Cuando Franco bombardeó Madrid con pan (octubre de 1938)
La guerra psicológica de Franco con los panecillos (1938)
Fragmento: En 1938 Madrid ya distinguía motores y obuses… hasta que cayó pan del cielo: propaganda, hambre y una ciudad exhausta.
Habían pasado muchos meses desde la última vez que cayeron bombas sobre Madrid. La guerra se había desplazado al Ebro.
En el frente madrileño la cosa iba ya en modo “rutina bélica”: esporádicos golpes de mano, minas subterráneas para volar algún parapeto, y jaranas ocasionales para que el soldado no se relaje (ni se le ocurra pensar demasiado).
Cuando el 4 de octubre de 1938 volvieron a sonar las alarmas antiaéreas, a los madrileños se les activó el recuerdo de los primeros meses de guerra.
Cuando Franco bombardeó Madrid con pan
Cuando la propaganda nos habla de bombardeos “fascistas” sobre Madrid, uno se imagina explosiones por doquier y ciudadanos despavoridos buscando refugio.
Sin embargo, lo cierto es que los madrileños se hicieron expertos en bombardeos . Sabían si había peligro real o si podían quedarse en casa con las persianas bajadas, tal y como ordenaba la Junta de Defensa para no dar pistas a los aviadores enemigos. Sí: el “protocolo antiaéreo” incluía echar la persiana. Como si un piloto de combate necesitase la luz de las ventanas para orientarse. España, pionera.
Si el bombardeo era artillero, aguzaban el oído para distinguir si era “de obús”, o “de combate”.
Los obuses traían peligro porque iban dirigidos contra objetivos dentro de la ciudad; en cambio, los “de combate” solo afectarán a los soldados parapetados en las trincheras del Manzanares.
Quienes tenían la desgracia de vivir cerca de objetivos militares (ministerios, depósitos, acuartelamientos, puestos de observatorio, etc.) corrían peligro de ser baja por “efectos colaterales” y (el que podía) se mudaba a casa de algún pariente en zona más segura.
Y con los aviones, lo mismo: por el ronquido de los motores distinguían aparatos, calculaban distancia, rumbo y altura. Diferenciaban si eran amigos o enemigos y hasta podía predecir en qué barrio iban a caer las bombas. Existen numerosos testimonios de ciudadanos admirando en plena calle el espectáculo de cazas batiéndose sobre sus cabezas. Ya que te cae la Historia encima, al menos que tenga banda sonora.
Los bautizaron con nombres castizos: “el churrero” (bombardero de madrugada), los “Pedritos” (bombarderos barrigudos a semejanza de Pedro Rico, alcalde de Madrid ), el Polikárpov I-15 era un “chato”, y los I-16, “moscas”…
En general, los madrileños preferían refugiarse en sótanos y portales de sus propias casas, compartiendo encierro con los vecinos. El metro se llenaba de forasteros que huían de la guerra y no encontraban mejor albergue.
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Puede decirse que, después de dos años y medio de guerra, el pueblo madrileño tenía un maestro (de los de verdad, no de “liderazgo disruptivo”) en supervivencia bajo bombardeos.
* * *
Por todo lo dicho, cuando los antiaéreos llenaron el cielo de nubes blancas aquella tarde de octubre, los madrileños sintieron más curiosidad que miedo.
El bombardeo de pan
Imagina la sorpresa. Los aparatos sobrevolaron la Gran Vía, viraron rumbo a Cuatro Caminos a la altura del edificio de Telefónica y empezaron a soltar unos bultos que caían balanceándose sobre calles y azoteas.
No había terminado el cañoneo antiaéreo y los más curiosos ya se acercaban a inspeccionar aquellos extraños objetos caídos del cielo.
Eran sacos repletos de panecillos blancos .
La noticia corrió como corren las noticias cuando hay hambre: los “fascistas” estaban arrojando pan sobre la capital . Carlos Morla Lynch , diplomático chileno que pasó la guerra en Madrid, escribió en su diario:
“El hecho es simbólico, simpático y muy español: bombardear una ciudad con pan”.
Y ahí lo tienes: la guerra, de repente, convertida en una metáfora comestible.
Guerra psicológica
Los servicios de Inteligencia y Propaganda franquistas daban donde más dolía. El bombardeo de pan tenía como objetivo acabar con aquella maldita guerra… o, al menos, acelerar el bombardeo moral del Madrid sitiado.
