La república de diez horas: Lluís Companys y el golpe catalán de 1934
Prólogo: Macià y la república de primavera
La independencia catalana no debutó en 1934.
El 14 de abril de 1931, con Alfonso XIII saliendo por la puerta de atrás, Francesc Macià aprovechó el desconcierto general para declarar la “República Catalana dentro de la Federación Ibérica” .
Ni cortés ni valiente, pero sí rápido.
En cuanto el Gobierno provisional de la República le dijo “tío, para”, Macià reculó. No consiguió divorciarse de Madrid, pero la audacia le sirvió para resucitar la Generalitat y convertirse en su Presidente .
El goce de las delicias del Poder quitó las ganas de gritar contra Madrit por una temporada. Pero como el entusiasmo político se nutre mejor con mueras que con vivas, no tardó en volver el inconformismo.
Verás.
Entre sardanas y Estatutos: llega Companys
A Macià le sucedió Lluís Companys
Companys no pasó por las urnas, pero era el mejor colocado para heredar la corona de Macià. Había ganado popularidad con la negociación el Estatut y contaba con el apoyo de los rabassaires: su caladero de votos en la campiña catalana.
Sin embargo, el nacionalismo de Companys era demasiado tibio para los chicos de Estat Català, el ala dura de Esquerra Republicana, que prefería los tiros a los discursos.
Las juventudes de Estat Català estaban comandadas por Josep Dencàs y su lugarteniente Miquel Badia, más conocido por "capitá collons" (no es coña, era su apodo).
El caso es que los dos Bravehearts catalanes (esto sí es coña) consiguieron arrebatar a Companys la presidencia de las juventudes de ERC.
Tenían bajo su mando a los "escamots": milicias uniformadas de estilo fascistoide y bravucón que confundían el independentismo con el cosplay paramilitar. Con correas y mucho entusiasmo, se dedicaban a romper la cabeza a quien les pareciera demasiado español, o demasiado cuerdo.
Companys carecía de una fuerza comparable a la de Estat Catalá. Sus rabassaires eran campesinos dispersos y desorganizados, mientras que los xicots de Dencàs eran la punta de lanza del independentismo, siempre dispuestos a imponerse una hostla limpia.
El bueno de Companys necesitaba tenerlos contentos y tomó la peligrosa decisión de nombrar a Dencàs Conseller de Interior. De un plumazo, el Braveheart pasó a controlar todo el aparato de seguridad de la Generalitat.
Corría el mes de junio de 1934.
Octubre rojo y senyera en ristre
El 4 de octubre de 1934, tres ministros de la CEDA entran en el Gobierno. En Cataluña, eso se tradujo como “el fascismo ha tomado Madrid”. Excusa perfecta para que los escamots, con Companys de cara visible y Dencàs de mano dura, se lanzaran a preparar un alzamiento con más símbolos que sustancia.
Les acompañaba la Alianza Obrera, una coalición de socialistas y comunistas (a diferencia de los asturianos, los anarquistas catalanes pasaron olímpicamente). La independencia les importaba una higa, pero apoyaban la revolución convocada por el Lenin español en el resto de España.
El viernes 5 de octubre, Barcelona amaneció paralizada. La tensión se palpaba en las calles.
La Humanitat (periódico oficial de ERC) publicó en su portada:
"La ciudadanía catalana puede considerarse movilizada, que cada uno ocupa su puesto".
El editorial terminaba diciendo:
"El Presidente dirá la palabra necesaria en el momento oportuno, mientras tanto cada uno en su puesto".
El plan de Companys era mantenerse en una "neutralidad expectante", me explicó: observar cómo evolucionaba el golpe en España, para inclinarse después en "socorro del vencedor".
Las noticias que llegaban de Asturias eran alentadoras, pero Companys no contaba con que los de la Alianza Obrera iban a quitarle la careta.
Dencàs mandó venir a los mossos d´esquadra y guardias de Asalto a las órdenes de la Generalitat. Grupos armados independentistas guardaban las órdenes del “general en cap”, atrincherados en los locales de ERC.
Al grito de “Visca la República Catalana”, los xicots y los de la Alianza Obrera se concentraron frente a la Generalitat, y exigieron a Companys que hiciera algo. El griterío en la plaza de Sant Jaume contrastaba con un silencio sepulcral en el resto de la ciudad.
A eso de las 20:15, apareció Luis Companys en el balcón de la Generalitat rodeado de sus consellers y altas personalidades de Esquerra. Un altavoz acalla los aplausos:
¡Atención! ¡Atención catalanes! Va dirigir la paráula del honorable presidente de la Generalitat.
En medio de un silencio expectante, Companys lee con voz temblorosa su alocución histórica:
“las fuerzas monarquizantes y fascistas (..) han asaltado el poder (..) predican el odio constante y la guerra contra Cataluña (..) solidaridad con los hermanos de las tierras hispanas que luchan hasta morir por la libertad (..) proclamo el Estado Catalán de la República Federal Española (..) invita a los dirigentes de la protesta general contra el fascismo a establecer en Cataluña el gobierno provisional de la República , bla, bla, bla, Visca, Visca.
