Miguel, el asistente que no volvió del permiso

Miguel

En algún lugar del frente de Aragón.

Trincheras en el frente de Aragón
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La mayoría de los combatientes no estaban a un lado u otro por ideología. Era una cuestión de geografía: todo dependía de dónde te pilló el día que se abrió la veda.

✺ ✺ ✺ ✺

Nunca lo habría sospechado de Miguel. Guardaba su secreto con la misma reserva con la que yo guardaba el mío. Los compañeros del parapeto son siempre un enigma… hasta que dejan de serlo.

✺ ✺ ✺ ✺

Como cada noche, jugaba una partida de ajedrez con mi capitán. El frente se había estabilizado y, salvo algún tiroteo aislado, la vida transcurría con una calma engañosa: de esa que solo existe mientras nadie decide romperla.

El sargento entró en dar novedades.

—¿Ordena alguna cosa más?

—Nada, sargento. Puede retirarse. Buena guardia.

Pero el sargento no se movió. Se quedó plantado en el cobertizo, mirando al capitán con una vacilación impropia de quien trae buenas noticias.

—Mi capitán, los rojos están cantando que ya es hora de que le sirvan su café.

Una muñeca cruzó su rostro. No es buena señal que el enemigo conozca tus rutinas. Pero enseguida recompuso el gesto. Un capitán no puede permitirse dudas delante de su gente.

—Tienen razón los rojos. Es hora del café. Haga el favor de enviarme a Martínez.

—Es que no aparece por ninguna parte, mi capitán. Llevamos un rato buscándolo.

La última vez lo habían visto camino de las letrinas. Desde entonces, nada. Tampoco aparecía su Máuser 1.

Miguel me caía bien. Era el asistente del capitán: siempre dispuesto, siempre discreto, siempre útil. Últimamente hablaba menos de lo habitual. En la guerra, cuando alguien empieza a faltar, conviene prestar atención.

Se envió una patrulla a rastrear las avanzadillas. Finalmente encontraron su macuto en el chabolo donde dormía. En uno de los bolsillos había dejado una carta para el capitán.

En ella explicaba el motivo de su deserción. Durante el último permiso, unos vecinos lo habían acusado de rojo. Lo que debían ser vacaciones se convirtió en una pesadilla. Cuando estaba a punto de regresar al frente, unos falangistas se llevaron a su tío. Su cadáver apareció días después flotando aguas abajo del Ebro.

Miguel dijo que no podía volver a su pueblo. Prefería desertar. Terminaba disculpándose: lamentaba que su marcha manchara la reputación del capitán.

Nuestro capitán, que se esfuerza en ganarse el afecto de sus hombres, se indignó.

—Es un traidor.

Los crímenes de retaguardia generan tanto miedo como resentimiento, pero el capitán parecía no darse cuenta. O se daba cuenta… y prefería no mirarlo.

—No es razón para marcharse. De habermelo dicho, le habría protegido. Nadie se hubiera atrevido a tocarle.

Me contuve antes de llamarlo ingenuo. En el ejército, las confidencias tienen un recorrido corto. Y suelen acabar mal.

¿Cómo explicarle que yo tampoco había agotado mi permiso?

Me había concedido hasta Año Nuevo, pero regresé después de Nochebuena. Es jodido, pero me sentí más seguro en la trinchera que en mi propia casa.

Antes del 18 de julio había pocos falangistas en Zaragoza. Ahora las calles están atestadas de camisas azules, correas y pistolas. La gente se saluda a lo romano, como si eso bastara para estar a salvo.

Los registros domiciliarios continúan. Mi hermano sigue en la cárcel. No hay tregua navideña para el trabajo sucio de retaguardia. Es un destino cómodo y seguro para los menos escrupulosos. La misión “depuradora” les ahorra el barro, el frío y los obuses.

Durante mi permiso pasado por la sala de anatomía de mi Facultad. Allí vi el resultado de esos “servicios a la Patria”. Todos los cadáveres llevaban el mismo cartelito: “Traumatismo craneal”.

El caso es que llevo días intranquilo.

Hemos recibido un oficio solicitando filiación por si hubiera algún soldado médico en la compañía. Se comenta que quieren ascendernos a alférez. Ser alférez está bien, pero investigarían mis antecedentes políticos… y eso no me conviene.

Decidí renunciar alegando falta de experiencia.

—Debe pensarlo bien. No tenemos ningún deseo de que se marche, pero tampoco derecho a impedirle un ascenso.

De momento ha colado. El capitán cree que es falsa modestia. La verdad es que no tiene ningún interés en perderme. Hoy en día es un lujo contar con un médico en la compañía.

Y además, soy el único que sabe jugar al ajedrez.

A su lado, por ahora, estoy seguro.

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Las historias cambian de uniforme. La deserción cambia de excusa. El miedo no cambia.

Notas

  1. Máuser: nombre común en España para referirse a fusiles basados ​​en el sistema Mauser, muy extendidos en la época (en la Guerra Civil se usaron diversos modelos y calibres).

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