Ya escribí en otra ocasión sobre el hambre en Madrid durante la guerra; no voy a extenderme más, basta el testimonio del periodista José María Carretero Novillo , que escribió que encontrar un alimento en Madrid “había ascendido a la categoría de entelequia, y desde hacía mucho tiempo se habían agotado los sustitutivos”.
El ejército franquista ejecutó la mayor operación psicológica de la Guerra Civil en cinco operaciones aéreas repartidas entre Madrid, Barcelona y Alicante.
Cuenta Carlos Morla en sus memorias que ese día acudió a saludar a Pastora Imperio a su camerino en el teatro Calderón. Esta le enseñó a escondidas “con lágrimas en los ojos” uno de aquellos panecillos “caídos del cielo”.
El pan venía dentro de una especie de saquito que ostentaba la bandera “antigua española - roja, amarilla y roja -” con un texto que decía:
“No nos importa lo que penséis, nos basta saber que sufrís y que sois españoles”.
"Todo es mentira en las propagandas rojas, este es el pan de cada día en la España de Franco. El que guardamos en nuestros graneros, para compartirlo el día de la celebración con los hermanos cautivos".
Fue un golpe duro: una carga psicológica dirigida a una ciudad donde entraban 500 toneladas diarias de alimentos cuando las necesidades reales eran de 2.000 . Dicho de otro modo: no era solo hambre, era hambre con contabilidad.
A pesar de los animosos titulares de la prensa:
- "España resistirá y vencerá a los invasores”,
- “un pueblo y un gobierno firme”,
- “la fuerza de nuestra unidad es invencible”,
Lo cierto es que la gente estaba harta de privaciones y la mayoría deseaba que acabara la guerra de una puñetera vez.
La moral republicana por los suelos
No era casual el momento elegido para tan singular bombardeo.
Negrín (presidente del Gobierno y ministro de Hacienda), en agosto había recibido lo que calificó como “la peor noticia de su vida”. Le llegó [por conducto oficial y reservado] una carta del comisario de finanzas soviético informando que el depósito de oro existente en Moscú estaba prácticamente agotado.
Sólo quedaba un pequeño remanente de 1,9 toneladas de oro .
Para colmo, los nacionales estaban recuperando el terreno que inicialmente habían perdido en la Batalla del Ebro.
En el plano internacional no iban mejor las cosas: la presión alemana para quedarse con los Sudetes [región que había sido germana antes de la I Guerra Mundial] se resolvía a favor de las pretensiones de Hitler.
Inglaterra, Francia, Italia y Alemania acababan de firmar el Pacto de Múnich. Un acuerdo que dejaba Checoslovaquia cortada en porciones como si fuera un queso. A las negociaciones no fue invitada Checoslovaquia, ni su flamante aliado militar: la Unión Soviética.
Y ahora que parecía resuelto el problema de los Sudetes, The Times publicó el siguiente titular:
“Otro incendio que es preciso sofocar es el de España”.
Quedaba meridianamente claro que apagar el “incendio” no pasaba por prestar ayuda militar a la España republicana.
Doce días antes, Negrín había mandado poner de patitas en la frontera a las Brigadas Internacionales formadas por afiliados comunistas de todo el mundo.
Era el último gesto para convencer a las potencias occidentales de que no era un “títere” de los rusos. Sin embargo, la iniciativa diplomática no tuvo la eficacia esperada. Francia e Inglaterra conocieron de primera mano los horrores de la IGM e intentaron no repetirla; como mal menor, que fueron Hitler y Stalin quienes acabaron con h0stias. Total, eran ellos los que estaban tensando la cuerda.
Mientras los alemanes reclamaban a codazos el statu quo anterior a la Primera Guerra Mundial, los bolcheviques intentaban exportar la dictadura del proletariado por Europa.
Y, por desgracia para Negrín (y los españoles), España era periférica. Su opinión contaba lo justo: lo suficiente para escribir titulares, lo insuficiente para cambiar nada.
Entre tanto, los servicios diplomáticos de Franco aseguraron a franceses e ingleses su neutralidad en caso de guerra europea y se negaron a participar en ningún proceso de paz que no fuera la rendición incondicional de los “rojos”.
El diplomático Carlos Morla, refiriéndose a los famosos 13 puntos de Negrín, escribió el 15 de octubre:
"Habla de la paz, pero al mismo tiempo de un plebiscito para después del final de la guerra. Si una de las partes gana —y será Franco— cómo va a aceptar un plebiscito".
