El golpe de Estado de 1934 en Asturias: dinamita, delirio y desastre
Oviedo ardió en octubre de 1934
Ya he contado que en Madrid el golpe de Estado de 1934 se tradujo en nueve días de escaramuzas: el objetivo era paralizar la vida de la capital y mantener entretenido al Gobierno.
Mientras en Madrid el intento de revolución parecía más una prolongada huelga con escaramuzas de salón, en Asturias se jugaba a la guerra con dinamita, fusiles y una euforia revolucionaria que hoy daría vergüenza ajena.
En Madrid era difícil montar un incendio grave. Los obreros de las grandes ciudades no se dejaban empujar fácilmente al matadero. El motivo es sencillo: convivían a diario con los cuerpos de seguridad del Estado y tenían más a mano los medios de comunicación para contrastar la propaganda política.
En definitiva, eran más cautos.
En cambio, en las zonas rurales aisladas había —con suerte— media docena de guardias civiles destacados en cada pueblo. Cuando un espabilado arengaba a unos miles de obreros, el efecto masa les hacía sentirse fuertes para vencer al Estado. Hablamos de una época en la que el 40% de la peña era analfabeta, no había internet, no había televisión, y la radio y el teléfono eran un lujo.
Aquí encontrarás:
- Los protagonistas de la Revolución de Asturias de 1934
- Oviedo bajo el imperio de la dinamita
- El papel de Franco en la Revolución de Asturias
- Consecuencias de la Revolución de Asturias de 1934
- Epílogo
Los protagonistas de la Revolución de Asturias de 1934
Lo primero que hicieron fue tomar por asalto a los cuarteles de la Guardia Civil. Luego, arrestaron al paquete completo de “burgueses locales”: el cura, el médico, el ingeniero y el alcalde (si no era socialista, claro).
A continuación, la coreografía habitual: iglesias ardiendo, alguna cuenta pendiente saldada a la brava y vales revolucionarios que no aceptaba ni el gato. Tal y como habían hecho sus héroes bolcheviques diecisiete años antes.
Y mientras unos esperaban la llegada del nuevo paraíso social, otros se lanzaron a conquistar Oviedo como pollos sin cabeza.
Lo primero que llama la atención es que la borrachera de lucha de clases se produjo entre la aristocracia del proletariado español. Hay que ponerse en la piel de la época: la minería contaba con subvenciones estatales, los mineros tenían trabajo todo el año, sueldos superiores a la media, jubilaciones, preferencia de acceso al trabajo para sus hijos y escuelas gratuitas.
Los alijos de armas para la Revolución de Asturias se pagaron con fondos de la mina San Vicente. La gestión había sido cedida al SOMA-UGT durante la dictadura.
Unos privilegiados si los comparamos con los dos millones de temporeros extremeños y andaluces, que tenían que apañarse con tres meses de «jornales de hambre» (como se decía entonces) durante la cosecha. El resto del año sobrevivieron gracias al furtivo, la recolección de espárragos silvestres e higos chumbos y la carbonera.
No fue la miseria el motor de la revolución en Asturias.
La población minera asturiana estaba formada por unos 30.000 hombres, de los cuales:
- 20.000 pertenecientes a la UGT,
- 6.000 al sindicato comunista,
- 4.000 a la CNT.
Asturias y las cuencas mineras de Palencia y León fueron las únicas provincias donde los tres sindicatos se pusieron de acuerdo (Alianza Obrera) para implantar la «dictadura del proletariado» (o sea, la de ellos). La revolución no cuajó en el resto de España.
Las intentonas revolucionarias emprendidas durante el bienio de Azaña fueron reprimidas sin contemplaciones. Anarquistas y comunistas estaban escaldados: todavía estaba fresca la matanza de Casas Viejas. Y apenas llevaban cinco meses fuera de la cárcel gracias a la Ley de Amnistía dictada en abril de 1934. No sé cómo lo verás tú, pero tiene lógica que desconfiaran de la UGT y de su presidente, recientemente reconvertido a Lenin español.
