo, que no quise someterme a las exigencias de la etiqueta cuando este egregio desterrado estaba en la cumbre de su poderío, acato ahora, porque él ya no es Rey y porque estamos en un país extranjero, las más exigentes normas protocolarias.

—¡Qué casualidad, encontrarte tan lejos de nuestra España!

Alfonso XIII como monarca deportista
“El ejemplo real fue el mejor acicate y el mayor estímulo para la transformación de las costumbres españolas, tutelando todas las actividades de la cultura física, el amor a la vida al aire libre, a la higiene y a los ejercicios viriles...” (2)

Y al pronunciar el nombre de la Patria amada hay en su voz ese trémolo de ternura que ponen los enamorados cuando pronuncian el nombre de la que adoran.

—Ya, ya, señor. ¡Qué casualidad! —repito yo un poco cohibido—. Estar Vuestra Majestad aquí.

—Pues acabo de llegar con Miranda, en automóvil. Y tú, ¿llevas mucho tiempo en Budapest?

—No; unos días.

—¿Hace mucho que andas fuera de España?

—Apenas dos meses, señor —le contesto.

—¿Y piensas volver pronto por allí?

—¡Oh! —respondo—, dentro de muy poco.

—¡Ah!...

Me mira fijamente; yo adivino a través de sus pupilas grises una secreta melancolía. Estoy seguro de que el ilustre desterrado se cambiaría gustoso por el modesto compatriota que puede volver a la calle de Alcalá, a la Puerta del Sol y a la plaza de toros en un maravilloso día jade y rojo.

Porque he sentido en ocasiones este dolor de la patria vedada y lejana, comprendo la callada amargura de Alfonso XIII.

Él, como para desvanecer esta emoción, y como remate a un angustioso pensamiento, exclama como si pensara en voz alta:

—En fin, ¡qué le hemos de hacer! Hasta el dolor de la vida, cuando verdaderamente se ama, resulta un placer.

Saca su gran pitillera de oro y zafiros; me ofrece un cigarrillo al mismo tiempo que me dice con júbilo:

—Fúmalo, es tabaco español.

Del canto de la misma pitillera hace surgir una llama que me ofrece.

Fumamos los dos. Una nube de humo, humo español, parece juntarnos más todavía.

Después de reflexionar yo, me decido.

Por qué se marchó de España

—Señor, quisiera preguntarle algo que me obsesiona desde hace tiempo.

—Ninguna ocasión como esta. Pregúntame lo que quieras; habla sin reparos. Aquí, como ves —sonríe con elegante ironía—, no hay gabinete de Prensa, ni ministros, ni palaciegos, ni mucho menos protocolo. Por mi parte, solo hay un hombre que va con la conciencia tranquila por todos los caminos del mundo. Puedo asegurarte que nada existe recóndito en mi alma que supere a la satisfacción del deber cumplido hasta el sacrificio.

Su voz es opaca y su acento tiene ese tono sombrío de los espíritus angustiados por la ingratitud.

—¿Cómo puede a mí inquietarme —prosigue lentamente— ninguna pregunta, ni ningún comentario, ni ninguna crítica? Mi verdad tiene más fuerza que los muros más densos, y ¿qué importa que la retrasen si al fin ha de imponerse?

—Es posible; seguramente la razón está de su parte, señor. Pero como español y como escritor, desde hace mucho tiempo tengo la preocupación de aclarar este incógnito: ¿Por qué abandonó Vuestra Majestad España el catorce de abril?

Alfonso XIII sonríe amargamente. Después, sin vacilar, responde:

—Vamos a invertir la pregunta. ¿Qué hice yo para que España me abandonase el doce de abril? Yo no abandoné España; yo fui echado de España y, a mi juicio, no había otra solución que la que adopté. Yo no quise resistir a lo que me parecía, a lo que me sigue pareciendo, un sentimiento y un designio decidido del pueblo.

