La batalla de las colgaduras (Madrid, 1932 - 1933)

Recorte de La Nación sobre la guerra de las colgaduras (03/06/1932)

Balcones, religión y política en la Segunda República

Madrid, 3 de junio de 1932. La Segunda República prometió libertad de conciencia y, al mismo tiempo, restringió las manifestaciones religiosas en el espacio público. Esa contradicción descendió a la calle: una colgadura en un balcón dejó de ser decoración y se volvió declaración política, religiosa y —por si faltaba algo— identitaria.

Contexto: cuando un balcón ya no era un balcón

En el Madrid republicano de 1932, colgar (o no colgar) una tela en un balcón dejó de ser un gesto doméstico y pasó a ser un acto socialmente legible: protesta, adhesión o desafío.

La nueva política pretendía reducir la presencia pública del catolicismo; con notable talento para el efecto contrario: terminaron reforzando identidades y polarizando el espacio público.

Me hubiera gustado decir que, en 1932, la política española se debate con calma, datos y cierta vergüenza intelectual. Pero no. Se discutía a la manera patria: con telas en los balcones y la esperanza —casi antropológica— de comprobar quién se ofendía antes.

Balcones engalanados en la plaza de Santa Bárbara (Ahora, 24/06/1933)
Balcones engalanados en la plaza de Santa Bárbara (Ahora, 24/06/1933)

La contradicción: libertad de conciencia y prohibición visible

Los nuevos dirigentes pretendían que la Iglesia abandonara de un plumazo las actividades educativas y sociales que venían realizando históricamente. ¿Motivo?. La nueva casta percibía estas actividades como la inoculación de un tóxico en la sociedad.

Aunque se presentaban como garantías de modernidad y aseguraban que el artículo 27 de la Constitución garantizaba la libertad de credo; lo cierto es que trataban de las exhibiciones públicas del catolicismo como un riesgo político que convenía desactivar.

El mensaje que muchos españoles entendieron no fue “cada cual con lo suyo”, sino otro más áspero: puedes creer lo que quieras… siempre que no te comportas como un católico.

Ahí se cocinó el conflicto: para hunos españoles, los ataques a la Iglesia eran un ataque identitario; para los hotros, cualquier manifestación religiosa era un ataque a la República que había que erradicar.

Cuando la República intentó “apagar” una tradición de siglos a golpe de decreto, la identidad no se diluyó: se teatralizó. Y el teatro, como se sabe, necesita escenario.

Ese escenario era la calle.

La “batalla de las colgaduras”

El 8 de junio de 1932 , la festividad del Sagrado Corazón de Jesús se transformó, por primera vez desde el cambio de régimen, en un acto de protesta popular contra el Gobierno desde  el exilio de Alfonso XIII.

Seis meses antes, el 13 de octubre de 1931 , en pleno fragor de las discusiones sobre el artículo 27 de la Constitución , Azaña dijo en el Parlamento, probablemente, la frase más petulante jamás escuchada en el Parlamento Español: "España ha dejado de ser católica ".

Fue el pistoletazo de salida de una legislación que prohibía todo tipo de manifestaciones religiosas en la vía pública. Se prohibió el tañido de las campanas, incluso los entierros católicos requerirían permiso administrativo. La protesta, por tanto, buscó una vía alternativa: el balcón.

Calle de Claudio Coello en madrid (Ahora,24/06/1933)
Calle de Claudio Coello engalanada con colgaduras. Madrid. (Ahora, 24/06/1933)

Aquel día, además de las colgaduras religiosas, los balcones de Madrid aparecieron adornados con mantones de Manila, tapices, reposteros, colchas, sábanas, manteles y toallas. El repertorio doméstico funciona como sustituto de la procesión: estático, visible y masivo.

La dinámica se intensificó al año siguiente. El 23 de junio de 1933 volvió a celebrarse la festividad; el número de balcones engalanados fue aún mayor que el año anterior; Sin embargo esta vez unos y otros estaban prevenidos y la jornada derivó en disturbios: grupos arrancaron y quemaron colgaduras, mientras fuerzas de orden público allanaron viviendas para retirar estandartes asociados a la antigua bandera nacional.

Nadie pudo fingir que no lo vio: aquello tuvo volumen, amplitud y, sobre todo, intención. Se presentó como manifestación de fe, pero creció en un contexto que venía acumulando combustible: el trato desdeñoso hacia los católicos.

El mes anterior el Parlamento había aprobado la Ley de Congregaciones y Confesiones Religiosas . Supuso el golpe definitivo contra una Iglesia que representaba todo lo viejo, todo lo opresor y, de paso, todo lo que no podía controlar.

