Manuel Iglesias Puga: desertar lanzándose al mar (Siracusa, 1937)
Manuel Iglesias Puga: desertar lanzándose al mar (Siracusa, 1937)
Hay ocasiones en que para cambiar de bando no hace falta una decisión política.
Basta con lanzarse al mar.
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Puerto de Siracusa. Mayo de 1937.
Varios compañeros habíamos pasado la noche escondidos en un bote salvavidas de la cubierta del Karadenice. Salimos del escondite cuando el barco enfiló la bocana del puerto de Siracusa.
Algunos se hicieron un hatillo con la ropa para nadar en calzoncillos.
Yo decidí tirarme vestido.
Nos lanzamos por la borda.
Nadamos hacia la costa. Empezaban a arrugárseme los dedos cuando unos barquitos de pescadores, que habían visto la maniobra, se acercaron a socorrernos.
Nos miraban como quien revisa una red inesperada. Nos preguntaban qué había pasado. Entre el ruido del intraborda y nuestro italiano macarrónico, apenas nos entendíamos.
Nos acercaron hasta el edificio de la Autoridad Portuaria y se marcharon. Allí nos interrogó un comandante. Le dijimos que veníamos de Madrid.
Mientras contábamos nuestra odisea, recibieron una comunicación por radio. El capitán del Karadenice solicitaba que se nos devolviera a bordo. Alegaba que éramos refugiados políticos, que estábamos bajo protección diplomática turca y que tenía orden de su Gobierno de llevarnos a Turquía.
El asunto de los españoles caídos al mar se complicaba.
Así que el comandante decidió pasarle el marrón al Prefecto de la ciudad.
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Pasada media hora, apareció un tipo pidiendo explicaciones en tono autoritario. Calzaba botas altas de montar y un gorro negro con un plumaje que le daba un aire ligeramente cómico.
No entendíamos todo lo que decían, pero la aparición de un uniforme fascista nos llenó de esperanza. La guerra enseña rápido a reconocer qué uniformes conviene ver.
Cuando terminaron las explicaciones, el Prefecto se dirigió a nosotros hablando despacio. Sonrió y dijo que teníamos que ingresar en un hospital. Debíamos estar todos muy enfermos.
Un coro de toses españolas respaldó sus palabras.
Ordenó que le pusieran en comunicación con el barco y afirmó, sin discusión posible, que no estábamos en condiciones de regresar al Karadenice. Íbamos a ser ingresados por pulmonía.
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Madrid. Abril de 1937.
Veníamos de Madrid.
Mi padre y dos de mis hermanos estaban en la cárcel de Ventas. Los había reunido Melchor Rodríguez, el Ángel Rojo, gracias a una gestión de mi madre.
Cuando se abrió la veda logré hacerme invisible durante dos meses. Después me denunció un mancebo que había trabajado en la farmacia de mi padre.
Tuve suerte. El jefe de la checa era un gran aficionado al rugby y por entonces yo jugaba con la selección nacional. Es una historia larga, pero resumiendo: el rugby me salvó el pellejo y me permitió conseguir asilo diplomático bajo bandera turca, en el número 21 de la calle Zurbano.
Me convertí en refugiado político.
Mi vida se redujo a un piso con las persianas siempre bajadas y bombillas encendidas de día. Así pasé seis meses junto a otros cuarenta y tres refugiados.
El embajador nos había pedido discreción. Los milicianos que custodiaban la puerta no debían saber lo que pasaba dentro. Era mejor no provocarles.
La poca comida que nos hacían llegar los turcos suponía una tregua. Alargaba la condena de ir muriendo despacio, entre hambre y tedio.
La moral se mantenía gracias a una Telefunken y a los partes de guerra que escuchábamos en voz baja. Radio Sevilla. Radio Club Estoril. Aquellos nombres nos daban algo parecido a la esperanza.
Un día apareció el embajador anunciando la evacuación. Turquía había llegado a un acuerdo con el Gobierno de la República. Saldríamos vía Alicante. Después, un barco nos llevaría a Constantinopla.
Los viejos, mujeres y niños quedarían libres.
Los que estábamos en edad militar seríamos internados en Asia Menor, en Brusa. Así se garantizaba que no nos uniríamos al ejército de Franco.