Por otro lado, los comunistas tenían orden de la Comintern de apuntarse a todas las tanganas. En 1934 eran cuatro pelagatos, pero estaban estratégicamente infiltrados en las juventudes socialistas: cualquier ocasión era buena para desestabilizar una República a la que tachaban de «burguesa». Cuando todo estaba perdido, se negaron a rendirse, lo que costó otro puñado de muertos.
A diferencia del PSOE, los comunistas asumieron sin tapujos su responsabilidad en los hechos. Cuando vieron que los principales líderes socialistas escurrían el bulto, les acusaron públicamente de haber tomado el pelo a la clase trabajadora. Razón no les faltaba.
“¿Hice bien o mal al proceder como lo hice? Mi conciencia está tranquila. Estoy convencido de haber cumplido con mi deber, pues ofrecerme como víctima sin beneficio alguno para la causa del proletariado hubiera sido tan inocente como inútil.”
(Largo Caballero, Mis recuerdos)
El caso es que el PCE acabó erigiéndose en el protagonista principal de una revuelta en la que al principio había sido comparsa.
Oviedo bajo el imperio de la dinamita
Los expertos de historia subvencionada aseguran que el factor determinante del triunfo de la revolución en Asturias fue la alianza intersindical. Sin embargo, hubo otras dos circunstancias clave para que una región entera permaneciera 15 días a merced de unos miles de mineros convencidos de su propio relato soviético. No una. Dos.
Primera: la inoperancia, negligencia o incompetencia (llámese como se quiera) del Gobierno, más concretamente del gobernador civil de Asturias. Fueron incapaces de tomar medidas preventivas contra un golpe de Estado que —como ya expliqué— se venía anunciando desde hacía meses.
Segunda: la cantidad de armas y dinamita de la que dispusieron los mineros. No te lo vas a creer: quince días después de terminar la fiesta, seguían retumbando explosiones de depósitos clandestinos que la Guardia Civil iba descubriendo en aldeas asturianas. Decenas de camiones cargados de dinamita quedaron abandonados en las calles de Oviedo.
Pero hay más: los revolucionarios también dispusieron de armas de guerra.
Los primeros legionarios que entraron en las cuencas mineras requisaron cerca de 4.000 fusiles; pero faltaban otros 16.000 que los revolucionarios habían saqueado en la fábrica militar de La Vega. Ni 100, ni 500, ni 1.000: se apoderaron de unos 20.000 fusiles. La República, lógicamente, tenía que recuperarlos.
El Gobierno encargó el marrón a un comandante de la Benemérita: Lisardo Doval. Fue nombrado “delegado especial del Ministerio de la Guerra en Asturias”, con “poderes especiales” para —textualmente— “normalizar la zona minera, el desarme de ésta y detención de los dirigentes y cabecillas del movimiento”. Duró poco: lo largaron antes de que finalizara la «operación desarme».
Lo cierto es que Doval destacó por métodos poco escrupulosos. Tuvo que dimitir el 7 de diciembre por discrepancias con el director general de Seguridad y el nuevo gobernador civil de Asturias.
A algunos les encanta hurgar en la represión gubernamental (que, sin duda, la hubo). Pero se les olvida mencionar que los rebeldes siguieron desafiando después de firmar la rendición: intentaron quedarse con grandes cantidades de armamento robado durante la movida. Esta noticia demuestra que los mineros seguían en rebeldía 17 días después del inicio de las hostilidades.
Mientras en España se celebraban homenajes al ejército y se abrían suscripciones para los damnificados, la Guardia Civil seguía desmantelando depósitos de armas y explosivos que iban apareciendo en Bilbao, Valencia, Jerez, Alicante y, por supuesto, Asturias y Cataluña. Todo en orden.
Aunque los mineros disponían de mucho armamento, carecían de entrenamiento para usarlo con eficacia; en cambio, eran expertos dinamiteros. Su táctica de combate era tan sencilla como eficaz: mientras unos disparaban a lo loco con los fusiles robados, otros avanzaban detrás, con el cinto cargado de cartuchos y un cigarrillo en la boca para irlos prendiendo.