Alfonso XIII con sus hijas y personal palatino, entre ellos el general Berenguer
“Alfonso XIII con sus bellísimas hijas y alto personal palatino. Entre los cortesanos el general Berenguer, el error Berenguer, que precipitó la caída de la Monarquía.” (3)

No quise —lo he dicho muchas veces— que por mi causa personal se vertiese una sola gota de sangre. Tenía que demostrar lo que tantas veces me costó grandes sacrificios hacer ver a mi pueblo: que soy más demócrata que los que se tenían por tales. Desde que conocí los resultados de la votación del doce de abril vi claramente lo que me quedaba que hacer: o provocar un acto de fuerza o marcharme. Terrible, pero este era el dilema, y yo quiero demasiado a nuestra patria para imponerme a ella por el terror. Había dejado de amarme y todo esfuerzo por conseguir lo contrario hubiese resultado estéril.

—Pero —insinuo— aquella votación municipal no entrañaba un plebiscito sobre el régimen. Y aunque lo hubiera sido, el resultado no era adverso. Si resultaron cinco mil concejales republicanos, había, en cambio, veinte mil monárquicos.

—Pero me habían vencido en casi todas las capitales... En Madrid, principalmente. No olvides que la capital de España, que es mi pueblo, se manifestó contra la Monarquía. Sus calles estaban llenas de gentes que celebraban mi derrota. ¿Qué iba a hacer?

Estoy seguro, como tú, como todos, que aquellas manifestaciones, que no eran una revolución, ni siquiera un motín, sino unas algaradas callejeras, se hubieran acabado con unas cargas de los guardias de Seguridad... Pero eso era ponerme personalmente enfrente del pueblo, que es lo que más he amado. Y no quise.

Dicen que me marché por miedo... Desprecio esa hipótesis... Creo que en veintinueve años de reinado, nada fáciles, después de los atentados de que fui objeto, no se puede negar mi serenidad... Me fui porque pensé que ese era el deseo del pueblo, y, por consiguiente, mi deber... Si todos los que presumen de demócratas procedieran como yo, otra sería en estos momentos la suerte de España...

A mí, acaso mis enemigos de ahora, que eran mis aduladores de antes, podrán culparme de todo menos de haber jamás desdeñado la opinión del país... El catorce de abril percibí claramente que España quería que me marchara, y yo no vacilé un momento... Era mi deber. ¿Qué hubieras hecho tú en mi lugar?

—No sé, no sé —le contesto—. Al pueblo se le engaña y se le alucina con facilidad... El pueblo es un pobre niño ciego... Casi nunca sabe bien lo que quiere... Si yo hubiera estado en el espíritu de Vuestra Majestad, no el catorce de abril, sino el doce...

—Veamos, ¿cómo hubieras procedido? —me interrumpe sonriente.

Explayo gustoso una opinión que muchas veces ha tentado mi pensamiento y mi pluma.

—Si yo hubiera sido entonces Vuestra Majestad, no hubiera dejado pasar impávido, entretenido por las inútiles conversaciones de los políticos, aquellas cuarenta y ocho horas que transcurrieron desde la tarde del domingo doce de abril hasta el anochecer del catorce...

En ese tiempo el Rey de España fue vilmente abandonado por todos los que tenían el deber de defenderle. Empezando por aquel pobre almirante Aznar, que fue el primero en asustarse, en dar proporciones de catástrofe a lo que solo era un tropiezo electoral... Ante la pasividad, la inhibición del Gobierno y la tolerancia, que llegó a ser complicidad de las autoridades, se dio lugar a que, animados por la impunidad, los revoltosos hicieran acto de presencia en las calles...

Alfonso XIII junto a Eduardo Dato y Niceto Alcalá-Zamora en una sesión académica
“Sesión académica. El rey tiene a un lado a don Eduardo Dato, muerto en servicio de España y de la Monarquía. Al otro lado está don Niceto Alcalá-Zamora, político segundón, entonces, ministro del Rey, que había de ser Presidente de la República.” (4)

La prueba es que los primeros grupos no se formaron hasta que, propagadas por los propios ministros y los personajes monárquicos, se difundieron las voces de que Su Majestad se marchaba...