Firmamos sin protestar. Lo importante era salir de Madrid. El resto ya se vería.
Firmé jurando por la Virgen de la Inmaculada, patrona de los Regulares de Melilla. Di gracias al cielo cuando me entregaron un pasaporte turco y un salvoconducto que, si no recuerdo mal, estaba firmado por Santiago Carrillo.
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La salida de Madrid fue en autobús, con una bandera turca asomando por la ventanilla. Íbamos escoltados por una pareja de Guardia Republicana. Me sorprendió que ya no llevaran tricornio.
Todavía se me saltan las lágrimas al recordar los huevos fritos con chorizo que desayunamos en Motilla del Palancar.
Al ver la bandera turca, los del pueblo pensaron que era comunista. Hay que agradecer a nuestros escoltas que no los desengañaran.
En el Grao de Alicante nos esperaba el Karadenice. Un barco mixto, con treinta camarotes para más de setecientas personas. Las mujeres y los niños ocuparon los camarotes. Los hombres dormíamos sobre colchonetas en las bodegas.
La comida era mala y fue empeorando. Lo mejor era el café turco, tan cargado que nos comíamos los posos.
Pero nadie se quejaba. Tomábamos el sol en cubierta. Teníamos horizonte y la ilusión del regreso.
Al salir del puerto nos cruzamos con el Hood, un acorazado británico del Comité de No Intervención. Nos saludó con dos bocinazos.
El tiempo era ideal. La vida a bordo, incómoda pero soportable.
En Malta, un compañero se tiró al mar e intentó volver a la isla. Los ingleses lo recogieron y nos lo devolvieron. Les dedicamos una pitada memorable.
Al día siguiente el barco cambió de rumbo. Proa a Siracusa.
Después de Malta, supusimos que nos encerrarían en las bodegas mientras estuviéramos atracados. Así que unos cuantos decidimos escondernos en los botes.
La noche prometía ser larga.
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Siracusa. Junio de 1937.
Mi vida cambió allí.
Una enfermera de sonrisa perfecta cuidó de mí. Dormí en un colchón de lana. Comí pastaciutta con tomate. Paseé por las tardes.
El Prefecto había consultado con Roma. Mussolini decidió intervenir. Mandó carabinieri a inspeccionar el barco. Las condiciones eran deplorables. Italia denunció que el Karadenice incumplía las normas internacionales.
Se ordenó evacuarlo. Los viejos, mujeres y niños fueron a un convento. Nosotros a un cuartel de la Truppa Coloniale.
Dormí como un tronco.
Días después llegó el Gradisca, convertido en hospital flotante. Nos llevaría a España.
—Addio, Manolo —susurró la enfermera al despedirse.
Durante la travesía dormimos en literas destinadas a soldados heridos de nuestro bando. Hablábamos de nuestra incorporación al ejército nacional.
Yo lo tenía claro. Mis padres estaban en Madrid.
El 10 de junio de 1937 llegamos a Cádiz.
Listos para incorporarnos al ejército de Franco.
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Las historias cambian de uniforme. La deserción cambia de excusa. El miedo no cambia.
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Mi padre, Jose Huete Aguilar, estuvo en ese barco turco y fue uno de los que se lanzaron al mar... esta misma historia me la contaba él.
ResponderEliminarHola, gracias por tu aportación. Todas las historias que cuento en "cambiar de bando" están basadas en hechos reales. Esta en concreto la saqué de las memorias de Manuel Iglesias Puga (el tio de Julio Iglesias) Puedes encontrar una reseña de las mismas aquí: https://salvoconductosguerracivil.blogspot.com/2019/09/mi-suerte-dijo-si-las-memorias-del-tio.html
EliminarMi padre, Jose Huete Aguilar, estuvo en ese barco turco y fue uno de los que se lanzaron al mar... esta misma historia me la contaba él.
ResponderEliminarMi padre Leandro de Torres Abreu también fue en ese barco, y se tiró al agua, junto con otros, frente a la costa de Siracusa
ResponderEliminarMi padre Leandro de Torres Abreu también fue en ese barco, y se tiró al agua, junto con otros, frente a la costa de Siracusa
ResponderEliminarMuchas gracias por tu aportación. Es emocionante descubrir testimonios de gente que participó en los hechos. Un saludo.
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