Manual de deserción fallido: un legionario en el frente del Ebro
Manual de deserción fallido: un legionario en el frente del Ebro
Una deserción tiene tres momentos críticos.
El primer momento es cuando saltas de tu parapeto y abandonas a los compañeros. En ese instante ya has decidido unir tu destino al del enemigo. No hay marcha atrás. A partir de ahí, todo es coherencia o cadáver.
Puedes ir solo o acompañado. Lo fundamental es pasar desapercibido. Si alguien te ve, lo más probable es que te lleves un tiro por la espalda. No por maldad, sino por costumbre.
El segundo momento es cuando cruzas el terreno de nadie. Todos los frentes lo tienen.
A veces equivale a la distancia de lanzamiento de una granada. Otras, al alcance eficaz de la fusilería. Rara vez supera el arco de tiro de los morteros. Es una franja variable, depende del frente, del día y del humor de los centinelas.
Lo recomendable es cruzar de noche. Mejor sin luna. Siempre hacia las trincheras del otro lado. Si dudas, te paras. Y si te paras, mueres.
El tercer momento, no menos delicado, es la recepción que te dispensen tus nuevos camaradas. Hasta que todo se aclara, seguirán dispuestos a pegarte un tiro. La deserción no convierte a nadie en amigo de inmediato.
✺ ✺ ✺ ✺ ✺
Algunos frentes son especialmente sinuosos. Terrenos disputados durante meses, modelados por ataques y contraataques. La línea se adapta a la orografía formando entrantes, salientes y ángulos muertos.
Zigzags que serpentean entre el campo enemigo y el nuestro.
En estos frentes es fácil despistarse.
Demasiado fácil.
✺ ✺ ✺ ✺ ✺
En algún lugar de Cataluña.
Antes del amanecer.Noche cerrada, limpia de luna, cargada de estrellas. Condiciones casi ideales.
Se oían tiros en el subsector contiguo, pero en nuestra avanzadilla reinaba el silencio.
—Esos cabrones malgastan munición por ellos y por nosotros —dijo el teniente, lo bastante alto como para que lo oyéramos.
Había orden expresa de no despilfarrar cartuchos.
Todavía no clareaba cuando oímos a alguien avanzar entre los matorrales de la vaguada. Venía del campo enemigo. Un tintineo metálico, rítmico, acompañaba sus pasos. Sonido inequívoco de hombre armado.
El teniente me hizo señas para que cargara el fusil ametrallador. Encaré hacia el punto del ruido.
—¡Alto! ¿Quién va?
—¡Camaradas! ¡Qué ganas tenía de estar entre vosotros!
—Me da que este es un rojillo que se ha perdido —le susurré al teniente.
—¡No encuentro el camino!
Delante de nuestra posición, las alambradas rápidas formaban un pequeño laberinto. Impedían la aproximación directa. Buen trabajo de nuestros zapadores. Malo para un desertor con prisas.
—Sigue nuestras indicaciones. ¿Vas armado?
—Traigo un fusil y dos bombas de mano.
—¿De cuáles?
—De las de piña.
—¿De qué unidad eres?
—Soy de la XX Bandera. No he parado hasta pasarme.
El alba empezó a definir su silueta. Subía hacia el parapeto con decisión torpe. Entonces vi la borla roja del chapiri.
Ahí se acabó la teoría.
—Mira que nosotros somos de Franco. Es mejor que te vayas.
Pareció un gesto de piedad. En realidad era una constatación tardía. El legionario comprendió el error cuando ya no había margen. Ahora estaba exactamente donde no se debe estar nunca. Pero ya era tarde.
Hacia atrás, mal: tanta charla habría puesto nerviosos a los centinelas del otro lado.
Hacia delante, peor: le esperaba el paredón. La ordenanza era clara.
El muy cabrón eligió la tercera opción. Desanilló una granada y la lanzó contra nuestra posición.
Abrí fuego sin esperar orden. El tableteo lo alcanzó de lleno. El rojillo retrocedió acribillado y rodó por la pendiente.
Pero el manual no contemplaba las esquirlas. Una me desgarró el brazo izquierdo.
—De esta escapas, cabo —murmuró el teniente mientras examinaba el empaste de sangre y jirones que asomaban por la manga.
Tuve suerte: rotura conminuta de cúbito y radio.
El alférez médico me hizo la primera cura de urgencia, con chute de morfina incluido, cortesía de la casa. Después, traslado en camión al primer puesto de mando y, de allí, directo a Zaragoza en ambulancia.
Ya digo: tuve suerte.
Tres meses de vacaciones lejos del infierno. Tres meses con las enfermeras mañicas. Son la mar de cariñosas. 😉
✺ ✺ ✺ ✺
Las historias cambian de uniforme. La deserción cambia de excusa. El miedo no cambia.
Más artículos de Cambiar de Bando.
La foto de portada es de Ventura Leris.

Comentarios
Publicar un comentario