Los lanzaban contra el enemigo y, como conocían perfectamente el alcance de la onda expansiva, se retiraban solo lo estrictamente necesario. Aprovechaban el desconcierto para avanzar y lanzar otro cartucho, luego otro, y así sucesivamente.
A las escasas fuerzas de seguridad destinadas en Oviedo no les quedó otro remedio que salir por patas. Corrieron a parapetarse en posiciones dominantes, a distancia de la dinamita, para ir cazándolos poco a poco. Aguantaron nueve días las embestidas de miles de obreros, hasta que el 13 de octubre aparecieron los primeros legionarios.
La ciudad de Oviedo pagó el pato. Unas veces porque servía de parapeto a los «enemigos del pueblo», otras por razones estratégicas y otras por represalia pura y dura, los nuevos «soldados rojos» barrenaron cerca de 80 edificios del casco histórico. Quedaron destrozadas la Catedral, la Universidad, el Instituto, la Audiencia, el Palacio Episcopal, el Banco de España y el Teatro Campoamor (este último fue incendiado por las propias fuerzas de seguridad en acción defensiva).
El papel de Franco en la Revolución de Asturias
Cuando se celebró el debate parlamentario sobre lo ocurrido en Asturias (7 de noviembre), el ministro de la Guerra (Diego Hidalgo Durán) declaró que había sido un “acierto personal indiscutible” haber recurrido a los consejos del general Franco “en los momentos de verdadero peligro”.
Después de 21 artículos escribiendo sobre la verdadera historia de la Segunda República, no me queda otro remedio que mencionar por primera vez al futuro “generalísimo”. Francisco Franco era entonces el general más joven de Europa y se encontraba «congelado» por la ley Azaña. Lo habían destinado a Baleares como castigo por unas declaraciones tras el cierre de la Academia Militar de Zaragoza.
El destino quiso que la revolución de Asturias le pillara en Madrid, volviendo de unas maniobras en Astorga. Unas maniobras que, a mi juicio, tenían toda la pinta de “aviso a navegantes” por lo que se estaba gestando en las cuencas mineras.
El ministro del Ejército era un notario con poca idea de asuntos militares. Aun así, se dio cuenta de que pasaban cosas raras y empezó a desconfiar de la “pasividad cómplice” de algunos mandos. Cada vez más mosqueado, ordenó a Franco acudir al Ministerio de la Guerra al anochecer del sábado 6 de octubre.
Según escribió después, sintió gran admiración por él: “lo traté por vez primera en mi viaje a Baleares, y en aquellos cuatro días pude convencerme de que su fama era justa”; “entregado totalmente a su carrera, posee en alto grado todas las virtudes militares”; “no divaga jamás”; “singularmente capacitado para el asesoramiento”.
Además de la alta estimación del ministro, se daba la circunstancia de que Franco conocía bien el paño: en 1917 había estado destinado en Asturias y su mujer era ovetense de toda la vida.
El caso es que el ministro sentó a Franco en su propio despacho, le mostró los preocupantes telegramas que llegaban de Asturias y Cataluña, y le dio el mando supremo de las operaciones. El nombramiento no era oficial, porque el ministro se estaba pasando por montera la jerarquía de la cúpula militar entera, comenzando por el jefe del Estado Mayor del Ejército.
Lógicamente, saltaron chispas.
Seguro que alguno estará pensando que el ministro era un «fascista». Pues no: Diego Hidalgo era un político de “ideas avanzadas” (como se decía entonces). Afiliado al Partido Republicano Radical, había sido fundador de la Asociación de Amigos de la Unión Soviética y socio de la editorial Cenit, especializada en divulgación marxista.
En 1929 publicó un libro sobre sus andanzas por la URSS. En la célebre sesión parlamentaria, Calvo Sotelo le reprochó las consecuencias de sus libros con una cita de Quevedo: “el que ordena lo que no hace, deshace lo que ordena”. Cosas de la política española.