Aquel lunes 13 de abril de 1931 —insisto—, si yo hubiera sido Rey de España, hubiera montado a caballo en mi jaca alazana y me habría trasladado desde el Palacio de Oriente al Ministerio de la Guerra, después de haber dado un paseo por Madrid, para mezclarme con el pueblo, para hacer acto de presencia ante él, como lo hizo Vuestra Majestad en otras ocasiones memorables.

—En efecto. A la mañana siguiente del horrible atentado de la calle Mayor y la tarde del día que asesinaron a don José Canalejas —evoca melancólicamente el exmonarca.

—Esto es —ratifico yo—. Con un inesperado paseo a caballo hubiera dado Vuestra Majestad la sensación de un Poder fuerte, de una firmeza que no se resignaba a claudicar... Y una vez en el Ministerio de la Guerra, yo en su lugar habría declarado sin rebozo el fracaso de unos políticos que no sabían defender ni dirigir al Estado y hubiera asumido plenamente, totalmente, todos los Poderes...

—Pero eso era la dictadura personal...

—¿Y por qué no? Vuestra Majestad tenía ya la experiencia de otra dictadura, a la que sin serlo se le atribuyó un carácter personal...

Alfonso XIII con Francesc Cambó durante la monarquía
“Planos del Rey. Planes de Cambó que es su ministro. La Lliga gobierna en Madrid y el separatismo catalán está callado. Pronto, sin embargo, se gritará ¡Muera España! en Barcelona, y la semilla separatista que sembró la Lliga dará por fruto, con la República, la ruptura de la unidad española.” (5)

Primo de Rivera y la dictadura

—Es cierto... Se me ha combatido mucho diciendo que yo fui el instigador, el responsable del acto de Primo de Rivera en septiembre de 1923. Es mentira, absolutamente mentira, que yo estuviera previamente de acuerdo con el general. Fui el primer sorprendido con la noticia, que recibí durante una fiesta de noche en mi Palacio de Miramar, de que Primo de Rivera se había sublevado...

Marché a Madrid... Unos me incitaban a declarar inmediatamente al Marqués de Estella “enemigo del pueblo”... Yo le pregunté a mi Gobierno en pleno: “Teniendo en cuenta la actitud del Ejército, ¿podéis garantizarme que se restablecerá el orden en España y que se sostendrá a la Monarquía y al Gobierno?...” La respuesta fue negativa... Nadie estaba seguro de sí mismo...

En cambio y mientras tanto, Primo de Rivera me dirigía un telegrama garantizándome el mantenimiento del orden público, la lealtad a la Corona y el restablecimiento de las garantías constitucionales tan pronto como fuese reprimida la anarquía... ¿Qué querían que yo hiciera, sino elegir entre el hundimiento y la salvación, no mía, sino de España?... La prueba de que acerté fue el entusiasmo delirante con que el pueblo acogió la Dictadura...

—¿Vuestra Majestad está satisfecho de ella?

—Sí... Considero que fue uno de los mejores aciertos de mi reinado... El general Primo de Rivera era, ante todo, un perfecto militar, un hombre honrado, sin egoísmo alguno... Quizá no tenía cultura bastante, preparación suficiente para acometer todos los complejos problemas de un Estado, pero su maravillosa intuición, su gran talento natural, le capacitaban para todas las empresas... Dígase lo que se quiera, fue simpático al pueblo... Y realizó una obra formidable, que ahora reconocen y recuerdan con melancolía todos los españoles...

Durante su etapa de gobierno, el orden público quedó totalmente restablecido... La situación de España en 1923 era insostenible... La Hacienda estaba en crisis y la guerra de Marruecos consumía todos los recursos... En el interior, el espectáculo resultaba más siniestro aún... Los soldados, como ocurrió en Málaga, se negaban a embarcar para África... En Cataluña enconábanse los brotes separatistas... Patronos y obreros caían asesinados vilmente en Barcelona y otras ciudades españolas... Yo me encontraba con un Parlamento que resultaba inútil para contener la anarquía...

