El asesinato del Teniente Castillo: el crimen que anunció la guerra
Nos vamos acercando al final de la serie sobre la primavera trágica de 1936 esa sucesión de episodios que parecen escritos por Valle-Inclán con un resacón de aguardiente.
Hoy toca uno de los más intensos: el asesinato del Teniente Castillo.
El telón de fondo es conocido: julio de 1936. España es un polvorín con mecha corta. Y cuando digo corta, hablo de horas. Cuatro, concretamente. Las que separan el asesinato del teniente José Castillo del de José Calvo Sotelo. Dos tiros, dos cuerpos, y el reloj marcando el principio del fin.
El Teniente José del Castillo Sáenz de Tejada
Currículum marcial con tintes marxistas
El Teniente Castillo tenía 35 años, un bigote perfectamente alineado con la moda del momento y una carrera militar envidiable… hasta que empezó a pensar por su cuenta. Carrera militar africanista, pero también acérrimo socialista, lo que para un oficial de su tiempo era como ser vegano en una parrillada con legionarios.
Su salto a la fama no vino por condecoraciones, sino por negarse a cumplir órdenes durante la mal llamada Revolución de Asturias de 1934 . Le ordenaron atacar a Argüeru (Villaviciosa) y respondió que no disparaba contra el pueblo. Resultado: consejo de guerra y un año de arresto.
Era hijo de familia bien, con madre aristocrática y parentesco lejano con los Primo de Rivera. Pero se le torció el linaje: en vez de montar a caballo por los olivares de Jaén, se dedicaba a dar clases de tiro a las Juventudes Socialistas en la Casa de Campo. (Lo de acérrimo no era broma).
Cuando el Frente Popular ganó las elecciones de 1936, su suerte cambió. Fue aceptado en la Guardia de Asalto, una suerte de guardia pretoriana de la República, moderna, urbana y rociada de ideología progresista.
En cuanto le dieron placa, no perdió el tiempo: armó a sus muchachos, dio instrucción militar a la chavalada roja y, para redondear su breve, pero intensa carrera, acabó matando a un primo de José Antonio Primo de Rivera reprimiendo una manifestación.
Desde ese día, su nombre estaba escrito en las paredes de media Falange. Su novia recibió anónimos aconsejando que no se casara con un muerto.
El 12 de julio: tiros, nervios y gafas cambiadas
El domingo 12 de julio de 1936, a las 22:05, Castillo sale de su casa en la calle Augusto Figueroa.
La prensa de la época recoge la entrevista a un testigo presencial del suceso: cuenta que iba distraído mirando a un anciano que se santiguaba con entusiasmo cómico frente a la ermita. Entonces, una voz: —Ese es, ese es. Tirale.
Dos tiros. Uno en el húmero, otro en el intercostal. Mortal de necesidad.
El testigo explicó los detalles del suceso: «dando traspiés, vino a caer sobre mi cuerpo». Ambos cayeron rodando por el suelo.
El testigo perdió las gafas en la caída... «encontrando unas junto al cadáver», se las puso, y «observé que no veía», y lo atribuyó al «estado de mareo y nervosidad».
Resulta que se había puesto las gafas del Teniente. Entonces aparece otro individuo que le entrega sus verdaderas gafas, «entonces comprendí por qué se me nublaba la vista.»
Un momento surrealista digno de esperpento.
Lo subieron a un coche que pasaba por allí. No lo contó. Pidió ver a su esposa antes de morir. Estaban recién casados, ella embarazada, la vida de Consuelo Morales quedó marcada para siempre .
Y entonces vino la venganza
Castillo murió, pero dejó tras de sí un reguero de furia.
La comisaría de Pontejos, donde trabajaba, fue punto de partida de la «expedición punitiva» que, pocas horas después, secuestraría y asesinaría al diputado Calvo Sotelo. Y lo harían en un vehículo oficial.
¿Casualidad? ¿Calentón? ¿Venganza institucionalizada? Cada cual que elija su eufemismo. Lo cierto es que la maquinaria del Estado tuvo un papel, en el mejor de los casos, pasivo pero cómplice.
El cementerio como espejo de España
El cuerpo de Castillo fue velado en el Salón Rojo de la DGS . Al amanecer, el salón estaba lleno de flores, banderas y señores con cara de circunstancias. Acudieron desde altos cargos a milicianos, pasando por una mucha sombra tan variada como los partidos del Frente Popular.