Aprobada el 17 de mayo de 1933, su objetivo era llevar al terreno de la práctica los postulados de los artículos 26 y 27 de la Constitución .

Todas las Confesiones podrán ejercer libremente el culto dentro de sus templos. Para ejercerlos fuera de los mismos se requerirá autorización especial gubernativa, en cada caso. (Artículo 3 Ley de asociaciones y congregaciones religiosas)
La Nación (20/06/1932)
"una de éstas al curra párroco" La Nación (20/06/1932)

La redacción final de la ley olia a sectarismo sintetizado entre matraces:

  • Suprimía definitivamente el presupuesto estatal de la Iglesia
  • Nacionalizaba templos, monasterios y seminarios
  • Les prohibíba practicar cualquier tipo de actividad económica.

En definitva: condenaba a la Iglesia a vivir de la limosna.

Artículo 29. Las Ordenes y Congregaciones religiosas no podrán ejercer comercio, industria, ni explotación agrícola por sí ni por persona interpuesta.

El artículo 30 regulaba la enseñanza religiosa. De un plumazo, dejaba a 400.000 niños sin escuela... ya sus padres esperando a que el Gobierno construyera las 10.000 escuelas prometidas en las elecciones.

Artículo 30. Las Ordenes y Congregaciones religiosas no podrán dedicarse al ejercicio de la enseñanza.

Las colgaduras no eran solo adorno; Eran protesta. Y cuando un símbolo admite lecturas simultáneas —devoción, resistencia y cálculo— suele acabar discutiéndose a las bravas.

Una manifestación de protesta en la calle de Orellana, donde fue descubierta una colgadura en cuyo revés aparecían los colores de la bandera monárquica.
Una manifestación de protesta en la calle de Orellana, donde fue descubierta una colgadura en cuyo revés aparecían los colores de la bandera monárquica. (Ahora, 24/06/1933)

El episodio, se bautizó con la grandilocuencia habitual, como “la batalla de las colgaduras” . La frase era precisa: la religión se convirtió en pancarta; la política, en bronca; y el Estado, en un bombero sin agua.

Perscución religiosa: el arte de fabricar creyentes

El problema de la persecución religiosa no fue solo su sectarismo excluyente, sino sus consecuencias: convirtió la fe en combate. Allí donde había catolicismo de trámite (boda, bautizo y entierro), apareció una vocación arrepentida. No por iluminación divina, sino por orgullo herido.

Periódico moderado Ahora (07/06/1932)
Periódico moderado "Ahora" (07/06/1932)

La historia nos muestra que arrinconar una idea en España rara vez la reduce: la muscula. Y así, un simple balcón pasó a ser urna simbólica, púlpito improvisado y barricada decorativa.

La prensa nos muestra el desastre

La hemeroteca revela un clima predispuesto al choque. El periódico anarquista La Tierra publicó un artículo titulado: “Ni un cristero más ni un republicano menos”. El tono era de advertencia: no se trataba de apaciguar, sino de evitar regalar reclutas al adversario.

Las chinches existen todo el año, y sólo aparecen en verano, cuando la temperatura les es propicia. Eso ocurre con el cristerismo, existir, existe siempre. Pero aparece sólo cuando les dejan... (La Tierra, 6/4/1932).

La metáfora, tan desagradable como eficaz, apuntaba a una idea clave: el “cristerismo” no se inventa de la nada; se activa cuando sube la temperatura política. Parece claro claro que “Cristero” era una etiqueta de combate.

Periódico anarquista La Tierra (24/06/1932)
Periódico anarquista "La Tierra" (24/06/1932)

El mecanismo de fondo siempre es el mismo: La República declarando libertad de cultos mientras imponía trámites administrativos a toda manifestación visible de culto; la mezcla convertía cada colgadura en un plebiscito instantáneo.

Para hunos españoles, la prohibición era persecución; para los hotros, permitirla era una provocación.

"Monarquismo" disimulado bajo la tela

Este es el meollo menos piadoso del asunto: está claro que no se colgaban Sagrados Corazones solo por devoción. Se coló la política, y con un mecanismo de lo más práctico: la ambigüedad. El diario Ahora informó sin rodeos las consecuencias:

“El gobernador impuso multas de 250 pesetas a quince vecinos que ayer colocaron banderas con motivo de la fiesta del Sagrado Corazón, en las que se veía la bandera monárquica cuando las movía el viento.” (Ahora, 6/5/1932).