Lo cierto es que las fuerzas "monarquistas y fascistas" estaban en el Gobierno porque habían ganado las elecciones de 1933.
Además:
¿Dónde estaba ese Gobierno provisional? ¿Quién había votado una República Federal Española?
Hoy día sigue siendo un misterio. Lo único que había encima de la mesa era un golpe de Estado organizado por el PSOE para adueñarse del Poder en España.
El caso es que las palabras de Companys comprometían a Azaña.
¿Por?
Porque había mantenido reuniones con Companys los días anteriores. Esa mañana, su partido había dado la siguiente nota de prensa:
"La izquierda Republicana declara que el hecho monstruoso de entregar el Gobierno de la República a los enemigos, es una traición. Rompe toda solidaridad con las instituciones actuales del régimen y afirma su decisión de acudir a todos los medios de defensa de la República".
¿Cuáles eran esos medios?
Al empezar los tiros, se escondió en la casa del doctor Gubern, secretario de la Generalitat. Cuando llegó la policía, encontraron a Azaña escondido en el vano de un balcón.
Pues después de mucho poner el VAR, los oxpertos en historia subvencionada aseguran que Azaña no cometió falta en ataque, si acaso, fuera de juego.
Finalmente fue absuelto por falta de pruebas.
El general Batet y la respuesta adulta
El Gobierno central, lejos de acoj0narse, ordenó al general Domingo Batet declarar el estado de guerra.
Batet publicó el típico bando de guerra con un toque personal:
"Como catalán, como español y como hombre que sólo mira y aspira al bien de la Humanidad, lamento este momento y espero de la cordura de todos que no se dará lugar al derramamiento de sangre".
Lo que ocurrió después podría calificarse de payasada, si no fuera porque hubo cerca de 50 muertos y 100 heridos.
En unas horas, la república catalana pasó de “visca” a “venga, va, que se rinda el siguiente”.
La noche más larga, la más ridícula
Dencàs se había negado a entregar armas a los sindicatos. Se jactaba de que se las arreglaba con sus escamots, pero lo cierto es que resultó ser un Braveheart de Playmobil.
Después de unas horas de asedio, se quitó de en medio por una salida secreta que comunicaba la Consellería de Interior con las cloacas de Barcelona.
Como lo oyes.
Salió al exterior por una emisora de aguas fecales en la playa de Somorrostro, y huyó a Francia llevándose 11.000 pesetas del Fondo Social de Obras Benéficas de Barcelona
Lo más gracioso es que, antes de salir por patas, se pasó la noche retransmitiendo estrafalarias alocuciones radiofónicas que escuchó en directo todo Barcelona.
No te lo pierdas.
Empezó ordenando que se quedaran en casa los que no tenían órdenes específicas de defender la República. Posteriormente aseguró que el ejército español estaba siendo repelido por las “fuerzas regulares” de Cataluña.
Pero según avanzaba la noche, pasó a lanzar angustiosos llamamientos solicitando ayuda.
Como no aparecía ni Dios, acabó pidiendo auxilio (en perfecto español) a los "hermanos de todos los pueblos de Iberia", y lo remató con un estentóreo "Viva España" que dejó alucinados a propios y extraños.
De fondo se escuchaban descargas de fusilería y el tableteo de ametralladoras.
"Esas voces de desesperación y de angustia, ponían el alma en un puño. Daban pena y dolor." (Mundo Gráfico, 24/10/1934, pág. 19)
Entre parrafada y parrafada, la radio pinchaba sardanas, muchas sardanas, Els segadors, la Marsellesa, incluso música religiosa.
Un Dj del desastre. Patético.
Final sin gloria: cañonazo y vámonos
La revuelta duró exactamente diez horas. Los xicots se pasaron la noche atrincherados en sus locales pidiendo refuerzos, mientras el "Capitá Collons" permanecía parapetado en una azotea.
La mayoría se fue a su casa sin pegar un tiro, los que resistieron se dieron cuenta demasiado tarde que, una cosa era ir a bailar al local de Esquerra los domingos, y otra muy distinta jugarse el pellejo a tiros.
Batet pudo haber hecho una escabechina, pero optó por ponerles cerco y dejar que se cocieran en su propia salsa. Se rindieron de madrugada, tras unos cuantos cañonazos sin carga explosiva.
A las seis de la mañana del día 7, en el balcón donde se proclamó la república catalana, colgaron el mantel que habían usado Companys y sus consellers para cenar. Y no era para despistar, era la rendición.
La República Catalana había durado 10 horas.
Epílogo: amnistía y olvido selectivo
Los golpistas fueron amnistiados tras la victoria del Frente Popular en las elecciones de febrero de 1936.
Companys volvió a su silla, los consellers fueron restituidos. Todos, menos Dencàs. El Braveheart de alcantarilla no estaba en la lista de reencuentros. No hacía falta más explicación.
Así acabó la gloriosa epopeya del Estado Catalán de 1934: diez horas de mitología, cien litros de teatralidad y una fuga por las cloacas. A veces, la historia no necesita que la parodiemos.
Se basta sola.
Este artículo forma parte de una trilogía:
Comentarios
Publicar un comentario