Ya he contado que el golpe de Estado de 1934 es el más anunciado de la historia de España. Los socialistas llevaban meses haciendo propaganda en los cuarteles para atraerse a la tropa. Pensaban que, llegado el momento, los soldados “desertarían de las filas capitalistas” y no dispararían contra sus “hermanos proletarios”.
De ilusión también se vive. Cualquiera que haya hecho la mili sabe lo crudo que lo tiene un soldadito que se empeñe en desobedecer al mando. Vigente el estado de guerra, el acto es equiparable a un suicidio asistido.
Mira:
- Las primeras tropas que se enfrentaron a los mineros estaban mal alimentadas y peor pertrechadas. Eran soldados de reemplazo: pocas ganas de morir en aquel marrón. Lo único que querían era acabar la p**a mili. Para colmo, sus superiores discutían entre ellos porque ninguno quería asumir el mando que jerárquicamente le correspondía...
- Los aviones del aeródromo de León despegaron sin armamento. En vez de cortar el paso a las primeras columnas mineras que se dirigieron a Oviedo, se dedicaron a realizar vuelos de reconocimiento. El jefe de la base (primo de Franco) fue destituido fulminantemente.
- El coronel responsable de la Fábrica de Armas Portátiles de La Vega desobedeció la orden de quitar los cerrojos a los fusiles. Los mineros tomaron la fábrica con extraña facilidad, encontraron intactos los fusiles y hasta unos miles de pesetas en la caja... La misma historia se repitió en la fábrica de cañones de Trubia.
- El teniente coronel López Bravo se embarcó en Ceuta al mando de un batallón de cazadores, pero tuvieron que desembarcarlo deprisa y corriendo en La Coruña tras dirigir un intento de sublevación a bordo. Fue sustituido por el teniente coronel Juan Yagüe.
Yagüe era otro perjudicado por la reforma militar de Azaña: lo tenían en situación de disponible voluntario en su pueblo (San Leonardo, Palencia). Franco lo llamó urgentemente a Madrid y lo mandó a Gijón en “autogiro” (no había aeropuerto) para ponerse al mando de las tropas africanas que acababan de desembarcar: las únicas bien adiestradas para arreglar el entuerto.
Hubo más casos de militares que renunciaron a “disparar contra el pueblo”; no viene al caso detallarlo. Lo importante es que en 1934 ya era patente la división ideológica y política dentro del ejército.
También hubo tensiones entre mandos que estaban del lado del Gobierno. Es muy sonado el pique del general López Ochoa (masón y liberal) con el teniente coronel Yagüe (si por entonces no se había hecho falangista, poco le faltaba). El primero era inspector general del Ejército y fue nombrado jefe de las operaciones asturianas sobre el terreno por presiones de Alcalá-Zamora. Pero Yagüe tenía hilo directo con Franco y carta blanca para operar con las tropas africanas. Dos gallos en el gallinero.
Digamos que Yagüe era muy de aplicar la ley marcial en caliente. Así se entiende el rebote que se pilló al comprobar que Ochoa se dedicaba a pactar: “perdones, huidas y componendas” con Belarmino Tomás, secretario del Sindicato Minero Asturiano. (Se cuenta que Yagüe llegó a encañonar a Ochoa con su pipa.)
Lo cierto es que, mientras ambos discutían, Belarmino Tomás huyó de España dejando colgados a millares de mineros que seguían fugitivos en las montañas. Lo de siempre: mientras los cabecillas se ponían a buen recaudo, el pueblo apechugaba las consecuencias.
Lo más irónico es que a López Ochoa no le sirvió de nada el compadreo con los líderes de la revolución: en abril de 1936 el Gobierno del Frente Popular lo procesó acusado de “feroz represor del pueblo” y, al inicio de la guerra, unos milicianos pasearon su cabeza ensartada en una bayoneta por las calles de Madrid. Como lo oyes.