Y, por ser Rey constitucional, tenía que permanecer callado, acatando las decisiones de unas Cortes que no servían para nada y viendo, mientras tanto, cómo España se desangraba. Hasta mí llegaba el malestar enorme del pueblo... Y atento a él, acepté la Dictadura, que fue recibida con un contento unánime... No me arrepiento de ello. Mientras más tiempo pase, mejor se apreciará la gigantesca obra realizada por Primo de Rivera... ¿No es cierto?

—Cierto, señor —asiento con sinceridad.

—Yo he dicho muchas veces —prosigue enardecido por el tema— que en los seis años que él gobernó, España recorrió sin tropiezos un camino que en otras circunstancias hubiera costado veinte años de esfuerzos... Aparte de restaurar la paz pública, nadie puede disputar a Primo de Rivera el haber creado cinco mil nuevas escuelas habitables; construido miles de kilómetros de carreteras; nivelado, por primera vez al cabo de cincuenta años, el Presupuesto de la nación, y, sobre todo, haber pacificado Marruecos.

—Es decir —me atrevo a interrumpir—, que Vuestra Majestad no cree que la Dictadura fue un error político...

Constitución, parlamentarismo y monarquía

—No; decididamente, no —responde con firmeza—; confesarlo me cuesta un íntimo dolor. Porque nadie más creyente que yo en la teoría constitucional y democrática. Quizá mi situación actual se debe a haber estado demasiado atento al sentir del pueblo... Y haber sido un Rey demócrata y constitucional.

Lo he proclamado antes de ahora: considero que los Reyes se deben a los pueblos y están obligados a gobernar en una íntima y completa compenetración con ellos, y también se deben al interés de servir al país, percibir sus latidos y traducir en forma práctica todas sus ansias, aspiraciones y necesidades.

No creo que se pueda hacer más de lo que yo hice por orientar mis actuaciones en sentido democrático... He sido el primer Rey europeo que llamó a consulta a sus adversarios políticos... En su momento, solicité la opinión de los jefes de la conjunción republicano-socialista... A pesar de toda mi buena voluntad, los resultados fueron lamentables... Hoy pienso, con cierta tristeza, que la equivocación acaso no fue mía, sino del sistema político que practicaba. Tal vez, repito, si yo no hubiera procurado ser un Rey demócrata, que estaba atento a la opinión y sometiéndome dócilmente a las exigencias constitucionales, otra sería la suerte de España...

El constitucionalismo y el parlamentarismo convierten a un Monarca en una figura ineficaz y decorativa... La única víctima personal de la Constitución fui yo... Ni aun los mismos políticos que, amparados en ella, me convertían en su instrumento, demostraban conocerla... En más de una ocasión, durante los Consejos en Palacio, yo tuve que recordar e interpretar a los ministros el alcance de algunos preceptos constitucionales que ellos tergiversaban. Y, sin embargo, ahora resulta que el único culpable de haber infringido la Constitución soy yo. Yo, que, por la misma Constitución, era irresponsable... ¿Concibes algo más absurdo?... Ahora, hasta tú y los que alardeáis de demócratas, me criticáis el haber abandonado España, cuando, si así lo hice, es porque con ello interpretaba justamente el sentir del pueblo...

Alfonso XIII en homenaje a la tripulación del Plus Ultra
“Son los días que siguieron la gesta gloriosa del Plus Ultra. El Rey felicita a sus aviadores triunfantes. Están con él Ruiz de Alda (6), Franco (7), nombrado gentilhombre de S.M., y el mecánico Rada (8). No pasará mucho tiempo sin que Franco vuele sobre Madrid amenazando bombardear la casa del Rey y sin que Rada se lance a la calle capitaneando turbas incendiarias.”

El sacrificio del exilio

—Vuestra Majestad sabe —interrumpo— que el español procede por impulsos sentimentales; pero irreflexivos. Tal vez, lo más significativo de aquellos días, lo que se clavó más hondo en la entraña popular, fue el hecho de que Vuestra Majestad se fuera solo, dejando en Madrid a su familia...

