Un desertor británico en el frente del Ebro (1938)

Soldado británico
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Esto es un puto desierto.
Aquí llaman cerros a lo que en cualquier otro sitio serían colinas.
¿Qué carajo se me ha perdido aquí?

No pienso tragar más polvo.
Si no me largo, acabaré con un tiro en la nuca.
Con suerte, limpio.

✺ ✺ ✺ ✺

Hay ocasiones en las que cambiar de bando es la única salida que te queda para salir del lío en el que te has metido tú solito, guiri.
Y otras en las que simplemente llegas tarde.

✺ ✺ ✺ ✺

1938.

En algún lugar del frente del Ebro.

Era noche cerrada. Estábamos fortificando la nueva posición cuando apareció un cabo jadeando, preguntando por mí.

— A la orden, mi alférez. Por orden del comandante, debe presentarse urgentemente en el puesto de información avanzada.

Un británico se había pasado. Necesitaban un traductor para el interrogatorio. En esta puta guerra, los de complemento valemos lo mismo para un roto que para un descosido.

Salimos del parapeto y, una vez desenfilados, bajamos a buen paso por la vagada. Junto a las ruinas de una masía había un cobertizo que el machaqueo artillero había respetado. Lo habían convertido en puesto de información.

Entramos.

Una lámpara de petróleo iluminaba la cara de un inglés de mediana estatura, ancho de espaldas y demasiado rubio para esta guerra. Estaba sentado en un taburete de orden de vacaciones. De las vigas colgaban telarañas como sábanas viejas, proyectando sombras chinas.

— Están todos cabreados — repetía, con acento de su tierra.

Apestaba un vino. O un miedo. A estas alturas ya cuesta distinguir.

— Y tú bebes gaseosa, no te jode — repuso el comandante.

El internacional no entendía nada y aquello iba directo al barranco.

—Al carallo el derecho de gentes.

A una señal del comandante, el cabo le soltó un guantazo seco. Nada teatral. Un recordatorio. El silencio cayó como un saco húmedo sobre el cuartucho. El inglés no se lo esperaba, pero le quedó claro que aquello era solo un aviso.

No hizo falta más. La hostia lo centró.

— A ver si ahora te dejas de pegas —dijo el comandante, mirándolo fijo, mientras yo hacía de traducir. 

Entonces empezó a largar.

Habían cambiado los mandos de su brigada y lo habían degradado de teniente a soldado raso.

—Si no eres comunista… paseo.1

Dejó de frotarse la oreja del guantazo e hizo el gesto de cortarse el cuello con los dedos. Decía que era anticomunista y antifascista. Oh mar, anti de todo.

Se quejaba de que al cruzar la frontera le habían quitado el pasaporte y nunca se lo devolvieron. Yo asentía y traducía, pero pensaba en lo mismo que piensa cualquiera cuando oye a un desertor: que siempre hay una buena razón… cuando es el otro el que huye.

Al comandante le cayó simpático. Decía que se parecía a un central del West Ham que vino a jugar a Vigo.

— Les metimos cuatro a uno. Somos el primer equipo español que ganó a un equipo profesional británico.

Mi comandante, claro, es del Celta y más gallego que el licor café.

El inglés siguió. En su brigada había mucho descontento. El mando se imponía a base de terror. Fusilamientos. Depuraciones.

— Camaradas a Albacete. No volverán jamás. Acusados ​​de traición.2

Escuchar hablar de purgas en las filas enemigas reconfortadas. No porque se haga justicia, sino porque confirma que el infierno es igual en todas partes.

La noche anterior, cuando llamó la artillería, se oyeron tiros del otro lado. Secos, aislados. De pistola. El trompeta, que es veterano, me dijo que estaban fusilando a los que habían chaqueteado. En ese momento pensé que aquel rubio había tenido suerte. Y al mismo tiempo pensé que no, que nadie tiene suerte en una guerra así.

Nos dio datos precisos sobre el despliegue enemigo y la composición del dispositivo. Con todo aquello dedujimos cómo sería la ofensiva. El rubito aseguraba que sería al amanecer.

Tienen más fuerzas de lo que creía —murmuró el comandante—. Cosa fea la deserción. En mi escuadrón no ha habido ni una desde que empezó la campaña.

No supe si aquello era orgullo o superstición.

Mandó despejar el cobertizo y ordenó que llevaran al desertor a retaguardia. Había que transmitir la información al general cuanto antes. El inglés se levantó sin protestar. Caminaba como quien ya no espera nada, ni de unos ni de otros.

A mí me ordenaron reincorporarme a mi unidad.

Quedaban cuatro horas para el amanecer.

Volví al parapeto. El cielo empezaba a aclarar por el este, una franja sucia, como una herida mal cerrada. 

El Ebro seguía allí abajo, invisible, pero presente, respirando despacio. Pensé en el inglés. Pensé en los que se quedan. Pensé en los que no llegan a cambiar de bando a tiempo.

Luego ajusté el correaje, comprobé el arma y esperé. Hoy vamos a tener hule.

* * * *

Notas

  1. “Paseo”: eufemismo habitual durante la guerra para aludir a una detención “informal” que terminaba en ejecución extrajudicial; podía usarse como amenaza, como chanza cruel o como aviso de que la ley estaba de adorno.

  2. Albacete: sede del cuartel general y del centro logístico de las Brigadas Internacionales; en el habla de trinchera podía funcionar como sinónimo de “retaguardia que manda” o de lugar de control e interrogatorio.

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