No voy a detallar la estrategia militar sobre el teatro de operaciones para no alargarme. En resumen: las mentes pensantes del Comité Revolucionario se lanzaron sobre Oviedo como caballo desbocado y se olvidaron de Gijón. Un fallo. Por el puerto de El Musel desembarcaron las tropas de élite que acabaron rápido con la incipiente “República Socialista Asturiana”.
Consecuencias de la Revolución de Asturias de 1934
La actividad económica quedó totalmente paralizada. El Gobierno tuvo que actuar de urgencia para que “nadie quedara atrás”, porque unas 30.000 familias se habían quedado sin medios de vida. En el primer Consejo de Ministros posterior a la liberación se aprobó un crédito extraordinario de 70 millones de pesetas (una fortuna para la época) “para los primeros gastos de reconstrucción de la vida asturiana”.
La indigencia se extendía entre la población. Aunque los mineros pusieron cuidado en no destruir sus puestos de trabajo, la minería no retomó la actividad hasta el 12 de diciembre, por la resistencia de los mineros a entregar las armas.
Según estadísticas oficiales, se destruyeron cerca de 800 domicilios particulares, sin contar iglesias, fábricas y otros edificios públicos. Asturias quedó incomunicada: volaron puentes, carreteras, levantaron vías férreas y cortaron líneas telefónicas.
Según datos del Gobierno, murieron 855 civiles, 144 miembros de las fuerzas de seguridad y 85 del ejército. Quedaron 3.000 heridos. La prensa informó de niños que vagaban por las calles: eran acogidos en orfanatos porque sus padres estaban muertos, huidos o desaparecidos.
El patrimonio artístico y cultural de Oviedo sufrió pérdidas irreparables.
La Universidad del siglo XVI quedó completamente destruida por la dinamita. Ardió la biblioteca de Derecho más antigua de España.
La Catedral de Oviedo quedó parcialmente destruida: la Cámara Santa voló por los aires. Albergaba la capilla palatina de Alfonso II “El Casto” (año 800), piezas artísticas de la alta Edad Media y algunas de las reliquias más antiguas de la Cristiandad. La voladura destruyó parte de la torre y las vidrieras de la catedral.
Los rebeldes asaltaron la sucursal del Banco de España en Oviedo y robaron 14 millones de pesetas. Fue el mayor atraco de la historia de España hasta ese momento. Solo se recuperó el 30% del dinero; los 9 millones restantes fueron a parar a cuentas de dirigentes socialistas en Bélgica.
Epílogo
La capital asturiana se convirtió en un laboratorio macabro de ingeniería explosiva. Si algo define la revolución asturiana es esto: dinamita como argumento político. Era como si Bakunin y Alfred Nobel hubieran tenido un hijo en las cuencas mineras.
Un capítulo tan dramático como grotesco de nuestra historia reciente: el ejemplo perfecto de cómo el fanatismo, la desinformación y el liderazgo de saldo pueden convertir un conflicto social en una hecatombe absurda.
Lo que se vendió como “Revolución proletaria” fue en realidad un esperpento armado que dejó tras de sí más de mil cadáveres, ruinas y la confirmación de que el desastre no necesita más que voluntad y falta de cerebro.
Si quieres resultar medianamente coherente en lo que escribes, recomiendo que cites las fuentes oficiales consultadas. Está claro que el rigor científico no es lo tuyo, ni falta que te hace. Total, para escribir tonterías...
ResponderEliminarSolo en las fotos, ya tienes 5 fuentes de revistas y periódicos. De todas formas, aunque lo hubiera llenado de citas, no te habría gustado igualmente.
EliminarComo dice Cervantes en el prólogo del Quijote:
"¿Cómo que es posible que cosas de tan poca monta y tan fáciles de remediar puedan ser capaces de suspender y absortar un ingenio tan maduro como el vuestro, y tan hecho a romper y atropellar otras dificultades mayores.?
Lo que esta clarísimo qes que la REVOLUCION de Asturias de 1934, se llama así por haber la hecho las "izquierdas"; si sus autores fueran de "derechas" se llamaria GOLPE DE ESTADO
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