—Si algo me hizo vacilar en aquella jornada —replica vivamente Alfonso XIII—, fue la idea de que alguien pudiera haber dudado de mi valor personal al marcharme... Pero más alto que esta consideración estuvo en mí el concepto de mi deber. Yo había dicho en cierta ocasión a uno de mis gentileshombres que en la vida el mayor de los peligros es el miedo... Y, a lo largo de la mía, creo haber demostrado muchas veces que no lo tengo... Durante treinta años de reinado he sufrido cuatro atentados serios más otros muchos de menor cuantía, y me he visto numerosas veces ante conflictos graves, y, sin embargo, nadie puede decir que me he amilanado.

El mismo día 14 de abril, en mi Palacio, fui yo el que tuvo que imponer cordura y serenidad a todos... Si yo me quedo en Madrid, hubiera tenido que hacer una represión ejemplar, que hubiera supuesto derramamiento de sangre y, entonces, me habrían tildado, con razón, de Rey cruel... ¡Oh, no! —rechaza como una terrible idea—. Hice el mayor sacrificio por la paz de España... Y no fue el menor el de separarme de los seres más queridos... No debía interponer entre ellos y el pueblo un telón de fuego ni dejar tras de mí un reguero de sangre... Con mi expatriación aseguraba el derecho de ellos al respeto de los que me combatían...

Que yo conozco bien a España lo prueba lo que entonces ocurrió. Sabía que podía confiar mi esposa y mis hijos en manos españolas, y así fue... Si la despedida fue triste, no la manchó la crueldad... Yo, que no me tengo por pusilánime, creo que el acto de más valor de mi vida fue aquel de coger el volante de mi automóvil, ofrendando mi seguridad, mi corona, mis intereses, en aras de la paz de mi patria. No quise ser el instigador de una guerra civil... Sinceramente, creía que había llegado la hora de sacrificarme por el porvenir de España...

—Y ahora —me decido a interrumpirle—, ¿no está Vuestra Majestad pesaroso de ello?...

Medita Alfonso XIII antes de responder:

—Hay momentos en que sí... Cuando veo a España debatiéndose en convulsiones de odio y de ruina, me pregunto: ¿Para eso pedían a gritos mi caída?... Yo, que antes que nada y sobre todo, amo a nuestra Patria, no puedo alegrarme de lo que ocurre... Quisiera, aun a costa de mi supremo sacrificio personal, que España viviera una época de paz y de progreso... Pero si algo me consuela del dolor de ver lo que está sufriendo es que ahora, los que vuelvan sin egoísta pasión los ojos al pasado, tal vez empiecen a hacerme un poco de justicia... Con Alfonso XIII, España era otra España...

Se sucede un largo silencio...

Ambos parecemos unidos por la misma preocupación; la Patria lejana, víctima de los Galarza, los Azaña, los Prieto, los Domingo, los Albornoz, los Menéndez, ese tropel de bárbaros sectarios; desangrada por la violencia, herida en las entrañas por sus propios hijos...

La terraza se ha ido poblando de siluetas elegantes, hermosas mujeres que perfuman y decoran la maravillosa noche azul...

La música de los tzigane, atenuada, rima lentas y suaves melodías...

Una dama bellísima, ensueño de nácar y de oro, perla del Gotha, que lleva en su figura la noble gracia de una estirpe regia, pasa ante nosotros y se detiene frente al Monarca desterrado, exclamando:

—Majesté!

Alfonso XIII se levanta rápido, avanza sonriente, se cuadra ceremonioso ante la dama prócer de abolengo y de belleza, y le besa la mano, con la misma gentileza caballeresca que lo hubiese hecho un Casanova.

Por la terraza del hotel cosmopolita pasa un aire galante y cortesano, fragancia de arcaica cortesía bajo las luminarias innúmeras que constelan la noche misteriosa...

Alfonso XIII llega a París tras salir al exilio en abril de 1931
“Llega a París el Rey desterrado que dejaba tras sí la cólera inconsciente y chabacana de un pueblo... Y París, la ciudad que no olvida, tributa a Don Alfonso un férvido homenaje. En la gare de Lyon, el pueblo de París vitorea al desterrado que en la cumbre de la Realeza supo ser, durante los días trágicos de la Gran Guerra, el Príncipe de la Caridad, cruzando una causa de fraternidad piadosa entre los pueblos combatientes.” (9)

Una pregunta final

Y yo pienso:

—¿Habremos sido injustos con don Alfonso XIII?