Al día siguiente del bombardeo, la prensa se llenó de titulares calificando el acuerdo de Múnich como: “felonía”, “claudicación” y “humillación”, así como un comunicado del general Miaja que avisaba a la población hambrienta:
“no probéis ninguna clase de víveres que os arrojen esos traidores, que pueden estar llenos de microbios capaces de produciros graves trastornos y el peligro de vuestras vidas.”
Carlos Morla puso en su diario:
"Pueril. Todo el que ha tenido la suerte de hacerlo, ha recogido lo que ha podido".
El 15 de octubre , Madrid sufrió un nuevo bombardeo de panecillos.
"Pepito Pinto trae uno de los panecillos recogidos. Todo el mundo los recoge, pero luego, por temor, entrega a los agentes los que no logra esconder.
Pepito nos describe la escena de la calle mientras caen los panes".
El “incendio” español no se apaga
A pesar de que la aventura española estaba condenada al fracaso, Stalin decidió mantener su apoyo a la causa republicana.
El motivo no está del todo claro.
El historiador Enrique Moradiellos apunta que “quizás” era mantener entretenidos a los alemanes en un lejano país del sur, para que Hitler mantuviera la atención lejos de Europa Central.
Vaya usted a saber lo que pasaba por la cabeza de Stalin... el hecho es que concedió un último crédito al Gobierno de Negrín.
Como el oro había “volao”, el último crédito se pagaría con supuestas exportaciones españolas a la URSS. Dado el hundimiento de la producción en la zona republicana, en la práctica suponía un crédito a fondo perdido.
Un tiro al aire.
El 11 de octubre, el diplomático Carlos Morla escribió en su diario:
"En los artículos de El Sol se sigue exclamando ¡Venceremos!. Parece mentira tanta pertinencia. Me explico esa resistencia por los intereses creados a muchos por la guerra.
Hay quienes no tenían nada y ahora tienen "casas", coches (incautados), sueldos, etc… Con la victoria de Franco lo pierden todo".
El caso es que Negrín se sacó de la manga un nuevo lema:
"Resistir es vencer"
y llamó a filas a “la quinta del biberón”, menores de edad reclutados para sustituir a las Brigadas Internacionales que acababa de despedir.
La guerra estaba perdida, pero Negrín se abrazaba a la absurda esperanza de que empezara la II Guerra Mundial antes de que Franco llegara a la Junquera.
Irónicamente, solo cuatro meses después de acabar nuestra guerra, Hitler y Stalin se hicieron amiguitos para repartirse Polonia. Pero esta es otra historia...
Después del bombardeo de los panecillos, la Guerra Civil se alargó seis meses más.
Seis largos meses de hambre, miseria y muerte para un pueblo exhausto.
Bibliografía
Periódicos
El Avisador Numantino, Diario Palentino, ABC, La Época, El Socialista y La Libertad de los días siguientes al 4 de octubre. Todos de libre acceso en internet.
Libros
- España Sufre. Diarios de Guerra en el Madrid Republicano , Carlos Morla Lynch. Ed. Renacimiento. (2008)
- La Guerra Civil en Madrid - Matilde Vázquez, Javier Valero. Ed. Giner (1978)
- Revista Española de Historia Militar . Vol XIII (Artículo: Cuando las bombas eran de pan , de Jaime Latas Fuentes)
- Horas del Madrid Rojo - José María Carretero. Ed. Caballero Audaz (1941)
- Negrín - Enrique Moradiellos. Ed. Península (2015)
Magnífico artículo. Claro, conciso, concreto y bien documentado.
ResponderEliminarGracias.
Muchas gracias por leernos.
EliminarClaro, si el pan lo hubiera arrojado el PSOE a la zona nacional sería pan de oro con jamón cinco jotas.
ResponderEliminarLa cuestión es criticar y desacreditar, lo que hace la prensa progre las 24 horas al día.
¡¡¡ VIVA ESPAÑA !!!
EliminarLa historia ya está escrita y conviene recordarla. Es muy de agradecer artículos con rigor histórico como el suyo, ahora cuando la está tergiversando por todos los medios "pseudoprogres" con el apoyo incondicional de el actual gobierno catastrófico que padecemos. Muchas gracias y mucho ánimo.
ResponderEliminarMuchas gracias por leernos, un cordial saludo.
EliminarYo soy de Alfamén, donde salieron las aviones con el pan
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