La escena muestra el problema: el balcón como soporte de “libertad de conciencia” y, a la vez, como cartel electoral camuflado. La tela no solo cubría; insinuaba. Y en política, insinuar suele ser más explosivo que afirmar.

España se partió: “la calle y el balcón”

Al año siguiente, la guerra de las colgaduras llegó a su cenit. El Socialista publicó un artículo titulado “Una provocación sin respuesta” y dejó una pregunta que, en el fondo, era un diagnóstico:

Si se prohibieron las procesiones, ¿por qué se autoriza la exposición de colgaduras, que es una procesión estática, menos activa y retadora que la procesión, aunque tan ostentación pública, como aquella? (El Socialista, 23/06/1933)

Arriba quedó el balcón “respetable”. Abajo quedó una calle que leyó el gesto como provocación y respondió como suele responder la calle cuando se carga de ideología: manifestaciones, silbidos, pedradas, fuego.

En medio, el Gobierno descubrió —con retraso, pero con intensidad— que gobernar un país polarizado no consiste solo en firmar decretos: también exige impedir que el símbolo se convierta en arma.

Azaña reconoció parte de la cagada, escribiendo sobre Fernando de los Ríos su Ministro de Instrucción pública:

"Otra cosa le preocupa. Cree imposible sustituir en enero toda la enseñanza primaria y teme el espectáculo de las escuelas de frailes cerradas sin que los niños tengan adónde ir." (Diarios, 05/11/1933)

El Socialista (23/06/1933)
El Socialista (23/06/1933)

El balcón operó como espacio público vertical: visible, contagioso y barato. En cuanto se intentó regular, se utilizó el doble.

La República quería modernizar el espacio público quitando poder social de la Iglesia.

Valle.

Pero la forma de gestionar de la “cuestión religiosa” produjo un efecto secundario de manual: fabricó mártires domésticos y multiplicó fervores por reacción.

  • El católico tibio se volvió practicante porque se sentía atacado.
  • La izquierda interpretó cada símbolo como conspiración.
  • El balcón se convirtió en desafío.
  • La calle se convirtió en juez.
  • El Gobierno se convirtió en bombero sin agua.

Así que no: las leyes anticlericales, lejos de “apagar” la Fe, la convirtieron en bandera. Y regalarle banderas al adversario siempre ha sido una estrategia brillante… si tu objetivo es que el país se parta en dos.

Periódico Monárquico La Nación (29/06/1932)
Periódico Monárquico "La Nación" (29/06/1932)

Y no solo los monárquicos recalcitrantes: buena parte de la ciudadanía refugiada en la ambigüedad práctica, vio abrirse una grieta para sacar a la luz su malestar. El Paro, la violencia social, y la inversión paralizada que afloraron tras el cambio de Régimen empujaban el país por una pendiente que no querían bajar.

Epílogo: cuando pretende legislar el alma y enciendes un país

Lo más revelador fue la pretensión de fondo: legislar sobre el alma de un pueblo, como si la identidad fuera un grifo que se cierra con un decreto. La fe, cuando fue fe, no se derogó. Y cuando no lo fue, se fabricó por reacción con una eficacia que ya quisieran muchas catequesis.

En vez de enfriar, se subió la temperatura: una parte del país tomó la religión como resistencia; los partidarios del anticlericalismo como higiene revolucionaria. Dos fanatismos se miraron a los ojos, cada uno convencido de ser el cortafuegos del otro.

La batalla de las colgaduras fue una de las primeras señales visibles de un malestar que acabaría pasando factura en las urnas, que finalmente cristalizó con la derrota de la izquierda en las elecciones de 1933 .

Con la llegada del bienio derechista, la aplicación de la Ley de Congregaciones Religiosas se relajó durante un tiempo, más por pragmatismo que por reconciliación: tocar la Constitución era una quimera en un país que vivía en campaña permanente. Y cuando regresó el Frente Popular, la ley volvió a aplicarse con el mismo sesgo de siempre, como si el problema fuera el termómetro y no la fiebre.

Primero se peleó por una tela en una barandilla; Después se peleó por quién tenía derecho a existir en la calle... y cuando se convierten los símbolos en armas, no debería extrañar a nadie que acaben usándose las de verdad.

¿Conoces el discurso de Azaña por el que empezó todo? "España ha dejado de ser católica "

Notas

Este texto integra citas de las memorias de Azaña y de los siguientes periódicos: La Tierra (24/06/1932) y (6/4/1932), Ahora (6/5/1932), El Socialista (23/06/1933), y referencias a La Nación (29/06/1932) y (10/06/1932). La organización del argumento se ha ajustado para cohesión expositiva sin alterar la literalidad de las citas.

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