Notas

(1) Las fotos de este artículo están tomadas del libro ¿Alfonso XIII fue un buen rey? Historia de un Reinado. Los originales son fotografías en blanco y negro. Han sido editadas con IA manteniendo la identidad de la escena original, pero adaptando el acabado visual con la calidad de una cámara réflex actual. Los pies de foto son fieles a los originales.

(2) Alfonso XIII fue el gran motor de modernización del deporte en España, transformándolo de una curiosidad de élites en un fenómeno social.

  • Practicó activamente polo, vela, caza, tenis y automovilismo. Su imagen pública, moderna y atlética, rompió con la tradición de monarcas sedentarios y sirvió de ejemplo para la juventud de la época.
  • Impulsó el fútbol: fue el gran protector del fútbol español. Concedió el título de “Real” a numerosos clubes, como Real Madrid, Real Sociedad o Real Betis, y apadrinó la creación de la Copa del Rey en 1903, originalmente Copa del Ayuntamiento de Madrid.
  • Fomentó la construcción de recintos clave, como el Estadio de Montjuïc para la Exposición de 1929 o los campos de polo en Puerta de Hierro. Además, apoyó la participación de España en los Juegos Olímpicos, destacando Amberes 1920, donde la selección de fútbol, la “Furia Roja”, logró la medalla de plata.
  • Su pasión por la velocidad le llevó a ser uno de los fundadores del Real Automóvil Club de España, RACE.

(3) El general Berenguer asumió los poderes tras la caída de la dictadura de Primo de Rivera, en el periodo conocido como Dictablanda de Berenguer. Más información en mi artículo sobre la dictadura de Miguel Primo de Rivera.

(4) Niceto Alcalá-Zamora. Reconvertido al republicanismo, sin embargo ocupó importantes cargos durante la monarquía:

  • Fue secretario personal del líder liberal Conde de Romanones y ocupó la Dirección General de Administración Local y la Dirección General de Comercio.
  • Ministro de Fomento en 1917, dentro del gabinete de concentración de Manuel García Prieto.
  • Ministro de la Guerra en 1922, nuevamente bajo la presidencia de García Prieto, cargo que ocupaba poco antes del golpe de Estado de Primo de Rivera en 1923.
  • Diputado en las Cortes por la circunscripción de La Carolina, Jaén, de forma casi ininterrumpida desde 1905 hasta 1923.
  • Presidente del primer Gobierno provisional de la República.

(5) Francesc Cambó, líder de la Lliga Regionalista, dedicó su actividad política para que la política estatal española favoreciera la economía catalana. Durante el reinado de Alfonso XIII, ocupó los siguientes cargos:

  • Ministro de Fomento en 1918, en el llamado Gobierno de Concentración Nacional o Gobierno de Unión Nacional.
  • Ministro de Hacienda entre 1921 y 1922. Durante este periodo impulsó el conocido “Arancel Cambó”, una política proteccionista que favorecía la industria catalana.
  • Diputado en las Cortes por Barcelona de forma recurrente desde 1907, dentro de la coalición Solidaritat Catalana, hasta 1923, liderando la minoría regionalista en el Congreso.
  • Concejal del Ayuntamiento de Barcelona. Inició su carrera institucional en 1901, siendo uno de los primeros éxitos electorales de la Lliga Regionalista. Con el advenimiento de la República pasó a llamarse Lliga Catalanista.
  • El miedo a la revolución social durante la Guerra Civil le llevó a tomar una decisión drástica: Cambó financió generosamente al bando sublevado desde el exterior y organizó oficinas de propaganda en París para apoyar la causa franquista, creyendo que era la única forma de frenar el comunismo y el anarquismo.