El ataque, cubierto por la bandera del Partido Comunista, fue despedido con el puño en alto, mientras los soldados saludaban a la antigua. El acto tuvo ese aire a medio camino entre lo solemne y lo propagandístico, como si la república quisiera exhibir dignidad en medio del caos.
Indalecio Prieto y la profecía funesta
Los españolesitos del 36 presintieron que aquello era muy gordo. Iba a tener consecuencias. Prueba palmaria es el artículo que publicó Indalecio Prieto el día del entierro de ambos personajes, titulado:
“La España actual reflejada en el cementerio” .
“Son tan profundas nuestras diferencias, que ya no pueden estar juntos ni los vivos ni los muertos.”
— Indalecio Prieto, 15/07/36 en El Liberal
Ni síntesis, ni metáfora. Un diagnóstico. Prieto sabía que la guerra era cuestión de horas.
Censura, histeria y noticias falsas
El asesinato ocurrió en domingo, y los periódicos matutinos no salían los lunes. Los de la tarde llegaron capados por la censura: desde febrero estaba activado el estado de alarma.
El diario Ya se atrevía a publicar que los autores del asesinato de Calvo Sotelo pertenecían a las fuerzas del orden. Resultado: cierre indefinido. La versión oficial era la única permitida.
La Voz, 13 de julio de 1936.
El entierro: honores para uno, silencio para el otro
El funeral de Castillo fue un evento público con representantes del Gobierno, el alcalde de Madrid, diputados socialistas y comunistas. Hubo desfile de milicias, discursos, banderas, saludos con el puño en alto.
Al de Calvo Sotelo no fue ni el ujier del Congreso. Los funcionarios enviados por el Gobierno fueron recibidos a silbidos y se retiraron rápidamente. El cadáver del diputado no salió del depósito del cementerio donde lo habían abandonado sus asesinos.
Ambos cadáveres coincidieron en el Cementerio del Este. Uno rodeado de flores, el otro abandonado como un perro por el Gobierno. Y entre ellos, dos bandos, dos gestos: el brazo alzado a lo romano y el puño alzado de la revolución.
El gobierno, por miedo a un tiroteo en plena Gran Vía, prohibió que las comitivas fúnebres se manifestaran por la ciudad.
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| Asistentes al entierro de Calvo Sotelo saludan a lo romano |
La guerra estaba servida
El director de Seguridad dijo no tener nada que declarar. Mientras tanto, ya se sabía quién había conducido la camioneta que llevó a Calvo Sotelo a su muerte. Se lo callaban. Las cartas estaban sobre la mesa, pero el Gobierno jugaba con la baraja marcada.
“De haberlos juntado [a Calvo Sotelo y Castillo] , se habrían acometido ferozmente ante ellos sus respectivos partidarios, y al depósito le hubiera faltado espacio para la exposición de las nuevas víctimas.”
— Indalecio Prieto 15/07/36 en El Liberal
Más claro, agua. Esa misma semana comenzó la Guerra Civil.
Epílogo
El asesinato del Teniente Castillo fue la cerilla. El bidón de gasolina ya estaba derramado desde hacía meses.
La tragedia está en que ya nadie quiso apagar el fuego. Todos esperaban su turno para encender la mecha.
En el siguiente capítulo: El día que mataron a Calvo Sotelo. La reaccion del Gobierno

Buena información !!
ResponderEliminarAQUÍ, NO SE NOMBRA EN NINGÚN MOMENTO, CÓMO LA GUARDIA DE ASALTO ABRE FUEGO, INDISCRIMINADAMENTE, CONTRA LOS ASISTENTES AL ENTIERRO DE CALVO SOTELO. RESULTA EVIDENTE QUE ESTE RELATO DE ACONTECIMIENTOS ES SESGADO Y PARTIDISTA...
ResponderEliminarSupongo que se refiere usted a los altercados callejeros que se produjeron cuando los asistentes volvían del entierro camino de Madrid. No han sido mencionados porque salían del interés del artículo que ya es de por sí demasiado largo. Gracias por leernos.
EliminarDemasiadas erratas, errores e imprecisiones. Terminología incorrecta e información equivocada. Tiene que prepararse más la materia.
ResponderEliminarLástima que no se digne a mencionar ni siquiera una. A lo mejor aprendíamos algo.
ResponderEliminarSr. Guerrero, no les dé importancia. Es su táctica, desacreditar sin aportar nunca prueba alguna que avale sus descalificaciones.
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