(6) Julio Ruiz de Alda, a diferencia de Ramón Franco, se movió hacia la extrema derecha:

  • Fundador de Falange: fue una pieza clave en el nacimiento del fascismo español. En 1933 fundó, junto a José Antonio Primo de Rivera y Alfonso García Valdecasas, el movimiento Falange Española.
  • Activismo y muerte: fue el organizador de las milicias falangistas y un ferviente defensor de un Estado totalitario y corporativo. Su carrera política terminó abruptamente al ser detenido tras el triunfo del Frente Popular; fue asesinado en la Cárcel Modelo de Madrid en agosto de 1936.

(7) Ramón Franco, el hermano poco conocido de Francisco Franco, tuvo una carrera política errática y extremista:

  • Conspirador republicano: tras el vuelo, se convirtió en un héroe popular y utilizó su fama para conspirar contra la Monarquía de Alfonso XIII. Participó en la sublevación de Cuatro Vientos en 1930, un intento fallido de proclamar la República, tras el cual tuvo que exiliarse.
  • Diputado de extrema izquierda: en 1931 fue elegido diputado por Esquerra Republicana de Catalunya, ERC, y se alineó con los sectores más radicales, “los jabalíes”. Defendió posturas cercanas al anarquismo y el federalismo.
  • Giro al franquismo: al estallar la Guerra Civil en 1936, tras un inicio confuso, se unió al bando de su hermano Francisco, aunque siempre fue visto con desconfianza por los nacionales debido a su pasado masón y republicano.

(8) Pablo Rada, mecánico de profesión, no tuvo una carrera política de despacho, pero sí un fuerte compromiso ideológico:

  • Militancia republicana: se mantuvo fiel a Ramón Franco durante los años de la República, compartiendo su ideología revolucionaria.
  • Fue uno de los protagonistas de la Quema de Conventos de mayo de 1931.
  • Combatiente en la Guerra Civil: al contrario que los otros dos, Rada se mantuvo leal a la Segunda República durante la Guerra Civil. Sirvió en la aviación republicana y, tras la derrota en 1939, se exilió a Venezuela. Regresó a España décadas después, ya anciano, manteniendo sus ideales.

(9) Alfonso XIII llevó a cabo una labor humanitaria sin precedentes durante la Gran Guerra, entre 1914 y 1918, a través de la Oficina de la Guerra Europea, una iniciativa personal financiada mayoritariamente por su propio patrimonio y gestionada desde el Palacio de Oriente de Madrid.

Esta labor convirtió a España, que era neutral, en un centro logístico de ayuda humanitaria a escala global. Sus ejes principales fueron:

  • La Oficina de la Guerra Europea fue una organización civil pionera, precursora de las ONG actuales. Su función era responder a las cartas de ciudadanos de ambos bandos que buscaban desesperadamente a familiares desaparecidos, prisioneros o heridos. Se tramitaron más de 200.000 expedientes, se localizaron miles de prisioneros y se facilitó el intercambio de correspondencia entre familias separadas por el frente.
  • Protección de prisioneros y repatriaciones: el rey utilizó sus vínculos familiares con casi todas las casas reales europeas para interceder directamente. Diplomáticos españoles visitaban campos de prisioneros en ambos bandos para asegurar condiciones dignas.
  • Repatriaciones: logró la liberación o el traslado a países neutrales, como Suiza, de miles de prisioneros heridos graves y civiles, mujeres y niños, que habían quedado atrapados tras las líneas enemigas.
  • Conmutación de penas: intercedió para evitar ejecuciones de espías o prisioneros de guerra, siendo el caso más famoso su intento, aunque fallido, de salvar a la enfermera Edith Cavell.
  • Neutralidad activa: al ayudar a ambos bandos por igual, aliados y potencias centrales, Alfonso XIII justificaba la neutralidad de España y evitaba que las tensiones internas del país, dividido entre aliadófilos y germanófilos, estallaran.
  • Salvamento de buques y ayuda alimentaria: intervino en la protección de buques hospitales frente a la guerra submarina indiscriminada y facilitó la llegada de ayuda alimentaria a poblaciones civiles en territorios ocupados, especialmente en Bélgica, donde es recordado como un héroe.
  • Reconocimiento: esta labor le valió candidaturas al Premio Nobel de la Paz en 1917 y 1933, aunque nunca llegó a recibirlo.

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